Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/11/07 22:00

La ciudad perdida

Por qué la historia de la avalancha que borró del mapa a Armero hace 30 años dice todavía hoy mucho sobre la desmemoria y la desidia que predomina en Colombia. Por Juan David Correa*

OMAYRA, EL SÍMBOLO La historia de Omayra Sánchez, una niña de 12 años que quedó atrapada en el lodo y murió ante los ojos del mundo, quedó en la memoria colectiva como el reflejo de la impotencia de un país devorado por la catástrofe. Foto: E.F.E.

*Director de Revista Arcadia y Semana Libros.

Armero es una ruina abandonada a la orilla de la carretera que de Ibagué conduce al norte del Tolima. Tras atravesar Alvarado, Venadillo y Lérida hay una estación de gasolina, y bajo la sombra de unos árboles, unos hombres venden DVD con la historia de la tragedia más brutal de la historia de Colombia: el deslave del volcán Nevado del Ruiz, que el 13 de noviembre de 1985 sumergió a la población en un mar de lodo y lava. El mismo que hoy, 30 años después, es el testimonio de la desmemoria y la desidia de un Estado que no ha hecho nada por preservar el recuerdo de un pueblo alguna vez considerado la capital blanca de Colombia, por sus cultivos de algodón.

Armero era una ciudad próspera de 50.000 habitantes cuando acaeció la tragedia en la que murieron alrededor de 25.000 personas. La avalancha alcanzó diez metros de alto, algo así como un edificio de cinco pisos, y arrasó con el pueblo entero. Tan es así que hoy quien camine por la maleza y el bosque que han crecido desordenadamente solo advertirá algunas cruces perdidas, algunas lápidas agrietadas, algunos rastros de que allí hubo una ciudad y el calor de 40 grados a la sombra.

Solo dos lugares en algo se mantienen: la plaza principal y una especie de santuario popular en el lugar donde murió Omayra Sánchez, la niña de 12 años que intentó mantenerse con vida tras quedar atrapada por una viga y cuya agonía fue transmitida a todo el mundo. A ese santuario van centenares de personas a poner exvotos pues la niña se ha convertido en un mito que, dicen quienes creen, ha hecho milagros. Eso es todo.

De Armero no queda nada más. Quizás el aire denso que se respira en el bosque y donde puede sentirse la energía de miles de personas de condiciones diversas, todas desaparecidas.


Un pueblo desaparece
La avalancha alcanzó diez metros de alto, algo así como un edificio de cinco pisos, y golpeó a Armero a más de 300 kilómetros por hora.

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A las 11 y 20 de la noche de ese miércoles 13 de noviembre, 90 millones de metros cúbicos se precipitaron sobre Armero. La actividad en el cráter Arenas se había iniciado meses antes, y aunque hubo advertencias nadie hizo nada para que la población se salvara.

Tres horas antes se había iniciado una explosión de gas dentro del cráter. A pesar del estruendo, solo Hernán Castrillón, en el noticiero TV Hoy de las nueve de la noche, cerró la emisión diciendo que había preocupación, pero que no se tenían más detalles de lo acontecido. La avalancha se deslizó 48 kilómetros, la distancia que separaba a la población del volcán, y dos horas después la impactó a más de 300 kilómetros por hora. En el lapso de dos horas sepultó el pueblo.

La tragedia de Armero es incomprensible sin tener en cuenta los hechos del 6 y 7 de noviembre de 1985, cuando un comando del M-19 se tomó por asalto el Palacio de Justicia. Como en todas las desgracias en Colombia, casi siempre hay hechos que vinculan una historia con otra.


Sálvese quien pueda
Ante los rumores de una nueva avalancha, la gente intenta subir desesperada a un helicóptero estadounidense la mañana después de la catástrofe.

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El alcalde Ramón Rodríguez había intentado alertar al gobernador de Tolima, quien se negó al teléfono pues estaba jugando billar. A pesar de que la Cruz Roja había sostenido varias reuniones esa noche, y de que a las 9 y 30 funcionarios de Ingeominas que la seguían desde el páramo de Letras habían detectado la actividad del volcán, Moncho, como era conocido, no pudo hacer nada.

Armero estaba atestado de gente en la calle que corría para todas partes. Unos creían que el punto de encuentro era una cruz blanca pintada en la sede de la Cruz Roja, pues el único temor del pueblo, según María Eugenia Caldas, quien ese día salió de Armero a una reunión en Cali y perdió para siempre a sus dos hijas y a sus padres, era que se lo tomara la guerrilla de las Farc, que estaba cerca de Ambalema. Muchos permanecieron en sus casas esperando que lo que comenzaba a ser un bramido furioso de la naturaleza fuera una inundación.

El médico cirujano Juan Antonio Gaitán había llegado a Armero a visitar a sus padres después de haber vivido en Alemania, en compañía de su esposa embarazada de siete meses. Estaba con su padre, su madre, su esposa y la empleada en la casa, y describe así el momento en que se precipitó la avalancha: “Sentí el bombazo. Un estallido tremendo. En ese momento yo no era consciente de dónde estaban ni mi mamá, ni mi esposa, ni la empleada del servicio. Mi papá, que ya tenía ochenta y pico de años, estaba a mi lado. De repente algo nos tumbó al suelo y nos empujó hacia el fondo. Nos empujó por un corredor hacia el cuarto. Nos empezó a meter y comenzó a subir de nivel. En Armero, los techos eran muchísimo más altos que las puertas; en ese momento sentí que algo pasó por el techo, y mi papá dijo: ‘Uy, carajo’. Ahí me di cuenta de que me había quedado con su brazo en mi mano. Se desprendió del cuerpo. Ese algo me estampó contra el techo. Como yo tenía la idea de que la puerta estaba por debajo, y de que eso era agua, intenté sumergirme y salir por el dintel de la puerta. Sin embargo, comencé a sentir una presión tremenda, y luego, ¡bum! Salí y cuando pude respirar oí a mi mamá buscándome:

–Juancho, Juancho.

–¿Qué pasó, mami?

–¿Y su papá?

–Yo creo que murió.

–Juancho, tranquilo, valor, que de esta salimos”.


Un duelo interminable
Armero era considerada la capital blanca de Colombia, por sus cultivos de algodón. En cuestión de horas, la avalancha mató a casi la mitad de sus 50.000 habitantes.

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La aeronave que algunos vieron sobrevolar la zona fue una avioneta de fumigación al mando de Fernando Rivera, quien en esa época fumigaba cultivos. Miles de cuerpos comenzaban a aparecer con el lodo pegado a la piel, la mirada perdida y una sensación imposible de calificar. Yamid Amat hablaba atropelladamente con Leopoldo Guevara, voluntario de la Defensa Civil de Venadillo, y con el mismo Rivera. “Desapareció todo el mundo, yo creo que queda un 5 por ciento de lo que era Armero”. La conversación era inverosímil. Tanto que, años después, Guevara dijo que ni Amat, ni Juan Gossaín, ni el propio Belisario Betancur le creyeron cuando intentó avisarles. Pero a esa hora de la mañana ya la versión era casi oficial. Ni Guevara podía creer lo que veía: “Todo era silencio, silencio y barro. Armero es un playón”, dijo.

En el horizonte amanecía y se veía un mar de lodo. Quienes se encontraron con las primeras imágenes no lo podían creer. Hordas de gente con el barro seco pegado a la piel, exánimes, caminaban en hileras por la carretera. Cuerpos flotaban bajo el sol de un amanecer negro para la historia de Colombia. Agua no había. Algunos desesperados comenzaron a arrojarse a los pocos autos que encontraban para ser atropellados y dejar de vivir una pesadilla innombrable.

Esa mañana, todo fue caos. Los colombianos se encontraron con informes confusos de lo ocurrido. Periodistas de todo el país quisieron llegar a ver con sus propios ojos lo que nadie podía contar, porque era imposible.


La tragedia anunciada
Los cuerpos flotaban bajo el sol de un amanecer negro para la historia de Colombia. Pronto vinieron las dudas sobre si el Estado habría podido prepararse mejor.

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Aunque Armero fue una tragedia anunciada, nadie alertó nunca a la gente, ni había planes para la evacuación. El Estado guardó silencio ante la evidencia.

Durante varias semanas, miles de armeritas desfilaron por los medios para contar su historia y buscar a sus familiares. Se creó un fondo muy cuestionado para manejar la millonaria ayuda internacional. Vino el papa Juan Pablo II un año después. Se quiso declarar camposanto el viejo pueblo sepultado por el barro. Y comenzó a pasar el tiempo, y todo fue quedándose como un cuento terrible, de los miles que hemos tenido que contarnos los colombianos.

El problema es que nadie pudo enterrar a sus muertos. Los símbolos quedaron reducidos a misas campales y peregrinaciones. Pero tanto la memoria como asuntos tan discutidos como el robo de niños han quedado en el olvido.

***

El 13 de noviembre hubo fútbol profesional. Alguien dijo que, por la amenaza de la erupción del Ruiz, habían mandado a transmitir un partido entre Millonarios y Cali. Hacía dos días se había celebrado el reinado de belleza en Cartagena. Miles de armeritas se fueron a dormir después de una tarde en la que se comentó la desproporcionada manera en que caía la ceniza. Eran puñados. La gente pensaba que se trataba de un anuncio más del Ruiz, y pocos, muy pocos, quisieron partir.

¿Era fácil hacerlo cuando nadie les había mostrado el desastre que podía ocurrir? Seguramente no. Decenas de sobrevivientes aseguran que nadie les dijo nada. ¿Por qué la gente siguió en los cafés, hablando como si nada pasara, elucubrando sobre el porvenir como si no se hubiera enterado de que durante ese año varios medios habían dado versiones de que en Armero podía ocurrir una tragedia natural inmensa? ¿Por qué el gobierno hizo caso omiso de las peticiones del representante a la Cámara por Caldas Hernando Arango, quien advirtió el 24 de septiembre de ese año sobre el peligro que representaban las constantes emisiones de humo del nevado? ¿Por qué nadie escuchó las advertencias del representante Guillermo Alfonso Jaramillo en la misma sesión de la Cámara de Representantes?

La noche del 13 de noviembre muchos supieron que Colombia había vivido una tragedia anunciada. El presidente Belisario Betancur lo repitió en una de sus alocuciones televisadas de entonces: “Que dios nos tenga de su mano”.

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