Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/03/16 19:00

Así fue el cónclave de Hatogrande

La cúpula de Santos discutió las estrategias para la recta final. SEMANA revela cómo fue la cumbre.

El presidente Juan Manuel Santoa, su esposa María Clemencia, el gabinete en pleno y los funcionarios más importantes de Palacio le dedicaron todo un día a revisar y ajustar el mensaje de gobierno y mejorar la coordinación. Foto: Presidencia

Mientras en Roma los cardenales se encerraban para elegir al nuevo papa, a muchos kilómetros de distancia el presidente, Juan Manuel Santos, su esposa María Clemencia Rodríguez, 16 ministros, los altos consejeros y los funcionarios de más alto nivel iniciaban en Hatogrande su cónclave sabanero. Al igual que en la plaza de San Pedro, todos los asistentes parecen haber tomado un juramento de silencio pues poco o nada de lo que pasó en la larga reunión en la hacienda presidencial fue público. Ni siquiera los fotógrafos y camarógrafos oficiales tuvieron acceso. No obstante, SEMANA pudo establecer los eventos que llevaron a la convocatoria de esta cumbre de la Casa de Nariño, los debates que se dieron, las conclusiones a las que llegaron y lo que se puede esperar de ahora en adelante.


Aunque no es la primera vez que el presidente Santos reúne a su gabinete en una suerte de retiro espiritual, este encuentro se dio en una coyuntura difícil. El reloj hacia el fin del cuatrienio ya está corriendo y solo restan 8 meses hasta noviembre, mes en el cual el presidente debe anunciar si aspira a la reelección. Por otro lado, el bajonazo en las encuestas y los paros que enfrentó el gobierno en semanas pasadas en sectores habrían urgido al primer mandatario a dar un timonazo de estrategia. 


Sin embargo, la verdadera historia comenzó en Cartagena en febrero pasado. La falta de conexión entre el gobierno y la gente del común se habría convertido en una obsesión para Santos, quien también sentía que no estaban transmitiendo un mensaje claro y contundente. Por esto convocó una reunión con su círculo íntimo de colaboradores, unos ministros clave, el experto en comunicaciones Miguel Silva y unos asesores norteamericanos.  


Ahí se tomaron decisiones de fondo sobre el mensaje del gobierno. Tras reconocer que el presidente había fijado una agenda ambiciosa con varios frentes abiertos simultáneamente, los participantes decidieron crear un nuevo mensaje: “Un país justo, moderno y seguro”. Dentro de estas tres categorías se organizarían los logros del gobierno. 


Los resultados en materia de pobreza, víctimas, equidad, trabajo formal y demás se englobarían en la palabra justo. La palabra moderna serviría para explicar los avances en infraestructura, conectividad, competitividad, inversión extranjera y acceso a internet. La seguridad es tal vez la que mejor se explica sola. Estas tres palabras también ayudarían a entender qué es y qué no es Juan Manuel Santos. Pues no es ninguna coincidencia que las palabras justo, moderno y seguro empiecen con las mismas letras iniciales de Juan Manuel Santos, JMS.


Según uno de los asistentes, se trató de encontrar palabras fáciles de entender para el ciudadano de a pie y que al mismo tiempo logren explicar los logros diversos y difusos del gobierno. De ahora en adelante, desde el funcionario raso hasta el jefe de Estado martillarán esas tres palabras hasta el cansancio. Cuando el presidente ya contaba con este mensaje más sencillo y comprensible, decidió contárselo al gabinete en pleno, para que ellos también se pudieran poner la camiseta del ‘JMS’. Esa fue la razón para la cumbre en Hatogrande. 


¿Que pasó de puertas hacia dentro? Los ministros se sentaron en una mesa grande de trabajo, el presidente los saludó y les explicó la metodología. Cada uno tuvo cuatro minutos por reloj para exponer sus logros más destacados y por la tarde habría una sesión de debate.


La primera en pasar al tablero fue la ministra de Educación, María Fernanda Campo. A la canciller, por ejemplo no le alcanzó el tiempo para la presentación mientras que la ministra de Transporte, Cecilia María Álvarez, fue una revelación. El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, se llevó todos los aplausos. Poco a poco y mientras comían empanaditas el gabinete desfiló mientras Miguel Silva, asesor ad honórem, tomaba notas. Al final de la sesión, el presidente le pidió al nuevo asesor de comunicaciones de Palacio que hiciera un resumen. Silva también les explicó temas básicos de la comunicación política, la importancia de un mensaje claro y la necesidad de establecer cuáles eran las prioridades de cada cartera. 


El almuerzo de ternera a la llanera y cuajada con melao se sirvió a la 1:15 en cinco mesas. Cuando regresaron de comer, el presidente abrió la discusión y de ahí salieron varias lecciones importantes. La conclusión más reiterada por los asistentes es que los ministros estaban ansiosos de que el mandatario les “diera línea”. Hasta el momento, cada quien andaba en su cuento y no tenían sus prioridades claras. Como no tenían una idea fuerza, el mensaje hacia fuera se diluía. También quedó claro que salvo unos cuantos, a los ministros no les gusta salir en los medios, lo que tendrán que cambiar. En general, se dieron cuenta de que habían hecho mucho, pero que al final, poco se contaba. Santos incluso dijo: “¿Y esto por qué no se sabe más”.


Por otro lado, con intervenciones lúcidas del vicepresidente Angelino Garzón y ministros con cancha como Germán Vargas, Fernando Carrillo y Rafael Pardo, se debatió la necesidad de “hacer política” y de tener mayor presencia en las regiones. Angelino les explicó que el gobierno no podía desconocer la importancia de los gobernadores, sobre todo en un año preelectoral. El presidente por su lado, les pidió a los ministros salir a mostrar sus logros sin miedo y defender la obra del gobierno de manera integral. 


Otro rato largo se destinó a la coordinación entre los ministros para evitar cuellos de botella. Tuvieron tiempo para hablar entre ellos y llegar a acuerdos dictados por el sentido común. Se dieron cuenta de la necesidad de saber qué hacen los demás para actuar como una orquesta sinfónica y no como banda desafinada. Por ejemplo, de ahora en adelante un gobernador no recibirá la llamada de ocho ministros distintos que quieren visitarlo, sino que habrá una presencia más coordinada del Ejecutivo en las regiones. 


La paz también estuvo en la agenda. El presidente les comunicó que todo marchaba bien y que desde ese momento iba a profundizar su defensa del proceso de La Habana. Dicho y hecho; dos días después en un evento en Medellín dedicó una gran parte de su discurso a la defensa del proceso. Sin embargo, llegaron a la conclusión de que la paz no puede ser la base de la reelección y varios ministros dijeron que era momento de empezar a pensar en la respuesta a una pregunta clave: ¿por qué reelegir al presidente Santos

Otras discusiones interesantes tuvieron que ver con la anticipación a las posibles crisis, la agenda presidencial y el tratamiento que se le debe dar a la oposición uribista. Los ministros de las áreas sociales dijeron que el diálogo entre ellos era clave para evitar paros como los de las semanas anteriores y que debían tener una instancia permanente de comunicación. Para ajustar el mensaje presidencial (y que no produzca información disímil mientras en el mismo día inaugura un colegio, visita un supermercado y atiende a empresarios) se decidió que la agenda tendría que cambiar poco a poco. Por último, existe una división en el gobierno sobre cómo enfrentar al uribismo. Mientras varios creen que la mejor manera de tratarlo es ignorarlo, otros creen que eso debilita la imagen presidencial.


El día terminó entre onces tradicionales—chocolate y almojábanas— y una aplaudida intervención de más de media hora por parte del ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón. Más que nada, la reunión sirvió para ponerle orden al gobierno, hacer un corte de cuentas a cada Ministerio y ponerse de acuerdo en algunas premisas muy básicas. Hay que trabajar en equipo, salir a vender lo que se ha logrado, visitar las regiones y coordinar entre ministerios. También quedó claro que la mejor defensa de la obra de gobierno es, en términos deportivos, tener un buen ataque: cacareando los logros. Aunque estas directrices parecen de sentido común, a veces se necesita un cónclave de la cúpula para entenderlo. 

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