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| 8/16/2014 1:00:00 PM

Así era el hombre de familia

Pese a su apretada agenda pública, Luis Carlos galán siempre tuvo tiempo para sus hijos.

Galán, según su hijo Claudio

Por Claudio Mario Galán *

Una de las mayores preocupaciones de mi papá era no tener suficiente tiempo para compartir con su familia debido a la cantidad de compromisos que asumía y a sus responsabilidades como hombre público. Por eso buscó involucrarnos en todos los aspectos de su vida y aprovechó al máximo los momentos que pudo compartir con nosotros.

Se levantaba todos los días a las 5:30 de la mañana para leer los periódicos y desayunar con nosotros antes de que saliéramos para el colegio. La política y los problemas del país siempre estuvieron presentes en las conversaciones familiares. La opinión de mi mamá fue fundamental en muchas de sus decisiones e incluso se interesaba por lo que pensáramos mis hermanos y yo sobre los temas políticos. Con cada apunte u opinión nuestra que lo emocionaba recuerdo que extendía los brazos y nos decía “venga me da un abrazo mi viejo querido”.

Siempre se interesó porque conociéramos el país y sus diferentes realidades y por eso nos turnamos con mis hermanos para acompañarlo en sus giras políticas. Yo estuve en el Chocó y en San Andrés y Providencia, Juan Manuel lo acompañó a la costa Atlántica y Carlos Fernando al Pacífico. A las giras del centro del país íbamos todos si el calendario escolar lo permitía. Cada vez que llegábamos a una población nos aferrábamos a su cinturón para no perdernos en medio de la multitud. A pesar de que llevaba el mismo mensaje por todo el país, nunca repitió un discurso y en cada municipio sorprendía a sus habitantes por el conocimiento de su problemática local.

 Las elecciones también eran oportunidades para compartir en familia. Desde el día anterior todos ayudábamos a empacar las papeletas en sobres para el día siguiente, como se hacía antes de que existiera el tarjetón. Para la fecha de las votaciones cada uno tenía un atuendo completo que incluía una camiseta, un casco lleno de calcomanías de Galán y una bandera del Nuevo Liberalismo. Primero íbamos al Minuto de Dios a acompañar a mi mamá a votar, luego al Planetario donde él tenía inscrita su cédula y terminábamos la jornada en el Hotel Belvedere, vecino de nuestra casa en la calle 104, donde esperábamos los resultados hasta la madrugada.

Mi papá impulsó nuestro rendimiento académico y quiso que aprendiéramos otros idiomas. Recuerdo que en alguna ocasión se sentó conmigo varias tardes a explicarme el funcionamiento de las instituciones políticas y gracias a su ayuda por primera vez saqué la mejor nota en la clase de sociales. 

Era un apasionado del deporte y gozaba como un niño las competencias ecuestres en las que Juan Manuel y yo participamos. También recuerdo cómo disfrutó los triunfos de los colombianos en el exterior y en especial de Lucho Herrera, quien le regaló una de sus bicicletas. Tan grande sería su afición por el deporte que en 1984 se inventó unas olimpiadas para celebrar mi cumpleaños. Compró cronómetros, alquiló bicicletas y mandó a hacer medallas y trofeos. Fue sin duda el mejor cumpleaños de mi vida.

Tuvimos siempre el mejor recuerdo de la época en que vivimos en Italia, donde yo nací cuando él era embajador. Quizás por eso en nuestros cumpleaños siempre comíamos pasta y en las celebraciones especiales íbamos al Píccolo Café, de la señora Sabina, o al restaurante La Piazzeta de la calle 92.

Solía olvidarse de todas sus preocupaciones jugando pacman con nosotros, o cualquier juego en el que se desconectaba del trajín diario, y se quedaba hasta que nos ganara sin importar la hora, porque no le gustaba perder. 

Aun cuando su tiempo con nosotros fue corto, mis hermanos y yo tuvimos la suerte de conocerlo, de disfrutarlo y, sobre todo, de admirarlo. 

*Segundo hijo de Luis Carlos Galán. Estudió Relaciones Internacionales y tiene una maestría en Ciencia Política y especializaciones en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos.

... y según su hermano Augusto

El mono, como le decían de cariño sus hermanas a luis Carlos, era uno de los pilares de su familia.

Por Augusto Galán Sarmiento *

Nuestra familia es de origen santandereano, charaleño; signada y orgullosa con el ejemplo de sus mayores. Nuestro padre, Mario Galán, trabajador desde los 7 años, ahorró para pagarse en Bogotá sus estudios secundarios y de Derecho. Nuestra madre, Cecilia Sarmiento, la mayor de seis hermanos y huérfana de padre a los 13 años, estudió secretariado comercial para ayudar a su madre, nuestra inolvidable Mamía, quien asumió su viudez trabajando como tele-grafista en San Gil. En un entorno austero, laborioso y disciplinado, fundado por ellos, creció y se formó Luis Carlos. 

De niño le temía a la oscuridad y no le gustaba quedarse solo. Como casi todos los Galán Sarmiento era tímido. Eso sí, el carisma simpático y cordial que poseía lo asistió desde la infancia y su presencia era notoria y grata en cualquier escenario. El Mono, como cariñosamente le llaman mis hermanas, se divertía como los niños de entonces: con mucha imaginación. Es-cuchaba las radionovelas de la época; aún recuerdan compartir El tremendo juez y la tremenda corte y El derecho de nacer. 

Antes de los 10 años había leído los discursos de Gabriel Turbay. Por diversión y para mejorar su elocuencia, utilizaba sinfonías en alto volumen con las que retaba la fuerza de su voz. Le dio resultado; hacia los 12 años ganó el concurso de oratoria en el Colegio Antonio Nariño –entonces laico– donde se graduó de bachiller con honores. 

Hacía ejercicio sin ser gran deportista. Perteneció a los scouts con mucho entusiasmo junto a nuestro hermano Gabriel. Efectuaba caminatas y maratones y tuvo un afecto especial por el ciclismo. A Alberto y a mí nos regaló en una navidad, siendo ministro, una bicicleta de turismo y organizaba los concursos para premiar a quien diera la vuelta a la manzana en el menor tiempo. Disfrutaba creando even-tos o juegos. Guerras de agua con bombas, baldes y mangueras; ‘vueltas a Colombia’ en el tapete de la sala con pulidas tapas de gaseosa; partidos de voleibol al frente de la casa; juegos de parqués. Definía las reglas y las hacía cumplir.

La puntualidad no fue una de sus virtudes, pero fue generoso y excelente miembro de familia; pendiente del diario acontecer de nuestra prole, considerado de cada uno. Sus actividades no lo abstraían de esa atención por el grupo, por su unidad y su crecimiento. Fue de los primeros en contestar presente a los preparativos para celebrar los 50 años de matrimonio de nuestros padres y contribuyó a que todo saliera perfecto. 

Mantengo presente una historia que para mí lo describe. Cualquier mañana el tiple de mi hermana Cecilia apareció roto. Las sospechas sobre lo sucedido recaían en los tres menores. Luis Carlos, en-tonces periodista de El Tiempo, se dedicó a investigar el hecho. Nos interrogó al trío sospechoso, así como a quienes podrían tener participación en los hechos. Su investigación fue exhaustiva y transparente y al final concluyó que quien había causado el daño había sido él mismo. Entonces se inventó unos ‘funerales’ en homenaje al tiple, al cual denominó Graciliano Sabogal, burlándose del pretendiente de una de mis hermanas.

Esta anécdota me sintetiza la personalidad y el carácter de Luis Carlos. Un líder que quiso aprender todo, enseñar siempre y encontrar la realidad en donde estuviera; un ser humano transparente y justo, que estuvo dispuesto a respetar y a mostrar la verdad sin importar los riesgos que hubiera en ello; una persona alegre, familiar, que disfrutó la vida y nos entregó su amor. 

* Hermano de Luis Carlos Galán. Médico especializado en Administración y Gestión Pública. Se ha desempeñado como ministro de Salud y embajador de Colombia ante la Unesco.
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