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| 2/16/2008 12:00:00 AM

Black Power

Increíble. Barack Obama podría ser el próximo presidente de Estados Unidos

En la noche del 12 de febrero, cuando se supo que Barack Obama había derrotado a Hillary Clinton en las elecciones primarias de Virginia, Maryland y Washington D. C., un comentarista de la cadena Fox dijo a propósito del escrutinio: “Para pasar a la historia, Obama no necesita ganar las elecciones presidenciales del próximo 6 de noviembre. Por el sólo hecho de haber triunfado esta noche y de estar a punto de convertirse en el candidato demócrata en la convención del partido a finales de este mes de agosto, ya ha pasado a la historia”.

Cierto. Aunque el senador afroamericano de Illinois no ha conseguido aun los 2.025 delegados que necesita para que la convención lo declare el ungido, lo que ha logrado Barack Obama hasta el momento es histórico. Si hasta hace poco nadie habría apostado un dólar a que un negro alcanzara la candidatura presidencial de uno de los grandes partidos gringos, ahora el tema es muy distinto. Obama encabeza la carrera demócrata hacia la Casa Blanca y marchita poco a poco las aspiraciones de la ex primera dama Hillary Clinton, para quien él debe ser una especie de incontenible marea negra que copa todo el panorama político.

Pero mucha agua pasó bajo los puentes antes de que este senador de Illinois pudiera conseguir semejante cosa. La desigualdad racial en Estados Unidos viene muy de atrás. Es paradójico, pero en ese país, que se precia de ser la primera democracia del mundo, no existieron por años los mismos derechos para negros y blancos. Ahí reside la importancia de lo que ha conquistado Barack Obama. Y por ese motivo es que algunos analistas sostienen que la elección del senador significaría que Estados Unidos ha decidido finalmente expiar las culpas del racismo.

¿Cuáles han sido los capítulos más prominentes de esa historia que hacen palidecer de vergüenza a los norteamericanos? Uno de los peores sucedió en 1857, cuando la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos se pronunció sobre la demanda presentada por Dred Scott, un esclavo negro que reclamaba su libertad por haber vivido en Iowa y Minnesota, dos territorios libres según las leyes de la época. Lo triste es que la Corte, tras estudiar el alegato, negó las aspiraciones de Scott.
Pero no sólo eso. El alto tribunal dictaminó así mismo que los afroamericanos, fuesen libres o esclavos, no podían ser ciudadanos de Estados Unidos, eran propiedad privada y no los asistía el derecho de entablar demandas judiciales. La sentencia agregó que los negros “por pertenecer a un orden inferior, no son aptos para relacionarse política o socialmente con la raza blanca”.

Y aunque después de la Guerra Civil (1861-1865), se abolió la esclavitud y los negros quedaron libres, fue más sobre el papel que en la realidad. Las leyes de Jim Crow (nombre tomado de un personaje negro de caricatura), diseñadas por las mayorías políticas del sur, permitieron que a partir de 1876 los negros fueran separados de los blancos no sólo en los colegios públicos, sino en las paradas de bus y en los restaurantes, entre otros. La Corte volvió a jugar un papel terrible cuando en 1896 confirmó el absurdo principio jurídico de “separados pero iguales”. Lo hizo al fallar a favor del estado de Louisiana en un proceso iniciado por Henry Adolph Plessy, un hombre que con un octavo de sangre negra había sido obligado a bajarse del vagón de un tren reservado para blancos.

Sólo 50 años después se empezó a reversar la situación, cuando en 1954 la Corte Suprema echó para atrás esa doctrina en su decisión Brown vs. la Junta de Educación, y dio ímpetu al movimiento de los derechos civiles. Un movimiento liderado por Martin Luther King, que 10 años después vería convertida en ley su aspiración de igualdad. Lo curioso del asunto es que ese cambio legislativo de hace 44 años no se ha traducido en la llegada de un negro a la Casa Blanca y ni siquiera en que un afroamericano haya sido escogido como candidato oficial de los demócratas o los republicanos. Sólo en 2006 fue elegido por primera vez un gobernador negro de uno de los 50 estados, Massachusetts.
Es justamente por este contraste por lo que Obama, aunque no pise la Oficina Oval el 20 de enero de 2009, ya ha pasado a la historia. Ningún gringo sensato se habría imaginado hace unos meses que un senador primíparo, negro, de 46 años, sin mayor experiencia administrativa y llamado Barack Hussein Obama iba a poner contra las cuerdas en la carrera demócrata hacia la Casa Blanca a Hillary Clinton, de 61, una mujer blanca, de ojos azules, senadora por Nueva York y casada con el ex presidente Bill Clinton, el líder político más carismático del mundo.

La pregunta que se hace mucha gente es cómo se ha metido Obama en una campaña donde Hillary era considerada la candidata inevitable, para voltear él mismo la tortilla y situarse a un paso de la nominación demócrata. El otro interrogante es cómo se ha transformado en semejante ciclón político capaz de ganarle a Hillary en lo que va de elecciones primarias en las que los distintos estados han ido escogiendo a los delegados a la convención que se celebra en Denver entre el 24 y el 28 de agosto de este año.
Lo primero tiene que ver con su historia personal. Obama cuenta con un pasado único que refleja el ‘sueño americano’. Nació en Honolulu, en Hawaii, en un hogar donde el padre venía de la tribu Luo, a orillas del lago Victoria, en Kenia, y la madre, de Kansas. Tras la separación de sus padres, Obama viajó de dos años con su madre y su padrastro, el indonesio Lolo Soetoro, a Yakarta, capital del país con la mayor población musulmana del mundo. Con 10 años cumplidos regresó a California, se graduó de secundaria y terminó luego las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia en Nueva York. Para entonces había tomado trago y metido cocaína, según cuenta en su autobiografía Dreams from My Father (Sueños de mi padre), que, por su forma de leerla en el audiolibro, le significó un premio Grammy.

Al salir de Columbia, Obama ingresó a Harvard, donde se le recuerda como el primer director negro del Harvard Law Review, el periódico de la Facultad de Derecho. La suya fue, pues, una carrera académica que demuestra cómo un joven de la minoría negra puede llegar a la mejor universidad del mundo. Por eso él suele repetir lo siguiente: “Yo soy un joven flaco, de nombre chistoso, para el que también hay espacio en Estados Unidos de América”.

Lo curioso del asunto es que, una vez recibió el diploma, Obama rechazó las ofertas de varias firmas de abogados en las que se habría hecho rico, y prefirió irse a trabajar para una asociación religiosa de apoyo a la gente pobre en las afueras de Chicago. En esa época ya se había casado con Michelle LaVaughn Robinson, brillante abogada de Harvard que, según explica el analista Mark Halperin en The Undecided Voters Guide to the Next President of the United States (Guía hacia el próximo presidente de Estados Unidos para votantes indecisos), lo ha humanizado. Es verdad. “Barack no es perfecto, pero casi. Deja tiradas las medias en el suelo”, dice ella de él. Tienen dos hijas.

En 1996, picado por el bicho de la política, Obama logró que lo eligieran senador estatal en Illinois, un cargo en el que permaneció hasta 2004, cuando se convirtió en el único negro integrante del Senado en Washington. A mediados de ese año, el discurso con el que presentó en la convención demócrata al candidato John Kerry, en el que apeló a la unidad nacional, lo hizo saltar al estrellato. Lo más relevante de su trayectoria como senador ha sido su oposición desde el principio a la guerra en Irak, un punto que lo diferencia de Hillary, que le dio el sí al presidente George W. Bush.

Pese a que algunos le aconsejaron que esperara, Obama lanzó su campaña presidencial el año pasado. Su nombre registraba en las encuestas, pero levemente. Poco después, algunos líderes afroamericanos llegaron a criticarlo argumentando que él no es lo suficientemente negro como para considerarse uno de ellos, ya que no desciende de esclavos que se hubieran partido el espinazo en Norteamérica. A él no le importó. Por el contrario, se entregó a la tarea de organizar sus huestes –algo en lo que lo consideran un talento– y pisó el acelerador con vibrantes discursos en los que anunciaba que el cambio ya viene, que está por llegar, lo que le ha valido que lo comparen con John F. Kennedy.

Y le sonó la flauta. Desde el 3 de enero, cuando dio su primer campanazo al imponerse en los caucus de Iowa, ha conseguido más delegados que Hillary. Según la agencia The Associated Press, ella tiene 1.220, y él, 1.275, lo que lo sitúa en el lugar más privilegiado del partidor. Pero la competencia está pareja, y aunque la ex primera dama se ha visto obligada a prestarle cinco millones de dólares a su propia organización política y a despedir a la directora de ésta, Patti Solís, todo indica que el nombre del candidato se podría definir más adelante, el 4 de marzo, en las primarias de Texas y Ohio, donde habrá 228 y 161 delegados en juego, respectivamente.

Si el virtual empate llegara a persistir, las fechas clave serían entonces el 22 de abril, cuando Pensilvania elige sus 188 delegados, y el 28 de agosto, en la propia convención, donde los 796 superdelegados, que son ex altos cargos del partido, congresistas y gobernadores del mismo, tendrían increíblemente la última palabra. Un punto a favor de Obama es que algunos de ellos, como el histórico luchador por los derechos civiles John Lewis, que había anunciado su voto por Hillary, cambió de parecer el jueves y dijo que se irá con el senador de Illinois. ¿La razón? Considera que Obama es imparable y ve cómo a estas alturas los sondeos revelan que el senador lo haría mejor que Hillary en las elecciones presidenciales frente a John McCain, senador de Arizona y virtual candidato republicano.

Pero si bien es cierto que, como afirma el respetado analista Mark Halperin, “ningún candidato como Obama ha generado tal expectativa en la campaña”, al senador le falta mucho camino por recorrer para llegar al 1600 de Pensilvania Avenue, que es la dirección postal de la Casa Blanca en Washington. Para empezar, deberá capotear a Hillary, que le sigue sacando los trapos al sol. Lo ataca por el apoyo económico que recibió de parte de Tony Rezko, un constructor polémico que ha sido acusado por la justicia. Lo cuestiona por el poco respaldo que le brindan los hispanos. Le enrostra su falta de experiencia. Y le critica la falta de claridad en las propuestas que formula. “Los discursos no ponen comida en la mesa. Mi contrincante echa discursos; yo doy soluciones”, dijo Hillary el jueves en Milwaukee.

No es la única. La revista The Economist le dedica a Obama su portada esta semana y se pregunta si él será capaz de manejar el país e influir en el mundo. “El gasto presupuestal no disminuirá porque un presidente logre la unidad nacional, y no habrá paz en Oriente Próximo porque el segundo nombre de un presidente sea Hussein”, escribió en el editorial. Entre tanto, Charles Krauthammer, un columnista conservador de The Washington Post, señaló el viernes pasado que Obama es “un vendedor de esperanzas, como quien vende agua en botella” y que si gana las elecciones de noviembre, el despertar de esta euforia “será muy duro”.

Como quiera que sea, Obama confía en su buena suerte, sigue electrizando a la gente con su grito de batalla ‘Yes, we can’ (‘Sí se puede’), que hace recordar la campaña de 1968 cuando Robert F. Kennedy –hermano del asesinado presidente– generaba euforia en las masas, y continúa recaudando dinero a manos llenas. El mes pasado superó los 32 millones de dólares, lo que significa que cada 24 horas superó la mítica cifra de un millón. En la política electoral de Estados Unidos hay una relación directa entre plata y votos. Y si logra mantener de aquí al 4 de marzo lo que los expertos llaman el momentum, lo más seguro es que en agosto Barack Obama sea ungido en Denver como el candidato demócrata, y que el 6 de noviembre el pueblo estadounidense pague la cuenta pendiente que tiene con su pasado y elija al primer presidente negro de su historia.

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