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| 11/5/2001 12:00:00 AM

Anatomía del poder

En Colombia el poder proviene de las armas, de las chequeras, de Washington y de la cercanía al Palacio de Nariño. SEMANA explica el fenómeno.

Henry Kissinger lo describió como el máximo afrodisíaco. Nietzsche dijo que donde “quiera que se encuentre una criatura viviente hay ansia de poder”. Mientras que Darío Echandía se dio el lujo de despreciarlo: “¿El poder para qué?”. El poder, sin embargo, es real para quien lo posee y es real en su capacidad para cambiar la vida de muchas personas.

Esta lista elaborada por SEMANA busca hacer una anatomía del poder en Colombia. Con base en una extensa reportería en diversos círculos de poder intenta dilucidar quiénes son aquellas personas cuyas decisiones más afectan a los colombianos. Es una valoración neutra en términos morales. No es elogiosa. Aparecen en ella los ‘buenos’ a la par que los ‘malos’. Tampoco busca darles visibilidad a aquellos dignos de emular. Y trata de no caer en la trampa de retratar como los más poderosos a aquellos que más ruido hacen o que ejercen mejor la vanidad del poder.

Encontrar una metodología rigurosa para hacer esto no es fácil. Sin embargo SEMANA hizo un ranking con base en diferentes parámetros, según las formas en que se consigue el poder.

El poder se puede adquirir con un puesto. Hasta el presidente más débil es un hombre muy poderoso en Colombia. Eso lo sabía Ernesto Samper cuando dijo “aquí estoy y aquí me quedo”. Varios de la lista que tienen hoy mucho poder lo perderían mañana si se quedan en la calle. Hasta hace unos meses Alfonso Gómez Méndez era una de las cinco personas más poderosas del país. Hoy no clasifica.

No todos los puestos, sin embargo, otorgan poder automáticamente. Luis Fernando Ramírez ejerció un poder sin precedentes sobre las Fuerzas Militares como Ministro de Defensa. Gustavo Bell no lo tiene. La órbita de acción de un canciller suele restringirse a las relaciones internacionales. Pero dada la confianza que le tiene el presidente Andrés Pastrana a Guillermo Fernández de Soto él ha jugado un papel clave en el gabinete y en la paz. Lo mismo sucede con Juan Manuel Santos. Sus condiciones personales, unidas a la falta de interés de Pastrana en los temas económicos le han dado el poder combinado de un Ministro de Hacienda y del Interior, convirtiéndolo en uno de los hombres más poderosos del país.

También existen personas que detentan mucho poder a pesar de carecer de un puesto. Lo tienen por el respeto que inspiran. Es el caso del ex presidente César Gaviria, quien tiene poder no por ser el secretario general de la OEA sino por haberse convertido en el superconsejero de todo el kínder que llevó a Palacio durante su presidencia y que se quedó en puestos clave de la tecnocracia.

Desafortunadamente para Colombia lo contrario también es verdad. Existen unas personas que detentan mucho poder no por el respeto que inspiran sino por el miedo que provocan. Tienen el poder último: el de decidir sobre la vida y la muerte de colombianos. Cinco hombres armados están en la lista de los 40 más poderosos y uno de ellos, ‘Tirofijo’, ocupa el segundo lugar. No por su capacidad de construir cosas ni de convocar voluntades alrededor suyo. Sino por el poder que dan los 18.000 fusiles que le obedecen. Una orden suya de silenciarlos se reflejaría en forma contundente sobre el PIB. En efecto, cifras de Planeación Nacional demuestran que el conflicto armado tiene un costo directo equivalente al 2,4 por ciento del PIB anual y que por su causa cada dos años se pierde inversión privada cuya magnitud en pesos serviría para sostener durante 2001 al Seguro Social.

El poder, con frecuencia, viene con los eventos. Situaciones específicas crean poder. Por eso no es de extrañar que en un país en guerra como Colombia los armados tengan tal sobrerrepresentación. Los ilegales por su capacidad para controlar territorios, provocar decisiones y regir la vida de miles de colombianos a punta de intimidación. Y las Fuerzas Armadas porque el conflicto las ha vuelto indispensables. Gozan hoy de más presupuesto que nunca antes en la historia y sus visiones sobre el conflicto son ampliamente escuchadas porque la sociedad colombiana ha dejado en ellos gran parte de la responsabilidad de solucionar el conflicto.

Estados Unidos —la única potencia mundial— tiene un papel preponderante en todo el mundo. No obtante, en Colombia su poder es mayor que en otras naciones de América Latina y más relevante que en el pasado. Este país es ahora el tercero que más ayuda recibe de Estados Unidos, lo cual explica que varios funcionarios de la administración Bush aparezcan en la lista. Marc Grossman, subsecretario adjunto para asuntos políticos en el Departamento de Estado, es un convencido acérrimo de que la fumigación de cultivos ilícitos es la mejor estrategia antinarcóticos. Si él —que es la mayor autoridad en el tema de Colombia en ese gobierno— pensara que 20 años de intentarlo sin éxito son suficientes y defendiera con la misma vehemencia la erradicación manual las consecuencias sobre este país serían inmediatas.

Pero el poder es efímero. Y lo es más con la crisis actual, que ha puesto de cabeza a varios sectores de la economía. Personas cuyo poder fue indiscutible durante más de tres décadas, como el de Jorge Cárdenas, presidente de la Federación de Cafeteros, y el de Carlos Lleras de la Fuente, director de El Espectador, lo perdieron. Y es probable que si se repite esta lista en dos años muchos de los que hoy se ufanan de aparecer hayan pasado al olvido. Porque como dijo Balzac, “todo poder es una conspiración permanente” y los conspiradores cambian con cada nuevo presidente.

El dinero habla

Casi un tercio de los más poderosos vienen del sector financiero o del mundo de los negocios. “La plata es poder”, dice el refrán popular. Y en una economía capitalista como la colombiana es cierto. Si hace una década el poder estaba sobre todo en manos de políticos y abogados, hoy está cada vez más en manos de economistas y administradores de empresas, que han entrado a engrosar la tecnocracia o que ejercen gran poder desde los bancos, las firmas de inversión o las calificadoras de riesgo.

En un mundo globalizado el eje de poder se ha desplazado. El presidente de un conglomerado como el Grupo Santo Domingo dedicaba hasta hace unos años una buena porción de su tiempo hablando con congresistas, haciendo política, en pocas palabras. Hoy su atención se concentra más en Wall Street porque es allí donde se juega su futuro. La distancia que separa a Augusto López de Ricardo Obregón es la medida de lo mucho que ha cambiado la forma de ejercer poder en el país.

En este contexto, el poder real de un gobierno emergente es limitado frente a los mercados financieros. Si Mohamed El-arian, un analista de Pimco, un fondo de pensiones en California que maneja entre 200.000 y 300.000 millones de dólares, se interesara por Colombia, aquí se sentiría. Pero a él no le convencen los bonos colombianos. Por eso es tan importante el papel que juega una persona como Bruno Boccara, el analista de Colombia en Standard&Poor’s. Su percepción sobre la solidez del país es clave para la calificación de riesgo que le otorguen. ¿Es baja? Se encarece la deuda externa, se quiebran varias empresas. ¿El noruego Olav Gronlie, jefe de la misión del Fondo Monetario Internacional para Colombia, emite un concepto negativo? Se precipita una fuga de capital.

A otro nivel, pero no menos contundente para Colombia, es el poder que ejerce Alan Greenspan, jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos. Por cada punto que él le baja a las tasas de interés Colombia se ahorra 210 millones de dólares anuales.

Todas estas personas toman decisiones clave y lo hacen de manera visible. Hay, sin embargo, ciertos poderes que se ejercen de manera invisible. Altos funcionarios del gobierno aún desfilan a diario por la oficina del ex secretario privado Juan Hernández. Y no lo hacen sólo para saludar. Fabio Valencia Cossio vive en Italia y, sin embargo, pocas cosas suceden en la política conservadora que no hayan pasado por él.

De otra manera muy distinta existen unas fuerzas ocultas que permean toda la estructura de poder colombiana. Nadie volvió a ver a un narcotraficante y no obstante allí están ejerciendo el poder que les da producir 500 toneladas de coca al año que en el mercado de Estados Unidos se venden a más de 20.000 dólares por kilo. La propiedad de la tierra y el poder de financiar la guerra es de ellos. También están las redes de corrupción. Ejercen poder en el Seguro Social, en el sector de la salud, en el de defensa.

Si el poder de los últimos reside en su invisibilidad, el poder de los medios reside en escoger qué hacer visible. El último informe de las Naciones Unidas dijo recientemente que en Colombia el 60 por ciento de la población se encuentra en la línea de pobreza. Millones de colombianos lo sabrían si a Julio Sánchez Cristo le hubiera interesado la noticia. Es probable que Luis Eduardo Díaz jamás hubiera abandonado su caja de embolar si El Tiempo no le hubiera dado tal despliegue al veto que le hizo la Registraduría a la inscripción de su candidatura al Concejo.

Se podría decir que más importantes que todos los anteriores son en realidad los pensadores, los que influyen sobre la mente de la gente. Su influencia es inmensa. A veces es eterna. Pero el poder, para efectos de esta lista, es aquel que se ejerce a través de las acciones, no de las ideas. “Los hombres poderosos tienen manos que alcanzan lejos”, dijo Shakespeare. Esta es la lista de esos personajes que hizo SEMANA.
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