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| 2/5/2006 12:00:00 AM

Balas, droga y miedo

SEMANA estuvo en Puerto Boyacá, el ardiente corazón del Magdalena Medio donde ha pasado todo el horror de la violencia en Colombia. ¿Qué capítulo sigue ahora, tras la desmovilización del viejo paramilitar Ramón Isaza?

Todos en Puerto Boyacá cuentan con orgullo que este pueblo es un remanso de paz, pero ninguno se atreve a hablar porque "no quiero amanecer muerto". Una respuesta que sorprende para un lugar en donde la gente duerme con las puertas abiertas, y los pescadores pueden ir a pescar de noche a las tibias aguas del río Magdalena. Pocos se atreven a recordar en público un pasado del que saben más de lo que quisieran, o a pronosticar un futuro lleno de dudas.

La incertidumbre por los días que vendrán luego de la desmovilización de los paramilitares del área donde nacieron las autodefensas alcanza al viejo jefe Ramón Isaza, de 66 años. Su única certeza, además de que figura en la lista de los grandes narcotraficantes de Estados Unidos, es que este martes dejará las armas con 2.200 combatientes. Entregará su pistola y las Autodefensas del Magdalena Medio habrán dejado de existir en "la capital antisubversiva de Colombia", como reza en un muro al lado de la carretera. Pero, como advierte otro experimentado paramilitar, las cosas no van a cambiar demasiado: "El aviso se va a quedar ahí. Lo protegerá el último autodefensa que muera y entre nosotros hay mucha gente joven".

Frente a ese ícono bélico han pasado algunos de los protagonistas más notorios de la guerra en Colombia. A la mayoría se a llevó la violencia. Uno era el profesor Gentil Duarte, que en su época era una de las personas más queridas en este puerto. Corría la década de los 70 y para nadie era un secreto que él era el comandante del frente IX de las Farc. Iba de caserío en caserío a explicar su revolución. "Nosotros dejábamos que los trabajadores fueran a escucharlos no sólo porque el profesor era muy buena persona, sino porque nadie les creía que fueran a hacer una revolución descamisados y en alpargatas", recuerda un nonagenario ganadero que vio comenzar una historia que, aunque nadie lo imaginaba entonces, terminaría llena de sangre y de odio.

Los mayores recuerdan que en la década de los 70, aquí en Puerto Boyacá muchos cantaban la Internacional Socialista y la hoz y el martillo formaban parte del paisaje, pues entonces casi toda la administración municipal militaba en el Partido Comunista. Pero la guerra cuesta y a Duarte le llegó desde Uribe, Meta, sede del núcleo más duro de las Farc, la orden de recaudar dinero, porque la organización quería abrir frentes estratégicos en el sur para ampliar la guerra. Con el tiempo, las exigencias crecieron y Duarte perdió los estribos. Aumentó las cuotas a los campesinos y exigió vacunas a los ganaderos. Cuando muchos se negaron a pagarle, sucedió lo peor. En 1981 secuestró al ganadero Alejandro Núñez. Nadie creía lo que estaba pasando y menos cuando supieron que el cadáver de la víctima había sido arrojado en un pastizal a merced de los gallinazos.

"Yo fui y le dije a mi compadre: o nos organizamos o nos joden", recuerda el viejo ganadero. Compraron escopetas, afilaron los machetes y decidieron combatir. Entre los campesinos que se sumaron a las autodefensas estaba Ramón Isaza, un hombre a quien entonces nadie habría creído capaz de hacer la guerra. Su pasión era tocar guitarra con un grupo musical que animaba fiestas y daba serenatas. Otros de los fundadores eran el representante a la Cámara del Partido Liberal Pablo Emilio Guarín, el líder campesino Gonzalo Pérez y su hijo Henry.

En las primeras semanas parecía una guerra de mentiras. Se parapetaban entre la maleza y se disparaban madrazos. Pero todo se desbocó rápidamente. Un vistazo a los periódicos refleja el horror de lo que pasó en la década de los 80 en Puerto Boyacá y sus alrededores: "Los cadáveres bajan por el río como troncos a la deriva. Navegan tan putrefactos y desfigurados y son tantos, que el comandante de la base fluvial de Barrancabermeja y varios alcaldes de pueblos ribereños decidieron no recoger más muertos del río", escribió Germán Santamaría en El Tiempo. Y Gabriel García Márquez, en El Espectador: "Los distraídos habitantes de las ciudades hemos comprendido que el infierno no está más allá de la muerte -como nos lo enseñaron en el catecismo- sino a sólo cuatro horas por carretera de los cumpleaños de corbata negra y los torneos retóricos y las fiestas de bodas medievales de las sabanas de Bogotá".

"Fue horrible, muy horrible, recuerda el nonagenario ganadero, pero ganamos, no dejamos ni un solo, escriba bien, ni un solo guerrillero en Puerto Boyacá. Por eso levantamos el muro con orgullo". Después de matar a los guerrilleros, siguieron con sus simpatizantes, así fueran aparentes, luego con los ladrones, los homosexuales y, en fin, los que no comulgaran con su causa. Todas las estadísticas coinciden en señalar que fueron miles de muertos y centenares de desplazados. "Entonces llegaron los oportunistas", dice un hombre que afirma haber peleado durante años. "Como Iván Roberto Duque (alias 'Ernesto Báez' y hoy uno de los pesos pesados de las AUC). Lo trajo un compadre y lo presentó como un abogado. Hablaba muy bien, jamás había disparado un tiro y terminó mandando". El fundó allí en Puerto Boyacá el movimiento Morena, en otro intento de los paramilitares de ingresar de una vez por todas a la política.

Pero la guerra continuó. De un momento a otro, ese ejército victorioso de autodefensas, compuesto por campesinos convertidos en guerreros sanguinarios, se encontró sin empleo. Los capos de la droga José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias 'El Mexicano', y Pablo Escobar Gaviria hicieron su aparición y convirtieron a esos muchachos en sus ejércitos rurales. "Muchos se fueron con ellos. La oferta en plata era demasiado tentadora", explica un dirigente comunal. De aquí salieron a Urabá los primeros escuadrones de la muerte. Llegaban, incendiaban todo y con listas hechas por informantes ejecutaban a sus víctimas de rodillas. Aunque los protagonistas de esta historia eran unos 2.000 hombres, todos los habitantes de Puerto Boyacá quedaron estimagtizados como los peores delincuentes. "¿Qué hicimos nosotros además de cumplir el sueño de todos los colombianos, que era el de derrotar militarmente a las Farc?", cuenta otro poblador. Y así, mientras las bandas de asesinos iban sembrando el terror por el país, un grupo de autodefensas decidió desmovilizarse, pero nunca encontró apoyo del Estado para dejar atrás su vida delictiva. Mientras tanto, la gente inocente era rechazada y agredida. Por ejemplo, en una ocasión una delegación del pueblo escogió una soberana y se fue a acompañarla a las Fiestas del Sol y del Acero en Sogamoso. "Nos recibieron a piedra", recuerda una persona que formó parte de la comitiva. "Yo quería estudiar y trabajar y me fui para Bogotá. En tres años nunca conseguí nada fijo porque cuando se daban cuenta de que era de Puerto Boyacá, me echaban", relata un joven.

La presencia de los narcotraficantes convirtió la región en el escenario de una guerra de todos contra todos. 'El Mexicano', aliado con Isaza, trajo al israelí Yair Klein para organizar un ejército privado con el que se enfrentó a todo el mundo y con el que ayudó a exterminar la Unión Patriótica y a ejecutar masacres a lo largo y ancho del país. Pablo Escobar, por el contrario, se enemistó con Isaza por el control de la región, en particular de Puerto Triunfo. La guerra produjo una matazón entre los jefes, de la que se salvaron pocos. Uno de ellos fue Isaza, quien finalmente sacó a Escobar de Puerto Triunfo, a una hora de Puerto Boyacá, el mismo lugar donde se desmoviliza esta semana.

Los demás no sobrevivieron. Pablo Guarín, quien se vanagloriaba de sus acciones paramilitares en los recintos del Congreso ante la mirada silenciosa de la dirigencia del Partido Liberal de entonces, fue muerto en una emboscada en una carretera, en 1987.

Gonzalo Pérez fue asesinado en julio de 1991, por un patrullero de las autodefensas que había cometido una falta y que él mismo iba a matar. "El muchacho se dio cuenta de lo que venía y le ganó de mano", dice un hombre que presenció la escena, aunque nunca se supo si fue en realidad un encargo de Escobar.

A su hijo Henry ya le habían hecho intentonas los sicarios de Escobar. En una fiesta le advirtieron que lo estaban buscando para matarlo, pero logró confundir a sus asesinos cuando se subió al escenario y empezó a cantar con la orquesta. Sin embargo, 12 días después de la muerte de su padre, lo encontraron en el atrio de la iglesia escoltado por una veintena de hombres desarmados. Los disparos se confundieron con la pólvora que señalaba el comienzo de las fiestas del pueblo.

Ariel Otero tomó el liderazgo del grupo y anunció, a través de una emisora, que se vengaría de Escobar Gaviria. El capo le ganó la partida y lo mató seis meses después de este reto público. Sin embargo, en Puerto Boyacá no lo recuerdan con afecto. "Ese es un perro", dicen muchos en referencia a Otero: lo acusan de haber vendido a sus hombres a los ejércitos de los hermanos Rodríguez Orejuela del cartel de Cali.

Pero los narcos nunca se fueron. Al contrario, una decena de extraditables encontraron en el Magdalena Medio su refugio. Desde allí movían sus negocios de narcotráfico. Otros, por su parte, continuaron con su actividad paramilitar. Es el caso de Víctor Rafael Triana, 'Botalón', y quien, según un informe del Programa Presidencial para los Derechos Humanos, "perteneció a la estructura de 'El Mexicano'. Precisamente, el sábado 28 de enero se desmovilizó, y ahora también está en la mira de los Estados Unidos. En una ceremonia solemne, 742 personas entregaron sus armas. El acto de despedida no fue tan colorido como el que tuvo lugar al día siguiente. "Hubo una cabalgata en la que participaron 150 caballos escoltados por 75 camionetas burbuja", dice un joven ganadero que teme que lo peor está por venir. "Voy a decir algo que jamás pensé. Hoy prefiero a la guerrilla porque uno les paga el boleteo y ya. Pero con esta gente uno no puede decir nada".

Otra persona dice temerles sobre todo a los jóvenes. "Los comandantes son personas ya hechas pero esos muchachos uno no los puede ni mirar". Entre tanto, 'El Viejo' Ramón Isaza entrega sus armas que ya no son las oxidadas escopetas de antaño. Ahora abandona un ejército dotado con las más modernas y mejores armas. Su vida sintetiza la historia de las autodefensas. Dice que va a dejar la guerra y que va volver a tocar su guitarra.

Y, ¿qué piensan los muchachos? Un grupo de ellos estaba haciendo cuentas la semana pasada en el parque principal, donde abundan las adolescentes que saben que aquí hay mucha plata y han llegado para prostituirse. Cada muchacha cobra un promedio de 200.000 pesos. Los desmovilizados quieren estar con ellas, pero no les alcanza. Sin embargo, ven que a cuenta gotas llegan las camionetas burbuja y se llevan un grupo de jovencitas. "Yo sé que si uno les trabaja a esos manes puede conseguir una hembrita de esas", dice uno de ellos. Porque nada evidencia que, tras la desmovilización de los paramilitares, la paz regrese de verdad a este pueblo. Es probable que a lo sumo cambiará el signo de la violencia, esta vez dominada, de nuevo, por el narcotráfico. n
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