Martes, 24 de enero de 2017

| 2010/11/09 00:00

Armero y Omayra: "Los años pasan y nada se borra"

El francés Frank Fournier tomó la foto de Omayra Sánchez que le dio la vuelta al mundo y simbolizó la tragedia de Armero. El periodista le contó a Semana.com cómo capturó la imagen de un desastre que nunca ha dejado de indignarle.

"Me quedé todo el tiempo con ella, desde las seis y cuarto de la mañana hasta cuando se murió", recuerda el fotógrafo Frank Fournier. Foto: Frank Fournier

Para el mundo, Armero es Omayra. La mirada profunda de esta niña de 13 años que murió después de 60 horas de agonía en el fango aún angustia a todo aquel que la ve. También revela la magnitud de una tragedia en la que 23.000 personas fueron sepultadas el 13 de noviembre de 1985 por una avalancha del río Lagunilla, que se originó tras la erupción y el posterior deshielo del volcán Nevado del Ruiz.
 
Omayra era sólo una de las miles de víctimas, pero el fotógrafo francés Frank Fournier logró captar algo que conmovió a millones de personas.
 
La perturbadora imagen, con la que Fournier ganó el Word Press Photo en 1986, originó una polémica por la indiferencia del Gobierno con las víctimas y su incapacidad para evitar una tragedia pronosticada. Fournier también fue cuestionado por haber cruzado el límite entre información y el voyeurismo.
 
Veinticinco años después de la tragedia, Frank Fournier (fotógrafo de 62 años, miembro de la agencia Contact Press Images, que ha hecho reportajes en Sarajevo, Ruanda, los atentados del 11 de septiembre, entre otros) habló de ese día que jamás se borrará de su memoria ni de las de quienes la vivieron a la distancia.
 
Semana.com: ¿Dónde estaba cuando lo mandaron a cubrir la tragedia?
 
Frank Fournier: Vivía en Nueva York, hacía fotos para Contact Press. En ese momento estaba haciendo un reportaje sobre el sida y me fui al hospital a ver a una persona con la que había trabajado. Cuando volví a la casa recibí una llamada de la agencia, eran las 11 y cuarto. Me dijeron que había una catástrofe en Colombia y que me tocaba ir, costara lo que costara.
 
Semana.com: ¿Cómo logró llegar a Colombia?
 
F.F.: Todo fue muy rápido, había muy poca información. Cinco minutos después de la llamada salí al aeropuerto, alcancé a hablar con una compañía aérea, sabía que salía una avión al mediodía. Paré en Miami, donde me dijeron que un volcán había explotado, pero no sabía en qué parte del país, no tenía ninguna noción de la geografía local. Llegué a Bogotá como a las 9 y media de la noche. No tenía visa, pero los funcionarios fueron muy amables y me dejaron entrar. Esa misma noche cogí un taxi para Armero. Eran como cuatro horas y media de carretera, llegamos en la madrugada.
 
Semana.com: ¿Qué fue lo primero qué vio de la catástrofe?
 
F.F.: Era extremadamente impresionante. El clima era húmedo, fresco, más bien frío. Todo el mundo estaba muy chocado. Lo primero que vi fue gente caminando sin rumbo, como si los hubieran golpeado, era muy duro. Llegamos a Lérida (municipio a 10 kilómetros al sur de Armero), había cientos de cuerpos aliñados, despedazados, era dantesco. Hice unas fotos desde un helicóptero y volví a Bogotá en la tarde con los rollos. Me duché, comí algo y volví a subirme al carro.
 
Semana.com: ¿Qué hizo ese segundo día?
 
F.F.: Ya era sábado, dos días después de la tragedia. Llegué a las 4 y media de la mañana. Decidí irme a Armero, al corazón de la tragedia. Era complicado encontrar vías de acceso. Me fui caminando con unos damnificados, lentamente, desde Lérida. Llegamos una hora después a Armero.
 
Semana.com: ¿Cómo estaba Armero?
 
F.F.: Vi unos campesinos muy traumatizados, buscaban a sus familias, sus casas, sus cosas. Uno me empezó a hablar, me explicó que había una niña atrapada. No sé si necesitaba ayuda o qué, pero lo seguí. En ese momento llegué al lugar donde estaba Omayra. Ahí entendí.
 
Semana.com: ¿Cómo estaba Omayra?
 
F.F.: Era muy temprano, había dos o tres periodistas y unos cinco socorristas que se ocupaban de otras víctimas. Habían pasado la noche con ella.
 
Semana.com: ¿Qué le pasó por la cabeza en ese momento?
 
F.F.: No sé cómo explicarlo, cuando uno ve eso es un choque, como un temblor en mi cabeza que arrasó con todo, mis valores, la religión, mi educación. Todo queda trastornado y ya no tiene ningún valor ante la intensidad que uno está enfrentando. Esa pobre niña sufría tanto. Los años pasan y nada se borra.
 
Semana.com: ¿Empezó inmediatamente a tomar fotos?
 
F.F.: Empecé a tomar fotos, no muchas, quería documentar lo que estaba pasando. Estaba ahí como fotógrafo, como reportero, mi función es la de informar, no soy ni sacerdote ni socorrista.
 
Semana.com: ¿Cómo hizo para trabajar en esas condiciones emocionales?
 
F.F.: Me acuerdo de estar temblando, por el cansancio, llevaba varios días sin dormir, sin comer y sin agua. Estaba débil y sé que temblaba de emoción también. Forcé el rollo (técnica para tomar fotos a mayor velocidad en lugares oscuros), pues me daba miedo estar desenfocado. Lo único que pensé, profesionalmente, fue en ser lo más simple posible.
 
Semana.com: ¿Cómo estaba Omayra? ¿Qué hacía y decía?
 
F.F.: Fue muy intenso, me acuerdo de haber hablado un poco con ella, era realmente adorable. Se dio cuenta de que yo era extranjero. Me empezó a decir un par de palabras en inglés y le dio risa porque no lo lograba. Entonces sonrió y me acuerdo de haber tomado una o dos fotos de esa sonrisa. Esa foto fue ella quien la tomó, no fui yo, fue un verdadero regalo.
 
Semana.com: ¿Por qué un regalo?
 
F.F.: El poco tiempo que pasé con ella sentí que era maravillosa. Tenía la edad de mi hijo y cuando la vi, pensé que podía ser él. Me sentí muy cercano a ella y a todo lo que representaba. La imagen que deja y que le dio al mundo entero es un regalo fenomenal. No hay que olvidar que Omayra en la muerte tuvo un coraje y una dignidad que pocas personas pueden tener. Ella sabía qué estaba pasando, pero me acuerdo que en ningún momento se quejó.
 
Semana.com: ¿Cuánto tiempo se quedó junto a Omayra?
 
F.F.: Cuando llegué, entendí que no podría vivir mucho tiempo. Me quedé todo el tiempo con ella, desde las 6 y cuarto de la mañana hasta cuando se murió, a las 9 y 16.
 
Semana.com: ¿Cree que habrían podido salvarla?
 
F.F.: Era muy difícil. Unas semanas antes estuve en el temblor de México, la sangre de las personas cuyos miembros están atrapados se comprime y se vuelve un veneno. Son necesarios equipos de reanimación que balancean la toxicidad de la sangre poco a poco, y no había esos equipos. Eso es intolerable. Cuando uno ve un niño sufrir así, y se es impotente, es realmente muy duro. Uno haría todo lo posible para salvarla, pero no era posible. Eso fue la parte más difícil.
 
Semana.com: ¿Qué hicieron los socorristas?
 
F.F.: Hicieron todo lo que podían para salvarla. Fueron de una intensidad y de una fuerza increíbles. Rezaron con ella. Uno de los socorristas hundió su cabeza entre el barro y los escombros para tratar de sacarla una última vez, le dieron un masaje cardíaco, hicieron lo máximo. Estaban destrozados. Al final le pusieron un saco de café encima, una vida se acababa de ir.
 
Semana.com: ¿En qué se falló?
 
F.F.: En Colombia no existían los equipos, y la situación política era muy complicada con la reciente toma del Palacio de Justicia. La falta más grave, y la más simple, es que el país se dio cuenta de que había que escuchar a los vulcanólogos, ellos sabían que el Nevado del Ruiz iba a producir una avalancha. Un simple plan de evacuación habría salvado a miles y miles de personas. Eso es realmente triste.
 
Semana.com: ¿Cómo continuó fotografiando después de la muerte de Omayra?
 
F.F.: Estaba ahí para trabajar, no para llorar, había miles de víctimas más. El valle estaba invadido por un enorme silencio, roto de vez en cuando por gente gritando. Era muy duro, uno camina con un peso enorme, uno se siente responsable, uno se pregunta qué habría podido hacer.
 
Semana.com: ¿Qué pasó con los rollos donde estaba la foto de Omayra?
 
F.F.: Varios colegas cogieron los rollos y se los llevaron a Bogotá, salía un avión a París el sábado en la tarde. Yo llegué a Bogotá como a medianoche y llamé a la agencia en París. Les conté que hice fotos de una niñita. Cuando revelaron los negativos, se las mostraron a Paris Match (la principal revista francesa de fotorreportajes). Ya habían cerrado la edición, pero vieron a Omayra y la publicaron en portada. Y ahí fue cuando empezó todo.
 
Semana.com: ¿Paris Match fue el primer medio que la publicó?
 
F.F.: Sí, lo publicaron el jueves después de la muerte de Omayra. Yo no sabía que la habían filmado, entrevistado y la gente vio a Omayra en las noticias. Pero las fotos les parecieron insoportables, parece que la memoria no guarda con tanta precisión los videos como las fotos.
 
Semana.com: ¿Cuál fue el título de la portada de Paris Match?
 
F.F.: “Adieu Omayra” (Adiós Omayra). Esta niña era conocida, uno sólo les dice adiós a las personas que conoce.
 
Semana.com: ¿Cuánto tiempo más se quedó en Armero?
 
F.F.: Por lo menos tres semanas, de pronto un poco más.
 
Semana.com: ¿Cuando estaba allá sintió que su foto se volvía el símbolo de la tragedia?
 
F.F.: No. Hay gente que me felicitó y me dijo: “Estoy contento por ti”. No podía estar contento, después de haber visto a tanta gente sufriendo. Habría preferido ser como un fotógrafo de El Espectador, que hizo una foto fabulosa. Estaba en un helicóptero, muy cerca del barro, y vio algo moverse. Le pidió al piloto devolverse y vieron a un niño que salvaron desde el aparato. El fotógrafo se ocupó del niño y pensó en adoptarlo, hasta cuando apareció el padre unas semanas más tarde.
 
Semana.com: Su foto hizo escándalo, le reprocharon ser voyeurista. ¿Cuál es su opinión?
 
F.F.: Es normal que exista una polémica por la foto, eso prueba que a la gente le parece intolerable. La polémica se fija en el fotógrafo; cuando no nos gusta el mensaje, le tiramos piedras al mensajero. El mensajero no es responsable, sólo trae el mensaje.
 
Semana.com: ¿No tuvo problemas con la gente?
 
F.F.: Me gusta que la gente reaccione por estas cosas, afortunadamente. Si la gente fuera pasiva, sería horrible. Que no estén contentos conmigo no es grave, lo importante es que reaccionen y que los turbe, que les haga hacerse preguntas, así es como progresamos como sociedad. ¿Tenemos que hacer fotos de Auschwitz o no? Si usted no las hace, hay gente que va a decir que nunca existió.
 
Semana.com: Había más fotos de niños, de víctimas. ¿Por qué la de Omayra se volvió un ícono?
 
F.F.: Por la mirada penetrante, esa es Omayra, no soy yo. Se ofrece así. Tiene algo más que los otros, es alguien extraordinario.
 
Semana.com: ¿A usted le gusta la foto?
 
F.F.: No pienso en la foto, pienso en Omayra, en la gente, en el silencio de Armero.
 
Semana.com: ¿Qué tanto ayudó la foto de Omayra para el resto de las víctimas?
 
F.F.: Omayra tocó al mundo entero, esta niñita movilizó personas que mandaron soportes financieros, campañas. Es increíble, es excepcional. Creo que tocó el corazón de la gente. Era mi responsabilidad crear un puente entre esa niña y el mundo. Si esa foto no existiera, Omayra sería sólo una victima más.
 
Semana.com: ¿Conoció a la familia de Omayra?
 
F.F.: No, nunca.
 
Semana.com:¿Ha vuelto a Colombia?
 
F.F.: Volví uno meses después, en junio, para la visita del papa Juan Pablo II. Volví a Armero, encontré el lugar donde murió, su tumba, es terrible, terrible. No he vuelto desde entonces.
 
Semana.com: ¿Cómo esa foto ha marcado su trabajo actual?
 
F.F.: Trabajo en la agencia Contact Press y con jóvenes del Bronx (barrio de Nueva York), les enseño a tomar fotos. Son jóvenes de origen inmigrante, pobres, pero trato de mostrarles que la foto es una cosa fantástica, que muestren sus vidas, las desigualdades, las injusticias, las cosas como son. Como con Omayra.

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