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| 11/23/2013 8:00:00 PM

¡Santos se lanza al agua!

En el momento del anuncio de la reelección, la ventaja es del presidente. ¿Será capaz de mantenerla hasta el día de las elecciones?

Hay dos grandes incógnitas sobre la próxima elección presidencial: por qué el nivel de popularidad de Juan Manuel Santos es tan bajo y por qué aun así es muy probable que sea reelegido presidente de la República. El presidente en la actualidad tiene una imagen favorable ligeramente superior al 30 por ciento y una desfavorable cercana al doble de esa cifra. 

Son resultados muy regulares que a primera vista no son muy alentadores para enfrentar a un electorado. Sin embargo, en una reelección las encuestas y la imagen son solo un factor de la ecuación. Los otros pueden ser más determinantes. 

En términos generales el país va bien. La economía, que es la aguja que mide el aceite de un gobierno, arroja algunos resultados positivos. Desde que se posesionó Santos, ha habido 38 meses de descenso de la tasa de desempleo. La inflación es la más baja de la historia. En el mes de octubre pasado se rompió el récord de inversión extranjera. Cerca de 2 millones y medio de colombianos han salido de la pobreza, y de estos la mitad ha salido de la pobreza absoluta. El monto de la inversión es del 30 por ciento del PIB y, por primera vez en muchos años, Colombia está cercana a tener un superávit fiscal. 

A esto se suma que la principal bandera de su gobierno, la paz, es popular. A pesar de las reservas que despierta, todas las encuestas coinciden en que las dos terceras partes de los colombianos consideran que una negociación con la guerrilla es la mejor opción para solucionar el conflicto. Aunque la mayoría es escéptica.

Por lo anterior, no es tan fácil entender que si bien la gestión de Santos da para una reelección, la cifra de su popularidad indicaría lo contrario. En el extranjero Colombia en este momento es motivo de admiración, tanto por sus resultados económicos como por el proceso de paz. 

Santos es visto como un hombre de Estado que está tratando de modernizar su país. Sus iniciativas para sacar adelante el proceso de paz, el reconocimiento de los derechos de las víctimas y el programa de restitución de tierras son reconocidos en el extranjero como apuestas con muchos riesgos y de dimensión histórica. 

En el país, mientras tanto, el presidente es registrado por buena parte de los colombianos como una persona elitista, desconectada del pueblo, que quiere quedar bien con todo el mundo, que no tiene un rumbo claro y que cede a las presiones. 

El fracaso de la reforma a la Justicia, el fallo de La Haya y los paros son considerados los momentos clave en la configuración de esta imagen. Sin embargo, todos los gobernantes han tenido momentos difíciles, pero pocas veces se había visto una animadversión tal como la que se llegó a vivir hace algunos meses. 

En el círculo más cercano del presidente creen que esta discordancia obedece principalmente a tres factores. En primer lugar, problemas de comunicación. Consideran que es enormemente injusto que se le cobre a este gobierno la tragedia de La Haya, cuando prácticamente no tuvo ninguna responsabilidad en ese desenlace. 

A esto se sumaría la dificultad de vender un proceso de paz que necesariamente entraña concesiones impopulares a una guerrilla desprestigiada. Y como si esto fuera poco, con la permanente oposición visceral y para ellos irracional del expresidente Álvaro Uribe. 

Este diagnóstico es realista. Es cierto que a este gobierno le explotó la bomba de La Haya, la cual no era más que el resultado de mal manejo por parte de gobiernos anteriores. A esto hay que sumarle los críticos que adoptó el gobierno por la estrategia de defensa ante la crisis con Nicaragua.

A Santos le cayó esa papa caliente cuando todo estaba consumado y era casi imposible dar reversa. Exactamente lo contrario le sucedió con el proceso de paz. Toda la iniciativa ha sido exclusivamente de él y la puso sobre el tapete ante un país aún indignado por el fracaso del Caguán y entusiasmado por el arrinconamiento de la guerrilla que él mismo había producido como ministro de Defensa de Uribe. Ese viraje es el que Uribe ha vendido con mucho éxito como una traición imperdonable.
 
Los timonazos presidenciales siempre han sido parte del juego político. Por lo general, producen reacciones en contra pero nunca tan feroces como las que le han tocado a Santos. El presidente Franklin D. Roosevelt se hizo elegir en 1940 con la bandera de no entrar a la Segunda Guerra Mundial, y no solo entró sino que la ganó. 

Santos hizo lo contrario, que es ofrecer la guerra y después de elegido buscar la paz. Cualquier negociación en ese sentido demanda concesiones no solo estructurales, sino penales y de participación política. En La Habana se ha logrado que ninguna concesión implique cambios de fondo en el modelo político y económico del país, y se está buscando que no haya impunidad total de los responsables de delitos atroces. 

No obstante, la percepción en un sector importante de los estratos altos es la versión uribista de que se le está entregando el país a unos guerrilleros que van a implantar el modelo Castro-chavista. Por lo tanto, problemas de comunicación definitivamente sí hay. 

Por todo lo anterior, Juan Manuel Santos va a buscar la reelección en un país en el que se podría decir que no hay santismo. Así como en el pasado ha habido llerismo, lopismo, galanismo y sobre todo uribismo, en la actualidad no hay una identificación ideológica y emocional del electorado con el candidato presidente. Sin embargo, aún así la probabilidad de que gane las próximas elecciones es muy grande. 

Eso se explica por varios factores. Santos puede no inspirar pasión, pero inspira respeto. La investidura de un Jefe de Estado en cualquier vereda remota despierta automáticamente entusiasmo: llegó el presidente. La paz, por su parte, inspira ilusión y la solidez de la economía sostiene todo el andamiaje. 

Además en Colombia hay cosas que sumadas pueden dar muchos más votos que el caudillismo carismático. Para comenzar, el gobiernismo. Este tiene dos caras: la filosófica y la práctica. La primera significa que el electorado es tradicionalista e institucionalista. Por definición prefiere la continuidad de lo conocido al salto al vacío. Colombia es uno de los pocos países que nunca ha caído en experimentos populistas o radicales de ninguna clase. 

No menos peso, sin embargo, tiene el aspecto pragmático del gobiernismo. Los partidos políticos bailan al son de la Casa de Nariño. Los alcaldes y gobernadores con frecuencia son jefes de debate clandestinos. Los empresarios le apuestan al sol que más alumbra y nadie alumbra más que un jefe de Estado. La burocracia oficial sabe que si cambia el jefe puede ser reemplazada. Y los presidentes, a pesar de la Ley de garantías, tienen más presencia en los medios de comunicación que sus rivales. 

Otro factor a favor de la reelección es que en Colombia además de gobiernismo hay liberalismo. En el ADN de un sector importante de la población está reviviendo ese espíritu. Y aunque Santos es el candidato del Partido de la U, su ADN y sus banderas son liberales. La tradición del apellido Santos en ese sentido pesa favorablemente. 

Además, partidos como La U y Cambio Radical, que hacen parte de la coalición de gobierno, no fueron en su origen más que el desplazamiento oportunista de antiguos caciques liberales. Toda esa fuerza política, tanto ideológica como clientelista, confluye hacia Santos. 

El tercer factor que contribuye a que Santos dure ocho años en el gobierno es el antiuribismo. Este es mucho menor que el uribismo pero igual de fanático. Probablemente no supera el 25 por ciento de la población, pero es un bloque que haría lo que fuera para evitar que el modelo uribista regrese al poder. 

Pero Santos no solo cuenta con el gobiernismo, el liberalismo y el antiuribismo. Cuenta también con la debilidad de sus rivales. Óscar Iván Zuluaga, aunque ha subido en las encuestas, no va a producir una Ola Verde. La izquierda que estaba dividida, ahora está casi atomizada. 

Con la candidatura de Aída Abella por la UP, Antonio Navarro y Camilo Romero con los verdes y Clara López por el Polo Democrático, los 3 millones de votos de la izquierda se fragmentarán en la primera vuelta abriéndole la puerta a Óscar Iván Zuluaga, pero se unirán en la segunda para evitar el regreso del uribismo. 

Una tercería independiente tampoco se vislumbra. Los verdes también se están atomizando con Enrique Peñalosa, Antonio Navarro, John Sudarsky, Feliciano Valencia, Camilo Romero y ahora Íngrid Betancourt. Aunque el respaldo de Peñalosa en las encuestas ha sorprendido para una persona que no ha movido un dedo, el mito de que es gran ejecutor y pésimo candidato sigue vigente. Y tan poca fe tienen los independientes en una tercería que Antanas Mockus y Claudia López han propuesto que se renuncie a esa aspiración y se le dé prioridad a la lista al Senado. 

Uno de los pocos riesgos políticos que enfrenta Santos es la deserción del Partido Conservador de la mesa de Unidad Nacional. Pero todo indica que esta tampoco se va a presentar. El partido estaba dividido entre santistas, uribistas y partidarios de candidato propio. 

Los dos últimos querían una convención antes del final de este año para bajarse del bus de la reelección. Los santistas querían aplazarla hasta el año entrante para que fuera demasiado tarde. Acaban de ganar los santistas. En consecuencia, José Felix Lafaurie, uno de los precandidatos azules, renunció a su aspiración. 

El barco reeleccionista cuenta con una tripulación experimentada. Los tres capitanes son Germán Vargas Lleras, Roberto Prieto y María Lorena Gutiérrez. Vargas manejará la política, Prieto será el gerente y María Lorena, en su calidad de secretaria general, el gobierno. Aunque esta última funcionaria no tiene nada que ver con el rodaje de la campaña, dentro de la cúpula santista se considera que en una reelección no hay mejor campaña que los resultados del gobierno. Y como es considerada una ejecutora eficiente de cero carreta, su cargo se volvió estratégico. 

Parafraseando a García Márquez, para los partidarios de Santos su lanzamiento la semana pasada no fue más que la crónica de una reelección anunciada. Para sus detractores el título sería más bien el presidente en su laberinto. Al arrancar la campaña van ganando los primeros. El desenlace solo se sabrá el 25 de mayo si hay triunfo en primera vuelta o el 15 de junio si se llega a la segunda.
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