Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 7/5/2014 2:30:00 PM

El capitán de la ciencia

Alberto Ospina, oficial de la fuerza naval colombiana, fue el fundador y primer director de Colciencias.

Desde muy joven Alberto Ospina Taborda supo que solo el cono-cimiento iba a darle el poder y la capacidad para mejorar la educación en Colombia. Por eso, trajo al país nuevos descubrimientos, entre ellos, un sistema de enseñanza estadounidense que revolucionó el universo científico y que dio pie a la creación de modelos visionarios como Colciencias.

En 1998, Martha Luz Ospina Bozzi publicó el libro Colciencias, 30 años: memorias de un compromiso. Alberto Ospina Taborda, su padre, guarda en su biblioteca uno de estos ejemplares como un objeto entrañable. Para él, la publicación, más que un recuento histórico, en el que se destaca como fundador y primer director de Colciencias, es un archivo personal que evoca, a través de las palabras de su hija, a los amigos, colegas, lugares, organizaciones y fuerzas que hicieron parte de su sueño más querido: la promoción del desarrollo científico y tecnológico del país. 

Hoy, cuando se acerca a los 90 años, El Capi Ospina, como lo llaman sus viejas amistades, habla con lucidez sobre los retos que todavía tiene el país en materia de desarrollo; sobre el papel de Colciencias en el planteamiento de las nuevas políticas y la necesidad de hacer buen uso de las regalías para conseguir estabilidad. “Porque –dice, mientras recorre las páginas de su historia– sin conocimiento no hay progreso”. 

De Titiribí a MIT

Alberto Ospina Taborda, hijo de Adán Ospina y María Dolores Taborda, nació el 8 de di-ciembre de 1924 en Titiribí, un municipio del suroeste de Antioquia. Allá estudió en el único colegio del pueblo y aprendió, como sus padres, a cultivar café. Ya adolescente quiso experimentar otro rumbo. A los 17 años, sin haber concluido el bachillerato, partió hacia Bogotá en busca de alguna oportunidad que le permitiera estudiar. Y la encontró. Un día, mientras leía el periódico, descubrió una convocatoria para ingresar a la Escuela Naval de Cartagena. Sin dudarlo, se inscribió. Para su sorpresa, obtuvo el primer puesto. 

El 11 de noviembre de 1949 se graduó como teniente de Corbeta. Para ese entonces ya era novio de Lolita Bozzi, una encantadora cartagenera, madre de sus seis hijos, quien por más de 60 años ha sido su compañera de vida. 

Durante su paso por la Escuela Naval, que duró 20 años, ocupó importantes cargos. Fue oficial de Servicios Generales, director de posgrados y gestor del Ministerio de Comunicaciones de la Armada. Además cursó prestigiosos estudios en el exterior. Hizo, por ejemplo, un posgrado en Ingeniería Naval, con especializaciones en electrónica, en construcción y en arquitectura naval, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Cambridge, Estados Unidos. 

Regresó a Colombia en 1958. Se propuso elevar el nivel educativo de la Escuela Naval y lo logró. Con la ayuda de un equipo diseñó nuevos programas de estudios. “Conseguí que nos dieran el nivel de universidad y fundé la primera facultad de ingeniería”, dice Ospina, quien además buscó la ayuda de entidades educativas que validaran el bachillerato de los cadetes. 

En la actualidad, el capitán se siente orgulloso de haber contribuido a la construcción de un sistema educativo que perduró a pesar de la incomprensión de algunos de sus superiores. Su talentosa carrera en la Escuela Naval le permitió, también, abrirse camino en otras entidades. Durante la década de los años sesenta trabajó para el Ministerio de Hacienda, donde montó el primer sistema de procesamiento electrónico de datos de la administración y recaudación de impuestos. Además se convirtió en uno de los principales promotores del desarrollo científico y tecnológico al introducir al país las prácticas de enseñanza que había conocido en MIT. 

Con el apoyo del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo y Gabriel Betancur Mejía, su ministro de Educación, creó una fundación que le permitió reunir a universidades, empresarios y gobiernos externos. Estos le aconsejaron crear una institución independiente dedicada al fortalecimiento de la educación científica. Así, en 1968 se firmó el decreto que dio origen a Colciencias. 

Durante cuatro años Ospina estuvo a cargo de esta organización de la que rescata su influencia en la formación de personal. “Hoy tenemos miles de investigadores y doctores. Desde el punto de vista humano hemos avanzando mucho, aunque no lo suficiente”, dice.

Su mirada vuelve pronto a los recortes de periódicos y a las fotos de los amigos que aparecen junto a él, de corbata impecable y gafas cuadradas, a lo largo del libro. Sin embargo, aunque la alegría se siente en sus ojos, Alberto Ospina no duda en reconocer que al país le falta avanzar. Para esto, según él, es necesario “que la sociedad y el gobierno reconozcan a la comunidad científica; que la ciencia y la tecnología se integren definitiva-mente a la educación y que los resultados de la investigación se conviertan en productos. Eso es lo que se llama innovación”. Tres retos definitivos. 
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1842

PORTADA

La voltereta de la Corte con el proceso de Andrade

Los tres delitos por los cuales la Corte Suprema procesaba al senador se esfumaron con la llegada del abogado Gustavo Moreno, hoy ‘ad portas’ de ser extraditado. SEMANA revela la historia secreta de ese reversazo.