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| 4/24/2005 12:00:00 AM

Aló, ¿Jesús?

Contrario a lo que muchos piensan, los seminarios del país están llenos y hay un renacer de las vocaciones. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?

Cuando Miguel Ángel Pereira supo que Dios lo había llamado para seguirlo y dedicar su vida al sacerdocio, no lo hizo a su celular ni mucho menos le envió un correo electrónico como lo esperaría un joven de hoy. Se lo hizo saber a través de muchas maneras hasta que, después de pensarlo y reflexionarlo, Miguel Ángel decidió escucharlo.

Al terminar el bachillerato, hace un par de años, se matriculó para cursar ingeniería ambiental en la Universidad Central, pero a los dos meses sintió un vacío que lo llevó de nuevo a buscar el sentido de su vida. Habló con los sacerdotes capuchinos donde estudió y con un familiar cura hasta que supo que quería ser religioso. Su padre lo apoyó incondicionalmente, su madre le pidió que lo pensara, su hermana aún se resiste a pensar que Miguel Ángel será cura y no tendrá sobrinos, y sus amigos se dividen entre los que lo apoyan y los que le sugieren que se consiga una novia y desista.

Pero él, al igual que los nuevos miembros del Seminario Mayor de Bogotá, como Héctor Fabio Amórtegui, que renunció a estudiar medicina, o Yesid Ramírez, que ya hizo una carrera técnica, tienen definido lo que quieren para su vida y lo expresan con una seriedad que asombra.

Ellos, junto con 1.300 jóvenes y un puñado de profesionales y adultos, comenzaron hace unos meses el primer ciclo de estudios, llamado propedéutico, o postulantado en los 49 seminarios diocesanos y 69 de órdenes religiosas que hay en el país. Será un largo camino de ocho años de estudios y experiencia pastoral y al final sólo entre el 25 y el 40 por ciento recibirán su ordenación.

Lo que estos jóvenes y las cifras muestran es que, contrario a lo que muchos piensan, los seminarios del país no están vacíos sino que se hallan con una alta ocupación desde hace varios años, y se ha dado una especie de florecimiento vocacional.

El padre Guillermo Orozco Montoya, director de Seminarios y Vocaciones de la Conferencia Episcopal Colombiana, dijo que desde hace años hay un crecimiento en el número de seminaristas, aunque aún no se puede cantar victoria porque todavía hace falta mucho más para llenar las necesidades crecientes de la población. En este momento hay unos 9.000 sacerdotes en Colombia y se requiere formar no sólo a sus reemplazos, sino los de las nuevas parroquias y necesidades de la Iglesia.

Tiempo de crisis

Después de la aparición del Concilio Vaticano II en 1965 vino una etapa de crisis y confusión en la Iglesia, porque este planteó cambios en la forma de ejercer el sacerdocio, en la liturgia y el ecumenismo. Antes, el sacerdote era visto como un conquistador que tenía que defender una fe, una especie de cruzada, pero el Concilio proyectó otra imagen, la del sacerdote que reconoce las diferencias, las valora y trata de convencer a las personas no con su imagen sino con un mensaje de fe y de transformación de las condiciones sociales de las personas, en especial los más pobres.

Esto generó un choque de dos culturas. La de unos jóvenes sacerdotes o seminaristas que llegaban imbuidos por el Concilio pero que se encontraban con unos curas y una Iglesia antigua, que no permitían mayores cambios.

Esa incapacidad de hacer transformaciones produjo que muchos colgaran la sotana o dejaran los seminarios. Esa desbandada duró prácticamente hasta bien entrados los 80, cuando los seminarios empezaron a tener un importante crecimiento que se estabilizó en los 90 y que en los últimos dos años tiende nuevamente a subir.

Este año, por ejemplo, en el Seminario Mayor de Bogotá fue necesario habilitar más habitaciones para poder albergar a los 157 estudiantes internos y a los otros 50 que asisten de otros seminarios todos los días para estudiar. En 2003, últimas cifras de la Conferencia Episcopal, fueron ordenados 325 sacerdotes y se encontraban en proceso de formación 4.927, mientras que en 2002 fueron ordenados 233 y en formación había 5.381. Si bien terminaron muy pocos, hacia el futuro la Iglesia espera que el número crezca, pues cada vez los seminaristas están llegando más sólidos en su vocación y después de un largo proceso.

Hace una década la gran mayoría se inscribía directamente al seminario y eran aceptados tras unos pequeños requisitos. A raíz de la exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis de 1992 de Juan Pablo II se marcó una nueva hoja de ruta para la formación de los futuros sacerdotes. Entre otros cambios se estableció que antes de entrar a la formación filosófica y teológica era necesario que los seminaristas tuvieran una especie de introducción de un año para afianzar vocaciones y conocimientos, lo que hoy se conoce como propedéutico.

Pero antes de entrar al seminario, los jóvenes usualmente ya han hecho un recorrido que puede empezar en el colegio, la parroquia o en grupos juveniles, pastorales o vocacionales, en los que van perfilando sus intereses con la ayuda de la iglesia. Una vez la persona cree que quiere ser sacerdote, deben pasar por una especie de curso que dura mínimo seis meses, en el que los aspirantes, en compañía de sacerdotes, laicos y sicólogos, entre otros, van decantando sus ideas y vocaciones. Dentro de este proceso, también la familia tiene un papel importante. Al final se postulan y entran en un proceso de selección en que la mitad o más no pasan.

Nueva realidad

Por eso, "el sacerdote de ahora, al igual que los seminaristas, es más maduro y mejor formado. Su vocación llegó más por reflexión y pensamiento que por sentimiento. Tiene una gran claridad de su función en la sociedad, de lo que es ser sacerdote y de los compromisos que eso trae consigo. Es una generación particularmente sólida y muy comprometida con el cambio social", dice el periodista y ex sacerdote Javier Darío Restrepo.

Para él y otros expertos consultados, los seminarios están llenos por la realidad del país, pues una constante en la historia muestra que los países que no tienen crisis se quedan estancados, como lo que está pasando en las vocaciones en algunos países de Europa como Alemania, España o Francia, donde los seminarios están vacíos porque la comodidad no invita a cuestionarse sobre el sentido y la realidad del mundo. "Nosotros hemos tenido una crisis muy sentida por toda la población y ese sentimiento genera caminos de salida, como el espiritual. Si uno hace una encuesta entre los muchachos, una de sus grandes motivaciones para haber escogido la vida sacerdotal es ayudar a superar la crisis del país y de la sociedad", dijo Restrepo.

Se podría decir que lo mismo que le ocurre a la Iglesia en el mundo pasa en Colombia. Cada vez menos seminaristas provienen de los estratos altos, salvo los de algunos grupos religiosos como el Opus Dei, porque como lo advierte un alto jesuita, la secularización es mayor. "En un mundo de abundancia, aunque hay vocaciones y hay fe, es difícil optar y pensar en una vida diferente".

Esto, unido al débil trabajo vocacional que la Iglesia está haciendo en estos sectores, podría explicar por qué la mayoría de jóvenes son de estrato medio o medio bajo, y de provincia, pues allí la parroquia y la fe siguen teniendo un importante rol dentro de la sociedad, en especial en las zonas más humildes o tradicionales.

Así como la gran reserva de la Iglesia Católica está en el Tercer Mundo, especialmente en Latinoamérica, se podría decir que en Colombia está en Antioquia, especialmente en la diócesis de Sonsón-Rionegro, donde están los seminarios más 'exitosos' del país. Desde hace 15 años en los seis claustros que tiene ha habido un promedio de 250 nuevos seminaristas, y una ordenación constante de 25 a 30 sacerdotes por año. De los 400 sacerdotes que tiene la diócesis, 200 están prestando sus servicios fuera de ella.

Monseñor José David Henao Marín, rector del Seminario Nacional Cristo Sacerdote de la diócesis Sonsón-Rionegro, dice que si bien en su zona existe una enorme vocación porque aún hay un sistema tradicional de familias católicas numerosas, considera que en el país hay un despertar vocacional interesante. "En los últimos años se han creado nuevos seminarios, el número de aspirantes se ha mantenido en un alto nivel porque en el proceso de selección se quedan un buen número de aspirantes".

Claro que también hay preocupación en algunos sectores de la Iglesia, pues creen que muchos jóvenes, frente a la falta de oportunidades y trabajo, están viendo el sacerdocio como una forma de reconocimiento y ascenso social. De ahí la importancia del proceso de selección que están haciendo los seminarios y de que la Iglesia reflexione sobre la formación sacerdotal en un país cada vez más secular y abierto.

Los retos de esta nueva ola de vocación religiosa son grandes, pero de su suerte dependerá no sólo el futuro de la Iglesia sino de millones de colombianos que tienen en la religión y en el sacerdote un importante soporte para creer y superar las adversidades.
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