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| 8/26/2002 12:00:00 AM

Bendición y tolerancia

Una comunidad homosexual, apoyada por sacerdotes católicos que cuentan con el aval de sus altos jerarcas, le apuesta a una experiencia alternativa de vida en el país.

El hombre no queria estrecharle la mano a Fernando. Durante años había rechazado y negado su condición homosexual. Nunca había tenido relaciones afectivas ni eróticas con un hombre. Sin embargo con frecuencia tenía sueños en los que lo hacía. Su esposa lo sabía y no le importaba. El, en cambio, no se sentía bien. Llevaba una perfecta vida de fachada pero lo atormentaban los deseos reprimidos que afloraban en su interior mientras dormía.

Un día cualquiera alguien le dijo que contactara a una persona que podía ayudarlo. Así fue como conoció a Fernando Segura, un abogado que hoy tiene 43 años y que desde los 18 asumió su homosexualidad. Cuando se encontraron no quería estrecharle la mano. Temía que ese simple gesto de saludo fuera suficiente para desencadenar algo que evidenciara que eran gays.

Al final superó su temor y por intermedio de Fernando se vinculó a la Comunidad del Discípulo Amado. Tiempo después este personaje anónimo se reconoció tal como era y se separó de su esposa, quien más se demoró en aceptar lo que había ocurrido que en salir corriendo a contárselo a la familia de él. A la larga terminó por hacerle un favor pues ellos lo apoyaron en forma incondicional. Hoy este caballero vive mucho más tranquilo.

Experiencias de autoaceptación como estas, o procesos como el que le permitió a una madre dejar de rechazar a su hijo gay, son las que dan sentido a la existencia desde hace siete años de la Comunidad del Discípulo Amado. Un grupo sui generis de apoyo integrado por mujeres y hombres homosexuales, por el que han pasado más de 3.000 personas, fundado por un sacerdote benedictino que se identifica con el seudónimo de Juan de Dios Amado (ver entrevista en la página siguiente). Este religioso siempre había sentido el llamado a tender lazos entre la Iglesia y las personas gay. En la búsqueda de maneras para lograrlo había participado en el Grupo de Estudios de la Cuestión Homosexual, que fundó en Medellín el filósofo León Zuleta, y había conocido de cerca la experiencia de Dignity USA, una organización de católicos homosexuales que funciona desde hace tres décadas en ese país. Sin embargo recibió el impulso que necesitaba para concretar su idea cuando trabajó con pacientes infectados por el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) en la Fundación Eudes. Allí fue testigo de los problemas de autoestima que tenían estas personas y de la falta de apoyo espiritual a la que eran sometidos.

En 1995 decidió que era el momento de hacer algo. En un folleto de circulación cerrada que se distribuía en bares 'de ambiente' y en saunas, que funcionan como sitios de encuentro entre algunos homosexuales, publicó un aviso. Era una invitación para que quienes estuvieran interesados en apoyo espiritual le escribieran a un apartado aéreo. Luego Juan de Dios los visitaba y los oía. Así fue como logró conformar un grupo inicial de 12 miembros. Con ellos se reunió el 4 de junio de ese año en una de las casas de Eudes y fundó la Comunidad del Discípulo Amado. Tomó el nombre de un libro de estudio bíblicos sobre el Evangelio de San Juan, el discípulo predilecto de Jesús, escrito por el padre Raymond Brown. Al comienzo hacían reuniones dominicales en casas de algunos de los integrantes o en las instalaciones de un prestigioso colegio bogotano. Se reunían a orar, leer la Biblia o discutir textos o temas que les interesaban a todos como, por ejemplo, la vida en pareja. Las conclusiones aparecían en una publicación periódica llamada Juanito. También celebraban los cumpleaños en común, organizaban fiestas de integración y en Navidad celebraban la novena como una gran familia. El objetivo era acompañarse y acabar con la soledad en la que vivían muchos que, al reconocer su homosexualidad, habían sido abandonados y marginados por amigos y familiares.

Bendicion eclesial

Poco tiempo después uno de los miembros de la comunidad se puso en contacto con los religiosos de la Orden de Carmelitas Descalzos, quienes manifestaron su interés en reforzar el trabajo pastoral y de orientación espiritual dentro de este grupo que, para entonces, ya contaba con más de 100 miembros. Bajo la tutela de los carmelitas se formó un subgrupo de oración, con unas 40 personas, en su mayoría jóvenes, que desde entonces se reúne todos los jueves y que ya ha llevado a cabo dos retiros espirituales.

Comenzar este experimento no fue fácil. Los homosexuales, por ejemplo, no entendían cómo la Iglesia, que los condenaba y los atacaba con tanta intensidad, les tendía ahora una mano. La jerarquía católica, por su parte, también quería saber exactamente cuál era el propósito de las reuniones y del trabajo que se iba a hacer. Al final todos los obstáculos fueron superados y con mucho trabajo se acallaron las críticas externas pues, dice el padre José Cadavid, "no faltó el malpensado que dijo que si se reunía un grupo de homosexuales era para ponerse a 'mariquear' toda la noche". Cadavid, de 34 años, fue uno de los sacerdotes carmelitas que prestó este apoyo espiritual. Desde hace dos años replica la experiencia en Cali, en la parroquia El Templete, donde unas 120 personas integran el denominado Proyecto Espiritual Quirón.

Esta apertura y comprensión por parte de la Iglesia hacia los gays es una novedad en Colombia. Sin embargo en otras partes del mundo se llevan a cabo experiencias similares ceñidas a los lineamientos del Vaticano al respecto. Desde 1986 el cardenal Joseph Ratzinger, quien preside la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, reconoció "la necesidad de prestar una ayuda adecuada -también en el ámbito de la pastoral- para que estas personas puedan salir de su aislamiento social controlando y superando sus dificultades personales". En respuesta a este llamado salió hace poco en Medellín la tesis para doctorado de un sacerdote titulada El camino espiritual de la persona homosexual, líneas de acompañamiento pastoral. Otras confesiones cristianas también han adelantado estudios y reflexiones sobre el tema e incluso han llegado a crear iglesias gay. La Comunidad del Discípulo Amado ha estado al tanto de todos estos procesos gracias a los dos Encuentros de Espiritualidad Lésbico-Gay que ha realizado para debatir el asunto entre sacerdotes católicos y ministros de iglesias cristianas de Estados Unidos y Puerto Rico.

En 1998 el padre Juan de Dios Amado viajó a Medellín, donde mantiene desde entonces un grupo similar muy pequeño. Antes dejó a nueve personas encargadas de la continuidad del trabajo de la comunidad. Fernando Segura fue uno de los miembros elegido como coordinador en esta segunda etapa del grupo. El llegó hace cinco años al Discípulo Amado por recomendación de su médico. Su problema no era de aceptación, pues desde los 18 años había asumido su homosexualidad. Su lío era que acababa de terminar una relación de pareja de ocho años y tenía demasiado tiempo libre. Primero ingresó al grupo de oración y después saltó a las reuniones dominicales de la comunidad. Ahora es su vocero autorizado y el único que no se esconde de los medios de comunicación. Ningún otro miembro se atreve a dar la cara. "Hay gente del Discípulo Amado que dice que no quiere salir del clóset sino agrandar el clóset", dice Fernando para explicar las razones por las cuales sus compañeros continúan en el anonimato.

Una actitud comprensible porque, pese a los avances de la Iglesia y de la sociedad en relación con los homosexuales, todavía existe una marcada discriminación hacia ellos. Hay quienes siguen mirando a los gay únicamente bajo la lupa de los estereotipos. Los juzgan como buscadores compulsivos de sexo fácil en lugares sórdidos. Los ven como gente light, fascinada por la banalidad de un mundo de fashion show permanente en el que es un pecado ser feo, bajito, gordo, viejo o tener gafas. Y no todos los homosexuales andan en este cuento. Eso es lo que demuestra la existencia de la comunidad. Su intención no es construir un gueto más sino conquistar el derecho a la indiferencia y prepararse para el momento en que la sociedad esté lista para recibirlos como lo que son: seres humanos iguales a los demás que sienten afecto por personas de su mismo sexo.
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