Viernes, 24 de octubre de 2014

| 2013/05/10 00:00

Así fue la primera santa colombiana

Escribía Simone Weil que el mundo necesita santos tanto como necesita médicos una ciudad azotada por una epidemia.

. Foto: Cortesía El Colombiano

La epidemia que hoy azota a Colombia está hecha de inhumanidad creciente. Laura Montoya, elevada a los altares, es la respuesta a esa enfermedad.

Su propio hermano, el mayor de la familia y depositario de la autoridad y del nombre del padre, Juan de la Cruz, previno a la madre: “Laura está loca”. Expresión que retomaría su primo Juan de Dios  Muñoz: “Sólo estando locas de remate pueden haber venido a buscar a estos negros tan asquerosos”, dijo cuando la encontró en su primera casa religiosa de Dabeiba.

Laura también desafió las entendederas del médico de Frontino: “Esto es admirable, pero inexplicable”, le dijo a la madre Laura  ante el espectáculo de las monjas embarradas hasta los ojos cuando construían su casa en Dabeiba: “Madre, no entiendo, no entiendo”.

Para los gobernantes civiles, la madre Laura gastaba los dineros públicos “pagando a los indios para que le dijeran ‘madrecita’”. Pero era comprensible, se trataba de personas que no tenían capacidad para entender la misión de las religiosas entre los indios.

Lo sorprendente es que los sacerdotes tampoco entendieran: “Es una empresa de histéricas que no vale la pena… ¿Qué pueden hacer estas pobres mujeres metidas en el monte sin el respeto de ningún varón, ni asistencia espiritual ninguna?”, comentaban los misioneros. Al escritorio del obispo local, monseñor Crespo, llegó un memorial suscrito por varios de esos sacerdotes para que se disolviera ese “grupo de mujeres”.

El mismo prefecto apostólico, fray José Joaquín Arteaga, en carta a monseñor Crespo denunciaba los defectos de la congregación de religiosas: “Hay extralimitaciones y tendencias poco conformes a la labor propia de la mujer”. Según Arteaga, “a la mujer se le ha asignado un puesto secundario”. “Fomentan su propia vanidad de ejercer a su modo el ministerio, sin ayuda de sacerdotes”. “Los padres misioneros ven en estas religiosas un deseo marcado de ser únicas y de sobreponerse a los hombres”.   

Tuvieron que ponerse en contravía y contradecir su sentido común los que reconocieron la acción de Dios en los trabajos de la madre Laura. “Me has convencido, con profunda herida para mi amor propio –le escribía el padre Manuel Uribe, cura de Frontino–, tu empresa me pareció puro delirio y me reía de tu afán por los indios; hoy te digo que estoy decidido a  ayudar en la empresa con cuanto tengo y aún con mi persona”.

Un misionero, el padre Luis de la Virgen del Carmen, confesaba que “sin estas monjas nuestro trabajo entre indígenas sería estéril, aprendí de ellas más de lo que pude enseñarles, son preciosas almas que no olvidaré”. 

Dirigiéndose al gobernador de Antioquia y a otros mandatarios que desconfiaban de la madre Laura, el padre Elías del Santísimo Sacramento pronosticaba, como si tuviera delante las ceremonias de la canonización: “Las páginas que está escribiendo la congregación de misioneras serán de resonancia mundial”. 

Una intuición parecida fue la del presidente Marco Fidel Suárez, quien, en carta dirigida al general Ospina y a don Carlos Villegas, los dos férreos opositores a la madre Laura y sus misioneras, les encarecía: “¡Qué honra tan grande para Antioquia la que le dan estas mujeres extraordinarias, catequistas en las selvas, donde hacen obras heroicas que pocos hombres pueden hacer!”.

Entre el rechazo de unos y la aceptación entusiasta de otros, la madre Laura puso de relieve el pecado social del desprecio y abandono del indio, y el papel del creyente que libera a Dios de la impotencia.

La expresión es dura y contradice la idea corriente de un Dios todopoderoso en quien se concentran poderes como los de  los reyes y poderosos de la tierra. Sin embargo, como la madre Laura llegó a comprobarlo, Dios se pone en manos de los hombres para obrar a través de su poder. Sentía la misionera que, llevado por sus manos, Dios mostraba su amor de los indios y quedaba bien ante ellos.

Cuando el presidente Eduardo Santos viajaba por los territorios nacionales, esos lugares remotos, incultos y olvidados, le sorprendía encontrar a las monjas de la Madre Laura dedicadas a trabajar en silencio con la parte más desprotegida de la población colombiana. La admiración y el agradecimiento por la obra de esta religiosa se expresaron con la Cruz de Boyacá que le entregó en enero de 1939. En una entrevista, el presidente Santos le había preguntado a la madre Laura: 

–¿Qué se propone con sus actividades?

–Formar ciudadanos y cristianos –le respondió ella.

–Pues entonces, madre, tiene a su disposición las llaves de palacio y de mis arcas –afirmó el presidente.

A la muerte de la madre Laura, el presidente Mariano Ospina Pérez exaltaría sus virtudes en un decreto de honores “por los invaluables servicios, principalmente a las clases desvalidas en regiones todavía incultas”. 

En esos días se leyó en alguna publicación que “su nombre podrá pasar a la historia como el de la misionera más grande”. Otro comentarista pronosticó: “Es un dechado de las más enérgicas virtudes, algún día se escribirán su vida y su obra”. 

La frase, con tono de lugar común, se convirtió en profecía.

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