Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2001/10/01 00:00

Al servicio de su majestad

Fitzroy Maclean, un escocés aguerrido, inteligente y seductor, fue probablemente el hombre que inspiró a Ian Fleming para dar vida a James Bond.

Al servicio de su majestad

Las ordenes de Winston Churchill habían sido lo suficientemente claras. Su misión era infiltrarse en Yugoslavia y comprobar si los partisanos del mariscal Tito eran la única guerrilla que luchaba contra los alemanes. Aquella noche de 1943 Fitzroy Maclean no dejaba de pensar en la arriesgada tarea que lo esperaba en tierra. Ni siquiera el ruido del bombardero Halifax de la Real Fuerza Aérea en el que viajaba lograba distraerlo de su misión.

Pero… ¿existía un tal Tito en realidad? En la oficina del primer ministro británico se manejaban varias hipótesis. La primera afirmaba que Tito eran las siglas de una organización secreta internacional con fines terroristas, la segunda aseguraba que era un cargo directivo que se rotaba constantemente y la tercera apuntaba a que Tito era la Juana de Arco yugoslava, una bella mujer que luchaba por su pueblo.

Si Maclean lograba corroborar los rumores los aliados le retirarían su apoyo a la resistencia chetnik del general Draza Mihajlovic y se lo darían a Tito. A fin de cuentas a los aliados no les importaba que durante la invasión nazi ambos grupos hubieran peleado juntos si ahora estaban enfrentados. Las tácticas moderadas de los chetniks, que habían limitado sus ataques para no afectar a la población civil, eran vistas por los partisanos como una traición y Tito llegó a asegurar que sus compatriotas estaban al servicio de los alemanes.

Mihajlovic, por su parte, creía que cooperar con los milicianos comunistas de Tito era sencillamente imposible o ¿qué se podía esperar de una horda sanguinaria de más de 150.000 hombres que no se preocupaba por el sufrimiento y la devastación del pueblo yugoslavo? Si los partisanos llegaban a triunfar las posibilidades de que se instaurara en Yugoslavia un régimen comunista ligado a Moscú eran muy altas.

Antes de partir a su misión secreta Fitzroy Maclean le manifestó a Churchill su preocupación. Sin embargo en 1943, con Hitler arrasando media Europa, la posible expansión soviética en los Balcanes no era el problema más grave y el primer ministro se encargó de recordárselo: “Su trabajo es averiguar quiénes están matando más alemanes y cómo podemos ayudarlos a matar más”.

Pero ya no había tiempo para más cavilaciones, había llegado el momento de actuar. Maclean esperó a que el Halifax sobrevolara los bosques de Bosnia y, sin pensarlo dos veces, se lanzó al vacío.

El avión se desvaneció a lo lejos y en un par de minutos el paracaidista toco suelo yugoslavo. Durante un rato rastreó el valle sin mayor éxito hasta que decidió echar un vistazo detrás de una enramada de zarzas. Al salir la ametralladora de un soldado alemán lo estaba esperando.

Maclean observó al hombre uniformado y notó que su traje estaba muy gastado. ¿Podría ser acaso un partisano vestido con un atuendo robado a los alemanes? Decidió arriesgarse. Sin demostrar señales de temor clavó sus ojos en el muchacho y con voz firme dijo: “Soy el oficial inglés”.

El joven se quedó paralizado. Tiró el arma al suelo, se abalanzó sobre Maclean y comenzó a gritar: “Encontré al general, encontré al general.” Una vez más el olfato de Maclean lo había salvado.

El anterior no es el argumento de una película de espionaje, aunque bien podría serlo. Fitzroy Maclean es, para muchos, el verdadero James Bond, el de carne y hueso.

Aunque Ian Fleming pudo haber creado al legendario 007 basándose en su experiencia personal como oficial de la armada británica, se especula que las hazañas de su antiguo compañero en el internado de Eton fueron su fuente de inspiración. Hazañas tan memorables como ser el primer occidental en llegar hasta la ciudad prohibida de Samarkanda, en 1937, cuando los soviéticos le tenían vetado a los extranjeros el paso a sus repúblicas de Asia central.

Fitzroy Maclean vino al mundo en El Cairo el 11 de enero de 1911 y sus primeros años transcurrieron entre Escocia, Italia, India e Inglaterra. Su padre, el mayor sir Charles Maclean of Dunconnel, fue un distinguido militar de los Cameron Highlanders y fue condecorado por sus servicios en la Primera Guerra Mundial. Cuentan que durante las hostilidades de 1890 en Sierra Leona sir Charles resultó herido en combate y un proyectil se le incrustó en la cavidad bucal. La bala no pudo ser extraída y tuvo que vivir con ella hasta que, accidentalmente, en un partido de polo, algún movimiento brusco o un choque terminaron por expulsarla.

Del colegio Heatherdown, en Ascot, el pequeño Maclean pasó al internado de Eton, y luego, en 1928, obtuvo una beca para estudiar lenguas modernas en el King’s College de Cambridge. A los 17 años ya hablaba francés y alemán, gracias a las lecciones de su madre, y antes de finalizar sus estudios se trasladó un año a Alemania, en donde aprendió latín y griego.

Su primer trabajo importante llegó en 1934 cuando fue nombrado tercer secretario en la embajada del Reino Unido en Francia. Allí fue testigo de las protestas en contra de la guerra civil española y de la remilitarización alemana de las tierras del Rhin, acontecimientos que eran tema obligado en las mejores fiestas de París, en las que Maclean sobresalía por su elegancia y galantería. Siempre vestía trajes de Scholte, camisas almidonadas de Beale e Inman, zapatos de Lobb y un clavel rojo.

Pero esta vida apacible terminó por aburrirlo y a los 25 años pidió su traslado a la turbulenta Unión Soviética justo para presenciar los juicios de Stalin. En Gran Bretaña sus informes sobre la situación política causaron furor mientras en Rusia provocaron escozor. Los periódicos moscovitas desvirtuaron la credibilidad de sus historias argumentando que Maclean era un burgués alcohólico que se la pasaba de juerga con mujeres.

Aburrido de esta situación e impulsado por la sangre guerrera de sus ancestros el escocés decidió regresar a Londres en 1939 para unirse al ejército británico y luchar en la Segunda Guerra Mundial.

Para zafarse de sus compromisos diplomáticos y poder ir al campo de batalla Maclean se aprovechó de una norma del Ministerio de Asuntos Exteriores que prohibía la participación de diplomáticos en la política. Con este respaldo legal presentó su renuncia, se enroló en el ejército y, como coartada, lanzó su candidatura al Parlamento en representación de Lancaster. Sin embargo, como en la política no hay nada escrito, su campaña electoral fue ganando adeptos, resultó elegido en la Cámara de los Comunes y, tras celebrar el triunfo, se marchó a la guerra.

“Su primera misión como agente del SAS será destruir el puerto de Bengazi. Usted y sus hombres deberán atravesar el desierto de Libia con un cargamento de explosivos, llegar hasta el muelle, dinamitar los principales objetivos militares y luego huir en unos botes inflables. Todo sin despertar la sospecha de los italianos que controlan la zona”.

Las órdenes de David Stirling no daban lugar a reclamos. El fundador del SAS (Servicio Aéreo Especial) quería que Maclean hiciera parte de la operación militar que en la primavera de 1942 debía destruir el puerto de Bengazi, la principal fuente de suministros para las tropas del Afrika Korps del general Rommel.

La operación iba sobre ruedas hasta que los comandos descubrieron que los botes no se podían inflar. Maclean canceló la misión y ordenó a su equipo rastrear la zona para intentar una retirada por vía terrestre. Al cruzar una calle un guardia les detuvo e intentó revisar la bolsa con los explosivos. Maclean, en un fluido italiano, se identificó como un alto oficial del régimen y le advirtió al muchacho que, en lugar de perseguir a sus compañeros, mejor abriera los ojos porque en cualquier momento los ingleses podían infiltrarse y destruir el puerto. Avergonzado, el centinela bajó su arma y les dejó libre el camino a los aliados, no sin antes suplicarles que no informaran sobre su incompetencia al cuartel general.

El agente no se había recuperado de esta aventura cuando recibió una llamada de Teherán. Según fuentes de la inteligencia británica los alemanes estaban apoyando una revuelta popular en Persia aprovechando la rivalidad entre dos tribus de Isfahan. Si el disturbio, liderado por el general Zahidi, comandante de las fuerzas armadas, prosperaba, los aliados perderían su ruta de suministros hacia el Golfo Pérsico. Las órdenes de Maclean eran secuestrar al general y entregarlo con vida a los aliados para que respondiera por sus actos de rebeldía.

Pero Zahidi siempre estaba acompañado, pocas veces salía de su casa y cuando lo hacía estaba rodeado de sus guardaespaldas. Sólo cambiaba sus hábitos cuando recibía la visita de las delegaciones extranjeras que se acreditaban en la ciudad. En esos casos sus guardias permanecían fuera de la habitación.

Con este antecedente el agente diseñó su plan de operaciones. Primero debía conseguir un brigadier inglés que se hiciera pasar por un nuevo oficial del Estado Mayor y que sirviera de señuelo para entrar a la casa de Zahidi. Una vez dentro, Maclean secuestraría al militar y lo sacaría de la mansión por la puerta principal ante la mirada de sus guardaespaldas. Si el general oponía resistencia el agente británico estaba autorizado a disparar. Al igual que James Bond, Maclean tenía licencia para matar. Sin embargo no fue necesario recurrir a la violencia. Zahidi picó el anzuelo y en un abrir y cerrar de ojos estaba en un carro rumbo al desierto, en donde un grupo de militares aliados lo esperaba para llevarlo a Palestina.

En misiones como esta el escocés siempre llevaba consigo una lata de paté de anchoas, una botella de vodka y cuatro vasos de metal para improvisar pequeñas fiestas en cualquier lugar del territorio enemigo. Según él, esta era una buena forma de subir la moral del equipo, para sus críticos era una estúpida extravagancia. El 4 de febrero de 1944 el diario alemán Donauzeitung se burló de él al calificarlo como un excéntrico que había aterrizado en Bosnia con una cámara fotográfica, una pipa, un cuchillo de montaña y un diccionario bilingüe inglés-croata.

Siguiendo las órdenes impartidas por Churchill, Maclean convivió con los partisanos y descubrió que, en efecto, eran unos combatientes que luchaban ferozmente contra la ocupación germana. Sin medir las consecuencias políticas de su decisión —el primer ministro le dijo que no se preocupara tanto por el futuro de Yugoslavia porque, en definitiva, ese no era su hogar— el escocés inclinó la balanza en favor de la guerrilla comunista y los aliados apoyaron a Tito hasta llevarlo a la victoria en 1945. Durante la guerra fría, muchos analistas consideraron que su elección no sólo había sido equivocada sino que había ayudado a fortalecer al mariscal Tito, quien mantuvo durante 40 años el poder comunista en Yugoslavia.

Después de abandonar los Balcanes Maclean se enfrentó a una de las misiones más difíciles en la vida de un hombre: el matrimonio. En 1946 se casó con lady Verónica Phipps, una hermosa viuda, madre de dos hijos. La familia creció con la llegada de otros dos bebés y Maclean tuvo que acomodar su agitado estilo de vida con su nuevo papel de padre ejemplar. La pareja se mudó a una hacienda en las tierras altas de Escocia, cerca del lago Fyne, en cuyas extensiones había un pequeño hotel llamado Creggans Inn, que no tardó en convertirse en el atractivo turístico de la zona.

Cuando sus obligaciones políticas se lo permitían (fue parlamentario, secretario financiero de la Oficina de Guerra, miembro de la delegación británica en la Asamblea del Atlántico Norte y del Consejo de Europa y presidente de la Asociación británico-soviética), Maclean se reunía con sus amigos para recordar viejos tiempos al calor de unos tragos de su propio whisky, el MacPhunn

Durante la posguerra sir Fitzroy Maclean of Dunconnel se convirtió en un estudioso de la historia de Escocia y de la Unión Soviética, pasión que se vio reflejada en la publicación de numerosos libros.

Pero la vida hogareña no menguó su gusto por los viajes. Junto a su esposa recorrió las antiguas repúblicas soviéticas y regresó a Yugoslavia en varias oportunidades para pasar sus vacaciones en la casa que Tito le dejaba en la isla de Korkula.

Pese a los continuos señalamientos, sir Fitzroy negó rotundamente cualquier comparación con James Bond y aclaró que nunca fue un espía al servicio de su majestad. Aún así las coincidencias siguen surgiendo. Casualidades como la de que Sean Connery, el actor escocés que inmortalizó en el cine al agente 007, también desciende del clan Maclean.

El 15 de junio de 1996 el ex agente fue de visita a la casa de unos amigos en Sussex y después de nadar en la piscina sintió un fuerte dolor en el pecho. A los 85 años el héroe de la Segunda Guerra Mundial murió de un ataque al corazón. Un final bastante tranquilo para el hombre que dijo: “Es mejor vivir un día como un tigre que un año como un borrico”. n

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