Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1983/04/18 00:00

BISHOP: LA HORA CERO

La semana antes de la fecha límite fijada por los secuestradores, el país en suspenso espera un desenlace favorable.

BISHOP: LA HORA CERO

"Comunicamos a la opinión pública y a la Texas Petroleum Company que Bishop Kenneth Stanley, ejecutivo de ésta, se halla en nuestro poder. Este será ejecutado el día 29 del mes en curso si la multinacional en mención no cumple nuestras exigencias antes de la fecha indicada". El lacónico comunicado, impersonalmente escrito a máquina, apareció el 10 de marzo, dos días después del secuestro del ciudadano norteamericano, quien trabajara como gerente de operaciones de la Texas. Su sentencia de muerte iba firmada por una sigla que los colombianos reconocían con horror, ORP, la misma que apareciera sobre el cadáver de Gloria Lara. Junto con la nota, los secuestradores enviaron la cédula de extranjería del señor Bishop, y una foto suya, donde se le veía agotado y maltrecho, sosteniendo la bandera de la supuesta organización política. Todo esto --como también la foto del cadáver de Gloria Lara-- llegó al periódico El Bogotano y allí fue publicado.
Pasaron los días y la prensa no volvió a publicar nada sobre el hecho, excepto lacónicas notas anunciando que aún no había pistas, a pesar de la prontitud de la fecha de la sentencia: "29 del mes en curso".
Circulaban los rumores de que la compañía petrolera no pagaría dinero por el rescate, pues no era su política hacerlo en ninguna parte del mundo, donde sus funcionarios, a pesar de las estrictas medidas de seguridad, siempre son víctimas propicias para este tipo de atentados. El corresponsal de SEMANA en Estados Unidos consultó sobre el particular a un vocero de la Texas en ese país, sin que éste confirmara o desmintiera los rumores acerca de su política frente al secuestro de sus funcionarios. Rick Whitmyre, con quien esta revista entró en contacto en White Plains, estado de Nueva York, se limitó a decir: "Lo siento, no puedo contestarle, pues es cuestión de seguridad de la empresa". Añadió que el secuestro de Bishop es el segundo de que son víctimas en América Latina, después del de un funcionario en Honduras 10 años atrás, de quien no dio el nombre pero aseguró, sí, que la compañía no había pagado rescate en esa ocasión.
Los secuestros o atentados contra los funcionarios de las grandes compañías petroleras o bien son escasos, o bien la opinión pública no llega a enterarse de ellos por el gran silencio que los rodea y el hermetismo cerrado que guardan las empresas. La Gulf Oil no registra ninguno en ninguna parte del mundo, y tampoco la Exxon. El antecedente más aparatoso lo constituye el secuestro colectivo de 11 miembros de la OPEP en Viena en diciembre de 1975, en un audaz operativo que la prensa internacional le atribuyó al conocido y legendario "Chacal".
Para no romper con la tradición de silencio, en el caso del secuestro de Bishop en Colombia, los medios de comunicación norteamericanos no han informado prácticamente nada, con excepción de la noticia misma, el día en que ocurrió.
Coincidencialmente, uno de los pocos antecedentes que existen en este sentido se dio también en Colombia, y con otro funcionario de la Texas: hace cuatro años, en Bogotá, el colombiano Nicolás Escobar Soto gerente general de la compañía en el país, fue secuestrado por supuestos guerrilleros del M-19 y muerto en un intento fallido de rescatarlo. (Ver recuadro).
PRECISION MILIMETRICA
Lo más sorprendente del secuestro de Bishop es la precisión milimétrica con que fue efectuado. Al igual que el de Sonia Sarmiento, superó las formas artesanales dejando en claro que tenía que tratarse de una banda perfectamente adiestrada y con muchos recursos materiales y técnicos.
Kenneth Bishop salió el lunes 7 de marzo, a las 8 de la mañana, camino a su residencia, junto con las dos personas encargadas de su seguridad personal, el cabo segundo Carlos Dallos (r) y el sargento primero (r) Luis Miguel Cubides, quienes iban en el asiento de adelante del automóvil. A la altura de la calle 134 con carrera 7a, se les atravesó un carro del cual descendieron tres hombres y una mujer que asesinaron en segundos a los dos guardaespaldas, secuestraron a Bishop y huyeron en un Mercedes, que después abandonaron varias cuadras al sur.
Un experto en seguridad consultado por SEMANA afirmó que una operación con esas características implicaba una serie de ensayos previos, porque nada fue librado a la improvisación.
Los detalles psicológicos, según el experto, también fueron fríamente calculados. El carro utilizado, por ejemplo --un Mercedes Benz robado la noche anterior-- aunque no tiene gran pique ni velocidad, es un vehículo que por su status no despierta sospechas en un barrio del norte. El asalto fué perpetrado a pocos minutos; de la casa de Bishop, y es sabido que en el perímetro cercano a su residencia, cuando está a punto de entrar o acaba de salir, la gente baja la guardia y se descuida, porque siente cercana la seguridad de la casa.
Los delincuentes utilizaron subametralladoras, que son armas que requieren de un gran profesionalismo en el manejo. Son muy rápidas pero de tiro impreciso, por lo cual son utilizadas en operaciones militares para barrer, y no para acertar en un blanco. En este caso los secuestradores se ubicaron a lado y lado del automóvil de la víctima, en ángulos perfectos para disparar sin herirse entre sí y sin matar a Bishop y liquidaron a los guardaespaldas --que eran hombres de larga experiencia en cuestiones de seguridad-- sin darles tiempo para que reaccionaran.
EL MISTERIO DE LA ORP
La gran incógnita, en éste como en todos los casos, es quién fué el artífice. A pesar de que en este caso hay una organización que reivindica el secuestro, la ORP, nadie sabe a ciencia cierta qué hay detrás de esa sigla, anónima hace unos meses, hoy primer símbolo de terror entre los colombianos.
Fuentes autorizadas consultadas por SEMANA consideran poco probable que sea una organización de delincuentes comunes que se ampare bajo ese nombre, ya que estas actúan con métodos más inmediatistas y burdos.
Según los expertos, sólo la guerrilla posee en el país el nivel de organización necesario para este nuevo tipo de secuestros. Sin embargo, de ser cierta esta hipótesis, quedarían sin explicar factores como el grado de crueldad utilizado con Gloria Lara, inusitado en secuestros políticos, que buscan fines propagandísticos, y el ánimo exclusivamente de lucro que parece motivar el acto contra Bishop.
De tratarse realmente de la guerrilla, también quedan interrogantes sin resolver. En primer lugar, si son los mismos responsables de la muerte de Gloria Lara, o si es una organizacion distinta, que optó por utilizar esta sigla para camuflarse. Evidentemente, después de que la ley de amnistía dejó a los grupos armados a paz y salvo con la justicia, es de suponer que éstos no quieran poner nuevamente su firma sobre ningún acto punible, y que prefieran recurrir a sofismas de distracción. Por el otro lado, si se trata en efecto del mismo grupo que irrumpió en escena con el secuestro de Gloria Lara, cabe preguntarse cómo puede efectuar un golpe perfecto una organización cuya supuesta dirección --según el organigrama publicado por las Fuerzas Armadas-- cayó toda presa en esa oportunidad, con excepción de dos de sus miembros, el parlamentario Miguel Gamboa, quien debe estar permanentemente vigilado por los servicios de inteligencia, y el profesor universitario Hernando Franco, que está escondido. Sería inusitado que un movimiento que fuera desmantelado hace tres meses, pudiera reponerse de un momento a otro, al punto de llegar a montar el operativo más complejo de los últimos tiempos.
Esta duda aumenta si se tiene en cuenta que los propios inculpados en el caso de Gloria Lara, niegan sistemáticamente cualquier vinculación con el caso Bishop. El parlamentario Gamboa advirtió de antemano a los medios de comunicación, que rechazaban cualquier manifestación de solidaridad que fuera formulada por los secuestradores de Bishop y de la cual se pudiera inferir alguna conexión entre unos y otros.
En todo caso, si en realidad se trata de una misma organización en los dos casos, esto significaría que la ORP no sería el grupúsculo ultrarradical rudimentario que aparentaba ser, sino una organización guerrillera que, a pesar de su reciente aparición, sería una de las más poderosas del país.
Sea quien sea el responsable de este delito, bajo ningún punto de vista puede entenderse en qué lo beneficiaría la muerte de Kenneth Bishop. La fecha fijada por sus captores para su ejecución es el 29 de este mes. Mientras tanto, el país angustiado y en suspenso se pregunta cuándo terminará esta pesadilla.
QUIEN ES KENNETH BISHOP
Kenneth Stanley Bishop, el norteamericano secuestrado en días pasados, es, después de casi 30 años de permanencia en el país, tan colombiano como cualquiera. La Texas Petroleum Company lo trajo en 1956 en calidad de geólogo y, desde entonces, se dedicó a recorrer el país a pie conociendo montañas y pantanos, costas y pueblos. A pesar de su actual cargo de Gerente de Operaciones de la Texas, que lo hace el segundo hombre de la compañía, Bishop no ha sido nunca un hombre de oficina, sino que su trabajo ha sido siempre a campo abierto, y su pasión no las juntas directivas sino las exploraciones y el reconocimiento del terreno. Después de 30 años de ejercer su trabajo, se ha convertido en una de las pocas personas que conocen a fondo el subsuelo del país. Fue una pieza clave en el descubrimiento del gas de la Guajira, como de múltiples pozos de petróleo en la costa. Experto en minerales, escribió varios ensayos sobre el tema.
Fiel a su apego por Colombia, se casó con una colombiana, Bertha Cuéllar, de quien tuvo cinco hijos. Uno de ellos Diego, padeció durante varios años una distrofia muscular que lo redujo a la silla de ruedas hasta su muerte a los 20 años. Durante los años de su enfermedad, su padre se le dedicó en forma casi exclusiva.
Hombres de campo, Bishop no sólo lo es en su trabajo, sino también en sus aficiones. Tiene en una finca de Fusagasugá, un cultivo experimental de uvas que él mismo ha sembrado y que controla personalmente. Su fascinación son los animales y mantenía en su casa varios perros Doverman cuyos premios en exposiciones son uno de sus mayores orgullos. Días antes del secuestro, los perros amanecieron envenenados, en lo que hoy se entiende como el primer paso en el plan de sus secuestradores.
Varios meses antes de su secuestro, Bishop había planteado su interés en retirarse de la empresa para irse a vivir al campo.
Si hay alguien que no corresponda a la imagen del magnate petrolero, ni en la apariencia ni en los hechos, es él. Hombre bonachón y apacible, vivía con su familia, hasta el momento de su secuestro, en una casa acogedora pero discreta en las afueras de Bogotá y más que un hombre de fortuna es un hombre de trabajo. A pesar de los riesgos que sabía que corría por el cargo que ocupaba, Kenneth había tomado la decisión consciente de permanecer en Colombia, lugar donde 30 años de trabajo lo acreditaban para no sentirse extranjero.
EL DESTINO JUEGA DOS VECES
Cuatro años antes de que fuera secuestrado Kenneth S. Bishop, gerente de operaciones de la Texas Petroleum Company, un funcionario de alta jerarquía de esa misma empresa era secuestrado.
29 de mayo de 1978 a las 11:45a.m.: Nicolás Escobar Soto, gerente general de la Texas Petroleum Company y presidente de la junta directiva del Banco de Colombia, descendía de su Dodge Coronet para entrar a un edificio de Chapinero. Al mismo tiempo, seis hombres y una mujer se bajaron de un Toyota y un Renault que se hallaban parqueados en el lugar. Rodearon al gerente de la Texas y lo forzaron a entrar al jeep que ya iniciaba una rápida marcha hacia el occidente.
Era el comienzo de los siete meses de secuestro, durante los cuales la Texas se negó a pagar el monto exigido. Según la empresa, Escobar Soto había incumplido las normas de seguridad impuestas por la compañía, ya que en el momento del secuestro no se encontraban sus guardaespaldas. Sin embargo, la familia empezaba a recolectar la plata y a finales de diciembre el rescate había sido pagado. Nicolás Soto iba a ser liberado.
Pero la suerte estaba echada. El dos de enero, los colombianos se enteraban en los periódicos de la reciente hazaña del M-19: el robo de cinco mil armas del cantón norte un golpe que movilizó a todos los opérativos de seguridad y motivó los allanamientos de muchas casas.
Algunos vecinos del barrio Lucerna, preocupados por los sospechosos movimientos de una casa semiconstruida del sector, decidieron llamar a los servicios secretos. En la madrugada del 3 de enero, un gran grupo de unidades de la inteligencia militar, con la esperanza de encontrar algunas de las armas extraviadas, rodeó el sector. Por altavoces se ordenaba salir a los ocupantes de la casa con las manos en alto. Uno de ellos trató de huir y fue muerto a tiros.
Horas después, ante el silencio de los demás ocupantes, se decidió allanar la casa y dinamitar la plancha de cemento que parecía obstruir la entrada del sótano. En la operación murieron cuatro de los hombres que estaban dentro. Más tarde se descubría que uno de los cadáveres era el de Nicolás Escobar los otros tres los de sus captores y el lugar, la "cárcel del pueblo", donde el M-19 lo mantenía preso.

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