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| 8/7/2005 12:00:00 AM

Anatomía de un gobierno

Al cumplir tres años como presidente, Álvaro Uribe no tiene el desgaste que sufrieron sus antecesores pero todavía tiene tareas pendientes y riesgos por superar en materias claves.

Una paz dudosa

Hace tres años el panorama de la paz parecía más fácil. Uribe se propuso derrotar a las Farc en el terreno militar y negociar con los demás grupos. Las AUC fueron las primeras en sentarse a la mesa. Más de 10.000 paramilitares se han desmovilizado, pero al proceso le falta credibilidad. Existe el riesgo de que crímenes atroces queden impunes, que los jefes de las AUC, metidos hasta el cuello en narcotráfico, conviertan la negociación en una operación de lavado de activos ilegales y que la paz de Ralito les permita avanzar en la captura violenta de negocios como el chance, o de gobiernos locales. Más grave, hay dudas de que las desmovilización realmente desmonte el fenómeno paramilitar. Por lo anterior, es muy probable que Uribe necesite iniciar un proceso con los grupos guerrilleros. Pero la apuesta por un diálogo con el ELN parece perdida y el intercambio humanitario con las Farc no se ha desbloqueado.

El corazón grande

Los logros de Uribe en lo social son mayores de lo que le reconocen sus contradictores, pero no son parejos. Unos son notables: se han creado más de un millón de cupos escolares, cerca del 70 por ciento de la meta propuesta a comienzos del gobierno y hay más de cuatro millones y medio de nuevos beneficiarios del Sisbén y más de 1.600.000 del régimen contributivo. Sin embargo, las fusiones ministeriales de Salud y Trabajo, y de Medio Ambiente con Desarrollo han sido cuestionadas porque han debilitado algunas de sus funciones. Los hospitales siguen en crisis, se están privatizando los parques naturales sin mayores garantías de control ecológico efectivo, y se están proponiendo cambios de fondo a las leyes madre en medio ambiente (como la Ley Forestal), corriendo el riesgo de convertirlas en colchas de retazos. La principal frustración en la política de corazón grande es que uno de cada dos colombianos continúa siendo pobre.

El dolor de cabeza

El fracaso del referendo en octubre de 2003 ha sido el golpe más duro del Presidente. Sin embargo, los efectos económicos de este hecho no fueron tan negativos como se pronosticaba. Uribe recuperó pronto su popularidad.

El as bajo la manga

Tenía su carta guardada pero la sacó y ganó. Consiguió que el Congreso le aprobara la reelección y su popularidad salió ilesa a pesar de la lluvia de críticas por haberles entregado demasiadas concesiones a los congresistas para que la aprobaran. Hoy el 66 por ciento de colombianos está a favor de que el Presidente se quede hasta 2010.

El talón de Aquiles

El excesivo personalismo con que gobierna es su debilidad mayor. Le cuesta armar equipo, sobre todo en el Congreso, donde la bancada de gobierno cada vez está más dividida. Concentra demasiadas decisiones en sus manos, es obsesivo microgerente y eso lo hace perder de vista las grandes políticas, lo hace rodearse de demasiados yes men, y debilita las instituciones. En los consejos comunitarios, por ejemplo, el Presidente da respuestas a los problemas inmediatos de la gente pero deja sin piso a alcaldes, gobernadores y subalternos. Esta cercanía a la gente en un país donde el gobierno suele estar tan lejos, le ha dado, sin embargo, mucha popularidad.

Ideas polémicas

El presidente Uribe es experto en lanzar frases controversiales. Aplicó la lógica del espejo retrovisor a los procesos de paz de sus antecesores, para justificar el suyo con los paramilitares. Esto le costó la total animadversión de César Gaviria, y hasta hace pocos días, la de Andrés Pastrana. También para defenderse de las críticas a la ley de Justicia y Paz acusó a los ex combatientes del M-19 de haber quemado el Palacio de Justicia en asocio con el narcotráfico. Un gesto que fue visto como revanchista e impropio de una figura presidencial.

Sigue siendo también polémica su afirmación de que en Colombia no hay conflicto armado, y por tanto, no hay civiles ajenos a él. Y una propuesta para que el Estado comprara los cultivos de coca a quienes los siembran no sólo despertó rechazo en el país, sino también en el exterior. Hace pocos días el Departamento de Estado de Estados Unidos la calificó de inviable.

La jugada internacional

En estos tres años, el gobierno de Estados Unidos ha ratificado su apoyo a la lucha contra el terrorismo, el eje central de la política exterior de Álvaro Uribe. La batalla antiterrorista también sirvió como punto de acercamiento a gobiernos europeos como el español y el inglés y garantizó el éxito de la reciente visita de Estado de Uribe al Viejo Continente. Pero una cosa es la relación con los jefes de gobierno y otra con los Parlamentos. Un sector importante de senadores estadounidenses han puesto en jaque la ayuda por la aprobación de la ley de Justicia y Paz. Los acercamientos a Estados Unidos también se materializaron en la negociación del TLC.

En contraste, los logros obtenidos con los países vecinos son pocos. Con Venezuela, las relaciones estuvieron al borde de la ruptura después de la captura del guerrillero de las Farc Rodrigo Granda en ese país en 2004. Con Ecuador, los problemas de seguridad fronteriza también han sido causa de roces entre los gobiernos. Álvaro Uribe corre el riesgo de quedarse cada vez más solo en América Latina, donde los vientos soplan hacia la izquierda.

El olfato político

No pierde la oportunidad para neutralizar a sus enemigos políticos. A Fabio Echeverri, su feroz crítico cuando Uribe fue gobernador de Antioquia, lo nombró su consejero estrella; y a Fabio Valencia, su opositor de muchos años en la política regional de Antioquia, lo mantuvo como embajador en Roma y ahora es asesor en la Casa de Nariño. Los aspirantes presidenciales a quienes derrotó en 2002, Noemí Sanín y Horacio Serpa, se volvieron los voceros de su gobierno ante España y la OEA. Y aunque ganó las elecciones de 2002 por su furibunda crítica a la política de paz de Andrés Pastrana, ahora no tuvo problema en nombrar al ex presidente como embajador ante Estados Unidos.

El bolsillo

El gobierno ha remado contra viento y marea para lograr que la economía creciera del 2 al 4 por ciento, en gran parte porque pudo crear un mejor clima en materia de seguridad y eso trajo confianza. La inversión privada como porcentaje del PIB pasó del 8 al 11 por ciento. Tranquilizó a los mercados con la reducción del déficit público de 3,5 a 1,2 por ciento (en buena parte porque aumentó el recaudo de impuestos 17 por ciento). Pero el déficit del gobierno nacional (sin contar las regiones) se mantiene alrededor del 7 por ciento del PIB y la deuda pública interna ha crecido vertiginosamente. Los logros económicos apenas empiezan a reflejarse en el empleo. Cayó la tasa de desocupación de 15,3 a 12, 5 por ciento, pero aún hay 240.000 subempleados más que hace tres años.

Los pantalones bien puestos

Lo que más popularidad le sigue dando en su tercer año de gobierno es la percepción generalizada de que el país está más seguro. Se puede transitar sin riesgo por las carreteras principales, hay policía en todos los municipios, se redujeron los ataques guerrilleros a las poblaciones, los homicidios, las masacres, el desplazamiento forzado y, en más de la mitad, el secuestro. Una sola variable de seguridad ha empeorado: las desapariciones forzadas. Las Fuerzas Armadas se siguieron robusteciendo hasta llegar a la cifra récord de 360.000 integrantes y han logrado meterse en las zonas de retaguardia de las Farc a donde nunca habían llegado, como el bajo Caguán. Sin embargo, este grupo está lejos de ser derrotado. Muchos interrogantes se ciernen sobre la sostenibilidad del Plan Patriota, no sólo en términos financieros, sino sobre sus posibilidades de consolidación a la larga, en términos de una presencia legítima y estable de las instituciones del Estado.
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