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| 3/30/1987 12:00:00 AM

APUNTES DE VIAJE

El presidente de la Dirección Liberal escribe sobre su visita a Cuba en exclusiva para SEMANA

"Cuando Fidel llegó, no pude evitar el sobresalto de conocer al monstruo con el cual me amenazaban cuando niño para que me tomara toda la sopa"
Por la pista del aeropuerto panameño Omar Torrijos, comenzó a deslizarse el avión, un TU 154 de fabricación soviética, hermano gemelo del capitalista Boeing 707.

Estaba atestado de pasajeros en sus tres cabinas. Entre deportistas cubanos que regresaban a casa, la excursión de brasileños de piel manchada que iban en busca del efecto reparador del sol revolucionario, y nosotros, que viajabamos a Cuba en plan de "turismo dialéctico", se completaba el cuadro que dibujaban los pasajeros del avión. Pero la comida plástica que distribuían las azafatas no permitió, todavía, comenzar a establecer diferencias entre los dos sistemas: el nuestro, y el que originó la mente febricitante de ese filósofo barbudo, Carlos Marx, hace ya varios años, desde su silla de una biblioteca de Londres.

A PRIMERA VISTA
El aeropuerto José Martí, en La Habana, se parece a los viejos aeropuertos costeños colombianos, de planta baja, embaldosinados, con chorros de agua caliente circulando por todos lados. Pero camino al hotel percibimos la primera gran e impactante diferencia: en lugar de los avisos comerciales anunciando hoteles y ropa interior, cigarrillos y cosméticos caros y refinados, al desprevenido turista le clavan el catecismo Astete de la revolución, exhibido en vallas publicitarias: "¡Nacidos para vencer, jamás entregados!". "La revolución es construir... ". Docenas de frases semejantes se asomaban a nuestros ojos en medio de las sombras fantasmales de una Habana que comenzaba a despertarse, en la madrugada, sin señales luminosas pero enmarcada en un laberinto de paredes desteñidas. (A la revolución le falta, definitivamente, una buena mano de pintura). Es el comienzo de todo turista en Cuba: toma un tiempo sacarle "el saborcito" a un experimento en el que lo más feo es la cáscara.
Ya en el hotel, junto a la playa, recibimos lo que puede considerarse la tarjeta de credito socialista: una credencial expedida por el hotel con el número de habitación, que da derecho a utilizar sus restaurantes, montarse al ascensor, e identificarse en las tiendas para turistas, donde la gama de ofertas incluye textiles, ron, tabacos cubanos y la más insospechada miscelánea.

Horas más tarde, ya en plena mañana, mientras tomábamos un desayuno compuesto por frutas tropicales, huevos, y algo negro parecido al café que nos servíamos de unas especies de marmitas de campaña gigantes, reflexionabamos acerca del primer error que puede cometerse al echar una primera ojeada a un país socialista: intentar mirarlo con anteojos capitalistas. Es como tratar de aprender inglés en una cartilla de español. Y es, también, la equivocación de varios cubanos que hace muchos años abandonaron la isla, y que ahora envían mensajes "subversivos", a través de una poderosa emisora en Miami, utilizando figuras retóricas que ya no dicen nada a los nuevos cubanos. Eso era lo que se nos venía a la cabeza mientras escuchábamos una radionovela que contaba los amores tormentosos de un gran terrateniente con una modesta manicurista, en medio de un escenario en el que ya no existen terratenientes, y las uñas se cortan con cortaúñas checoslovacos porque también se acabaron las manicuristas.

¡QUE ROLLO, MAMI!
En Cuba, cada quien tiene un "rollo" asignado para impresionar al indefenso visitante. El primer día recibimos nuestro correspondiente baño de estadisticas sobre la salud, la educación, las dietas alimenticias. Almorzamos en la ciudad vieja, una mezcla híbrida de Cartagena y Santa Marta, en el restaurante Floridita, donde Hemingway descubrió las maravillas de los famosos daiquirís cubanos. Allí conocimos unos viejos músicos que habían llorado en los años de la prerrevolución (en Cuba la revolución es como el antes y el después de Cristo para los católicos), en compañía de Carlos Julio Ramírez, cantando "María Bonita" de Agustín Lara. Ahora, refugiados en Floridita, estos viejos músicos tenían el placer de evocar, como empleados oficiales, las canciones que antes cambiaban por dólares americanos.

Al regresar al parqueadero nos dimos cuenta de que Eligio, nuestro conductor, le había quitado el espejo y la antena al automóvil oficial que nos habían asignado para nuestra visita. Cuando le preguntamos si la revolución no habia logrado acabar con los "cacos" callejeros, Eligio, un militante furibundo del Partido Comunista, entrenado dialécticamente para no esquivar una sola respuesta, por dificil que sea, contestó: "Es que todavía quedan sueltos en las calles muchos marielitos".

Los marielitos son aquellos cubanos que Fidel Castro le mandó al presidente Carter desde el puerto de Mariel, hace siete años, sacados de las cárceles, recogidos de las calles o reclutados de la vieja época de burdeleria de La Habana. Envueltos en cinta de regalo, más de cien mil marielitos cayeron por sorpresa en la Florida, dando nacimiento al "sector informal" de Miami. Muchos de ellos jamás se conformaron con el hecho de que Cuba dejara de ser la meca caribeña de la diversión internacional a donde acudían, los fines de semana, magnates en yate como el señor Dupont, en cuyo "pequeño" refugio funciona hoy un centro turístico para decenas de personas, y sobra espacio para dos escuelas.

Pero los marielitos también son disidentes de la revolución que se atrevieron a separarse de la linea ortodoxa trazada con férula. Y marielitos también son los pequeños trabajadores informales que en alguna época vivieron de las madrugadas redistributivas, después de noches de parranda sin fin, con reservaciones en lujosos hoteles que incluían mujer y baño privado.

LA REVOLUCION TAMBIEN SIENTE
El templo cubano de la nostalgia está en el cabaret Tropicana. Esa mis ma noche fuimos allí, para comprobar, en medio de los viejos sones de merengues y calipsos adobados con la nueva trova de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, que la revolución también siente y añora. Vimos desfilar en mitad de un jardín tropical lleno de verdes y luces, de luces y verdes, parejas de recién casados a quienes el Estado les regala la luna de miel. Y también a viejos danzarines que se peleaban turistas bonitas para recorrer, a paso de mambo o de esos boleros que afilan en alma, el camino nostálgico de las lentejuelas y candilejas de la Cuba prerrevolucionaria.

Esa noche, al acostarme, pude hacer un primer balance. A la revolución le falta transporte, vivienda, libros, música clásica, buenos jabones en los baños. Y en cambio está sobrada en educación, alimentación y salud comunitaria. Por eso pensé que, pragmáticamente, la discusión no tiene porqué obligar a ubicarse en uno de los extremos, capitalismo o comunismo. Más bien debe conducir a establecer cuáles son los costos políticos que, dentro del amplio margen que existe entre una reforma y una revolúción, estamos dispuestos a pagar en Colombia para que en nuestro país, como en Cuba, cualquier colombiano tenga garantizada al nacer su dieta básica, el cubrimiento total de sus enfermedades y la educación ,suya y de sus hijos. Y para que la diferencia entre el salario mínimo y máximo no sea de 35 veces, como aquí, sino de cinco veces, como allá.

Y para que pueda ganar lo mismo un chofer de diez horas al volante que un cirujano altamente especializado, porque ambos pagan el mismo peaje de nervios: el primero trayendo y llevando pasajeros, y el segundo, sacando y metiendo riñones.

Por la mañana fuimos a conocer la Escuela Lenin, el centro educativo mas avanzado. La base de la revolución es que todo el mundo está organizado. Los niños de primaria en circulos de pioneros que se agrupan por áreas de interés, para discutir sobre temas básicos: el azúcar, el mar, los animales tropicales. Los estudiantes de bachillerato en una poderosa Federación de Estudiantes. La mujer, en asociaciones de base, don de llevan la cuenta exacta del costo del "taximetro machista" de una revolución que tampoco ha logrado garantizar una participación femenina equitativa en los mas importantes círculos de decisión del Estado. Existen también comités de defensa de la revolución, que poseen un déjo amargo de fiscalización policíaca, que no casa con la apología revolucionaria de las vallas publicitarias.

Fidel Castro parece haber entendido que el virus que puede invalidar su revolución es la burocratización de sus cuadros. Y no ignora que, desaparecidos los comandantes que lo acompañaron en la Sierra Maestra (y que semejan nuestros viejos generales liberales luciendo en los Directorios sus charreteras de la guerra de los Mil Días), la mística revolucionaria podría ser destruida por la inercia burocrática. Por eso ha iniciado un proceso de rectificación. Para meter en cintura estas miles de organizaciones populares que integran la columna vertebral de una revolución, cuya médula es un hombre en trance de mito: Fidel Castro.

EL DERECHO AL PROMEDIO
Después de un día por la campiña cubana, volvimos a la vieja Habana.
Está vez la cita era en la Bodeguita del Medio, a comer "ropa vieja" con fríjoles negros y plátano maduro, y una ensalada poco picante. Todos tienen derecho a comer donde quieran, si tienen la plata. Y la plata, valga la verdad, es lo que más abunda. Por eso, porque hoy más gente puede comprar lo que antes compraban unos pocos, es por lo que hay racionamiento y colas. Para conseguir lo que, con un presupuesto mínimo de 140 pesos al mes, sobra despues de un mercado básico que no pasa de veinte pesos (porque está subsidiado), en un pais donde el costo de la vivienda no puede exceder por ley el 10% del salario y la salud y la educación son gratis.

En la revolución, los promedios son más equilibrados. Galbraith, hablando de promedios, citaba el caso de alguien que se come dos pollos mientras que al otro extremo de la ciudad un infeliz no se come nada. Y sin embargo el promedio es de un pollo por cabeza...

En Cuba, todos tienen derecho a su promedio. Tres cuartos de carne de res por persona cada nueve días. Medio pollo por semana. Un huevo diario. Azúcar en cantidades suficiente.
No tienen más, pero de lo básico, nada les hace falta.

Entré a un mercado, cerca del hotel, que había pertenecido a una elegante cadena de supermercados. El espectaculo era algo deprimente.
Anaqueles vacíos, empaques iguales para todo, las antiguas neveras de carnes llenas de paquetes de mercados basicos. Un parroquiano, al ver mi cara de sorpresa, me mostró su tarjeta azul de racionamiento, y me dijo: "Para el que nada tenía, la revolución es siempre ganancia neta".

Y DESPUES DE FIDEL, ¿QUE?
Cuando al día siguiente, en el avión, hacía el viaje de regreso a Colombia vía Panamá, me volví a formular la misma pregunta que me perseguía desde mi llegada a Cuba. ¿Qué pasará con la revolución cuando Fidel Castro muera?
Los militantés hablan en la calle de Fidel como si ya no existiera. Lo deificaron en vida, es ya un mito. Un agudo observador argentino, en la conferencia que sobre la deuda externa promovió Fidel hace algunos meses, afirmó la gran verdad cuando, después de ver a Castro sentado tomando apuntes durante diez horas diarias a lo largo de cuatro días, como aplicado colegial, aseguró que este hecho probaba claramente que la revolución era irreversible. Nada había sucedido en el país mientras su Presidente estaba distante de las cosas del gobierno, hablando cuatro días sobre la deuda externa latinoamericana.

Tal vez mañana lo sustituya un oscuro-buró político presidido por su hermano Raúl. Y hasta es posible que ese buró, siguiendo el ejemplo de los viejos hechiceros que se reunían privadamente a consultar con los dioses y enterarlos de lo que estaba pasando, se espécialice en interpretar el pensamiento de Fidel para mantener su vigencia, y a través de ella, la de la revolución.

Horacio Serpa, mi compañero de viaje, me recordó la frase de Eligio cuando, aprovechando nuestro encuentro con Fidel Castro en casa de García Márquez, pudo estrechar, por primera vez en su vida la mano del comandante por el que había peleado treinta años seguidos.

"¿Eligio, qué pasará en Cuba cuando Fidel muera?", le preguntamos. Y él, todavía sin recuperarse de la emoción del encuentro matutino, respondió, mirándonos de reojo a través del espejo retrovisor: "Lenin también está muerto".

"MI ENCUENTRO CON FIDEL"
Fidel llegó a la una de la mañana. Estábamos comiendo en la casa de Gabriel García Márquez, una cómoda mansión de un antiguo azucarero convertida hoy en casa de huéspedes ilustres por el gobierno. Ya habíamos agotado en medio de patacones y cigarros Cohiba, mojitos (trago de ron con limón y azúcar) y pedazos de queso, el menú nacional.

Cuando llegó, no pude evitar el sobresalto de conocer al monstruo con el cual me obligaban a comer, en los años sesenta, amenazándome conque lo llamarían a él o a un tío que militaba por entonces en el MOIR, si no ingería con rapidez un potaje de auyama y calabaza que mi mamá nos preparaba para mejorar los ojos.
(Mi hermano y yo tenemos anteojos, a pesar del endiablado menjurje vegetal).

Entró sin alharaca distinta a la que produce el ejército de veinte hombres que siempre lo acompañan, para reforzar la idea de la constante amenaza del comandante, que produce delirios de fervor en la gente. Fidel, comó el Papa, y como Reagan antes del escandalo-de Irán, es un líder, amado y odiado en las proporciones y con la intensidad necesaria para serlo realmente. Con su terno verde de miliciano y unas botas negras más-lustradas que caminadas, pronto se da uno cuenta, cuando comienza a escucharlo, con su voz pausada de diapasón, que Fidel es por dentro lo que uno creía que era por fuera. No atropella al hablar, excepto cuando agrega a lo que dice unos ademanes que en no pocas ocasiones distraen al interlocutor de lo que realmente habla.
Se detiene inmediatamente cuando alguien lo iriterrumpe. Redondea la idea que llevaba, y contesta. Fidel es como un malabarista de las palabras que pronuncia relamidamente, rascándose la barba, pasándose el dedo índice por la ceja o jugando con la cachucha.

Hablamos de los mercados campesinos, unos mercados libres de productos agrícolas-donde miles de campesinos, que conservaron sus tierras después de la revolución, venden sus cosechas a precios que podríambs denominar "comerciales"; estaba preocupado por el apetito desmesurado de lucro de los campesinos porqué se te había colado el germen de la acumulación en su esquema ideal de reparto.
Degustando su trago, se paraba o se sentába, según la frase, y colocaba, con las manos y los ojos, puntos y puntos y comas a una conversación que, inevitablemente, terminó en el tema de la salud, su tópico preferido.
Conocía casi de memoria las cifras principales sobre salud colombiana; a Horacio Serpa y a mi nos interrogó implacablemente sobre los indicadores de nuestro sistema sanitario, y a los pocos minutos ya nos estaba trazando pautas para un novedoso plan nacional de salud, que rebajara los indices de mortalidad y aumentara los años probables de vida. Estaba emocionado y jugaba, como un Carlos Ardila con cachucha, con cifras que sumaba, multiplicaba y dividia como si tuviera conectada la cabeza a un computador en el bolsillo. Fue preciso regresarlo a la realidad explicándole que nuestro problema no era solamente cómo producir más médicos, sino cómo repartirlos más equitativamente entre regiones y estratos sociales. Y que cualquiera de las cosas que proponía, tendría que financiarse cambiando otras prioridades igualmente importantes o aumentando los impuestos. "Ah, los impuestos", nos dijo con desencanto.
Amanecía, Fidel seguía hablando. El comandante Piñeiro se me acercó, me preparó para el momento decisivo, se acercaba la hora cero. O Fidel se iba a dormir, o tomaba el segundo aire de la noche. Y lo tomó cuando Antonio José Caballero, un periodista colombiano que había estado cazando un reportaje con un comandante, se le acercó y le solicitó, a esa hora, una entrevista radial, a lo cual él se negó enfáticamente, hasta que le dimos el argumento revolucionario de que no contribuyera con su negativa a aumentar la tasa de desempleo de periodistas en Colombia. Volvió a hablar de todo. Y cuando Caballero le solicitó un mensaje para el pueblo colombiano y todos creiamos que acabaría el reportaje con un saludo convencional y protocolario, Fidel abrió sus ojos y evocó su participación en el nueve de abril de 1948, cuando combatió al lado de los liberales. Recitó partes de la oración por la paz de Gaitán, y nos relató todas sus peripecias de estudiante en aquellos episodios que terminaron en su regreso a Cuba, escondido en un avión que traía toros de lidia para se toreados en La Habana.

Eran ya las ocho de la mañana. Nuestro avión debía salir a las diez. Teníamos que regresar al hotel a recoger nuestros equipajes y Fidel seguía hablando, afirmando y negando con los ojos, sobre una revolución cuyo itinerario se confunde con su propia biografía. Hasta trató de iniciar otra historia que acordamos dejar para otra tenulia: la historia de Pardo Llada...
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