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| 9/11/2017 7:05:00 AM

El papa que se ganó el corazón de más de un ateo

La visita de Francisco a Colombia fue mucho más emocionante de lo que imaginaron los colombianos. El acto de Villavicencio resultó ser el más desgarrador y emotivo, en un país con tantas secuelas de violencia.

No hacía falta ser católico para conmoverse hasta las entrañas con el discurso que dio Pastora Mira parada detrás del atril, con los ojos entreabiertos y la voz interrumpida por un taco que seguramente le pesaba en garganta, intentando nombrar lo innombrable.

No era cuestión de religiones. Bastaba con tener tripas y un corazón bombeando sangre para rendirse ante esa historia trágica que comenzó a relatar ante miles de personas en Villavicencio y frente al papa Francisco. Ese fue un primer fogonazo directo al corazón.

Daban ganas de echarse a llorar con solo escuchar el paso a paso de lo que fueron los asesinatos de su papá, de su primer esposo y de sus hijos Jorge Aníbal y Sandra Paola, cuyo cadáver Pastora solo pudo encontrar siete años después de haberla dejado de ver.

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Una mujer a la que prácticamente le exterminaron a su familia de golpe hizo ver la llegada del papa como un acto que trascendía la típica y casi siempre aburrida visita de un jefe de estado. En este caso el papa había venido a tocar la fibra más profunda que arde en el inconsciente de este país: la violencia y la muerte que ha dejado el conflicto.

Había que ver a Francisco sobrecogido hasta los huesos para entender que el mensaje de Jesús, más allá de si muchos profesaban o no la religión, venía a caer como una llovizna de aliento ante tanto dolor derramado. Ver al papa orando frente al Cristo de Bojayá también terminó siendo una lección para nosotros mismos y para esa enfermedad crónica que engendramos el día en que las víctimas se nos volvieron paisaje. Y luego vino esa frase de Francisco tan dogmática pero tan inquietante para lo que significa sufrir por el otro: “Un cristo roto y amputado para nosotros es mas Cristo aún”.

Es muy difícil que una figura mundial logre convocar en Colombia a tantos y tan distintos tipos de personas. Pero ese no era el plan al principio. Muy pocos habrían vaticinado con antelación los sentimientos que el papa terminaría despertando. Aunque su venida al país estaba planeada hasta en sus más milimétricos detalles, nadie podía presupuestar la atmósfera anímica que acabaría generando. Hasta en los más ateos. Porque es preciso volverlo a decir: no hacía falta ser católico.

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Y es posible que una de las razones para que esa conexión se haya dado sean los símbolos que Francisco trajo en su maleta. Por mucho que algunos políticos quisieron aprovechar el momento para aparecer en fotos y levantar así popularidades, Francisco estuvo en Colombia con el pueblo. No fue el papa de Santos ni de Uribe ni de Ordóñez ni de Claudia López. Fue el papa que visitó la casa de una humilde mujer llamada Lorenza Pérez en el barrio San Francisco de Cartagena, o el papa que bendijo a 900 enfermos en esa misma ciudad, o el papa que recibió una bendición de una niña en los hogares de San José en Medellín, o el papa que se abrazó con exhabitantes de la calle a la salida de la Nunciatura en Bogotá.

Pero el papa argentino en Colombia fue incluso mucho más que eso. Su propia personalidad despertó una simpatía inmediata a punta de pequeños detalles. El hombre demostró que está lejos de ser una figura decorativa a los países donde va. No hubo un momento en que el papa, con 80 años -no sobra decirlo-, se mostrara reacio a tantas demostraciones de cariño. Sin importar el clima o la hora, el pontífice expuso, además, una resistencia física de hierro. Nadie podrá olvidar su último día en Cartagena: con el pómulo morado por un golpe, con el sudor en la cara por el sopor y la humedad, y no dejaba de sonreír ni de mirar bondadosamente.

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Francisco fue tan firme en sus posiciones a la hora de interpretar el evangelio como noble y cercano a los de carne y hueso. Los colombianos supieron que detrás de la figura del pontífice hay una especie de sabio que es capaz de regañar cuando debe pero sin perder nunca la sensibilidad hacia los menos favorecidos. En la eucaristía de Contecar, en Cartagena, por ejemplo, al papa no le tembló la boca para llamar al narcotráfico una “lacra” que ha dejado miles de muertos y ha acabado con la dignidad de tantas personas. Pero al mismo tiempo tuvo el tacto y la buena oportunidad de hablar de derechos humanos y de recordar los terribles tratos a los esclavos negros que llegaban en barcos hace siglos a Cartagena.

El papa cumplió esa promesa de venir como peregrino de paz y esperanza. Ese fue su objetivo desde un comienzo. En un país de huérfanos por la guerra, Francisco también tuvo tiempo para recordar que la esencia del cristianismo tiene una respuesta para ello. “Todos somos importantes y necesarios para Dios. Él nos ama con amor de padre y nos anima a seguir buscando y deseando la paz”.

Delante de 22 mil jóvenes, el papa dejó una inyección de esperanza que seguramente no pasará desapercibida para quienes se dieron la oportunidad de escucharla. “Mantengan viva la alegría, ese es un signo del corazón que ha encontrado al señor. Que nadie les quite esa alegría, no se las dejen robar. No le tengan miedo al futuro, atrévanse a soñar a lo grande. No podemos acostumbrarnos al dolor y al abandono”, dijo.

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Hacía falta que alguien viniera a recordar los valores más sencillos de la vida. Recuperar la fe –en Dios, en las personas, en algo- fue una de esas semillas que quedaron sembradas tras la partida del papa. Cuando Francisco estaba subiendo las escaleras del avión de Avianca de regreso a Roma, la gente comentaba desde las casas, las cafeterías, las calles, lo cansado que seguramente debía estar. “Pobre Francisco, debe estar muerto, tanta falta que nos va a hacer”, decía una mujer en un restaurante de Cartagena. El papa había estado solo cinco días en Colombia, pero era como si se estuviera yendo un viejo conocido que vive muy lejos, ese que uno no quería que se fuera, ese al que había que simplemente agradecer.

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