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| 5/12/2007 12:00:00 AM

“Así conocí a Pablo Escobar”

En su libro 'Los confidentes de Pablo Escobar' de 'Un Pasquín Documentos', el periodista Gonzalo Guillén cuenta detalles inéditos del capo. SEMANA presenta una parte del primer capítulo donde describe al Pablo Escobar congresista.

Conocí a Pablo Escobar Gaviria en el otoño de 1982, volando a Madrid, España, en la estancia VIP del segundo piso del primer avión jumbo, Boeing 747, que tuvo Avianca. Él acudía como invitado especial a presenciar las elecciones que le dieron el triunfo por mayoría absoluta al carismático sevillano, licenciado en derecho, Felipe González, secretario general del Partido Socialista Obrero Español (Psoe), quien habría de gobernar a España hasta 1996 en el que, para muchos, es uno de los períodos más prósperos vividos por ese país durante su historia contemporánea.

La cabina VIP entonces no tenía sillas de viaje sino mesas para comer y una barra de bar, sentado a la cual charlé generalidades durante horas con aquel hombre de hablar chocarrero antioqueño, mirada ladina, zapatos tenis, jeans y camisa de seda con estampados molestamente llamativos. Era extravagante que aquel individuo ordinario con porte de bribón viajara en una comitiva oficial.

Llevaba en la muñeca del brazo izquierdo un reloj de doble tablero con 24 diamantes que representaban las horas en ambos: 12 en uno y 12 en otro.

-"Es para tener la hora de Colombia y de España"- comentó Escobar mientras verificaba la diferencia horaria dentro del avión que había levantado vuelo en Bogotá a las 6 de la tarde y volaba a través de la noche hacia San Juan de Puerto Rico para una escala técnica. De allí iría derecho a España.

Me dijo que trabajaba en el Congreso con "el doctor (Alberto) Santofimio", un senador que en ese momento roncaba en su silla de primera clase y que por entonces se abría campo a grandes pasos en la política colombiana, apoyado en su astucia y su rara capacidad para perorar y perorar durante horas sin decir nada en concreto.

A Santofimio, por su parte, en 1976 lo había conocido en el diario El Tiempo, de Bogotá, donde comencé mi carrera periodística, en el viejo edificio de la Avenida Jiménez de Quesada con carrera séptima.

En el largo y angosto salón de la redacción, atestado de escritorios metálicos, máquinas de escribir, timbres de viejos teléfonos de baquelita y gritos del jefe de redacción, Enrique Santos Castillo, preguntando por sus gafas para leer que abandonaba en todas partes y reclamando noticias para la primera página del día siguiente, Santofimio apareció una tarde acompañado por Felipe González para una visita protocolaria que al día siguiente fue registrada con fotografías y textos desplegados en primera página. Por esos días, el político español despertaba tanta simpatía en Colombia como su compatriota, el baladista de moda, Julio Iglesias.

El día de la visita, Santofimio era el presidente de la Cámara de Representantes y al dejar el cargo, en 1978, cayó preso, acusado por peculado y falsedad en documentos públicos debido a que habría adulterado con ácidos un juego de microfilmes que contenían manejos irregulares de cuentas bancarias oficiales y, absuelto, recuperó la libertad en junio de 1979.

Escobar viajó a Madrid acompañado por los parlamentarios colombianos Alberto Santofimio Botero y Jairo Ortega, a quienes financiaba sus causas políticas, y gracias a ellos, meses más tarde logró él mismo convertirse en congresista por ausencia del titular del que fue suplente en las elecciones.

No volví a saber del hombre del reloj doble sino tres días más tarde, el histórico domingo 28 de octubre de 1982 en que Felipe González ganó por abrumadora mayoría.

Ya habían sido cerradas las urnas y contados los votos cuando fui, en la noche, a buscar informaciones y entrevistas en el Hotel Palace del centro de Madrid en donde el Psoe se congregó para celebrar el triunfo.

Entre la multitud, que se apretujaba en un mezanine del hotel, reconocí a Escobar por el mechón negro, seboso y crespo que le caía sobre el lado derecho de la cara, y por su bigote primitivo. Me hizo señas con el brazo derecho para que subiera, me abrió una puerta y me llevó hasta donde estaba el ganador, al lado del cual permanecimos hasta cuando dio la oportunidad de saludarlo.

-"Doctor, le presento a un ilustre periodista colombiano", soltó Escobar con una reverencia.

Felipe González fue cortés y era evidente que no sabía quién era Escobar en medio de la marejada de gente que quería estrecharle la mano.

Entrevisté al triunfador durante unos 15 minutos y salí del hotel corriendo por las calles hasta el centro de prensa que el gobierno había habilitado para los periodistas extranjeros.

Envié por télex una noticia basada en la entrevista y chivié así a todos los demás colombianos que viajaron a cubrir las elecciones. Para entonces, yo trabajaba en la recientemente fundada agencia de noticias Colprensa, creada en Bogotá por los principales periódicos de la provincia.

Volví a reconocer a Pablo Escobar el 30 de abril de 1984 viendo las noticias en un televisor del cuartel general de la Legión Extranjera en Cayena, Guyana Francesa, célebre ejército de mercenarios sobre el que estaba haciendo un reportaje para el Noticiero TV-Hoy, de Bogotá.

Aparecían imágenes de un Mercedes Benz blanco con los vidrios destruidos a balazos, una motocicleta al lado tirada en el piso y fotografías, entre otras, del ministro de Justicia de Colombia, Rodrigo Lara Bonilla, y del hombre que me había llevado hasta donde González en Madrid, cuyo nombre no recordaba: Pablo Escobar.

La televisión francesa estaba reportando el anunciado asesinato de Lara Bonilla, quien desde el Ministerio había encabezado un enfrentamiento sin tregua contra el narcotráfico, a la sazón aglutinado en el cartel de Medellín, del que Pablo Escobar era líder.

Los mismos bucles negros sebáceos caídos sobre la cara de Pablo Escobar me recordaban al hombre que acompañó a Santofimio a presenciar las elecciones en Madrid.

Ambos, inclusive, regresaron conmigo en el mismo Jumbo de Avianca y Santofimio llevaba un bastón de madera castaña lustrosa con mango de oro macizo en forma de cabeza de perro galgo que apoyaba a cada paso y exhibía con gusto en la sala de embarque del aeropuerto Barajas. Contaba que tenía una colección y este, que un amigo le acababa de obsequiar en Madrid, venía a ser el más costoso de todos.

No dio el nombre del amigo que le hizo el obsequio.

El asesinato de Lara Bonilla marcó el inicio de una era infame, cada vez más grave e ignominiosa para Colombia.

Después de Lara, la mafia también asesinó al propio Luis Carlos Galán, líder de un movimiento político que encaró frontalmente al narcotráfico y su presencia corrosiva en todas las instancias de la vida del país.

Como en un simple juego de maquinitas, los narcotraficantes volaron aviones comerciales en vuelo, asesinaron a oficiales de policía que rehusaron doblegarse, como el coronel de policía Jaime Ramírez Gómez, y cundieron el país de carros bomba para amedrentarlo.

Adicionalmente, la misma mafia de la cocaína se dio personería política y en nombre de ella exterminó a un partido político entero: Unión Patriótica. Nada detuvo ni ha detenido al narcotráfico en su avance arrollador sobre Colombia. (...).
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