Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2015/10/25 22:21

Después de la fiesta, el guayabo

Al ganador no le gusta el metro. El anticarismático casi gana. El voto castigo derrotó al voto útil y las encuestas a Pacho. Y hablando de encuestas, a pesar de que acertaron al final, ya nadie cree en ellas.

Candidatos a la Alcaldía de Bogotá. Foto: Archivo particular.

La autopsia de la elección en Bogotá comenzó: El 2015 pasará a la historia como el año en que los colombianos dejaron de creer en las encuestas. Sin embargo, paradójicamente, todas sin excepción, acertaron en el orden de los resultados: 1) Enrique Peñalosa 2) Rafael Pardo y 3) Clara López. Hubo tantos altibajos en los datos publicados en las últimas semanas, algunos de estos totalmente contradictorios, que la verdad es que esto había generado tantas dudas que el día de las elecciones, casi todo el mundo creía que cualquiera de los tres candidatos punteros podía ganar.

Eso no sucedió. Y a pesar del escepticismo, los encuestadores acabaron teniendo la razón.  Aunque hubo discusiones sobre quién ocuparía el segundo lugar, en todos los sondeos ganó Peñalosa. Su triunfo, sin embargo fue estrecho. Es una reivindicación histórica para un hombre que había sido humillado en dos ocasiones. Frente a Samuel Moreno no solo perdió, sino que perdió por un margen enorme de más de 300.000 votos. Y algo parecido, con menos diferencia, le sucedió con Gustavo Petro.

El ganador arrancó con una campaña mucho menos organizada que la de sus contendores. En realidad se podría decir que en esa primera etapa eran él y su bicicleta, mientras que Pardo tenía comités, concejales, tres partidos, etcétera, y Clara la disciplina histórica de la izquierda. Pero gradualmente fue despegando. Inicialmente no impresionaba en los debates. Movía mal las manos y combinaba paradójicamente cierta torpeza con arrogancia. Sin embargo, en la medida en que las encuestas, una tras otra, lo iban favoreciendo, adquirió una seguridad en sí mismo que le dio un gran impulso en los días cercanos a la elección.

Hablando como un ganador, Peñalosa se veía muy respetable. En ese momento su conocimiento sobre Bogotá tranquilizaba y su optimismo sobre la ciudad que quieren los bogotanos llegó a tener credibilidad.

La elección de Peñalosa va a tener tres consecuencias. La primera es que la capital del país va a ser administrada por uno de los mejores urbanistas que tiene el planeta como se ha reconocido internacionalmente. También por un hombre con una enorme capacidad de gerencia demostrada e igualmente con una gran independencia sobre los grupos de presión.

La segunda consecuencia es que Bogotá no tendrá metro subterraneo. Será una de las pocas ciudades en el mundo con 8 millones de habitantes que renuncia a esa posibilidad. Todos los otros candidatos le apostaban a ese sistema de transporte. Peñalosa por ser el creador de TransMilenio era el único disidente. Aunque sus argumentos de costo-beneficio eran convincentes,  el tiempo dirá si su terquedad en ese frente era justificada o solo un punto de honor.

La tercera consecuencia es que a pesar de que Bogotá va a estar muy bien gobernada, los bogotanos se van a frustrar con los resultados. El milagro que el recién elegido alcalde hizo en su administración anterior no es repetible. En ese momento, estaba todo por hacerse, había mucha plata y no se partía de la base de tres ineptas administraciones de la izquierda, sino de dos gobiernos responsables.

Hoy, los problemas son tan graves que el reto no es tanto convertir a Bogotá en una ciudad ejemplar, sino apagar los múltiples incendios que están ardiendo. Seguramente no hay mejor bombero, pero frente a las expectativas del segundo milagro habrá desencanto.

De Rafael Pardo se puede decir lo que se dice siempre de los grandes deportistas colombianos: fue una gran victoria moral. Ante su legendaria falta de carisma, se podría describir también como un milagro que casi gana. Y así fue porque reflejaba inteligencia, responsabilidad y solidez. Lo que en una elección francesa llegó a denominarse como “una fuerza tranquila”. El temperamento discreto del candidato liberal pudo haber hecho pensar a algunos que ahí no había un gran ejecutor. Pero la verdad es que en todos los cargos públicos que ha desempeñado se le ha reconocido como un muy buen gerente. A veces la expresión facial melancólica y el lenguaje corporal flemático engañan.

Pardo no despertaba entusiasmo en la calle, pero inspiraba respeto en los debates y en entre las fuerzas políticas. Conseguir el apoyo político de tres partidos no es poca cosa. Su campaña fue la más profesional de las tres. Su equipo estaba perfectamente organizado, pero había un problema de mensaje. Peñalosa podía cobrar el costo que tuvo para la ciudad no elegirlo en dos ocasiones y Clara, al ser la candidata del Polo, contaba con la bandera de reivindicación social de la izquierda. Pardo, que hubiera sido un excelente alcalde, no tenía mensaje. Se proyectaba como un gran conciliador, pero Bogotá no estaba para conciliaciones, sino para castigar a la izquierda.

La víctima de ese castigo se llama Clara López Obregón. Teniendo en cuenta que goza de admiración y respeto en amplios sectores, lo que estaba por definirse era si el reconocimiento a ella era superior al rechazo que existía por el Polo. No lo fue. En la primera etapa se impuso lo que ella representaba individualmente y ganaba en todas las encuestas.  Había coherencia ideológica, conocimiento del tema, capacidad de expresión y carisma.  Esos cuatro atributos son difíciles de reunir y su triunfo parecía posible, particularmente después de que se creía que el voto centrista había quedado dividido entre Peñalosa y Pardo.

Pero en la medida que se acercaba el día de las elecciones, la sombra del Polo comenzó a crecer. Carecía de lógica histórica que el Partido que para muchos había acabado con la capital del país, volviera a triunfar. El apoyo oficial de Petro tuvo tanto de largo como de ancho. La maquinaria del distrito, que se esperaba fuera puesta al servicio de Rafael Pardo en un momento dado, fue puesta supuestamente al servicio de la candidata del Polo.

Como la izquierda sabe más de movilización de masas que de buena gerencia, se llegó a pensar que sus tropas disciplinadas podían neutralizar las derrotas en las encuestas. Pero la contraparte de ese apoyo logístico fue el costo en imagen de la manguala con Petro. Ellos después de haber sido aliados, se habían convertido en enemigos políticos. Ese rompimiento le dio a Clara un aura de independencia e izquierda responsable. El matrimonio tardío con el alcalde le quitó ese aura. 

Y hablando de Petro, el cuento de la catástrofe en Bogotá tiene algo de exageración. La situación es mala, pero no catastrófica. Pero lo que es un hecho es que en los 12 años de gobiernos de izquierda hubo más ineptitud en algunos casos y corrupción en otros, de lo que había antes. Por cuenta de esa percepción –o de esa realidad- fue perdiendo terreno la candidatura de Clara. Pasó de ser la primera en las encuestas al segundo puesto y eventualmente al tercero. Es un golpe muy duro para una persona a quien se le reconocía tener la capacidad y la experiencia para asumir el reto de manejar a Bogotá.

Sin embargo, como después de la firma del Acuerdo de Paz, en Colombia tendrá que haber una izquierda contemporánea, racional y responsable semejante a  la que personificó Felipe González en España al terminar la dictadura en España, Clara seguirá vigente por enarbolar esos valores. El voto de castigo en estas elecciones era lógico, pero no es eterno.

El cuarto lugar que obtuvo Pacho Santos todo el mundo lo esperaba, pero no es muy fácil de entender.  Su identificación con Uribe indigna a la mitad de los bogotanos, pero le fascina a la otra mitad. Sus posiciones de derecha eran verticales y se diferenciaban de los lugares comunes de sus rivales. Estaba en contra del aborto, del matrimonio gay, de las penas alternativas para los jefes guerrilleros, etcétera.

En sondeos de opinión, esas posiciones siempre ganan. Además de eso, el primo del presidente era un buen candidato. Su espontaneidad y su irreverencia son carismáticas.  Y su conocimiento de los problemas de la ciudad sorprendió a muchos. Como se ha dicho le iba bien en todo, menos en las encuestas. Y si algo ha quedado claro en los últimos tiempos, es que así como  en el pasado se decía que el que escruta elige, la nueva realidad es que el que encuesta elige.

Lo injusto en la campaña que termina es que el esfuerzo de los derrotados es igual o superior al del ganador. El tiempo, el estudio, la energía y el sacrificio familiar que los cuatro candidatos le dedicaron a la causa en el último año es incuantificable. Pero la política es ingrata. Es todo o nada.

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