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| 1/17/2015 10:00:00 PM

¿Alto al fuego bilateral?

Al meterle el acelerador al proceso de paz, Santos presiona a las Farc y asume el costo político que entraña entre los escépticos.

El presidente le puso el acelerador al proceso de paz. Esta semana envió a su equipo negociador a La Habana “para que inicien lo más pronto posible la discusión sobre el punto del cese de fuego y hostilidades bilateral y definitivo”, el último punto de la agenda de conversaciones con las Farc, que se abordará desde el 26 de enero simultáneamente con la dejación de armas, mientras se culmina el de víctimas.

Santos le responde así al cese del fuego unilateral e indefinido que declaró esa guerrilla desde diciembre,  que se puede romper en cualquier momento si sus tropas son atacadas. A pesar de que calificó ese cese como una “rosa con espinas”, con el transcurso de los días su posición fue evolucionando, y optó por dar muestras de reciprocidad, describiendo la oferta de las Farc como “un paso en la dirección correcta”.
 
La antesala de este anuncio fue el “retiro espiritual” que tuvieron el fin de año en Cartagena Santos y su equipo de paz con destacados estrategas como el excanciller israelí Shlomo Ben Ami, el asesor británico Jonathan Powell y el exguerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos. En estas sesiones de análisis se llegó a la conclusión de que 2015 será el año definitivo y que es imposible mantener la desconexión entre la mesa de conversaciones de La Habana y el proceso político sobre la paz en Colombia. Eso significaba que los hechos de guerra eran inevitables y que, por lo tanto, no debían afectar la dinámica de la Mesa. En otras palabras, que los diálogos no se podían romper por cuenta de lo que ocurriera en el campo de batalla.

Sin embargo, esta desconexión se rompió de facto con la “retención” del general Rubén Darío Alzate. Este hecho puso en vilo a la Mesa, pero cuando se resolvió rápidamente y sin traumas, generó mayor confianza entre las partes y demostró la madurez de la negociación.

La consecuencia directa de esa ‘madurez’ es que la metodología de las conversaciones cambió. Santos, al dar muestras de reciprocidad frente al cese unilateral de las Farc, les está diciendo también que  el tiempo se agota y que el éxito de todo el proceso depende de que se haga con rapidez. Por eso, a partir de ahora, dos puntos que iban a ser estudiados de forma cronológica se trabajarán simultáneamente.

Por un lado, los negociadores seguirán concentrados en el espinoso capítulo de las víctimas y las fórmulas de justicia transicional para los guerrilleros. Por otro, una subcomisión más técnica avanza en el diseño del cese al fuego, la dejación de armas y la reincorporación. Esta comisión está encabezada por el general del Ejército Javier Flórez, un respetado tropero con décadas de experiencia en combate; y del otro lado, por los duros de las Farc como Pastor Alape, Carlos Antonio Losada, Rodrigo Granda y Pablo Catatumbo, entre otros.

Ese tratamiento simultáneo de dos temas clave le dará un nuevo ritmo a la negociación, y ha dejado en el ambiente la sensación de que el cese al fuego bilateral y definitivo podría estar cerca. El presidente no lo ha dicho de frente, pero de la ambigüedad de sus declaraciones, que a veces parecen contradictorias, se puede deducir que se está ambientando un posible cese de hostilidades antes de la firma. Eso requiere bastante malabarismo pues hay que manejar a la opinión pública, a los militares y a la oposición. Por eso, el término que se usa es “desescalar” pero se aclara de inmediato que no se han dado órdenes de bajar la guardia.

Así mismo, el ministro del posconflicto Óscar Naranjo y el ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón han salido a ratificar que la fuerza pública no puede suspender sus acciones ofensivas, más aún considerando que su deber constitucional es perseguir a los violentos.

Para el gobierno tendría muchas implicaciones jurídicas y en materia de seguridad ordenarles un cese a las Fuerzas Militares. Eso pueden hacerlo las Farc porque son una fuerza irregular, y basta con que tomen esa decisión y la comuniquen a sus tropas.

Para que el gobierno pueda hacerlo tiene que preparar el terreno, no solo frente a su contraparte, sino frente a sus propias fuerzas. Eso requiere más gestos por parte de la guerrilla en temas como erradicación de minas, el no reclutamiento de niños y la ubicación y  entrega de desaparecidos. En la medida que se avance en esos temas, se podría llegar, por ejemplo, a una suspensión de los bombardeos.

La filtración de esa posibilidad por parte de uno de los asesores internacionales de Santos, el excanciller de Israel Shlomo Ben Ami, produjo una controversia que tuvo que ser neutralizada con negaciones. Pero un diplomático del calibre de Ben Ami no iba a inventar eso y su imprudencia lo que deja claro es que ese tema, aunque no está maduro, sí está sobre el tapete.

Como era de esperarse, esa metida de pata y el viraje de Santos han sido un banquete para la oposición. Mientras para los amigos del presidente esta es una muestra del pragmatismo con la que ha actuado en toda su carrera, para los uribistas es una muestra de debilidad y un pulso que ganan las Farc, que siempre han pedido un alto al fuego de ambas partes.

Santos al pisar el acelerador, que podría desembocar en el cese bilateral, no solo está presionando a las Farc sino desafiando al uribismo. El presidente es consciente de que no puede tener a todo el mundo satisfecho y que el proceso de paz ha adquirido una dinámica que está por encima de las disputas políticas. Él ya está jugado. Su aspiración no es derrotar al expresidente Uribe sino subirlo de alguna manera en el tren de la paz. Pero para que esto suceda ha llegado a la conclusión de que es mejor el acelerador que el freno.

Uribe definitivamente no se está montando en ese tren, pero tampoco es ingenuo y se está dando cuenta de que el proceso es irreversible. De ahí que sus últimas propuestas no sean para acabar el proceso de paz sino para incidir en su implementación.  Algunas de sus sugerencias son viables y otras no. Pero eso mismo sucedía con las Farc y después de mucho tira y afloje se ha llegado a consensos en los que las dos partes han tenido que ceder algo. No es descabellado pensar que antes de la firma final del acuerdo algo parecido ocurra con el uribismo.
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