Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/02/25 19:47

“Siempre se piensa que al ELN hay que subirlo al bus”: Antonio Sanguino

El concejal, quien fue durante casi una década miembro de ese grupo guerrillero, habló con Semana.com de lo que significa la crisis en las negociaciones con el ELN y la posibilidad de que no estén en la firma de la paz.

Antonio Sanguino perteneció al ELN. Foto: Guillermo Torres / SEMANA

Semana.com: Usted se desmovilizó del ELN hace más de una década. ¿Cómo ve hoy la posibilidad de que se firme una paz sin ellos?

Antonio Sanguino: Me parece que es una mala noticia para el país porque vamos a tener una paz incompleta. Es una mala noticia para el proceso de paz con las FARC porque lo hace vulnerable, sobre todo en aquellas zonas que pueden eventualmente ser ocupadas por el ELN. También es una mala noticia para el ELN porque pierde la ocasión de transformarse en una fuerza política civil que ayude a construir un posconflicto sostenible, a empujar cambios que la sociedad colombiana reclama y que se han constituido en variables explicativas de la violencia política que ha vivido el país en los últimos años.

Semana.com: ¿Qué significa para usted esa frase, que es tan común y que usted mismo acaba de decir, de que “la paz sin el ELN es una paz incompleta”?

A. S.: Es una frase que tiene toda la contundencia del mundo, entre otras cosas porque nosotros hemos tenido en Colombia un modelo de paz parcelado. En la década del 90 hicimos la paz con una parte de las guerrillas. Luego hicimos la paz con las autodefensas. Estamos haciendo la paz a pedazos. No es sólo una frase de cajón, sino que describe de manera muy cierta el gran riesgo que tenemos si sólo hacemos la paz con las FARC y no con el ELN.

Semana.com: ¿Cómo qué riesgos?

A. S.: Como el de que la paz no esté acompañada de un proyecto de ocupación territorial del Estado que permita normalizar esos territorios que han sido afectados por la violencia política. Las zonas que dejan los grupos que se incorporan a la paz terminan siendo ocupadas por otros fenómenos de violencia. Adicionalmente, nosotros tenemos un grave problema de economías ilegales en el país, no sólo de narcotráfico sino también de minería ilegal y de corrupción en el ejercicio de la actividad pública en las regiones. Las economías ilegales son el combustible de los grupos armados, junto con una presencia precaria del Estado.

Semana.com: ¿Por qué cree que esas negociaciones con el ELN no han tenido éxito?

A. S.: Primero, porque el Gobierno -y no solo este, los anteriores también- ha tenido una valoración un poco despectiva frente al ELN. Siempre se piensa que la negociación que hay que hacer es la de las FARC y que al ELN hay que sumarlo, hay que ‘subirlo al bus’, sin que ello implique un examen de las características particulares del ELN ni una negociación específica sobre los elementos que de manera particular son motivacionales de su alzamiento armado.

Semana.com: ¿A qué experiencias pasadas se refiere?

A. S.: Sucedió cuando el gobierno de Pastrana, que le puso todos los huevos en la canasta de la paz al Caguán y al proceso con las FARC, se enredó en el momento en que había que habilitar una zona de despeje para el ELN. Y sucedió ahora con el presidente Santos, que arrancó un proceso con las FARC y luego, de manera muy accidentada, todavía no ha terminado una fase exploratoria con el ELN.

Semana.com: ¿Y qué culpa cree que puede tener el ELN en ese fracaso?  

A. S.: El ELN no ha madurado, pienso yo, una decisión definitiva de abandonar las armas. Uno no puede pensar que la paz en Colombia, que se ha caracterizado por una mezcla explosiva de política y armas, se haga sin desarmarse. Y me parece que en eso el ELN tiene todavía una dificultad para entender que una paz engatillada es un imposible. La paz pasa por el desarme y por la transformación de la guerrilla en actor político civil. El otro problema que tiene el ELN es que parecería que no tuviera vocación de poder, y quiere más bien oficiar como un facilitador de un gran acuerdo de la sociedad, cuestión que es muy difícil que sea aceptada por el Estado y entendida y comprendida por la sociedad colombiana. Esos grandes acuerdos de la sociedad se hacen en la lucha política civil pero no pueden ser la condición para el desarme de la guerrilla.

Semana.com: Cuando usted estaba en la universidad y decidió vincularse al ELN, ¿qué lo motivó a unirse a ese movimiento?

A. S.: Yo vengo de una generación marcada por la impronta del ejemplo del Che y de Camilo, mucho más cercano Camilo, por supuesto -a propósito de sus 50 años de muerte-. Además de eso, hice política estudiantil en una región muy influida por el ELN, y luego política universitaria en la Universidad Industrial  de Santander y en Bucaramanga.

Semana.com: Es decir que desde muy joven fue tan cercano a la política…

A. S.: El ELN ha estado muy vinculado, su nacimiento, el sacrificio de Camilo, todo lo que fue el movimiento estudiantil y esa región en particular. Eso pesó mucho, por lo menos en una parte de mi generación y en particular en mí, como un muchacho que estaba buscando una manera de ser incidente en la época y en el mundo que me tocó vivir.

Semana.com: ¿Qué mundo le tocó vivir?

A. S.: Vengo de una familia humilde, soy hijo de la violencia de los 50, mis padres fueron desplazados por esa violencia y esas circunstancias. El ambiente económico, social, regional en el que me crié y me formé también me empujaron un poco a la búsqueda de luchar por unos cambios en el país que en ese momento yo consideraba legítimos y que aún creo que siguen siendo un asunto pendiente en la sociedad colombiana: una sociedad con más democracia, con menos pobreza.  

Además, a mi generación le tocó vivir bajo la dictadura política de los dos partidos tradicionales, con una característica adicional: una intolerancia de las élites políticas a la oposición, a la disidencia y una característica muy violenta en el tratamiento a la oposición en Colombia. Todos esos ingredientes me llevaron a vincularme, con otros muchos jóvenes de mi generación, a buscar cambiar el país un poquito a las malas.

Semana.com: ¿Cuánto tiempo estuvo dentro del ELN?

A. S.: Estuve varios años, como ocho o diez. Cuando hicimos el acuerdo de paz en el año 94 tenía unos 28 años y estuve vinculado a la militancia política desde los 18 años.

Semana.com: ¿Qué lo llevó a sumarse a esa desmovilización?

A. S.: Las mismas razones por las que me vinculé al ELN en su momento. Hacia finales de la década de los 80 muchos de nosotros sentimos el agotamiento de la lucha armada, la imposibilidad de la misma para abrirles espacio a los cambios en el país. También porque nos tocó presenciar el desplome del mundo socialista, nos tocó vivir esa suerte de perplejidad a quienes militábamos en las ideas de izquierda, y lo que significó la crisis del socialismo real, la imposibilidad de que hubiese un triunfo de una revolución armada en Centroamérica después de Nicaragua. Adicionalmente, el rechazo de la sociedad colombiana a la violencia, al narcoterrorismo. Estábamos viviendo el período más duro de la violencia de los carteles de la droga en el país y en las grandes ciudades, junto con la irrupción de un movimiento de paz.

Semana.com: ¿Cómo recuerda ese momento?

A. S.: Yo era dirigente estudiantil y pude conectarme al movimiento estudiantil por la constituyente. Esa fue como una válvula de escape de una generación que había buscado los cambios por la vía de una revolución y que podía encontrar algunos de esos cambios por la vía de una reforma constitucional y de una gran convocatoria de la sociedad colombiana, que buscaba al mismo tiempo cambios constitucionales e institucionales y la paz y la superación de la violencia. Esas razones también me llevaron en su momento a hacer en lo personal también una crítica a las armas y venirme a la lucha civil, que era lo que se imponía en ese momento también para quienes de verdad queríamos una sociedad más democrática.

Semana.com: ¿Qué lecciones cree que dejó ese proceso de desmovilización que puedan ser aplicables hoy a lo que vivimos con las FARC?

A. S.: Lecciones positivas: que la paz es sobre todo una paz política, que la política es la antítesis de la guerra, es la antítesis de las armas; y que no hay otra manera de entender superar un conflicto político armado si no es a través de una solución política que abra espacios políticos para quienes usaron la violencia como método de acción política.

Semana.com: Y la solución política con espacios políticos, ¿qué tipo de cambios acarrearía?

A. S.: Eso por supuesto implica reformas también en el sistema político, en la manera como se hace política en Colombia, para que la competencia política sea más equilibrada, menos desigual, menos asimétrica, más garantista. Del mismo modo, para que haya alternancia política de verdad en el país y la sociedad pueda escoger entre alternativas de izquierda, de derecha o de centro, como ocurre en las democracias consolidadas.

Yo creo que esa es una gran enseñanza. A esa  paz de los 90 está asociada inevitablemente la Constitución de 1991, la creación de la Alianza Democrática como fuerza política.

A la paz un poco más anterior, que fue la paz en la época de Belisario Betancur, le debemos la Unión Patriótica, que infortunadamente, porque fue una paz hecha en medio de la continuidad de las armas o en medio del acecho de las armas, terminó en el baño de sangre que fue la Unión Patriótica. Pero la política está en el corazón de un proyecto de paz para el país.

Semana.com: ¿Y lecciones “negativas”?

A. S.: Lección negativa: el territorio. Sin una ocupación del territorio y sin un posconflicto que ayude a que el territorio sea ocupado por un Estado legitimado, ese territorio va a ser ocupado por otro actor armado. Entonces es muy importante un proyecto de posconflicto dirigido a los 350 municipios que han sido escenarios de la guerra, que incluya sustitución de cultivos de uso ilícito, transformación productiva de las regiones, proyectos de reconciliación y de paz en esos territorios.

Además, debe incluir una variable ambiental porque ya no hay que hacer la paz sólo entre los seres humanos, sino también hay que hacer esa paz con la naturaleza. En fin, que implique una estrategia integral de ocupación del territorio y de reconstrucción del Estado en los territorios.

Semana.com: ¿A usted cómo le fue en ese tránsito hacia la vida política? ¿Sufrió algún tipo de estigma?

A. S.: Pues no es fácil. El estigma, digamos, es el pan de cada día. En los escenarios a veces, incluso aún hoy en mi vida política no hago alarde de mi condición de desmovilizado ni estoy recordando que provengo de un proceso de paz. A veces porque no me parece que sea necesario ni creo que eso les dé más o menos fuerza a los argumentos que uno esgrime en el debate público o a las causas que uno defiende. Pero también por cierto estigma que uno siente en los escenarios en los que se mueve: académicos, políticos… en los escenarios cotidianos.

Semana.com: El estigma aumenta con acciones armadas como las que ha hecho el ELN recientemente…

A. S.: Estamos en un país que se ha mantenido en violencia y guerra, ¿no? Ahora, con esta ofensiva reciente del ELN decir que uno fue del ELN siempre genera el rechazo, se puede decir, relativamente normal de quienes no ven con buenos ojos lo que está haciendo el grupo armado, incluidos nosotros. Yo he sido crítico de lo que me parece una equivocación inmensa del ELN: celebrar los 50 años de Camilo con un paro armado y con una ofensiva militar. Me parece además que eso no le hace culto al significado de Camilo. Pero el estigma siempre está allí.

Semana.com: ¿Cómo fue su proceso personal para ocupar, como al día de hoy, un cargo de elección popular?

A. S.: Para yo ser candidato del Concejo tuvieron que pasar más de 10 años después de mi desmovilización. Mi grupo tuvo que haber hecho una suerte de reingeniería política y mental para incorporarse a la vida política del país. Nosotros prácticamente llegamos y nos conectamos con la política con la fundación del Polo Democrático y luego con el Partido Verde, del que  hacemos parte ahora. Y yo en la política electoral incursioné, repito, 10 años después.

Semana.com: ¿Y cómo siente que le ha ido?

A. S.: No me ha ido mal, he sido elegido en tres ocasiones, pero de todas maneras es un camino difícil que merece y que requiere garantías, comprensión de la sociedad colombiana, mucha generosidad de nuestros contradictores políticos, y un esfuerzo inmenso también de saber conectarse con estos veloces tiempos en los que estamos viviendo.

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