Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1994/04/11 00:00

AMOR Y EROTISMO

Con su reciente libro 'La llama doble', el escritor mexicano Octavio Paz convierte en realidad uno de sus viejos sueños: indagar sobre la sexualidad, el erotismo y los dominios del amor.

AMOR Y EROTISMO

OCTAVIO PAZ ESCRIBIO ESTE LIBRO EN dos meses: desde los primeros días de marzo de 1993 hasta finales de abril. Pero la verdad, como él mismo lo dice, es que comenzó a escribirlo desde su adolescencia. Fue en esa época cuando la idea de hablar sobre el amor y el erotismo empezó a perseguirlo. "El año pasado sentí la necesidad de volver sobre mi idea y realizarla -dice-. Pero me detenía: ¿no era un poco ridiculo, al final de mis días, escribir un libro sobre el amor? De pronto, una mañana, me lancé a escribir". El resultado es La llama doble: amor y erotismo, un libro publicado por la editorial Círculo de Lectores de España y que aún no ha llegado a Colombia. SEMANA reproduce algunos apartes:
SEXO SUBVERSIVO
Hay que distinguir al amor, propiamente dicho, de la sexualidad. Hay una relación tan íntima entre ellos que con frecuencia se les confunde. Por ejemplo, a veces hablamos de la vida sexual de Fulano o de Mengana, pero en realidad nos referimos a su vida erótica. El acto erótico se desprende del acto sexual: es sexo y otra cosa. No es extraña la confusión: sexo, erotismo y amor son aspectos del mismo fenómeno, manifestaciones de lo que llamamos vida.
El más antiguo de los tres, el más amplio y básico, es el sexo. Es la fuente primordial. El erotismo y el amor son formas derivadas del instinto sexual: cristalizaciones, sublimaciones, perversiones y condensaciones que transforman a la sexualidad y la vuelven, muchas veces, incognoscible. El sexo es el centro, el pivote de esta geometría pasional.
El erotismo es exclusivamente humano. La primera nota que diferencia al erotismo de la sexualidad es la infinita variedad de formas en que se manifiesta, en todas las épocas y en todas las tierras. El erotismo es invención, variación incesante; el sexo es siempre el mismo. El protagonista del acto erótico es el sexo o, más exactamente, los sexos. El plural es de rigor porque, incluso en los placeres llamados solitarios, el deseo sexual inventa siempre una pareja imaginaria... o muchas. En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación, el deseo.
Uno de los fines del erotismo es domar al sexo e insertarlo en la sociedad. Sin sexo no hay sociedad, pues no hay procreación; pero el sexo también amenaza a la sociedad. Es creación y destrucción. Es instinto: temblor, pánico, explosión vital. El sexo es subversivo: ignora las clases y las jerarquías, las artes y las ciencias; el día y la noche: duerme y sólo despierta para fornicar y volver a dormir.
He procurado deslindar los demonios de la sexualidad, el erotismo y el amor. Los tres son modos, manifestaciones de la vida. Los biólogos todavía discuten sobre lo que es o puede ser la vida. Para algunos es una palabra vacía de significado; lo que llamamos vida no es sino un fenomeno químico, la unión del algunos ácidos. Confieso que nunca me han convencido estas simplificaciones.
La sexualidad es animal; el erotismo es humano. El amor, a su vez, es ceremonia y representación: pero es algo más. El amor es la metáfora final de la sexualidad. No hay amor sin erotismo como no hay erotismo sin sexualidad. Pero la cadena se rompe en sentido inverso: amor sin erotismo no es amor y erotismo sin sexo es impensable e imposible.

AMIGOS O AMANTES
Se ha comparado muchas veces a la amistad con el amor, en ocasiones como pasiones complementarias y, en otras, las más, como opuestas. Si se omite el elemento carnal, físico, los parecidos entre amor y amistad son obvios. Ambos son afectos elegidos libremente, no impuestos por la ley o la costumbre, y ambos son relaciones interpersonales. Somos amigos de una persona, no de una multitud; a nadie se le puede llamar, sin irrisión, "amigo del género humano ".
La elección y la exclusividad son condiciones que la amistad como parte con el amor. En cambio, podemos estar enamorados de una persona que no nos ame, pero la amistad sin reciprocidad es imposible. Otra diferencia: la amistad no nace de la vista, como las ideas, los sentimientos o las inclinaciones. En el comienzo del amor hay sorpresa, el descubrimiento de otra persona a la que nada nos une excepto una indefinible atracción física y espiritual; esa persona, incluso, puede ser extranjera y venir de otro mundo. La amistad nace de la comunidad y de la coinncidencia en las ideas en los sentimientos o en los intereses. El amor nace de un flechazo; la amistad del intercambio frecuente y prolongado. El amor es instantáneo; la amistad requiere tiempo.
La amistad es más duradera que el amor. Está menos sujeta que el amor a los cambios inesperados... Una república de enamorados sería ingobernable; el ideal político de una sociedad civilizada -nunca realizado- sería una república de amigos... El amor y la amistad son pasiones raras, muy raras. El amor es trágico; la amistad es una respuesta a la tragedia.

INFIDELIDAD PERMITIDA
Hay una nota característica del amor: la exclusividad. Es la línea que traza la frontera entre el amor y el territorio más vasto del erotismo. El erotismo es la dimensión humana de la sexualidad, aquello que la imaginación añade a la naturaleza. Un ejemplo: la copulación frente a frente, en la que los dos participantes se miran a los ojos, es una invención humana y no es practicada por ninguno de los otros mamíferos. El amor es individual o, más exactamente, interpersonal: queremos únicamente a una persona y le pedimos a esa persona que nos quiera con el mismo afecto exclusivo. La exclusividad requiere la reciprocidad, el acuerdo del otro, su voluntad.
El deseo de exclusividad puede ser mero afán de posesión. El verdadero amor consiste precisamente en la transformación del apetito de posesión en entrega. El amor único es el fundamento; es el eje y todo gira en torno suyo. La exigencia de exclusividad es un gran misterio: ¿por qué amamos a esta persona y no a otra? Nadie ha podido esclarecer este enigma. El amor único es una de las facetas de otro gran misterio: la persona humana.
La exclusividad es la exigencia ideal y sin ella no hay amor. ¿Pero la infidelidad no es el pan de cada día de las parejas? Sí lo es y esto prueba que Ibn Hazm, Guinezelli, Shakespeare y el mismo Stendhal no se equivocaron: el amor es una pasión que todos o casi todos veneran, pero que pocos, muy pocos, viven realmente. Admito. claro. que en esto como en todo hay grados y matices. La infidelidad puede ser consentida o no, frecuente u ocasional. La primera, la consentida, si es practicada solamente por una de las partes, ocasiona a la otra graves sufrimientos y penosas humillaciones: su amor no tiene reciprocidad. El infiel es insensible o cruel y en ambos casos incapaz de amar realmente.
Si la infidelidad es por mutuo acuerdo y practicada por las dos partes -costumbre más y más frecuente- hay una baja de tensión pasional; la pareja no se siente con fuerza para cumplir con lo que la pasión pide y decide relativizar su relación. ¿Es amor? Más bien es complicidad erótica., Muchos dicen que en estos casos la pasión se: transforma en amistad amorosa. Montaigne habría protestado inmediatamente: la amistad es un afecto tan exclusivo o más que el amor. El permiso para cometer infidelidades es un arreglo o, más bien, una resignación. El amor es riguroso y, como el libertinaje, aunque en dirección opuesta, es un ascetismo.
En cuanto a la infidelidad ocasional: también es una falta, una debilidad. Puede y debe perdonarse porque somos seres imperfectos y todo lo que hacemos está marcado por el estigma de nuestra inperfección original. ¿Y si amamos a dos personas al mismo tiempo? Se trata siempre de un conflicto pasajero; con frecuencia se presenta siempre en el tránsito de un amor a otro. La elección, que es la prueba del amor, , resuelve invariablemente, a veces con crueldad, el conflicto. Todos estos ejemplos bastan para mostrar que el amor único, aunque pocas veces se realice íntegramente, es la condición del amor.

LA MAGIA DE AMOR
La hermosura, además de ser una noción subjetiva, no juega sino un papel menor en la atracción amorosa, que es más profunda y que todavía no ha sido enteramente explicada. Es un misterio en el que interviene una química secreta y que va de la temperatura de la piel al brillo de la mirada, de la dureza de unos senos al sabor de unos labios. "Sobre gustos no hay nada escrito", dice el refrán; lo mismo debe decirse del amor. No hay reglas. La atracción es un compuesto de naturaleza sutil y, en cada caso, distinta. El amor no es deseo de hermosura: es ansia de compleción.
La creencia en los brebajes y hechizos mágicos ha sido. tradicionalmente, uná manera de explicar el carácter, misterioso e involuntario, de la atracción amorosa. Todos los pueblos cuentan con leyendas que tienen como tema esta creencia. Aunque la idea de que el amor es un lazo mágico que cautiva la voluntad y el albedrío de los enamorados es muy antigua, es una idea todavía viva: el amor es un hechizo y la atracción que une a los amantes es un encantamiento. Lo extraordinario es que esta creencia coexiste con la opuesta: el amor nace de una decisión libre, es la aceptación voluntaria de una fatalidad.

LA PLAZA Y LA ALCOBA
Amor y política son los dos extremos de las relaciones humanas: la relación pública y la privada, la plaza y la alcoba. el grupo y la pareja. Amor y política son dos polos unidos por un arco: la persona. La suerte de la persona en la sociedad política se refleja en la relación amorosa y viceversa. La historia de Romeo y Julieta es ininteligible si se omiten las querellas señoriales en las ciudades italianas del Renacimiento y lo mismo sucede con la de Larisa y Zhivago fuera del contexto de la revolución bolchevique y la guerra civil. Es inútil citar más ejemplos. Todo se corresponde.
La relación entre amor y política está presente a lo largo de la historia de Occidente. En la Edad Moderna, desde la Ilustración, el amor ha sido un agente decisivo tanto en el cambio de la moral social y las costumbres como en la aparición de nuevas prácticas, a ideas e instituciones. En todos estos cambios -pienso en dos grandes momentos: el romanticismo y la primera posguerra- la persona humana fue la palanca y el eje.
Como pasión y no sólo como idea, el amor ha sido revolucionario en la Edad Moderna. El romanticismo no nos enseñó a pensar: nos enseñó a sentir. El crimen de los revolucionarios modernos ha sido cercenar del espiritu revolucionario al elemento afectivo. Y la gran miseria moral y espiritual de las democracias liberales es su insensibilidad afectiva. El dinero ha confiscado al erotismo porque, antes, las almas y los corazones se habían secado.
La idea del amor ha sido la levadura espiritual y moral de nuestras sociedades durante un milenio. Hoy amenaza con disolverse; sus enemigos no son los antiguos, la Iglesia y la moral de la abstinencia, sino la promiscuidad que lo transforma en pasatiempo, y el dinero, que lo convierte en servidumbre. Si el mundo ha de recobrar la salud, la cura debe ser dual: la regeneración política incluye la resurrección del amor.
Toca a la imaginación creadora de nuestros filósofos, artistas y científicos redescubrir no lo más lejano sino lo más íntimo y diario: el misterio que es cada uno de nosotros. Para reinventar al amor, como pedía el poeta, tenemos que inventar otra vez al hombre.

AMOR Y MUERTE
No hay remedio contra el tiempo. O, al menos, no lo conocemos. Pero hay que confiarse a la corriente temporal, hay que vivir. El cuerpo envejece porque es tiempo como todo lo que existe sobre la tierra. No se me oculta que hemos logrado prolongar la vida y la juventud. Para Balzac la edad crítica de la mujer comenzaba a los 30 años; ahora a los 50. Muchos científicos piensan que en un futuro más o menos próximo será posible evitar los achaques de la vejez. Estas predicciones optimistas contrastan con lo que sabemos y vemos todos los días: la miseria aumenta en más de la mitad del planeta.
Pero aun si se cumpliesen las previsiones de los optimistas, seguiríamos siendo súbditos del tiempo. Somos tiempo y no podemos sustraernos a su dominio. Podemos transfigurarlo, no negarlo ni destruirlo. El amor también es una respuesta: por ser tiempo y estar hecho de tiempo, el amor es, simultáneamente, conciencia de la muerte y tentativa por hacer del instante una eternidad. Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que van a morir.
La juventud es el tiempo del amor. Sin embargo, hay jóvenes viejos incapaces de amor, no por impotencia sexual sino por sequedad del alma; también hay viejos jóvenes enamorados: unos son ridículos, otros patéticos y otros más sublimes. Pero, ¿podemos amar a un cuerpo envejecido y desfigurado por la enfermedad? Es muy difícil, aunque no enteramente imposible. Recuérdese que el erotismo es singular y no desdeña ninguna anomalía.
¿No hay monstruos hermosos? Además, es claro que podemos seguir amando a una persona, a pesar de la erosión de la costumbre o de los estragos de la vejez y la enfermedad. En estos casos, la atracción física cesa y el amor se transforma. En general se convierte no en piedad sino en compasión, en el sentido de compartir y participar en el sufrimiento del otro. Ya viejo, Unamuno decía: no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas.
No menos triste que ver envejecer y morir a la persona que amamos es descubrir que nos engaña o que ha dejado de querernos. Sometido al tiempo, al cambio y a la muerte, el amor es víctima también de la costumbre y el cansancio. La convivencia diaria, si los enamorados carecen de imaginación, puede acabar con el amor más intenso.
(...) El amor no vence a la muerte: es una apuesta contra el tiempo y sus accidentes. Por el amor vislumbramos, en esta vida, a la otra vida. El amor no es la eternidad: tampoco es el tiempo de los calendarios y de los relojes. El tiempo del amor no es grande ni chico. No, nos libra de la muerte, pero nos hace verla a la cara... A pesar de todos los males y todas las desgracias, siempre buscamos querer y ser queridos. El amor es lo más cercano, en esta tierra, a la beatitud de los bienaventurados. -

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.