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| 1/7/1991 12:00:00 AM

AZUL PROFUNDO

Historia de dos inocentes polizones colombianos que fueron arrojados al mar por un capitán coreano que navega impune por aguas del Caribe.

Frente a María y Yubner estaba el mar. El sol hacía ver sobre la superficie del agua una suave neblina, como si el calor estuviera avaporando lentamente todo el Caribe. No entendian nada de lo que les ocurría y mucho menos ese lenguaje sincopado y duro, con el cual se expresaban los hombres que sobre la cubierta aún discutian con el capitán Lee Gab Sun, un hombre sin escrúpulos, curtido en todos los mares del mundo, nacido en una barriada de Seúl y acostumbrado a la muerte.
Con las manos atadas por detrás de la cintura, María y Yubner, recurriendo a tres o cuatro palabras en inglés y a una catarata de frases y angustias en español, pretendian pedir clemencia.
Sus caras sudaban y el líquido se confundía con la sangre que salía de las heridas, producto de los palos y pufletazos que los coreanos les habían aplicado desde esa mañana, cuando los encontraron en la bodega del barco, extenuados por los vaivenes del mar, la falta de líquido, el hambre y los temores. Estaban ahí frente al mar, vejados, torturados. Pero jamás, ni aún en ese momento de exaltaciones, hubieran pensado que pocos minutos después, el desalmado capitán de los ojos razgados, fuera capaz de lanzarlos al mar.

BASTO UN EMPUJON
Y lo hizo. Lee Gab Sun, aparentemente ayudado por algunos de sus 12 marineros, llevó a María y a Yubner hacia las barandas del estribor. Entre forcejeos y gracias a sus músculos, logró poner primero a Yubner en el borde de la baranda metálica. Bastó un empujón para que el joven cayera por la borda. María supo en ese momento que la vida se estaba acabando. Luego fue ella quien cayó al Caribe.
Desde cubierta los marineros que se oponían al inmundo crimen, alcanzaron a ver entre el remolino producido por las hélices del barco, cómo esta pareja de barranquilleros, alucinados por el mito del gran país del norte, se perdían entre la espuma para siempre sacando los brazos entre la inmensidad del mar, tratando de alcanzar el Shou Nectar, con su bandera panameña a 12 nudos de velocidad continuando su viaje no lejos de las costas de Cuba, al mando del capitán asesino, rumbo a Houston, donde atracó el domingo dos de diciembre, dos días después del crimen.

¿MUERTE INOXORABLE?
Esa misma noche el marinero Jong So Hak, tomó la decisión. De nadahabía valido su oposición a que fuera consumado el crimen, a que los dos colombianos fueran maltratados y torturados. Inclusive, algunos de sus compañeros que habían participado en las patadas, los golpes y las quemaduras con cigarrillos en los cuerpos de María y Yubner, tampoco estaban conformes con el crimen. Era seguro que los dos barrranquilleros, o bien habían perecido rápidamente ahogados entre las aguas atacados por los tiburones, que a esas horas, aun con las manos atadas, flotaran y sufrieran los enormes tormentos del frío y la soledad en la mitad del Caribe, alerta pero dispuestos a la muerte, sabiendo que vivirían hasta fanto hubiera paradójicamente agua en sus cuerpos, pues después la deshidratación, en 48 ó 72 horas los mataría, inexorablemente.
Jong So Hak durmió revolcandos en el camarote. Sobre todo ella, esa mujer triguelia, regresaba a sus desbocadas visiones oníricas con cada vuelta sobre el camasatro. Y también la cara de embriaguez, de odio, del capitán Jong So Hak pensaba que si bien ocultarse en la bodega y viajar de polizón no era bueno, tampoco el castigo podía ser el que horas antes habían recibido los dos colombianos. El capitan hubiera podido encerrarlos, entregarlos a la policía en Houston, dejarlos en cualquier puerto.
¿Pero tenía sentido y sobre todo justicia, lanzarlos al mar, y peor aun con las manos atadas, negándoles el derecho de sobrevivir, así fuera en la mitad de las aguas? ¿A caso no se les hubiera podido alimentar? ¿Acaso no era suficiente con haberlos golpeado y torturado?

YA IBA MURIENDO
Al día siguiente, Jong So Hak habló con algunos de sus compañeros, inicialmente con aquellos que no habían participado en los golpes y las torturas. Todos estaban indignados, pero habían preferido no amotinarse. ¿No cometer el delito de amotinamiento, los hacía cómplices de un delito mayor, el de homicidio? De de ellos estuvieron de acuerdo con lo que proponía Jong So Hak, quien desde meses atrás había demostrado una natural condición de líder: a su llegada a Houston bajarían normalmente del barco e inmediatamente se dirigirían a la policía para denunciar el asesinato.
Lee Gab Sun debería ser castigado. Además, de no hacerlo, la vida en el barco nunca podría ser la misma. En la imaginación seguría rondando la cara de María, sus ojos rojos, la lágrimas, su ropa en jirones, los gritos, sobre todo los gritos de aquella mujer con la boca abierta ante el asombro de la crueldad.
Jong So Hak se preguntaba, ¿qué puede sentir una persona en dos segundos, cuando va cayendo por la borda hacia el mar, ante la certeza de que jamás volverá a palpar nada sólido? ¿Se respondra diciéndose que debería ser lo mismo que le pasaría a un marinero si le dijeran que jamás volvería a tierra? Pero, ¿qué sentido tenía esa comparación? Al fin y al cabo esa mujer ya iba muriendo cuando caía por la borda.

POR LA VIA CUARENTA
Mientras tanto, en Barranquilla, muchos sospechaban que la pareja andaba en el fondo de una bodega, comiendo enlatados y jugo de limón. Al fin y al cabo María no había ocultado sus deseos de irse a los Estados Unidos para encontrarse con su marido, quien esta preso.
Mas de una vez había comentado en el barrio que en cualquier momento no la verían más, que estaría aburrida por las dificultades, que "allá" todo iba a ser mejor. La noche que se embarcó se despidió de su hija de 15 años, Jenny Castro. Ella no se acuerda. Dice que sintió las puertas cerrarse y que luego su mamá regresó.
No le abrió. Sabía la locura que planeaba y estaba furiosa. Ahora ya ni siquiera espera.
Esa noche María y Yubner salieron del barrio y por la Vía Cuarenta de Barranquilla, llegaron al Terminal Marítimo. Al fondo, bajaba el río Magdalena, como siempre llevando lo peor del país en sus aguas. El Shoun Nectar estaba surto. No fue difícil entrar. Todo estaba planeado. A las pocas horas sonaron los motores diesel de la embarcación, María sintió el estrujón del remolcador contra el costado del barco y en pocos instantes el Shoun Nectar estaba en la mitad del río, empujado hacia las Bocas de Ceniza. Una hora más tarde el ronroneo del motor se hizo estable. Estaban en el mar, en el calmado Caribe que los depositaría sobre una nueva vida. La vida te da sorpresas.

¿UN CRIMEN PERFECTO?
Jong So Hak puso lo más importante dentro de una tula, convenció a cinco marineros más y todos acordaron desertar, dejar aquel barco siniestro y pedir justicia para castigar al capitán asesino. Estaban en Houston y se dirigieron a una estación de policía donde, a través de un intérprete, pusieron la denuncia. Allí mismo se les explicó que no se podía hacer nada, que Lee Gab Sun no había cometido ningun delito en territorio gringo. Jong So Hak hizo lo imposible por buscar el castigo, pero las leyes son así. Las aguas internacionales, a veces son el lugar ideal para el crimen perfecto.
Las autoridades norteamericanas y sus servicios de guardacosta y aduana, detuvieron la partida del Shoun Nectar hasta el miércoles cinco de diciembre, pero había pasado demasiado tiempo sin denuncias legales y el barco partió.
Al día siguiente, gracias a un periodista norteamericano, el Noticiero de las Siete, en Colombia, se enteró de todo el asunto y lanzó la noticia. La Cancillería colombiana pidió el favor de no comunicar los hechos a la opinión pública, alegando que podría advertirse al capitán asesino, quien ese jueves seis, andaba con su barco en algún punto del Caribe. Se le dijo que era imposible y que, además, mal podría Lee Gab Sun captar la segunda cadena de televisión colombiana y que tarde o temprano todo el mundo lo sabría. El Gobierno colombiano no pudo, no alcanzó, o fue ineficaz al tratar de reunir la información suficiente para detener el barco. El cruce de comunicaciones entre Cancillería, el Consulado de Colombia en Houston y las autoridades norteamericanas fue intenso entre los días tres y cuatro de diciembre. Pero el Shoun Nectar zarpó.

FAX VA, FAX VIENE
El tres de diciembre, el consul Ramírez Gasca le envía al Secretario General del Ministerio de Relaciones el telefax 163, en el cual avisa que el Shoun Nectar aún está atracado en Houston, que el Departamento de Estado no ha dado orden de retención, que no se sabe el día de partida, que al consulado se le dificulta cualquier actuación y pide con carácter absolutamente indispensable, conseguir la dirección de los posibles denunciantes en Barranquilla para poder elevar una denuncia.
Por medio del telefax 165, el mismo consulado le pide al señor David Walker, de la firma Royston Raycor, representante legal del barco, que los marineros voluntariamente rindan declaración y que Jong So Hak tenga protección especial. Lo último se cumple.
Por medio del telefax 166, el consulado confirma que los propietarios del barco dicen que lo unico que ocurrió fue un intento de amotinamiento dentro del barco, y que un tripulante pretendió desertar de la embarcación. Se afirma que aparece como propietario del barco la firma Orange Rield Stean Ship Company Inc., empresa japonesa.
De ahí en adelante todo evoluciona rápidamente. El ShounNectar aparentemente se dirige a Panamá, específicamente a Colón o Balboa, pero se dice en Houston que atracará primero en un puerto de otro país centroamericano, con solo seis tripulantes y el asesino Lee Gab Sun. El jueves seis de diciembre Jong So Hak y sus cinco compañeros que decidieron desertar del barco, bajo protección norteamericana son puestos en un vuelo que los conduce directamente a Seúl, la capital de su país. Se ahorran de ese modo un largo y desagradable viaje de mas de un mes por el Pacífico.

¿EL UNICO CASO?
La noticia trasciende en Colombia, las autoridades advierten a Panamá, los cónsules adelantan todas las diligencias del caso, y al cierre de esta edición, aun no se sabe nada del Shoun Nectar y su capitán asesino. Todo indica que Lee Gab Sun debe ser capturado tan pronto pise tierra en cualquier parte del Caribe. Pero ¿atracará en algun puerto el Shoun Nectar?
En Barranquilla, la historia ya hace parte de esos cuentos populares que nacen y perduran en la boca de las gentes, en la narrativa cotidiana de Curramba y en la memoria de la ciudad.
María y Yubner seran recordados como esos ingenuos jóvenes que se lanzaron a la aventura y esta los lanzó al mar. ¿Cuántos Shoun Nectar habrán atracado en el terminal? ¿Cuántos capitanes Lee Gab Sun existirán? ¿Cuántos polizones colombianos muertos andaran rondando el fondo del Caribe? Nunca se sabra, porque personas como Jong So Hak, hay pocas.
-Antonio Morales Riveira.
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