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| 2/14/2011 12:00:00 AM

Aquí estoy y aquí me quedo

Numerosos son los dictadores que hemos visto después de su mandato en las páginas de las revistas, derrochando el dinero que le robaron a su pueblo, para fallecer largo tiempo después tranquilamente en su cama.

Atornillados a la silla. Ésta parece ser una de las condiciones más características de los dictadores, desde los Trujillos y los Somozas hasta los Mubarak y los Duvalier. La noticia de que el presidente egipcio Hosni Mubarak deja por fin el gobierno de su país es una muy tardía respuesta a las multitudinarias manifestaciones en su contra.
 
Ante la evidencia de que el pueblo no aguantaba más su omnipresencia en todos los ámbitos del Estado, unida a la creciente corrupción, a la crisis económica, a las constantes violaciones a los derechos humanos y a las mordazas a la prensa su estrategia fue ganar tiempo, intentando perpetuarse en el cargo a través de su hijo y de su vicepresidente, con la esperanza de ejercer como poder en la sombra, lugar que se constituye por lo general en el premio de consolación de los déspotas que finalmente se ven obligados dimitir. Si la situación se concretara en algo así, porque aún no se sabe qué dirección va a tomar el país a manos del ejército, “que Dios ayude a todo el mundo”, como dice el comunicado oficial de su renuncia.

Si no logra manejar los hilos detrás de la escena y permanecer en el país, seguramente seguirá el camino de muchos de sus colegas que han corrido con la misma suerte.
 
Numerosos son los dictadores que hemos visto después de su mandato en las páginas de las revistas, derrochando el dinero que le robaron a su pueblo en lujosas fiestas, en yates y en hoteles frecuentados por el jet set –sin que esto impida, por supuesto, que algunos de ellos sigan influyendo en el nuevo gobierno-, para fallecer largo tiempo después tranquilamente en su cama. A ellos sí que parece que Dios los sigue ayudando. Pero otros no resisten la tentación volver a buscar el poder. 
 
Baby “Doc” Duvalier vivió una situación parecida en 1986, cuando Estados Unidos le retiró su apoyo y se vio obligado a huir ante el golpe de Estado del jefe de su Ejército. Se exilió, junto con su esposa, Michelle Bennett, en Francia, que les dio rápidamente asilo y donde ciertamente reconstruyeron su vida, alegre y desaforada, tanto que en 1994 tuvieron que dejar su mansión, arruinados por los excesos.
 
Desde el 2005 Jean-Claude había anunciado su intención de volver a Haití. En el 2007 grabó un mensaje pidiendo perdón a sus compatriotas por las atrocidades cometidas durante su gobierno, que son bien numerosas, pues no hay que olvidar que luego de suceder a su padre en el cargo, a los 19 años de edad, creó su propio cuerpo paramilitar, los Leopardos, que fueron tan eficientes en generar terror como los “Tonton Macoute” de Françoise Duvalier, conocido como Papa “Doc” por los estudios de medicina que inició en su juventud.
 
Duvalier padre se afincó en la tradición vudú y se declaró sacerdote de ese culto. Cuando Baby “Doc” fue derrocado, el cuerpo de su padre fue desenterrado y apaleado en medio de un ritual, lo cual evidencia lo poco que aprecia el pueblo haitiano la labor de esa dinastía en la dirección de Haití. Pero Jean-Claude insiste en volver. El pasado mes de enero, como fue altamente cubierto por la prensa, regresó a la isla en compañía su nueva esposa, Veroniquee Roy, y aunque ha tenido que enfrentar las acusaciones de corrupción por parte del sistema judicial y las de violaciones de derechos humanos que han elevado activistas nacionales e internacionales, éstas parecen ser pequeñeces ante sus intenciones de recuperar el tiempo perdido.

Como las películas de Duro de Matar I, II, III y hasta VIII, los dictadores muchas veces se reciclan. El destino de Mubarak es hoy incierto, igual que el de Egipto, pues si bien no logró perpetrarse en el gobierno, a través de su hijo puede hacerlo de formas más sutiles.

* Docente – Investigadora, Universidad Externado de Colombia.
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