Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/08/15 00:00

Así entregó Pablo Escobar a Carlos Lehder

La historia de cómo terminó extraditado uno de los principales aliados del Patrón. Esta semana le pidió al presidente ayuda para volver a Colombia a morir.

Lehder fue recluido en la dura penitenciaría de Marion en Estados Unidos. Su hija solo ha podido verlo una vez.

Carlos Lehder es uno de los capos más pintorescos e increíbles que ha tenido el país. Se podría decir que era a la mafia lo que Mick Jagger era al rock. Amante de Los Beatles, políglota, antiimperialista, quienes lo conocían lo describían como un hombre tan encantador como perturbado. Repetía todo el tiempo que “el terrorismo es la bomba atómica de los pobres”. Se creía una especie de Robin Hood. No porque quisiera robarle a los ricos para darles a los pobres, sino porque soñaba con hacerle daño a Estados Unidos para vengar a los latinos.

Si había alguien que creyera con pasión que era mejor “una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos” era él. Por eso resulta toda una paradoja que a sus 70 años, desde una prisión federal en Estados Unidos, le esté suplicando al presidente Santos que interceda por él para que pueda regresar a Colombia a morir.

La carta, que se conoció esta semana, no solo revivió la controversia por su proceso judicial, sino también su leyenda. Durante muchos años se habían tejido muchas conjeturas sobre lo que había sido de él. Decían que vivía libre en algún lugar de ese país o incluso que estaba muerto. La realidad resultó ser menos épica: Lehder continuaba a una prisión de Estados Unidos, de donde no se había movido en décadas.

La historia de cómo la justicia norteamericana le puso conejo es tan de película como su vida hasta antes de ser capturado en 1987. Lehder fue condenado a cadena perpetua más 135 años por haber inundado las calles de ese país con más de 2.000 kilogramos de cocaína. Para rebajar esa pena, en 1991, aceptó convertirse en el testigo principal del juicio que en ese entonces adelantaba Estados Unidos en contra del exdictador panameño Manuel Noriega.

Con esa esperanza firmó un acuerdo de dos puntos. El primero consistía en que su condena iba a ser reducida a 30 años, y el segundo que en ningún caso recibiría más años que Noriega. No le cumplieron ninguno de los dos. Por el contrario, según asegura en el escrito, fue “resentenciado, sin abogado y por correo, a 55 años”. Mientras que él todavía está tras las rejas, Noriega goza de su libertad desde hace un buen tiempo.

En una entrevista con SEMANA en 1991, Lehder afirma que decidió cantar porque “Noriega traicionó a muchos colombianos. Los entregó a una potencia extranjera, solo para quedarse él mismo con sus propiedades, cocaína y dinero”. Así, la justicia norteamericana logró probar el nexo que había entre el dirigente panameño y Pablo Escobar, y cómo esa mafia le pagaba a Noriega 1.000 dólares por cada kilo de coca que exportaba por ese país. Lehder justificaba su rol en la necesidad que tenía de negociar pues “siempre he considerado mi sentencia un acto político, retaliatorio, simbólico y hasta racista”. Según el diario The New York Times, el día que anunciaron su condena gritó en el juicio “no soy un prisionero, sino un secuestrado”.

El extraditado capo tenía razones para colaborar con sus verdugos. Una vez condenado fue a parar a la penitenciaría de Marion, donde estaban los presos de máxima seguridad. Esta es una fortaleza, enclavada al sur del estado de San Luis, construida para reemplazar a la temida cárcel de Alcatraz. Para 1991, cuando participó en el juicio de Noriega, era custodiado por un laberinto de alarmas ultrasónicas, luces de seguridad y cercas metálicas. Los presos solo tenían derecho a cinco horas de sol a la semana que tomaban dentro de una jaula metálica de dos metros cuadrados, no podían hablar con otros reclusos, ni recibir visitas de familiares. “Con toda esta parafernalia de seguridad Marion parece más un campo de concentración que un centro de rehabilitación”, resume un artículo de SEMANA de la época.

La cotidianidad y rigidez de Marion eran el epílogo de una vida turbulenta, llena de excesos y adrenalina, mujeres, dólares, coca y sangre. El hoy director del diario El País, Antonio Caño, lo había descrito en 1984 en un perfil de ese diario como “un mafioso simpático…Loco, peligroso, atractivo”. En el mundo del crimen de hecho lo conocían así, como el Loco Lehder, y la verdad es que tenía millones de anécdotas para merecer ese apodo. Su existencia era tan sensacional para muchos que en un perfil sobre él se registra que “Carlos Lehder Rivas era quizás el único de los grandes jefes de la mafia colombiana que, más que empleados, ha tenido seguidores”.

Lehder nació en Armenia producto de un amor frustrado entre un alemán y una colombiana. Las cosas resultaron mal entre la pareja y cuando el pequeño Carlos tenía 4 años se separaron. Por cuenta de esa ruptura, de niño, Lehder vivió en internados y cuando cumplió 14 años su mamá se lo llevó para Detroit. Allí, según un artículo del diario español, habría vivido un episodio traumático cuando “un tío abusó de él sexualmente y la experiencia lo marcó para siempre”.

Crecer en ese país le dio a Lehder el toque multicultural que no tenían los otros narcos. Hablaba inglés y alemán muy bien. Los diplomáticos que lo han visitado en la cárcel lo describen como un hombre con una gran inteligencia, sentido del humor y buena cultura general. Sin embargo, en el momento en que tuvo que elegir entre hacer su vida al estilo del sueño americano, con dedicación, estudio y sacrificio, o irse por el atajo del dinero fácil eligió lo segundo. Montó un imperio dedicado al robo de carros que poco tiempo después ya era perseguido por el FBI. Terminó preso en una pequeña cárcel en Connecticut, en donde departió con algunos de los protagonistas del Watergate, el escándalo que le costó la Presidencia a Nixon.

Lehder podría ser el mejor ejemplo de que la cárcel no logra su propósito de reeducar a las personas, sino todo lo contrario. El hombre entró como un ladrón de carros y salió convertido en un capo profesional. Compartió celda con George Jung, un insignificante dealer de marihuana de California, quien muchos años después contó que, cuando se despidieron, su compañero le prometió que iba a montar un imperio de cocaína para “destruir a la decadente sociedad norteamericana”.

Lo que fue de su vida es historia patria. Lehder se convirtió en uno de los grandes líderes del cartel de Medellín. Al lado de Pablo Escobar, trataron de arrodillar al Estado colombiano y produjeron uno de los más sanguinarios baños de sangre del país en su historia. En la carta que le escribió al presidente Santos, Lehder se autodenominó como miembro de “un grupo de visionarios contrabandistas paisas… que logramos lo que por milenios los alquimistas no pudieron: convertir un kilo de hojas refinadas en un kilo de oro puro”.

El secreto de su éxito en ese negocio fue que logró tener toda la cadena, desde la producción hasta el transporte. Piloteaba él mismo los aviones que compraba viejos y reparaba, y así logró hacerse a una flota. Amasó tal fortuna que se compró su propia isla en Bahamas, desde la cual enviaba los cargamentos hacia Estados Unidos.

Su captura fue dramática, llena de helicópteros y soldados, pero realmente el hombre que lo entregó a la Justicia fue Pablo Escobar. Todo comenzó una noche en una fiesta llena de música, alcohol y drogas. Lehder estaba encerrado en una alcoba con una prostituta, metiendo cocaína. Un sicario del jefe del cartel de Medellín le golpeó en la puerta y Lehder al abrir le metió un tiro en la frente. El ruido y el cadáver crearon una conmoción que llamó la atención de Escobar, Popeye y los otros invitados. Lehder le ofreció disculpas al ‘patrón’, sacaron al muerto y la fiesta continuó.

Él confió en que la cosa quedaba ahí, pero para Escobar no fue así. El incidente puso en evidencia para el jefe del cartel de Medellín los signos de pérdida de equilibrio mental de su socio. Y para Escobar no había nada más peligroso que un socio medio loco. Tomó la decisión de traicionarlo y entregárselo a las autoridades norteamericanas. A la mañana siguiente de la orgía, lo hizo trasladar a lo que le describió como un lugar seguro. Luego hizo que uno de sus hombres llamara a los norteamericanos para informarles de esa ubicación.

Su extradición a las pocas horas se convirtió en una noticia mundial. La guerra contra el narcotráfico hasta ese momento no había logrado atrapar a ningún pez gordo. Fue algo parecido a lo que se sintió cuando el gobierno de Uribe dio de baja a Raúl Reyes, el primer miembro del Secretariado de las Farc en caer. En Estados Unidos le dieron una condena ejemplar, que hasta hoy lo tiene tras las rejas en el país que tanto intentó destruir. Y si algo le quedo claro en su situación es que ‘ser sapo no paga’.

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