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| 6/15/2011 12:00:00 AM

Augusto Ramírez Ocampo, un conservador de avanzada

Familiares y amigos lo recuerdan como un promotor del debate, un defensor de la paz y uno de los más acérrimos defensores de la Constitución.

Luchador de la paz, protector de la Constitución de 1991, experto en relaciones internacionales, defensor de los derechos humanos y conservador. Así era Augusto Ramírez Ocampo, quien falleció este martes ad portas de la celebración de los 20 años de la Carta Política que él ayudó a diseñar.
 
Hijo de Augusto Ramírez Moreno, quien fue embajador en Francia y presidente del Banco de Colombia, y de Mariela Ocampo Mejía, nació en 1934, en el seno de esa familia paisa en la que “mi padre era la creación y mi madre el pragmatismo”, como lo evoca su hermano Roberto Ramírez.
 
Augusto Ramírez se destacó desde muy joven en los estudios. Se graduó de bachiller a los 16 años y como abogado, a los 21. También se casó muy joven con Elsa Koppel, con quien tuvo cuatro hijos, Augusto, Felipe, Mauricio y Elsa.
 
Sus primeros pasos en la vida pública lo llevaron pronto a desempeñarse como juez de la República. No obstante, pronto dio muestras de su vocación política. Fue fundador del grupo de la juventud conservadora conocido como “la C Azul”. Después fue secretario de la Gobernación de Cundinamarca, concejal de Bogotá y congresista.
 
Durante los primeros años del gobierno del presidente Belisario Betancur, entre 1982 y 1984, fue alcalde de Bogotá. A él se le debe uno de los distintivos de Bogotá: la ciclovía. Después fue llamado al gabinete en una época complicada para el Gobierno por los ataques de la guerrilla. A Ramírez le tocó la toma de la embajada de la República Dominicana por parte de la guerrilla del M-19.
 
Para su hermano Roberto Ramírez, “Augusto dedicó buena parte de su vida a buscar la paz. Estaba permanentemente llevando el evangelio de la paz a todas las personas que podía, con tesis imaginativas y siendo muy prudente”.
 
Y es que Augusto Ramírez estuvo en varias mesas de negociación para la paz en una época convulsa. Como canciller también fungió como facilitador de los acercamientos entre el Gobierno y la guerrilla. Pero sus aportes diplomáticos se extendieron más allá de las fronteras. Él fue uno de los diseñadores del Acuerdo de Contadora, que junto con delegaciones de México, Venezuela y Panamá buscó caminos para la paz en Centroamérica.
 
En El Salvador, por ejemplo, años después fue parte de la comisión que supervisó la aplicación de los acuerdos de paz de 1992 y 1994 en los que participaron representantes del Gobierno, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas de El Salvador y la empresa privada. De su preocupación por la paz en El Salvador nació una amistad cercana entre Ramírez y el expresidente Alfredo Félix Cristiani Burkard. “El presidente salvadoreño tenía el mejor concepto de mi hermano”, recordó Roberto Ramirez.
 
El diplomático también fue representante personal del secretario General de la OEA y jefe de la Misión para la Reinstauración de la Democracia en Haití.
 
A partir de 1990, Augusto Ramírez se dedicó a uno de los proyectos que más ocuparon su tiempo: la Constitución, que fue interpretada como un gran acuerdo de paz, pues en su diseño y su construcción participó el M-19, entre otras guerrillas. Desde entonces, el diplomático se dedicó tiempo completo a su protección.
 
“Augusto Ramírez Ocampo fue el conservador más progresista demócrata y defensor de la Constitución del 91 que yo haya conocido”, dijo el abogado Gabriel Bustamante, quien representó a los estudiantes de posgrado de la Universidad Javeriana, mientras Ramírez era el director del Instituto de Derechos Humanos y relaciones Internacionales de esa universidad.
 
De hecho, en sus últimos días, Ramírez Ocampo estaba preparando discursos y actividades de conmemoración de los 20 años de la Constitución. Para él, quien estuvo en varias misiones para facilitar las negociaciones con las guerrillas, la construcción de un mejor país pasaba por el diálogo.
 
La defensa al proceso constituyente y a la propia Constitución la asumió como un proyecto de vida. Ramírez Ocampo fue el presidente del Centro de Estudios Plural, integrado por constituyentes con el objetivo de proteger el espíritu de la Constitución y de discurrir sobre sus aciertos y desarrollo. “Vivió en los principios de la Constitución del 91”, enfatiza Bustamante.
 
Fue un duro crítico de la reelección presidencial, que consideró la mayor amenaza de la Constitución. De hecho, junto a Armando Novoa, Antonio Navarro y Horacio Serpa integró la Alianza Ciudadana por la Constitución, un movimiento que buscó a través de símbolos combatir el proyecto de referendo que buscaba habilitar a Álvaro Uribe para un tercer mandato presidencial.
 
Con un estilo reposado, pero firme, defendió a capa y espada el equilibrio de poderes. El año pasado, durante el “encuentro ciudadano por la justicia”, dijo con vehemencia: “Por cuenta de las chuzadas, los falsos positivos y las amenazas contra los jueces, estamos viviendo en un régimen policivo de cataclismo moral cuyo epicentro se ubica en la Casa de Nariño”.

La versión fue recogida por el exconstituyente Héctor Pineda en su blog “Oiga hermano, hermana”.
 
En plena crisis entre los gobiernos de Hugo Chávez y Álvaro Uribe, dijo: “Algunos creemos en la diplomacia, no en la ‘plomacia’”. Su frase quedó consignada en una entrevista con la periodista Cecilia Orozco Tascón publicada en El Espectador.
 
Sus opiniones sobre las relaciones internacionales fueron consultadas hasta sus últimos días. Durante el gobierno de Uribe fue crítico de su política exterior, lo que quedó consignado en esa entrevista. Para Ramírez, era necesario que el país se volviera a conducir por las vías institucionales y dejar a un lado la diplomacia de micrófono. Por eso celebró el nombramiento de María Ángela Holguín en la Cancillería, una vez se posesionó Juan Manuel Santos. En su criterio “fue un acierto” que lo tranquilizó, después de que el país estuvo al borde de un conflicto con Venezuela.
 
Su hermano Roberto recuerda que hasta el último momento polemizó con él. “Teníamos largas y amorosas discusiones. Eso fue de nunca a acabar. Básicamente había un gran encuentro: éramos cultores del desacuerdo”, recuerda.
 
La evocación de su hermano se debe a que en el hogar de Augusto siempre se propició la discusión.
 
Roberto recuerda que su padre, quien era homónimo del excanciller, le dio una lección sobre lo único que era innegociable: el honor.
 
“Cuando era muy niño, le quité 50 pesos a mi papá, el último billete de 50 que había guardado, porque él fue presidente del Banco de la República. Él se dio cuenta de que los cogí, y me dijo: “a la próxima vez te meto a la cárcel”. Y me dio una lección que aprendimos todos en la casa. Dijo: 'dinero perdido, nada perdido. Amor perdido, algo perdido. Pero, honor perdido, todo perdido'. En eso fue contundente”.

Y Roberto agrega: “Así fue la vida de Augusto, de honor. Sin transar lo intransable. Permitiendo la discusión de lo que fuera discutible, pero sin comprometer el honor”.
 
Por ese espíritu dialogante, Bustamante lo recuerda como un “conservador muy de avanzada. Incluso más que muchos liberales. Fue consecuente con los derechos humanos y con el pacto que hizo el Partido Conservador de promulgar una Constitución garante de los derechos humanos”.
 
En sus últimos días Ramírez estaba dedicado a la docencia en la Universidad Javeriana, en donde era el director del Instituto de Derechos Humanos y Relaciones Internacionales. Estaba preparando un homenaje a los constituyentes de 1991 que se celebraría el próximo viernes, y recuperándose de un preinfarto, afección cardíaca que después se le complicó.
 
Ahora, el homenaje deberá incluir un discurso in memoriam sobre su aporte como constituyente, diplomático, profesor y ser humano.
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