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| 7/4/2015 10:00:00 PM

Bautizo de fuego para Luis Carlos Villegas

Lo nombraron ministro de Defensa para la paz, pero le está tocando ser ministro de guerra.

Aunque el ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, fue nombrado en el cargo para preparar el terreno de la paz en las Fuerzas Armadas, en las primeras dos semanas le ha tocado un país que vuelve a la guerra.

La ruptura del cese unilateral de las FARC el 22 de mayo pasado desembocó en una campaña de sabotajes contra la infraestructura petrolera y energética del país, que se ha ensañado con las regiones más vulnerables como el Pacífico, Putumayo y Catatumbo. El desastre ecológico, las ciudades que han quedado a oscuras, o las 160.000 personas que están sin agua en Nariño liquidaron la poca favorabilidad que tenían las conversaciones de La Habana. Por primera vez desde que comenzaron los diálogos, la encuesta de Gallup registra una opinión de 46 por ciento a favor de una salida militar al conflicto, contra 45 por ciento que cree que hay que insistir en la negociación. Una tendencia que, si se mantiene, acaba con el margen de maniobra del gobierno para sacar del estancamiento los diálogos.

A ello se suma la crítica situación de El Mango, corregimiento de Argelia, en Cauca, donde la comunidad desalojó a la Policía. A pesar de que el ministro envió refuerzos y aseguró que los agentes no se van, este episodio refleja la disputa por la legitimidad en ciertos territorios.

Como si fuera poco, a Villegas le cayó como una bomba el informe de Human Rights Watch sobre falsos positivos, en el que esta influyente ONG desestima que más de 3.000 ejecuciones sean casos aislados y presenta indicios de que estas fueron generalizadas, sistemáticas y que involucran a varios generales. Uno de ellos, el comandante de las Fuerzas Militares.

Para rematar, el ELN, grupo con quien los diálogos del gobierno están prácticamente muertos, está haciéndose sentir. Primero con la destrucción de un helicóptero Black Hawk en un campo minado en Norte de Santander, que dejó cuatro soldados muertos; y luego con dos petardos en lugares neurálgicos de Bogotá.

Todos estos hechos, vistos en conjunto, conspiran contra la misión asignada a Villegas que era, sobre todo, armonizar el proceso de paz con la estrategia de seguridad; la retrasan y lo ponen en la tarea de los bomberos: a apagar incendios.

Este complejo escenario permitirá saber cuál será el talante de Villegas como ministro; si caerá en la tentación de actuar como altavoz de los militares, como lo hizo su antecesor, o si manejará la crisis con el tacto político que lo ha caracterizado.

Aunque los medios lo presentan como empresario, en realidad Villegas es un político que se mueve como pez en el agua en escenarios difíciles. Ha sido diplomático, gobernador, congresista, director de gremios. Es un gran negociador y no en vano ha estado tanto en el proceso de El Caguán, como en el de La Habana. Conoce bien a las FARC, y como si fuera poco, ha sido su víctima, pues esta guerrilla secuestró a su hija.

Quienes lo conocen ponderan de él su talento conciliador y su capacidad de ejecución, ambos ampliamente demostrados cuando estuvo al frente de la reconstrucción del Eje Cafetero luego del terremoto. Es un hombre pragmático, dado a la acción, y eso es importante para movilizar una institución tan pesada como la militar. Pero también es un hombre de a pie que conoce el país provinciano, que no se quedará amarrado a un escritorio en Bogotá.

Una nueva política de seguridad

Pocos ministros han enfrentado desafíos como los que tiene Villegas en el horizonte. El primero de todos, según el analista Jorge Restrepo, es una nueva política de seguridad. El gobierno de Santos ha seguido funcionando sobre los rieles de la política de seguridad democrática de Uribe que, aunque ha sido muy apreciada sobre todo por los empresarios y las clases medias, está agotada hace rato. El país de 2015 no es el mismo de 2002, ni lo es la guerra.

Villegas tendrá que hacer que los militares transiten de una doctrina contrainsurgente de 50 años, de buscar al enemigo y destruirlo; a una en función de construir Estado en zonas alejadas como las que hoy tienen en jaque las FARC. Este cambio se necesita con o sin proceso de paz, de manera rápida y civilista.

Una nueva política de seguridad tiene que meterle el diente a la Policía, y ponerla a tono con los enormes desafíos de la seguridad ciudadana, donde hoy existen más temores. Tendrá que definir si acoge las tesis de que se necesita una Policía rural para el posconflicto, como lo ha propuesto el propio presidente Santos.

Este punto es crítico porque el crimen organizado, sigue en auge. Prueba de ello es que la extorsión está disparada. Por eso tendrá que tirar línea también sobre cómo enfrentar a las bacrim, que han resultado ser un enemigo sinuoso y resistente.

Tranquilizar a los militares


El otro reto importante es crear un clima favorable a la transición hacia la paz dentro de las Fuerzas Armadas. Villegas ha sido directo al afirmar que hay intenciones de politización y división de las fuerzas por parte del uribismo, pero también ha dicho, con cierto optimismo, que esto está superado.

Eso no es tan claro. Los militares retirados ahora están divididos entre los que se oponen radicalmente al proceso de paz y quienes lo aceptan. Y esa división se extiende de manera silenciosa a los cuarteles, entre los militares activos.

En La Habana aún no hay humo blanco sobre tribunales para juzgar los crímenes atroces y ni sobre las penas que estos impondrán a los máximos responsables, pero cualquiera que sea el acuerdo que se logre tendrá un efecto entre las tropas. En Colombia se suele olvidar que la justicia transicional será para guerrilleros, y también para los militares.

Pensando en estas preocupaciones, Villegas escribió una carta dirigida a todos los soldados en la que dice que: “A partir de este momento mantendremos una estrecha comunicación que nos permita erradicar la amenaza de la desinformación y de la incertidumbre, que en algunas oportunidades ha afectado la moral de nuestras tropas. No permitiré que la verdad sea sacrificada. Seguiremos trabajando de una manera coordinada para garantizar la seguridad jurídica a todos los integrantes de las Fuerzas Militares, en temas tan importantes como la justicia transicional, la Comisión de la Verdad, la memoria histórica y la justicia penal militar”.

Este es un mensaje contundente y radicalmente diferente al que había enviado el ministro Pinzón durante los últimos dos años. También manda un mensaje tranquilizador sobre la otra gran preocupación que ronda en los cuarteles, y es si los uniformados perderán prebendas económicas que han mantenido durante el conflicto, en reconocimiento al sacrificio que hacen.

¿La paz o la guerra?

Un tercer reto, como ya se avizoró en estos días, será el ELN. La ilusión de que esta guerrilla se sume al esfuerzo de paz de La Habana se está desvaneciendo. Todos los análisis serios sobre el conflicto registran un crecimiento de este grupo y esa tendencia dibuja un escenario difícil en términos militares: que por segunda vez se haga un proceso de paz en Colombia pero no se acabe la guerra. Eso enredaría el posconflicto.

Proteger a las FARC

Finalmente, él mismo ha entendido que uno de los desafíos más grandes que tiene es garantizar, si llega a firmarse un acuerdo de paz, la seguridad de las FARC, de sus dirigentes, bases, pero también las comunidades donde ellos actuarán políticamente. Para los dirigentes de la guerrilla hay un riesgo, que Villegas reconoce: que los maten al dejar las armas. Para ellos se trata de un paramilitarismo enquistado en organismos del Estado. El ministro, en una entrevista reciente con Yamid Amat, aseguró que se jugará todo para que algo así no suceda.

En dicha conversación, Villegas se definió como un hombre hecho de algodón por fuera y acero por dentro. Y esa puede ser una fórmula ideal para el momento. Usar la fuerza necesaria para defender a los ciudadanos, pero ser capaz de entender de manera más política que lo deseable es terminar una guerra con un acuerdo civilizado. Y reconocer los errores del pasado.

Villegas parece entender no solo, como les dijo a los soldados, que la paz es la victoria, sino que la paz es la política de seguridad más duradera y humana a la que se puede aspirar. Y que no hay dicotomía entre seguridad y paz, que en cualquier democracia moderna y desarrollada son considerados como objetivos posibles, complementarios y legítimos.
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