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| 5/16/1988 12:00:00 AM

BARCO CONTRA LAS CUERDAS

La cacareada reforma institucional está más embolatada que nunca

Cuando a las 7:30 de la mañana del viernes pasado, el presidente Virgilio Barco emprendía viaje hacia el amazonas brasilero, dejaba tras sí una tormenta política. Negros nubarrones oscurecían el panorama de las reformas institucionales que él mismo había iniciado a finales de enero, cuando lanzó la propuesta del plebiscito.
Si la semana del 4 de abril se había cerrado con una calma chicha, a raíz de la providencia del consejero Guillermo Benavides Melo que suspendía provisionalmente el Acuerdo de la Casa de Nariño, el temporal se desató con la alocución televisada del Presidente el lunes 11. Como sucede siempre, antes que analizarlo íntegramente la gente se lanzó a interpretar al vuelo párrafos fuera de contexto. Uno de esos fue, precisamente, el que, al referirse a la viabilidad jurídica de acudir al constituyente primario, dijo: "Este gobierno está dispuesto a adoptar ese camino, porque ese es su compromiso con el pueblo ". Como con esta frase Barco cerraba una larga argumentación a favor del espiritú del Acuerdo de la Casa de Nariño, los defensores del pacto respiraron tranquilos. Pensaron que el Presidente se acogía a la jurisprudencia de la Corte Suprema (no habría revisión jurídica si se apela al constituyente primario para reformar la Constitución) y que simplemente iba a pasar por encima de la providencia del consejero Benavides, con lo cual estaba sentando un precedente histórico que muchos alcanzaron a calificar como una locura. Esta impresión se derivaba, sobre todo, de una frase en la cual el Presidente calificaba la providencia diciendo que en ella "el consejero de Estado (...) no sólo entró en el terreno reservado a la política, sino que, además, expresó una opinión que no coincide con las decisiones de la Corte".
Lejos estaba el Presidente de plantear un enfrentamiento con el Consejo de Estado. Las líneas siguientes de la intervención así lo demostraban: "El gobierno respeta la decisión de consejero de Estado".

El as en la manga
Aunque parezca increíble, los cuatro últimos párrafos del discurso fueron ignorados. En ellos Barco echaba sobre la mesa, aunque entre líneas, su verdadera carta: ante la suspensión provisional del Acuerdo de la Casa de Nariño, el único camino expedito para reformar la Constitución era una consulta popular. "El gobierno --explicó el Presidente-- considera que existe fundamento jurídico y pleno respaldo político para realizar una consulta popular". Y si quedaba alguna duda, la última frase la despejaba: "La consulta popular es el sendero de la esperanza".
La expresión "consulta popular" dio para todo. Mientras los más radicales la interpretaron como el regreso de Barco a su propuesta original del plebiscito, los amigos de la prudencia la analizaron como la persistencia del Presidente en acudir al pueblo para hacer las reformas, pero sin especificar si lo iba a hacer como punto de partida, que fue su idea original, o como punto de llegada, que fue la idea del Acuerdo de la Casa de Nariño.
Esta doble posibilidad marcó los sucesos de los días martes, miércoles y jueves. Aunque la lectura detenida de la intervención presidencial hizo pensar a los conservadores que el Presidente parecía dispuesto a revivir la carta del plebiscito, inaceptable para ellos, fue la ambiguedad lo que les permitió conservar la remota esperanza de que era posible resucitar de algún modo los mecanismos previstos en el Acuerdo.
Mientras tanto, el gobierno cada vez se convencía más de que la actitud conservadora de aferrarse al Acuerdo en letra y espíritu no era otra cosa que una maniobra para ponerle conejo las reformas.
Con dudas de parte y parte, el presidente Barco y el ex presidente Pastrana, quien había regresado principios de semana al país, se reunieron el miércoles a las 5 de la tarde, en la Casa de Nariño. Cada uno echó mano del presidente de su respectivos directorios, Hernando Durán Dussán y Rodrigo Marín, y el ministro de Gobierno, César Gaviria completó la quinteta. La reunión se prolongó varias horas y, a pesar de la cordialidad reinante, se llegó a un punto muerto: la convocatoria a la extras del Congreso. Mientras el gobierno se negaba a irse en contra de Consejo de Estado, que al suspende el Acuerdo de la Casa de Nariño ponía en peligro jurídico cualquiera de los pasos contemplados en él, la oposición se empeñaba en que el Presidente tenía autonomía para convocarlas. En vista de que ninguna de las partes cedió terreno, decidieron consignar el desacuerdo en un comunicado conjunto que lo único que dejaba en claro era que había voluntad de entendimiento para hacer las reformas.
La reunión terminó con whisky y una frase en la que el Presidente le anunciaba a Pastrana una posible conversación telefónica antes de su viaje al Brasil. Los conservadores se retiraron de la Casa de Nariño con la idea de que el viaje presidencial abría un paréntesis de meditación. El Acuerdo se había caido, pero la voluntad de buscar fórmulas estaba en pie.
El gobierno, por su parte, parecía tener claro en que muerto el Acuerdo y ante lo que interpretaba como intransigencia conservadora, cualquier camino difícilmente podría trazarse por consenso. Por eso mismo el jueves en la noche, Barco hizo un nueva salida por televisión en la cual aparte de tocar temas relacionados con su viaje, dio la estocada final:
"La propuesta gubernamental de convocar una consulta popular o un plebiscito está basada en un riguroso análisis jurídico, fundado en el estudio de la jurisprudencia de la Honorable Corte". Y más adelante señaló:
"La tarea que tenemos por delante (...) es la de encontrar el camino extraordinario y expedito que respetando nuestro estado de derecho, y en concordancia con la doctrina de nuestros más altos tribunales de justicia, nos permita hacer las reformas institucionales que urgentemente pide, reclama, quiere y necesita el país". Ya no había ambiguedad. Por primera vez en todo este embrollo Barco usaba la palabra plebiscito y la asimilaba a la expresión consulta popular.

Los dos caminos
La sensación que quedaba al final de la semana pasada era la de que se había vuelto al mismo llano. En enero se había hablado de plebiscito, en febrero estaba desmontado con el Acuerdo de la Casa de Nariño y en abril parecía resucitar. Tal vez era el mismo llano, pero las vacas estaban a otro precio. La propuesta original había sido una audacia política y jurídica, pues el gobierno se había mostrado dispuesto mediante un acto político sin precedentes a darle un golpe, también sin precedentes, a la Constitución. El Acuerdo de la Casa de Nariño mitigaba la audacia política, porque el gobierno encontraba en los conservadores un socio, pero mantenía la audacia juridica, puesto que lo convenido desafiaba los procedimientos constitucionales. El plebiscito tal como parece estar planteado ahora ("respetando nuestro estado de derecho", como dice el Presidente) parecería estar buscando fórmulas para evitar riesgos jurídicos, pero es, ahora más que nunca, una audacia política. No sólo ya no cuenta con el socio, sino que huele a fórmula desgastada y encuentra un público apático, cansado de discusiones bizantinas.
Pero... y si no es el plebiscito `qué? La única alternativa, si se descarta la consulta popular, es el 218, o sea la doble vuelta legislativa. En pocas palabras, los caminos del gobierno son: plebiscito o 218.
Pero ambos entrañan graves riesgos políticos. Escoger el primero puede constituir un salto al vacio. No sólo los conservadores se oponen furiosamente, sino que el Partido Liberal, con una dirección sin credibilidad sin poder de convocatoria, está dividido frente al tema. Todo esto, sumado al desconcierto en indiferencia de los electores, puede derivar, por cuenta una baja votación, en la derrota plebiscitaria del gobierno. Elegir la vía del Congreso por el 218, aunque no implica riesgos inmediatos, significa entregar la bandera del procedimiento extraordinario y expedito y, a largo plazo, la posibilidad casi segura que las reformas se empantanen. Dadas las actuales circunstancias, todo parecería indicar que el gobierno está en una encrucijada: escoger entre muerte lenta por el 218 o el infarto por plebiscito. Sólo un milagro podría salvarlo.
Y en un país en el que tantas cosas están pasando tan rápidamente no se podría descartar que al gobierno se le pueda aparecer la Virgen.--
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