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| 3/7/2015 10:00:00 PM

Arrancó el tren de la paz sin el ELN

Mientras los elenos no pongan como horizonte de un proceso de paz la dejación de las armas, será difícil que prospere un acercamiento.

Mientras las conversaciones de La Habana van a mil, el proceso con el ELN marcha a paso de tortuga. Esta semana finaliza la ronda número cinco, y aún no hay una agenda pactada para instalar una mesa y comenzar a hablar sobre los temas de fondo. La gran talanquera es que el ELN no está dispuesto, por lo menos todavía, a firmar una agenda que hable de manera directa de que dejarán los fusiles, como sí lo hicieron las FARC. Esa es una condición sine qua non para Santos: que el horizonte sea el desarme, sin ambigüedades.

Pero ambigüedad es lo que hay en el ELN. En un video reciente, Nicolás Rodríguez Bautista, Gabino, condicionó la posibilidad de dejar de usar las armas, al comportamiento del gobierno. Y el V Congreso de esa organización dejó claro que, aunque están conversando, tiene un plan b, que es mantenerse en la guerra. También se ha conocido que en dicho evento, la posición del hombre fuerte del ELN en Arauca, ‘Pablito’, fue sí a la negociación pero sin hablar de desarme.

A esa posición pantanosa de querer la paz, pero no aceptar que deben dejar las armas, se suma cierto envalentonamiento militar. Según la Fundación Paz y Reconciliación, las acciones armadas del ELN crecieron un 43 por ciento en los últimos dos años, y empiezan a crecer de nuevo en regiones donde habían perdido influencia. Esto se explica porque las FARC han dejado de operar militarmente, y el ELN tiene vía libre en las regiones para hacerlo. También por el dinero que le está entrando a manos llenas, dado el auge minero y petrolero en zonas donde los elenos son fuertes y tienen gran capacidad de extorsión. Que hasta empresas grandes les están pagando fuertes sumas de dinero quedó demostrado con el proceso a altos ejecutivos de la constructora de oleoductos Sicim.

A diferencia de las FARC, este grupo no ha recibido golpes militares fuertes, primero porque sus más importantes dirigentes pasan más tiempo al otro lado de la frontera con Venezuela que en Colombia, y porque su estrategia es mantenerse en grupos pequeños, lo que hace inocuos, por ejemplo, los bombardeos en su contra.

Pero ese crecimiento reciente tiene mucho de espejismo. Las acciones de los elenos siguen en la lógica de la guerra de la pulga, es decir, atacar y correr; a veces a blancos fáciles, como los oleoductos, o la infraestructura de zonas alejadas. En suma, son acciones que les permiten existir como grupo armado, y generan gran daño en algunas regiones, pero no tienen la capacidad desestabilizadora que tuvieron por ejemplo las FARC.

¿Qué quieren los elenos?

Según reveló el propio Antonio García, vocero del ELN para los diálogos, en una entrevista reciente a un periódico argentino, hasta ahora los puntos sobre los que se están trabajando están crudos y versan sobre participación de la sociedad en el proceso de paz; democracia para la paz, transformaciones necesarias para la paz, víctimas, conflicto armado e implementación de los acuerdos y refrendación.

Todos estos son títulos genéricos, sobre los que aún no hay acuerdos ni enunciados específicos. Las posiciones de ambas partes están muy lejanas porque, según el gobierno, los elenos quieren agenda abierta, para hablar de todos los temas; y según los guerrilleros, al gobierno solo le interesa hablar de dejación de armas, y no de los cambios sociales que requiere el país.

Una agenda abierta tiene el riesgo de convertir una eventual mesa en un diálogo sin final. Más aún si no hay desarme en el horizonte. Si las conversaciones de La Habana, con una agenda acotada de apenas seis puntos, se han tomado más de dos años en coger ritmo, y aún no hay humo blanco, una agenda abierta puede ser infinita. Además, en términos de Realpolitik el gobierno no puede concederle al ELN lo que no le concedió a las FARC, como hablar de minería, doctrina militar o de las relaciones con Estados Unidos.

Hasta ahora se ha considerado que estos temas sean abordados no en una mesa de diálogo directo entre guerrilleros y gobierno, sino con el “pueblo” directamente, en asambleas o mecanismos de diálogo abierto. Algo que para el ELN es un asunto de principios. En este aspecto las FARC y el ELN son como el agua y el aceite. Mientras las FARC están sentadas en la mesa convencidas de que representan al pueblo, el ELN no cree en la representación sino en el “poder popular” y que este debe participar directamente del diálogo, que su voz sea un mandato. Una buena idea muy difícil de realizar, que toma tiempo y que puede enredar una negociación con el gobierno si ésta se condiciona a los resultados que se obtenga de esa participación popular.

Adicionalmente, algunos de estos asuntos ya fueron abordados con las FARC, como el de democracia, víctimas y transformaciones agrarias. La gran pregunta es si una mesa con el ELN le da la oportunidad a las FARC de reabrir discusiones ya superadas.

El impacto en La Habana


Las opiniones sobre la importancia de que se logre instalar una mesa con el ELN, antes de que se firme un acuerdo con las FARC, están divididas. Hay quienes piensan que esto le quitaría ritmo al proceso de La Habana; y lo enredaría, pues le cuelga más temas, y les da más fuerza a las dos guerrillas unidas para imponer sus agendas.

Obviamente, quienes piensan así subestiman la capacidad que tiene el ELN de convertirse en un factor de reciclaje de la violencia en los territorios. No hay que olvidar que esta guerrilla ha sido en varias ocasiones un ave fénix que revive de las cenizas, pues su gran fortaleza es el arraigo regional que tiene, y el ser un movimiento con más apoyos de civiles que combatientes armados.

Muchos intelectuales, miembros de la Iglesia y de la sociedad civil han hecho esfuerzos enormes para que el ELN alcance el tren de la paz y se monte en él en La Habana, antes de que las FARC y el gobierno rubriquen un acuerdo final. Los países vecinos, que están facilitando los encuentros, también ven con preocupación cómo toma ritmo la negociación en Cuba, y se va estrechando la posibilidad de que los elenos lleguen a ella.

El riesgo que todos observan es que firmado un acuerdo con las FARC, tome años, o décadas para que haya una nueva oportunidad, y que esta guerrilla lo haga. Y mientras tanto, siga el baño de sangre, y la soñada paz territorial se haga imposible en regiones como Arauca, Catatumbo, Chocó o sur de Bolívar, donde el ELN tiene posibilidades de crecer y de hecho lo está haciendo.

El dilema para el gobierno es profundo. Si el ELN se suma a la negociación en una mesa paralela se corre el riesgo de frenar la dinámica de La Habana. Pero si no sale bien el acercamiento con el ELN, Santos pierde un objetivo estratégico de su gobierno: que la guerra insurgente quede en el pasado.

El tren de la paz arrancó y el tiempo para que el ELN se monte en él se está agotando.
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