26 mayo 2012

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Álvaro Uribe, el jefe de la oposición

PORTADAEl expresidente se ha convertido en el contradictor más férreo del gobierno de su sucesor, Juan Manuel Santos. ¿Qué tan fuerte es su oposición y qué futuro tiene?

Álvaro Uribe, el jefe de la oposición. Álvaro Uribe , expresidente de Colombia

Álvaro Uribe , expresidente de Colombia

El presidente Juan Manuel Santos dijo que nadie ni nada lo haría pelear con su antecesor Álvaro Uribe. En una entrevista en agosto del año pasado el mandatario insistía: "Como disciplina mental, el mantra no pelear, no pelear, no pelear con Uribe, entonces no me dejo provocar porque no le conviene a
l expresidente, ni al gobierno ni al país".

Ese sentimiento definitivamente no es recíproco. Desde el inicio del actual gobierno, Uribe Vélez ha venido desplegando una incansable campaña de ataques en contra de la Casa de Nariño. Usando como plataforma la red social Twitter, el exmandatario ha enfilado baterías contra lo más destacado de la agenda del presidente Santos, desde la política exterior hacia Venezuela hasta la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, pasando por el manejo de la seguridad, el marco por la paz y el fuero militar. Esto ha producido casi 10.000 trinos en dos años, es decir un promedio de 12 diarios. A lo anterior se han sumado duros comentarios en entrevistas con medios de comunicación nacionales e internacionales, interferencias a la bancada oficialista, recorridos políticos por varias regiones del país, el montaje de un pequeño aparato de columnistas afines, una 'agencia' paralela de noticias sobre seguridad regional y hasta videos caseros de YouTube.

A pesar de toda esta artillería electrónica y audiovisual tanto el presidente Santos como su gabinete ministerial se mantuvieron incólumes por más de año y medio. Siguiendo el famoso mantra, el alto gobierno evitó con mucha disciplina responder directamente a las críticas de Uribe y de sus más reconocidos escuderos. Mientras el Ejecutivo consolidaba sus mayorías parlamentarias, impulsaba un número histórico de reformas y se distanciaba de las posturas uribistas, el expresidente se fue reduciendo a su cuenta de Twitter y sus fanáticos seguidores.
En menos de dos años Juan Manuel Santos había logrado lo imposible: una exitosa 'desuribización' del país. Mientras que en agosto de 2010 Álvaro Uribe salía de la Casa de Nariño como el segundo Bolívar que marcaría la política colombiana por décadas, en diciembre de 2011 los uribistas ni siquiera eran capaces de imponer su agenda en La U. Y lo paradójico es que aunque Santos estaba desarrollando una agenda diametralmente opuesta a la del legado de Uribe que lo había llevado al poder, la inmensa mayoría de los colombianos se habían vuelto tan fanáticos santistas como habían sido fanáticos uribistas. Santos promovió un sello propio con el reconocimiento del conflicto armado, la reconciliación con los vecinos y los proyectos de tierras y víctimas. Así, demostró que su mandato no sería el tercer periodo de Uribe en cuerpo ajeno.

Esa transición no era del agrado de Uribe. Gradualmente se fue convirtiendo en un tuitero radical contra cualquier iniciativa del gobierno. Un doctor No en el ciberespacio. Santos aguantó y siguió aplicando su mantra hasta que en la Cumbre de las Américas en Cartagena decidió no seguir poniendo la otra mejilla. En una entrevista con CNN, por primera vez arremetió fuerte contra Uribe describiéndolo como "cosa del pasado". Agregó que los trinos uribistas "lo tenían sin cuidado y no le quitaban el sueño". La guerra fría entre ambos líderes había llegado a su fin y comenzaba el enfrentamiento abierto.

Pero, más que la frenética y agresiva respuesta del expresidente en las redes sociales, en sintonía con su actitud de meses anteriores, lo más sorprendente es que mes y medio después de esas declaraciones de Santos, Uribe esté hoy proyectado como el único jefe de la oposición al gobierno. ¿Qué pasó en estas seis semanas para que las críticas uribistas pasaran de punzantes pero inofensivos trinos a la expresión del descontento de una parte de la opinión pública? La respuesta está en que como opositor Uribe hace lo mismo que como gobernante: vive en campaña permanente.

Cuestión de estilo

Las rivalidades entre dos expresidentes del mismo partido han sido una constante en Colombia (ver recuadro). Sin embargo, nunca este distanciamiento se había traducido en un nivel de agresión como el que se ha visto entre Álvaro Uribe y su antiguo ministro de Defensa. Y si se le puede creer a las encuestas, se trata de los dos mandatarios más populares del último cuarto de siglo.

Uribe disfruta de la romería que hace con sus visitas a distintas zonas del país. No le importa qué tan grande es el auditorio, ni el tema. Un día puede dar una charla a empresarios sobre liderazgo y al otro puede hablar en una universidad sobre política internacional. Y, prácticamente, en todas partes es recibido en medio de aplausos y sale en hombros.

Mantiene su estilo microgerencial y de contacto directo con la gente al que el país se acostumbró en ocho años de consejos comunitarios. Su capital político está vivo, tanto en las grandes urbes -según la encuesta de abril hecha por Gallup Poll en las cinco principales ciudades, el 65 por ciento de los colombianos tiene una opinión favorable de él­- como en las regiones donde lo recuerdan. Al igual que cuando gobernaba, sus mensajes son contundentes, emotivos y fáciles de entender. Su preocupación, según dice, es que "el país retroceda". Se refiere no solo al temor que siente porque su legado quede en el olvido, sino también frente al filón de la seguridad. "Tengo mis tristezas personales" repite cada vez que puede refiriéndose a la ruptura con el gobierno que él mismo apoyó. Culpa al gobierno de derrochador, de darle ventajas al terrorismo, de liviano por recuperar las relaciones con el presidente Chávez.

En ciudades como Buga, Barranquilla, Montería y Manizales Uribe ha soltado frases como "Me parece inmensamente grave. Allí ha habido una desorientación al país. Ahora posan como que con esta ley hubieran sido los redentores de las víctimas", "el deterioro de la seguridad nos puede llevar al país que teníamos en el año 2002" y "cada vez que haya una rendija de inseguridad en la geografía nacional, hay que protestar para que el Estado actúe".

Y así, de ciudad en ciudad, de emisora en emisora y entre trino y trino el jefe de la oposición va lanzando sus diatribas contra la imagen del gobierno. Y su mensaje tiene canales de expresión. Entre ellos están conocidos líderes de opinión como Francisco Santos, José Obdulio Gaviria, Fernando Londoño, Rafael Nieto, Alfredo Rangel, entre otros. Pero también hay un grupo de mosqueteros que escriben en diarios regionales y consideran al exmandatario su faro ideológico. Entre ellos están Paloma Valencia y Diego Martínez Lloreda, que escriben en El País de Cali; Alfonso Monsalve Solórzano, en El Mundo de Medellín; Cristian Mejía, en La Patria de Manizales; Tatiana Cabello Flórez, en El Heraldo de Barranquilla; Rafael Mestra y Ramiro Vélez Toro, en El Meridiano, y una larga lista de colaboradores de El Colombiano de Medellín, que comprometió abiertamente sus páginas editoriales en la defensa del legado del expresidente. Eso sin contar con la estrategia en las redes sociales donde se reproducen sus discursos, se acopian los escritos que lo defienden y se difunden sus trinos.

No obstante, aunque sus planteamientos gozan de aceptación en un sector de la opinión pública, no sucede lo mismo con el Congreso de la República. Sistemáticamente los intentos de intromisión del expresidente frente a proyectos de ley son derrotados. El más reciente se presentó el mismo día en que uno de sus defensores, el exministro Fernando Londoño, era víctima de un atentado con explosivos. Considerado así mismo un ataque violento contra la ideología uribista, el exmandatario llamó a varios representantes a la Cámara para que rechazaran el marco legal para la paz. No logró imponer su voluntad, pero 37 congresistas votaron a favor de una proposición que él mismo redactó para evitar que desmovilizados lleguen a los cargos de poder. Sin duda, el control del Legislativo sigue firme bajo las riendas santistas.

Es evidente que la estrategia de Uribe tiene fines electorales. Se han mencionado varias alternativas, incluida la posibilidad de aspirar a la Vicepresidencia para arrastrar así a un candidato suyo a la Casa de Nariño. De sus viajes por las regiones han salido ocho nombres que, por ahora, integrarían esa fórmula: Óscar Iván Zuluaga, Luis Carlos Restrepo, Angelino Garzón, Alex Char, Francisco Santos, Martha Lucía Ramírez, Juan Lozano y Luis Alberto Moreno.

El camino de una eventual vicepresidencia, sin embargo, no va a suceder. Colombia es un país legalista y la única función concreta del vicepresidente es reemplazar al presidente en caso de ausencia. Como Uribe ya ha sido dos veces presidente y por disposición constitucional no podría serlo una tercera vez, esa fórmula no puede ser viable. La opinión pública no permitiría que haya un vicepresidente que no pueda ejercer la única función vital de ese cargo: reemplazar al presidente si este muere o se incapacita.

Más factible es la otra estrategia que se menciona que consiste en que el expresidente sea la cabeza de una lista al Senado. La pregunta que sigue sin resolverse es en qué partido. La U probablemente estará con Santos, que es quien controla el Congreso. El Partido Liberal tiene como bandera las leyes de tierras y de víctimas que él rechaza. Y en Cambio Radical, el Polo o los verdes no tendría sentido. Queda el Partido Conservador, que es donde más lo quieren, pero matricularse abiertamente en esa colectividad sería un viraje histórico comparable al de Rafael Núñez.

En términos ideológicos, el debate entre Santos y Uribe gira alrededor del deterioro de la seguridad y de la posibilidad de un proceso de paz. Existen indicios de que este gobierno está en forma discreta haciendo contactos en esa dirección. El marco jurídico para la paz, por ejemplo, es una medida que apunta hacia allá. Esta ley reconoce una realidad de a puño: que para desmovilizar a una guerrilla con medio siglo en el monte se requieren concesiones penales. La teoría de que guerrilleros y paramilitares deben tener un trato simétrico aguanta en el papel mas no la práctica. Mientras las Farc tengan miles de hombres en armas no existe la menor posibilidad de que se desmovilicen si sus cabecillas terminan en la cárcel. Uribe, no obstante, sí los quiere muertos o detrás de las rejas y ese es el eje del conflicto Santos-Uribe en la actualidad.

La impresión de que Santos está encaminado hacia un proceso de paz no le disgusta solamente a Álvaro Uribe. Un sector no insignificante de las Fuerzas Armadas piensa lo mismo que el expresidente y se está creando un malestar y una división en el estamento castrense. Si bien el presidente de la República fue el ministro de Defensa más popular desde que ese cargo es ocupado por un civil, su viraje hacia una posible negociación ha creado fisuras. Otro tema que agrava la situación es el fuero militar. La inseguridad jurídica que los comandantes de las tropas han venido denunciando no es atacada por el gobierno con la misma intensidad con que la denuncian los uribistas. Por todo esto, las declaraciones del general Navas de respaldo unánime al primer mandatario pueden ser más protocolarias que reales. Y si bien los correos de militares retirados hechos públicos la semana pasada que hablan de un posible golpe de Estado son ridículos y no representativos, sí son sintomáticos de una molestia castrense. Las Fuerzas Armadas definitivamente respaldan al gobierno y ruido de sables no hay. Pero ese respaldo es menos entusiasta de lo que era cuando fue ministro de Defensa o cuando se posesionó como presidente.

La percepción de que ha tenido lugar un deterioro en la seguridad le ha permitido al expresidente Uribe ganar terreno en los últimos tiempos. Sin embargo esta caída no comenzó con el gobierno actual como muchos creen. Un estudio de la fundación Arco Iris señala a 2009 como el año en el cual la seguridad democrática empezó su verdadero declive en varias zonas del país.

Otro planteamiento uribista en el que tampoco coincide la teoría con la práctica es el de la Ley de Justicia y Paz. Frente al polémico marco jurídico para la paz, promovido por el actual gobierno, los seguidores del exmandatario invocan esa legislación uribista como un ejemplo exitoso. Lo cierto es que aunque la mayoría de las cabezas de los paramilitares están detrás de las rejas, los requisitos de verdad, justicia y reparación, contenidos dentro de esta legislación, se han cumplido poco.

La bandera de la cruzada uribista contra el gobierno gira en torno a presentar al presidente Santos como un hombre flexible en materia de orden público y obsesionado con pasar a la historia después de haber firmado la paz. Esa apreciación es simplista e inexacta. Durante toda su carrera política el jefe de Estado ha demostrado que es un hombre de carácter, de resultados y un guerrero. Lo que algunos califican como obsesión por la paz es más bien una ilusión compartida por todos los colombianos que está sujeta a algunas circunstancias políticas concretas. Mientras estas no se den el gobierno no va a bajar la guardia. El propio Santos ha reconocido que quiere la paz pero que no está dispuesto a cometer errores en su búsqueda. Esto no significa que la seguridad del país no se haya deteriorado recientemente. Pero si esto ha sucedido ha sido más bien por problemas de ejecución que por falta de voluntad.

Las opciones de Santos

La oposición uribista es un fenómeno político que el gobierno no debería subestimar. La combinación de viudez del poder, férrea convicción ideológica, tintes mesiánicos y populismo caudillista es una ecuación con creciente acogida en la opinión pública. Al igual que cuando estaba en la Casa de Nariño, Álvaro Uribe cuenta con dos poderosos jefes de campaña: él mismo y las Farc.

La atención a los indicadores de seguridad resuena tanto en regiones que aún recuerdan los tiempos de terror de la guerrilla como en ciudadanos del común cuyas vidas cambiaron. Al mismo tiempo, gremios como los ganaderos y sectores de la agroindustria, así como élites regionales están más sintonizados con la nostalgia del uribismo que con las iniciativas del gobierno actual.

Por otro lado, Juan Manuel Santos ha construido una coalición en torno a sus políticas sociales como las tierras y las víctimas y en torno a una visión más moderna de la economía y del papel de Colombia en la globalización. Aunque Uribe cuenta con "una inmensa minoría", la mayoría de los colombianos apoya lo que está haciendo el gobierno y consideran que el timonazo que se dio ha sido conveniente. Incluso el sueño de un controvertido proceso de paz con la guerrilla es un anhelo que muchos mantienen y el debate sobre el mismo no es tanto si debe buscarse sino si se debe iniciar antes de que la guerrilla dé muestras incontrovertibles de tener una intención de paz sin estrategia y sin engaños.

Si bien el gobierno tiene claridad en cuanto a los riesgos que asume por el rumbo del liberalismo de centro izquierda que ha tomado, no son pocos los problemas de ejecución que tiene que resolver. Pero el sector público y la burocracia nunca han sido perfectos ejecutores y Juan Manuel Santos no ha sido el primero ni será el último en ser víctima de esas limitaciones. Mientras tanto, su prioridad es que la oposición de Uribe, que hasta ahora ha sido una gripa leve, no vaya a convertirse en una neumonía. Detrás de las marcadas diferencias de estilo, liderazgo y origen, entre ambos se esconde un crucial enfrentamiento de proyectos de sociedad y de las élites que los liderarían. Pero la infatigable crítica del exmandatario a la gestión de este gobierno ya ha dejado una cosa en claro: si antes había alguna duda de que Juan Manuel Santos se lanzaría a la reelección en 2014, la pelea frontal con Uribe en lugar de empujarlo al retiro lo incentiva. Él, al igual que Uribe, es un gallo de pelea. Y su meta sin duda va a ser derrotarlo, quedarse otros cuatro años y asegurar su puesto en la historia.
 
Peleas presidenciales
 
Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos no son los primeros presidentes de origen liberal en convertirse en antagonistas. Los pioneros en esta materia fueron Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos en los años treinta y cuarenta. Las diferencias entre los dos eran tanto ideológicas como de estilo. López era un líder carismático que había transformado al país con “la revolución en marcha” que se comunicaba con el pueblo a través de la plaza pública. Santos era un intelectual introvertido partidario del statu quo más que de las transformaciones radicales. Su canal de expresión eran los editoriales en su periódico El Tiempo.

Treinta años después fue entre Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López Michelsen. El rompimiento entre ambos comenzó desde que López, quien había sido canciller de Lleras, lo derrotó en la lucha por la candidatura liberal con la que Lleras pretendía reelegirse. Aunque no había grandes diferencias ideológicas entre ambos, Lleras, como director del semanario Nueva Frontera, se convirtió en un crítico y fiscalizador permanente del gobierno. Cuando fue informado del malestar de López con sus editoriales le mandó decir a su antiguo canciller que no entendía la rabia, pues él se limitaba a apoyar al gobierno, cuando creía que este acertaba, y a criticarlo, cuando creía que se equivocaba. López le respondió diciéndole que en calidad de expresidente del partido de gobierno su responsabilidad era exactamente la contraria: respaldar al gobierno cuando a este le iba mal. Al final de la vida los dos mandatarios se reconciliaron.

La versión contemporánea de estos mano a manos presidenciales ha sido la mala química entre César Gaviria y Ernesto Samper. Ideológicamente no podían ser más diferentes. El primero es considerado neoliberal y el segundo socialdemócrata. De ahí que Gaviria es asociado con una apertura con poco corazón y Samper como un keynesiano con vena social. El proceso 8000 no contribuyó mucho a acercar esas diferencias y los últimos rounds los ha venido ganando Gaviria. Como jefe del partido en los últimos años y como padre de Simón, el nuevo jefe del partido, ha tenido la sartén por el mango desde hace tiempo.
Todos esos antagonismos, sin embargo, nunca llegaron al nivel de animadversión –y agresividad– que se ha visto entre Uribe y Santos. Los expresidentes anteriores eran o más diplomáticos o más hipócritas, pero en todo caso mantenían en privado sus resentimientos. Uribe definitivamente no es diplomático ni hipócrita. Y ese temperamento ha desatado una guerra político-nuclear.


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