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| 5/29/2000 12:00:00 AM

Barbarie nacional

En Colombia hay una masacre diaria. Estas acciones son la expresión más clara de la degradación de la guerra.

Las cifras y las estadísticas, frías y asépticas, se acumulan una tras otra como hojas secas sin lograr dar cuenta del horror que encarnan las masacres dentro del conflicto colombiano. Sólo en el primer trimestre de este año las autoridades tienen contabilizadas 85 masacres, en las que fueron asesinados 402 colombianos. El año pasado, según la Defensoría del Pueblo, se registraron en el país los mayores números de masacres (403) y víctimas (1.865) de la década. En promedio hubo un poco más de una masacre diaria. El Informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia durante 1999 expresó su preocupación por el hecho de que: “en el período del presente informe, aumentó el número y la frecuencia de las masacres, caracterizadas por su carácter repetitivo, su persistencia en el tiempo y la crueldad extrema empleada contra las víctimas”. Este fenómeno se ha vuelto tan frecuente, la memoria de los colombianos es tan frágil y la realidad tan avasalladora que, como dice una investigadora que pidió no ser identificada, “la muerte no da tregua y la próxima masacre borra la anterior”. El olvido y la anestesia general favorecen la impunidad de este tipo de actos violentos. Además, ante un número tan grande de masacres (las que se cometieron en 1999 representan el 60 por ciento del total de las que se llevaron a cabo durante los 30 años del conflicto guatemalteco) el primer impulso es denunciar. Esto, si bien es positivo, termina por ser un contrasentido porque, como dice el sociólogo Alain Rouquié, “es más fácil denunciar que tratar de comprender”. ¿Pero, comprender qué? Que más allá de ser hechos fortuitos, expresiones de venganza o manifestaciones de sadismo y demencia irracional, las masacres tienen una lógica política clara y hacen parte de una estrategia militar de los actores involucrados en el conflicto. Es entender que las masacres, como lo dice el sociólogo Teófilo Vásquez “son un espacio de interacción en el que hacen presencia los actores armados y despliegan sus lógicas de violencia real y simbólicas como una forma de ejercitar, reiterar o disputar poder”. Entre noviembre y diciembre de 1997, por ejemplo, los paramilitares incursionaron en el área del Nudo de Paramillo, al norte de Colombia. Realizaron dos masacres, quemaron poblados y cultivos, mataron reses y otros animales. Al dominar este territorio aseguraron el control de un corredor estratégico en dicha zona y el monopolio del manejo de los recursos obtenidos por cuenta de la producción de coca en el sur de Córdoba. En diciembre del año siguiente un grupo de las Farc, incluido un cuerpo élite integrado por sobrevivientes de masacres de los paramilitares, incursionó en la misma zona. En la finca El Diamante, donde se encontraba el propio Carlos Castaño, le cortaron la cabeza a seis personas y le mutilaron los genitales a otros cuantos. Las Farc negaron desde el Caguán que hubieran cometido excesos de ese tipo. Sin embargo esa fue su manera de expresarles a los paramilitares que poseían la capacidad de responderles con sus mismas herramientas y que todavía tenían poder suficiente para reconquistar los territorios que habían perdido en el norte de Colombia, diente por diente y ojo por ojo. Eterno retorno Las masacres no son ninguna novedad en la historia colombiana. Durante la denominada época de La Violencia, un período que los historiógrafos sitúan entre 1948 y 1964, este tipo de actos ganaron protagonismo por cuenta de la sevicia y la barbarie que los rodearon. Estas mismas características hicieron que dejaran una impronta en la memoria colectiva del país. Por eso, cuando a comienzos de los 90 se disparó de nuevo el fenómeno, el historiador Gonzalo Sánchez afirmó que “los genocidios y las masacres recuerdan los peores tiempos de La Violencia”. En la última década los actores del conflicto armado se encargaron de demostrar que podían superar cualquier tope de barbarie. Hoy el mismo Sánchez reconoce que “el número de masacres se ha incrementado a tal punto que están volviéndose rutinarias. Lo incorporamos en cierta manera a las rutinas políticas del país”. Entre 1993 y 1998, según el Informe de Desarrollo Humano para Colombia del año pasado, hubo masacres en 28 de los 33 departamentos del país. En determinado momento el asunto alcanzó tal gravedad que las autoridades tuvieron que revaluar su concepto de masacre. Hasta 1996 se tomó como base para registrar una masacre la muerte violenta de cinco o más personas. A partir de 1997 el concepto cambió y en la actualidad se entiende por masacre, según aparece en el mencionado Informe de Desarrollo Humano, “la muerte violenta de tres personas o más, el promedio está alrededor de cinco, con tendencia a crecer en el tiempo”. ¿Por qué aumentaron y continúan aumentando las masacres en Colombia? Para los expertos, como Carlos Valdez, director de Criminalística del Cuerpo Técnico de Investigaciones (CTI) de la Fiscalía, la respuesta es clara: “El desarrollo de las masacres indiscutiblemente ha sido por parte de los paramilitares. El paramilitarismo ha utilizado este mecanismo y lo ha desarrollado con mucha más sevicia”. Aunque desde 1997 la guerrilla empezó a utilizar en sus ataques algunos de los métodos empleados por los paramilitares y también es responsable de actos de barbarie como el ataque a Vigía del Fuerte, Antioquia, las estadísticas apoyan de manera contundente la opinión de Valdez. Sólo en 1998 y en 1999, de acuerdo con la Defensoría del Pueblo, los paramilitares fueron autores del 48 por ciento y del 38 por ciento, respectivamente, del total de las masacres. En el Informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia 1999 quedó consignado que para los paramilitares “la práctica de los homicidios colectivos de civiles indefensos constituye su principal modalidad de acción”. Para las autoridades judiciales esto no es casual. Un investigador del CTI que pidió no ser identificado sostiene que los paramilitares “cuando acuden a las masacres es una estrategia para ganar la guerra. La forma como las hacen tiene otra intención clara. Lo que a la guerrilla le tomó 50 años estos hombres lo quieren hacer, no por la vía de la sutileza si no por la fuerza”. Al apelar a esta estrategia los paramilitares envilecen e irregularizan aún más el conflicto armado y disparan las estadísticas de la violencia política. El jurista Iván Orozco sostiene al respecto que “los paras metodológicamente, en lo que atañe a la lógica de la guerra, expresan una degradación de una degradación. (…) Los métodos del paramilitarismo, por su parte, orientados ya no a combatir el enemigo militar sino a la población que le sirve de soporte, a quitarle el agua al pez, expresan una irregularidad todavía mayor”. Terror como arma Las masacres son una vieja modalidad de hacer la guerra para garantizar dominio territorial. Aquí en Colombia esto es evidente, como dice el sociólogo Teófilo Vásquez: “Muchas de éstas se realizan en desarrollo de los planes preconcebidos de disputa territorial de los actores armados”. ¿Cómo se logra esto? Un experto en estrategia militar que pidió no ser identificado dice que los dos principales efectos que se buscan al realizar una masacre son producir temor indiscriminado y desplazamiento de la población. “Al hacer esto último puede ejercerse un control de área y hacerse un programa de recolonización con gente afecta a la causa, después del cual es más fácil realizar el control persona a persona”, dice el experto en mención. En Peque, Antioquia, por ejemplo, los paramilitares controlan los insumos que entran al pueblo. Cualquier variación en la cantidad de alimentos que ingresan a la zona tiene que ser explicada por su dueño. Esta racionalidad aclara la brutalidad extrema que caracteriza las masacres y porqué las víctimas siempre son civiles inermes. El terror es un arma efectiva que puede maximizarse de varias maneras en los homicidios colectivos. El investigador del CTI que pidió la reserva de su identidad sostiene que para los autores de las masacres es coherente pensar: “Como no podemos eliminar a todo el mundo, una muerte debe servir para eliminar al hombre que es contrario a nuestra causa o la amenaza más palpable, pero esa muerte atroz también tiene que servir para atemorizar, para evitar que otros vuelvan a colaborar hasta el punto que se tengan que ir”. Por eso los asesinos tienen un repertorio atroz para violar el cuerpo de sus enemigos antes y después de matarlos. En la masacre del corregimiento El Salado, Bolívar, 28 personas fueron asesinadas por un grupo paramilitar de por lo menos 100 hombres. Esta acción hace parte de la ofensiva de estos grupos, que ya dominan el sur de ese departamento, para controlar la región del medio Bolívar. De acuerdo con el reporte entregado por la Fiscalía después de ocurridos los hechos, la mayoría de las víctimas fueron torturadas primero y luego degolladas con puñaleta entre el 16 y el 19 de febrero pasados. Un comandante de las autodefensas que habló con SEMANA y no quiso ser identificado dijo que en relación con lo de El Salado “la guerrilla y los organismos del Estado manipularon la información”. Su versión de los hechos es que hubo combates con guerrilleros de las Farc durante 72 horas. Luego de la confrontación, como todas las salidas estaban vigiladas, los guerrilleros vestidos de civil se metieron a las casas o intentaron salir de la región en carros. Para las autodefensas una parte de los guerrilleros en todo el país se dedican a labores domésticas o agrícolas en las zonas que controlan y, cuando van a realizar un ataque, desentierran los camuflados y el fusil que tienen enterrados. Así justifican que los muertos de sus masacres sean civiles: ante sus ojos son guerrilleros disfrazados de civil o auxiliadores. Esto es una muestra de lo que el investigador René Girard ha denominado estereotipos persecutorios: “Son otra forma de violencia colectiva asentada en una especie de manía persecutoria, propia de sociedades en períodos de crisis por el debilitamiento de las instituciones habituales (…) Los perseguidores terminan siempre por convencerse que existe un pequeño número de individuos, o incluso uno solo, que pueden ser extremadamente dañinos para la sociedad”. El informe oficial forense sobre las víctimas de El Salado habla de heridas con arma blanca en el cuello de entre 14 y 35 centímetros, características del degüello. ¿Por qué matar con puñaletas cuando todos los hombres portaban fusiles? El experto en estrategia militar dice que en situaciones de este tipo “prima la cultura sobre la incorporación de la tecnología de guerra”. Es decir, que aun en casos en que se cuente con los medios para hacer la guerra de la manera menos dolorosa posible se prefiere utilizar otros más sangrientos que refuercen el mensaje que se quiere enviar a los sobrevivientes. No cesa la horrible noche Mientras que los actores en conflicto mantengan los estereotipos persecutorios sobre la población civil será muy difícil que las masacres desaparezcan del panorama colombiano. Porque al mantener estos esquemas en su cabeza, dice Girard, “la responsabilidad personal, la culpabilidad, los escrúpulos, el temor de su propia conciencia, las normas éticas y morales desaparecen de las relaciones con el enemigo, quien frecuentemente no es considerado como un semejante. Los escrúpulos y los obstáculos habituales caen: el hombre es entonces capaz de matar y torturar”. Esto quiere decir que al no ver al otro, al contendor, como un ser humano, las justificaciones para aniquilarlo sin piedad florecen con facilidad. Y si de paso, con estas acciones de homicidio colectivo se obtienen ganancias en el terreno militar, pues la situación puede deteriorarse hasta extremos insospechados. En un contexto a largo plazo las masacres terminan por ser victorias pírricas porque, como dice Stathis Kalyvas, quien estudió este fenómeno en Argelia, “el terror indiscriminado es contraproducente”. Mientras los actores en conflicto descubren esto la realidad termina dándole la razón a las palabras del historiador Gonzalo Sánchez: “Es una guerra sucia. Es una guerra en la cual, para ser potencialmente víctima, basta ser el otro. No es sólo una guerra contra el Estado o del Estado contra la sociedad civil; es una guerra de la sociedad entera consigo misma. Es el suicidio colectivo”.
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