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| 12/4/1989 12:00:00 AM

Bellas de noche

Se descubre otra macabra cara de la violencia con el hallazgo de cinco jóvenes muertas.

Que en una de las colinas del oriente de Medellín se descubrieran cadáveres al amanecer, no era raro. Con todo el horror que esto encierra, los hallazgos macabros se hacen con asiduidad desde hace diez años cuando comenzaron en la ciudad las venganzas entre todo tipo de delincuentes. Cadáveres jóvenes, N.N. en su inmensa mayoría y hombres casi todos, aparecen tirados desde entonces entre matorrales, especialmente los fines de semana.
De tal manera que cuando se supo que al amanecer del sábado 28 de octubre se habían encontrado cinco cadáveres en una loma de El Poblado nadie pareció sorprendido. Pero el hecho empezó a generar primero sorpresas, después especulación y por último, un pánico que alcanzó a crecer pero no a desarrollarse. La sorpresa fue rotunda: los cadáveres eran de mujeres, todas jóvenes y todas bien vestidas.
Y ahí se levantaron las especulaciones. Las primeras, las más fáciles, salieron con rápidez del estupor creado por el hecho de que la muerte por asesinato hubiera escogido a mujeres, y pasaron a formular la tesis del "cobro de cuentas" entre bandas dedicadas al narcotráfico o a servir a los grandes narcotraficantes.
Pero la hipótesis de cajón empezó a caer cuando se conocieron algunos detalles de las muchachas muertas: todas eran prácticamente adolescentes (entre los 15 y los 25 años) y las cinco vivían en Bello, una ciudadela con gobierno propio que queda a ocho kilómetros de Medellín. Hacia ese municipio, con nombre contradictorio con su realidad atroz, se encaminaron las miradas que buscaban los motivos del asesinato múltiple. Múltiple y creciente: un día después las muertas de Bello habían pasado de cinco a siete, y ahi se estancó el número, no obstante que las especulaciones fueron sumándole cadáveres al hecho, pero que, en todos los casos, no pertenecían a las características de las de Bello.
NADA BELLO
Porque las de Bello eran célebres en los barrios donde vivían por ser muchachas animadas y bien vestidas a pesar de la pobreza absoluta en que vivían. Animadas, bien vestidas e independientes al punto de que cuatro de ellas habían armado tolda aparte: alquilaron una especie de apartamento en el barrio Congolo, en el que recibían largas visitas nocturnas y al que faltaban con frecuencia los fines de semana cuando salían de paseo.
Estos datos y otros (que se mantenían bien de dinero a pesar de que no se sabían sus oficios) se sumaron a uno que dio uno de los familiares en el entierro: "Eran muy amigas de esos muchachos que andan en moto". Y esa tendencia de amistad y vivir en Bello fue suficiente para cuadrar la hipótesis que, en últimas, resultaba la más creíble de todas. Con 350 mil habitantes, Bello es la segunda ciudad de Antioquia, la décima del país y de las más complicadas por la abundancia de su delincuencia.
Mucho ha cambiado allí desde cuando era Hatoviejo, el poblado manso donde nació Marco Fidel Suárez. Ahora es una urbe compleja, llena de emigrantes de todas partes de Antioquia, la ciudad con más desempleo en el departamento y la "líder" en pandillas juveniles. Estas bandas empezaron a florecer allí en 1984 y desde entonces se han reproducido como amibas en número y en peligrosidad. Por la proclividad de las muchachas a los muchachos con moto y por la violencia reinante, las hipótesis se restringieron y una parecía la más válida: ellas (de nombres Nohora Patricia Mosquera, Liliana Bedoya, Sandra Guarín, Yaneth Londoño, Liliana Giraldo, Eylin Arias y Margarita Holguin) fueron el sánduche entre la disputa territorial y de poder machista de dos pandillas y, cuando se les consideró incómodas, las asesinaron.
UNA LAS ENVOLVIO
Dentro de la teoría de las pandillas juveniles, cuyo poder de infundir pánico ha creado una férrea ley del silencio en Bello, en baja voz se mencionó que las dos bandas en conflicto eran las de "Los Calvos" y la del " Loco Uribe" . Ambas compuestas por adolescentes que tienen en la moto, en la chaqueta negra y en un arma toda su razón de existir, y ambas con unas nutridas "divisiones inferiores" que las han hecho sobrevivir a más de una desmantelada por parte de la Policía. La de "Los Calvos", según algunas versiones, esta al servicio de un grupo de narcotraficantes, que habría ordenado la muerte de las muchachas porque éstas habían asistido a una fiesta "a todo taco" durante varios días en la que tanto habían visto y tanto habían oído, que los capos decidieron que no debían andar por ahí sueltas.
Pero esta, como especulación, por fácil y fantasiosa, era la más descartada por una razón de necropsia: en los informes oficiales no se incluyó nunca algo alrededor del tema sexual. Ninguna, entonces, habría sido objeto de agresiones sexuales recientes.
Los familiares de las muchachas asesinadas estaban lejos de la estupefacción. Parecían no sólo resignados a la pérdida, sino acostumbrados, desde hacía tiempo, a que así sería el final de las jóvenes. SEMANA habló con la mamá de una de ellas (la de 15 años, la más joven de todas) y el mayor énfasis lo dio al desmentir las presunciones de prostitución que alcanzaron a esparcir algunos medios de comunicación. "Ella no lo era, puede que sus amigas sí...", dijo. Contó que la mayor aspiración de su hija era trabajar en un almacén y consideró normal que se perdiera con la frecuencia con que lo hacía. Para ella el asunto se había vuelto crimen porque alguna de las jóvenes estaba involucrada en algo y metió al resto en el problema.
Las muertes femeninas, que alcanzaron a crear algún pánico en Medellín, seguramente quedarán en el misterio. Pasan así a la lista eterna de enigmas colombianos, aunque en este caso hay una certeza: las víctimas no eran tan buenas muchachas.
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