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| 11/4/1996 12:00:00 AM

AMANECER AZUL

A pesar de la crisis que vive, al Partido Conservador no le fue mal en su convención de la semana pasada. Pero, ¿habrá futuro para los godos?

Los augurios no eran los mejores. En las horas que precedieron el inicio el miércoles pasado de la convención del Partido Conservador todos los indicadores hacían presentir un fracaso, o cuando menos un lánguido desenlace. La ausencia de una tercera parte de la bancada conservadora, la del grupo de los 'lentejos' que colaboran con el gobierno de Ernesto Samper; la no presencia de la ex canciller Noemí Sanín, la presidenciable conservadora mejor ubicada en la encuestas; el aparente debilitamiento del sector alvarista tras el asesinato de su líder en noviembre pasado, y la participación en delicadas condiciones de salud de su jefe natural, el ex presidente Misael Pastrana, eran circunstancias que no permitían a los azules hacerse muchas ilusiones. Pero los negros pronósticos fallaron. La ausencia de los lentejos pareció dañarlos más a ellos que a los antisamperistas, quienes como dueños absolutos de la convención diseñaron una estrategia para sacar a los colaboracionistas de todos los directorios departamentales del país en los próximos meses. En el caso de la ex canciller Sanín, a pesar de que nada indica que su ventaja en las encuestas vaya a disminuir por cuenta de ello, lo cierto es que la silbatina que despertó su mensaje a la convención marcó una mala hora para la precandidata. Su intención de enviar un mensaje suprapartidista al abstenerse de ir a la convención podía ser válida desde el punto de vista táctico, pero olvidó que el suprapartidismo es estar por encima de los partidos y no por fuera o en contra de ellos. En un horizonte tan incierto como el que presenta la próxima elección presidencial, distanciarse de su propio partido que, por minoritario que sea, aglutina a una base electoral de alrededor de dos millones y medio de votos, no es la mejor estrategia. Y aunque para los godos tampoco es bueno alejarse de su candidata más opcionada, para la convención fue importante que saliera mal parada quien trató de despreciarla. Lo anterior fue bien aprovechado por Andrés Pastrana, quien leyó un discurso serio y efectista en el que pudo cobrar su condición de haber sido el primer opositor al actual gobierno. El ex alcalde le hizo venias y gestos de humildad a los convencionistas azules, que muy posiblemente lo ayudarán a darle una base política firme a su aspiración presidencial para 1998. En lo que se refiere al sector alvarista, su supuesta debilidad derivada del asesinato de Alvaro Gómez terminó desvirtuada por los resultados de la elección de los nueve miembros del directorio del partido, entre quienes se contaron varios herederos de esta corriente política. El principal de ellos, el senador Enrique Gómez, obtuvo la segunda mejor votación, solo superado por el gran elector de las toldas azules, el senador antioqueño Fabio Valencia Cossio. Otro alvarista triunfador fue el ex ministro Hugo Escobar Sierra, quien abandonó su retiro político de varios años para volver al directorio. Incluso el representante Pablo Victoria, el alvarista que más se destacó en el juicio a Samper, estuvo cerca de conseguir un escaño en la directiva azul a pesar de llevar escasos tres años en la brega política. Finalmente, en lo que tiene que ver con la actuación del ex presidente Misael Pastrana, su rostro envejecido y su cuerpo visiblemente adelgazado tras varios meses de penosa enfermedad, se transformaron en puntos a favor debido a la forma como el ex mandatario se sobrepuso a esas condiciones para pronunciar un aguerrido discurso de oposición al presidente Samper. Pero el hecho de que las cosas hayan salido mejor de lo previsto no es suficiente para despejar los grandes interrogantes que enfrenta hacia el futuro la colectividad azul. Después de 10 años de administraciones liberales que debían haber desgastado a los rojos, y tras meses en que la actual se ha tambaleado, nada indica que los conservadores estén en mejor posición para convertirse en alternativa de poder de la que han estado antes de ser derrotados en las últimas tres elecciones presidenciales. ¿A qué puede deberse todo esto? En primer lugar a que en los últimos 25 años los sectores alvarista y pastranista protagonizaron una guerra fratricida alimentada por los sucesivos gobiernos liberales que los ponían a pelear por los puestos que les daban. En segundo lugar, a que la única vez en todo este período en que consiguieron la Presidencia de la República, el elegido, Belisario Betancur, hizo todo menos poner en práctica la ideología conservadora que justo en ese momento, en países como Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, vivía los momentos de mayor gloria de este siglo por cuenta de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Helmut Kohl. Y en tercer lugar, a que tras la terminación de ese único mandato conservador y el regreso de los liberales con Virgilio Barco en 1986, el intento absolutamente válido de no aceptar cargos en la administración e irse a la oposición, como sucede en cualquier país civilizado del mundo, terminó convertido en catástrofe pues la democracia colombiana demostró estar aún muy lejos del grado de madurez que se requiere para que sea viable hacer política y conseguir votos sin tener burocracia. Hay un cuarto factor que complementa los anteriores. Los conservadores no tuvieron ministros en la administración Barco y en las de Gaviria y Samper apenas pudieron aspirar a una tercera parte del gabinete, lo que ha limitado considerablemente el surgimiento y consolidación de líderes y figuras azules en el escenario político. Y a esto se suma el hecho de que en el caso del actual gobierno los ministros lentejos no sólo son en su mayoría ilustres desconocidos sino que carecen, por su propia condición de colaboracionistas, de futuro político. Como puede verse, aunque las cosas en la convención no salieron mal, nada garantiza que de aquí a 1998 el camino se acabe de enderezar para los conservadores. Es cierto que desde el punto de vista ideológico la crisis de corrupción y de orden público que vive el país puede favorecer el regreso de los postulados conservadores de moral y autoridad, algo que los convencionistas entendieron bien al aplaudir prolongadamente algunos de los discursos más conservadores de convención alguna en muchos años, como el pronunciado por el abogado Fernando Londoño Hoyos. El desafío de esta colectividad consiste en aprovechar lo anterior y una coyuntura de polarización por cuenta de la cual medio país cree que el presidente Samper debe renunciar y se muestra alérgico a la vieja clase política liberal golpeada como nunca por decisiones judiciales. La pregunta es si va a poder hacerlo, viudo como está ese partido de burocracia y de poder, en momentos en que el gobierno liberal parece dispuesto a aceitar al máximo la arrolladora maquinaria roja, con el fin de garantizar la sucesión presidencial en cabeza de Horacio Serpa Uribe.
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