Lunes, 23 de enero de 2017

| 2004/10/30 00:00

Bla, bla, bla...

La ley que busca fortalecer los partidos lleva un año estancada en el Congreso porque a la mayoría de los políticos nos les interesa aprobarla. ¿Por qué?

Al proyecto de ley que busca crear bancadas partidistas le quedan dos debates en la Cámara. De no discutirse en los dos próximos meses podría hundirse. Entonces se perderían todos los esfuerzos recientes por modernizar los partidos.

Uno de los temas sobre los que más ha corrido tinta en Colombia es el de los partidos políticos. Que hay que fortalecerlos para que la democracia funcione, que hay que modernizarlos para acercarlos a la gente, que hay que disciplinarlos para que funcionen mejor. Quién sabe cuántas columnas en los medios, cuántas ponencias en los foros y cuánta labia en los círculos políticos se ha escrito y hablado sobre este trascendental tema para la democracia.

Prueba de ello es que hace exactamente un año se eligieron concejales, diputados, alcaldes y gobernadores con unas nuevas reglas de juego que buscaban garantizar la disciplina partidaria. Pero en la práctica, la reforma sobre partidos quedó como Blas de Leso: coja, manca y tuerta. Si bien para llegar al poder los candidatos se organizaron alrededor de listas únicas por partido, lo hicieron más para cumplir con requisitos electorales que para articular su trabajo alrededor de proyectos comunes.

Para solucionar estas deficiencias, hace más de un año los senadores Germán Vargas y Alonso Acosta, entre otros, presentaron un proyecto que pretende organizar las bancadas partidistas. Es decir, que los miembros de partidos con representación política actúen disciplinadamente y se pronuncien a través de voceros. Pero, tal y como están las cosas en el Congreso, sólo muy pocos tienen interés en que este proyecto salga adelante. Sobre todo aquellos congresistas que salieron electos por los dos partidos tradicionales.

En las toldas conservadoras, el desinterés podría tener varios motivos. El partido es más heterogéneo de lo que parece y debates como la reelección han vuelto a sacar a la luz las diferencias entre el oficialismo (a favor) y el pastranismo (en contra). Además les sería difícil identificar quién podría liderar su bancada; ¿sería un político como Luis Alfredo Ramos, quien como líder del movimiento Equipo Colombia sacó la mayor votación al Senado en las pasadas elecciones o seguiría siendo alguien del perfil de Carlos Holguín Sardi, fiel representante del conservatismo oficial?

A lo anterior se suma un asunto de simple estrategia política. Si los partidos se organizan, los liberales tendrían que cerrar filas alrededor de un proyecto común y, precisamente, una de las razones por las que más se han fortalecido los conservadores en los últimos tiempos es la división profunda que existe en el Partido Liberal.

Los liberales, por su parte, tampoco parecen tener clara la conveniencia de ajustar las reglas de juego para que todos los que salgan electos por el partido actúen como bancada. La división casi irreconciliable que enfrenta el liberalismo es la circunstancia menos apropiada para recibir un proyecto que pretenda organizarlo ya que de actuar en consecuencia con la Ley de Bancadas, el partido podría quedar reducido a la mitad uribista o, lo más probable, a la mitad oficialista.

Recientemente el gobierno tampoco ha mostrado mucho interés en impulsar la Ley de Bancadas. Es un secreto a voces que en los últimos meses se ha invitado a la Casa de Nariño a más de un congresista para discutir, más allá de las posiciones de partido, iniciativas que -como la reelección- le interesan al Ejecutivo. No obstante, de darles vida a las bancadas, el gobierno no podría seguir acudiendo a la política al menudeo que le ha resultado tan efectiva a la hora de aprobar proyectos que considera urgentes.

Ahora que la comisión primera de la Cámara salió del proyecto de reelección, tiene el tiempo para discutir el proyecto de ley que reglamenta las bancadas. De no hacerlo en los próximos dos meses, la iniciativa podría hundirse definitivamente. Y entonces, los columnistas, los académicos y los políticos del país seguirían desperdiciando miles de palabras, litros de tinta y kilos de papel en insistir sobre la necesidad de fortalecer los partidos.

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