Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2016/01/30 00:00

Bogotá: La ciudad que se llenó de cables

En los últimos años, el furor de internet y la televisión por suscripción hicieron que Bogotá se llenara de cables que, además de ocupar el espacio público, son una amenaza.

En todos los rincones de Bogotá, cientos de trabajadores tienden a diario miles y miles de cables que están destruyendo el espacio público y la estética de la ciudad. Foto: Guillermo Torres / Esteban Vega

Bogotá, al igual que otras ciudades de Colombia, ha librado una batalla por llevar los servicios públicos a los habitantes y al mismo tiempo esconder las redes por las que llegan. Esa guerra comenzó a finales del siglo XIX e inicios del XX cuando la Compañía Colombiana de Teléfonos, The Bogotá Telephone Company y la Compañía de Energía Eléctrica de Bogotá empezaron a llevar sus servicios a los hogares y negocios. Para eso, tuvieron que instalar postes y tender sobre ellos cables y más cables que permitieran conectar un teléfono hasta la central.

Con el tiempo, las calles y andenes terminaron cubiertos por una telaraña de alambres que hizo parte del paisaje urbano hasta los años sesenta y setenta, cuando la Empresa de Energía y la ETB empezaron a construir redes subterráneas para proteger a las personas de accidentes, especialmente eléctricos, y para mejorar la estética de la ciudad.

Pero al parecer, todo lo que se avanzó parece que se está perdiendo en los últimos años con la rápida expansión de nuevos servicios de telecomunicaciones, como el internet, la televisión por suscripción y los servicios de banda ancha, que para llegar a los usuarios están tendiendo sus redes por los postes de alumbrado público o redes eléctricas. Salvo algunas zonas, todos los días cientos de trabajadores de empresas como Une o Claro instalan miles y miles de metros de cables negros en los aires, que aunque pone a los usuarios en el mundo virtual, están devolviendo la ciudad al pasado.

Si bien estas empresas le pagan a Codensa por usar sus redes, ha quedado en evidencia que nadie controla la forma como se ha tendido esta nueva maraña. Y lo peor, no se sabe si van a ser enterradas y quién va a pagar por esas obras, que pueden costar miles de millones de pesos. Una amenaza para el deteriorado espacio público de Bogotá y un nuevo problema que debe resolver el nuevo alcalde Enrique Peñalosa.

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