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| 11/23/2002 12:00:00 AM

Antonio al desnudo

Se lanza en Bogotá el libro 'Patadas de ahorcado', conversaciones de Juan Carlos Iragorri con Antonio Caballero. No deja títere con cabeza.

¿Qué le parecía Galán?

Galán parecía un tipo serio que intentó organizar la política del partido liberal de una manera moderna. Pero cuando lo mataron se acababa de abrazar con el doctor Turbay, que había sido, según Galán, el representante más visible de lo que había corrompido al partido en las últimas décadas. El asesinato de Galán sigue siendo bastante turbio, como todos los asesinatos importantes desde el del mariscal Sucre. De no haber muerto a tiros, probablemente habría sido un presidente inocuo, porque ya había vuelto al redil.

Muerto Galán, sus banderas las tomó César Gaviria. Y gobernó de 1990 a 1994. ¿Cuál es su opinión de Gaviria?

Gaviria tiene en su haber la celebración de la Asamblea Constituyente, convocada por Barco, algo que fue muy importante no tanto por la Constitución del 91, que es a mi modo de ver mal hecha, infinitamente larga, infinitamente confusa y llena de absurdos, sino porque por primera vez en la historia de Colombia se redactó una Constitución por consenso y no por imposición del vencedor de una guerra civil. Pero Gaviria también tiene en su debe una política económica, como fue la apertura, recomendada por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y que se puso en marcha sin tener en cuenta las consecuencias catastróficas para la economía colombiana y, en particular, para el campo. Porque la apertura arruinó a los campesinos y los dejó con una sola salida para trabajar: enrolarse en los paramilitares o en la guerrilla. Tampoco podían irse a buscar trabajo en las ciudades, donde no lo había puesto que la industria había sido arruinada por esa misma apertura.

Cuando gobernaba Gaviria, al país lo puso en jaque Pablo Escobar. Describa a Escobar.

Escobar fue simplemente el producto de la prohibición de la droga. El narcotráfico genera mafias por el hecho de que la materia prima con la que trata, las drogas, están prohibidas. En ese sentido, Escobar fue una anécdota dentro de la gran guerra criminal desatada por los gobiernos de los Estados Unidos en torno a la droga. Pablo Escobar fue una anécdota sangrienta porque era un hombre ambicioso y sin escrúpulos. Un asesino nato, un criminal múltiple. Mató a miles de personas, jueces, periodistas, policías, pasajeros de avión, gente inocente. Pero no habría tenido los medios para hacer todo el daño que hizo si no hubiera existido el negocio inmenso de la droga, que es inmenso únicamente porque está prohibido. Se habría quedado como empezó: de ladrón de lápidas en Envigado. La figura de Escobar ha sido agigantada por los medios de comunicación colombianos y sobre todo norteamericanos porque, para esa política de los Estados Unidos, es útil que el daño que causan las drogas lo represente algún delincuente extranjero conocido, que suene. No hay ningún capo gringo de la droga. ¿No le parece rarísimo?

Hay quienes piensan que las presiones de Escobar llevaron a que el gobierno de Gaviria y los constituyentes eliminaran la extradición del articulado de la Constitución el 91. ¿Cree en esa teoría?

Claro. Escobar consiguió una reforma general de la justicia y la construcción de una cárcel especial para él, con sus propios guardianes, en su propia tierra. Consiguió el regateo de penas y la no extradición. Todo eso lo hizo mediante el amedrentamiento de la sociedad, mediante el asesinato, mediante secuestros como los de Pacho Santos, Andrés Pastrana y Diana Turbay, que murió en la operación de rescate. Así impuso sus puntos de vista. Por eso pienso que uno de los libros más dañinos que se han escrito en Colombia es Noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez. Me parece muy mal que García Márquez haya puesto todo su prestigio y parte de su talento en un libro tan mentiroso como ese, que pretende dejar establecido que el gobierno de Gaviria no negoció la justicia con Pablo Escobar.

Regresemos a los presidentes. Vamos en 1994. Ernesto Samper.

Samper fue un presidente que dedicó los cuatro años de su gobierno a pagar sus triquiñuelas de candidato y a no caerse. Todo esto lo logró a base de comprar apoyos políticos, corrompiendo aún más, si es que eso era posible, a la clase política colombiana. Así logró un respaldo en el Congreso y así logró también defenderse de las zancadillas que le ponían los Estados Unidos. Pero además se arrodilló ante los Estados Unidos mucho más que los presidentes anteriores. Les regaló todo lo que faltaba. Les regaló el espacio aéreo y las aguas territoriales confiándoles su defensa. Por si fuera poco, dedicó todos los esfuerzos del Estado a combatir el narcotráfico, es decir, a resolverles un problema a los Estados Unidos. Samper fue, en fin, un presidente que por no haber tenido ningún escrúpulo como candidato para llegar al poder, y por haber recibido en su campaña la ayuda financiera del cartel de Cali -"a sus espaldas", dice él, y no me consta que no lo fuera pues yo no soy un investigador policiaco-, tuvo que invertir todo su tiempo en impedir que lo tumbaran, cosa que logró mediante compra de apoyos políticos, es decir, mediante la corrupción. Fueron cuatro años perdidos y dañinos. Y todo por un esfuerzo inútil. El pobre Ernesto Samper se esforzaba por conseguir que los Estados Unidos lo perdonaran, y le daba poderes y más poderes al "mejor policía del mundo", que según los gringos era el general Rosso José Serrano, para que dedicara la policía exclusivamente a lo que les interesaba a los Estados Unidos: perseguir a los narcos, aunque entre tanto todas las formas de la delincuencia se multiplicaran en sus narices; le digo que el pobre Samper se esforzaba, metía presos a los Rodríguez del cartel de Cali que le habían financiado la campaña, hacía de todo, y decía que lo hacía "por convicción, y no por coacción". Pero no le servía de nada. Porque a los Estados Unidos no les interesa la lucha contra la droga, sino su apariencia. Por eso sólo atacaron y pusieron preso a su agente el general Noriega en Panamá cuando ya no les servía, no cuando empezó a traficar con droga. Por eso pusieron en el poder en Afganistán a la Alianza del Norte, que siempre ha vivido del tráfico de drogas, y bombardearon a los talibanes que, ellos sí, lo perseguían. Por eso son socios de Kabila en el Congo, y del hijo del rey Hasán en Marruecos, etcétera. Pero, bueno, el caso es que el pobre Samper, a base de destruir a Colombia "por convicción", logró que no lo cogieran preso. Por lo visto, los dirigenticos del partido liberal que compró con el dinero del Estado lo siguen aplaudiendo mucho cada vez que echa chistes.

Andrés Pastrana.

Hemos venido enumerando presidentes colombianos, conservadores, militares, liberales, y la única cosa que tienen todos en común es que cada uno es peor que el anterior. Y lo es, entre otras cosas, porque hereda los daños causados por el anterior. Pero Pastrana consiguió algo que era muy difícil: ser peor que Samper. Pastrana fue un presidente sin absolutamente nada por dentro, salvo frivolidad y vanidad, cosa que se sabía perfectamente desde su infancia, cuando organizaba caminatas de hijo de presidente. O desde su adolescencia, cuando presentaba su noticiero de hijo de presidente. O desde que fue alcalde de Bogotá, alcalde catastrófico no sólo por lo que hizo -la privatización de las basuras, o la monstruosa Troncal de la Caracas-, sino por las inmensas deudas que le dejó a la ciudad. Si no hubiera venido después un alcalde imaginativo en lo financiero como Jaime Castro, Bogotá habría quedado endeudada internacionalmente hasta el año 2007 o algo por el estilo. Pastrana ha sido un muchachito frívolo sin nada en la cabeza, que ha tenido mucha suerte en la vida. Pero esa buena suerte se ha traducido a su vez en mala suerte para la ciudad y el país que le tocó gobernar. O, mejor, no gobernar, puesto que no lo hizo. Nunca había estado tan hundida Colombia en todos los aspectos como después del gobierno de Pastrana. En la violencia, en la corrupción, en la infelicidad general. El gozó mucho, eso sí.

Pero The Economist dijo en una separata especial que Pastrana había logrado hasta el año 2001 tres cosas buenas: la reconstrucción de los lazos con Estados Unidos, el inicio con bases concretas de un proceso de paz con las Farc y la expedición de medidas económicas acertadas para evitar un déficit mayor.

Me permito no estar de acuerdo con The Economist, aunque sea el semanario más serio del mundo. En lo que se refiere a restaurar las relaciones con los Estados Unidos, Pastrana no hizo otra cosa que continuar las relaciones de arrodillamiento que tenían Samper, y Gaviria, y Barco, y que tenemos desde la Segunda Guerra Mundial. Arrodillamiento en todos los sentidos: en la lucha contra el comunismo internacional, o sea, en la práctica, contra los sindicatos, contra las organizaciones agrarias, contra la independencia nacional. Y contra el narcotráfico y, en los últimos meses, contra el terrorismo. Lo que cambió con Pastrana es que a Samper no lo recibía personalmente el presidente de los Estados Unidos y a Pastrana sí. A Pastrana, los Estados Unidos le ponían alfombra roja en lugar de quitarle la visa. De modo que cambió la relación de los Estados Unidos con respecto al presidente de Colombia, pero no con respecto a Colombia. Eso es igual también con la Unión Europea: Pastrana es íntimo del español Aznar y del italiano Berlusconi, no sé a cambio de qué, y le dan visas y hasta le ofrecen puestos. Pero hay que ver cómo tratan en Europa a los demás colombianos. Por otro lado, no estoy de acuerdo con las recetas económicas que propone The Economist, revista muy seria, ya digo, y muy bien escrita, pero creyente militante en la ortodoxia neoliberal para el desarrollo económico de los países. Suelen ser muy parecidas a las del Fondo Monetario y el Banco Mundial, que lo único que han logrado es hundir más a los países no desarrollados. En cuanto al déficit de que usted habla, es hoy el más alto en la historia de Colombia. En cualquier aspecto de la economía que se mire, lo que deja Pastrana es un país devastado: el déficit, la deuda, el empleo. Y no sé de dónde saca The Economist lo de las "bases concretas" del proceso de paz, cuando precisamente lo que nunca hubo en ese proceso fueron bases concretas, y por eso estaba condenado al fracaso desde que comenzó. Era exclusivamente retórico. Pastrana recibió una Colombia destruida y la destruyó todavía más. Que eso le parezca bueno a The Economist no hace que me parezca bueno a mí. Además, como usted sabe, yo trabajé de jovencito en The Economist, de manera que lo conozco: es el epítome de la reacción imperialista. Parece dirigido por Rudyard Kipling.

Mucha gente cree que Alvaro Uribe puede salvar a Colombia o que podrá hacerlo Enrique Peñalosa. Usted elogió la gestión de Peñalosa. ¿Está de acuerdo con los que creen que sería un gran presidente?

Usted, como todos los colombianos, está interesado exclusivamente en el cargo de presidente de la República. Una cosa que critico es que los funcionarios que son buenos abandonen lo que saben hacer bien para hacer una cosa que probablemente harán mal. Por ejemplo, el señor Mockus, que puede haber sido un buen rector de la universidad, lo que quería era ser alcalde. Y cuando fue alcalde, lo que quería era ser presidente, que es lo que quiere todo colombiano desde su nacimiento. Peñalosa fue en mi opinión un muy buen alcalde de Bogotá, probablemente el mejor de la historia. Pero una cosa es ser un buen alcalde y otra es querer, en consecuencia, ser presidente en vez de seguir siendo buen alcalde. A mí me parece que Peñalosa debería volver a presentarse a la alcaldía de Bogotá para volver a ser un buen alcalde, cosa para la que ha demostrado que sirve. Ahora: a lo mejor sirve para otra cosa. Hay gente que sirve para otras cosas. Me han dicho, por ejemplo, que Uribe es muy buen amansador de caballos.

Precisamente le iba a preguntar por el presidente actual, Alvaro Uribe.

Uribe lleva apenas tres meses. Habrá que esperar. Pero desde antes de que fuera elegido yo he creído que lo único que puede traer es una nueva frustración para los colombianos. Los ilusionó con la posibilidad de ganarle la guerra a la guerrilla, tal como Pastrana los había ilusionado con la posibilidad de hacer la paz con ella. Pero para ganar esa guerra no basta con declararla. La han declarado todos los presidentes desde Guillermo León Valencia, y todos la han ido perdiendo. Pero ya le digo que habrá que ver. Volviendo a la ley histórica que rige en Colombia, según la cual todo presidente es peor que el anterior, es posible que eso ahora cambie por fin. Porque es física y metafísicamente imposible que haya un presidente peor que Andrés Pastrana.

Veo que opina que, de todos los presidentes colombianos a partir de los años 30, sólo se salva López Pumarejo en su primer gobierno. Los demás han sido un auténtico desastre. Pero, dígame una cosa: si usted fuera presidente, ¿qué haría? No me vaya a contestar lo que Bernard Shaw cuando, alguna vez que un reportero le preguntó qué haría si fuera dictador de Inglaterra, respondió: "Nada. Pero cuénteme: ¿a qué viene una pregunta tan imbécil?".

Pues le contesto lo de Shaw. Y le explico por qué me parece imbécil la pregunta. Porque la presidencia de la República no cae del cielo y no implica un poder gigantesco para cambiar las cosas. Primero, no creo, como he dicho varias veces, que los presidentes en Colombia tengan mucho poder. Segundo: para llegar a la presidencia de la República es necesario haber dado muestras de una capacidad de arrodillamiento ante las fuerzas de la política y la economía, y las maquinarias, y los Estados Unidos. Por eso me parece prácticamente imposible que pueda llegar a la presidencia de Colombia alguien que pueda ser buen presidente. Tiene que ser necesariamente malo, porque las virtudes que se requieren para llegar allá son defectos.

Permítame que insista: conteste la pregunta.

Mire: si, por algún milagro, yo tuviera el poder absoluto sobre Colombia, y me refiero a un poder semejante al de alguno de los primeros emperadores romanos, haría exactamente lo contrario de lo que han venido haciendo los presidentes en los últimos 50 años.
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