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| 11/9/2013 9:00:00 AM

¿Qué hay detrás del episodio de los aviones rusos?

Movidas geoestratégicas en la región tienen que ver con el caso de invasión al espacio aéreo colombiano.

La escena parecía sacada de una película de alto costo en Estados Unidos. Dos aviones supersónicos rusos surcan el cielo colombiano sin permiso. Son los bombarderos más grandes del mundo. Cada uno puede cargar hasta 12 ojivas nucleares. En Rusia les dicen los cisnes blancos y en los códigos de la Otan se les conoce como los Black Jack. 

Es el viernes primero de noviembre, van de regreso al aeropuerto de Maiquetía en Caracas procedentes de Managua y es la segunda vez que violan el espacio aéreo colombiano. Dos días antes, el miércoles 28, cuando hacían la ruta Caracas-Managua, también lo hicieron. 

En esa oportunidad, los radares de San Andrés detectaron la maniobra, les llamaron la atención y los aviones, en un gesto de obediencia, tomaron un ligero desvío. Los agentes de Colombia se comunicaron con el agregado militar de la embajada de Rusia en Bogotá para pedirle explicaciones por lo ocurrido y él, palabras más palabras menos, les respondió “yo no sé nada”.

Por eso, cuando el viernes se repite la dosis en la ruta de regreso, un avión de inteligencia los detecta, y automáticamente dos Kfir despegan de la base de Palanquero, ubicada en Puerto Salgar, Cundinamarca, y en cuestión de minutos se ubican ala con ala al lado de cada uno de los gigantes rusos y así los acompañan hasta que salen del espacio aéreo del país.

Esa imagen es inédita en Colombia. Nunca antes, un avión colombiano había tenido que proceder así con una aeronave militar de otro país. Y menos de una potencia mundial recargada como es hoy Rusia. La diferencia entre los aviones era evidente: mientras los Tupolev rusos miden 54 metros de largo y la envergadura de las alas es de 56 metros, las medidas de los Kfir colombianos son 16 y 8 metros respectivamente. 

Sin embargo, en ese pulso de David contra Goliat, el procedimiento seguido por la Fuerza Aérea Colombiana fue impecable: tanto desde el punto de vista militar como diplomático.

El episodio, a primera vista, podría no ser más que una anécdota. El país se enteró cuatro días después cuando Caracol Radio dio la noticia. El presidente Juan Manuel Santos explicó que la Cancillería había ya enviado una nota diplomática a Rusia. Y el Ministerio de Defensa ruso contestó que “todos los vuelos de la Fuerza Aérea se llevan a cabo en conformidad con las normas internacionales”.

Sin embargo, hubo quienes reaccionaron airados. “Nos están midiendo el aceite. Esto es un acto de provocación de los rusos. Debemos estar alerta”, dijo el general Héctor Fabio Velasco, excomandante de la Fuerza Aérea. Y el senador y hasta hace poco presidente del Congreso Roy Barreras, en una salida folclórica pidió, a la próxima, tumbar los aviones. “Hay que advertirle claramente al gobierno ruso que si vuelven a pasar aviones de guerra sin permiso serán derribados”.

No hay que sobredimensionar lo ocurrido. De hecho, cuando estos Black Jack pasaron por Noruega también fueron escoltados por dos F-16. Y hace apenas dos meses Japón se quejó también de que otros dos bombarderos rusos (Tu-95) violaron su espacio aéreo, pero se salieron cuando vieron venir dos aviones de guerra F-2.

Dicho esto, si bien el episodio en sí mismo puede parecer menor, no quiere decir que no tenga un enorme significado sobre lo que está pasando en términos geoestratégicos y militares en América Latina.

Lo primero que hay que preguntar es si el sobrevuelo se dio sobre el espacio aéreo que le corresponde a Colombia, según el fallo de la Corte de Justicia de La Haya o sobre el que ganó Nicaragua. El comandante de la FAC, general Guillermo León, con pruebas de las trazas en mano no deja lugar a dudas: los Tupolev pasaron a 60 millas de las costas de Santa Marta (ver gráfico) sobre el territorio colombiano. 

Entonces, ¿pudo haber sido un error? ¿Tal vez mandaron una solicitud de permiso y se traspapeló?
El error está descartado. Primero, no se trata del primer sobrevuelo de aviones militares o de Estado de Rusia en la ruta Venezuela-Nicaragua. En este año los rusos han pedido cinco permisos, sobre todo para el paso de aviones militares de transporte en la misma ruta. De hecho, en octubre se le dio permiso a un Antonov 124, un avión que puede transportar hasta 140 toneladas de carga. ¿Por qué todas esas veces pidieron el permiso y se lo dieron y esta vez no?

Segundo, en el trayecto Managua-Caracas, los dos Tupolev-160 apagaron el transponder, un aparato que tienen todos los aviones, encargado de emitir las señales para que los radares lo detecten y se pueda conducir el tráfico aéreo. Esa acción no es bien vista en la etiqueta aérea. Es lo que hacen las avionetas del narcotráfico para evitar ser detectadas.

Tercero, el agregado militar ruso ya había sido informado de la anomalía, el miércoles, y por eso habría podido corregirla, solicitando el permiso, para el trayecto de regreso del viernes. Pero no lo hizo. ¿Por qué? 

Y cuarto, según pudo establecer SEMANA con fuentes militares, cuando el avión de inteligencia de Colombia detectó las dos aeronaves rusas, estas intentaron hacer maniobras de evasión.

Si se suma una cosa con la otra es evidente que por decir lo menos hubo un desinterés de Rusia por cumplir el protocolo con Colombia. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué estas acciones que parecen deliberadas?

Para nadie es un secreto que Rusia está de regreso en lo que otrora era el ‘patio trasero’ de Estados Unidos. No había vuelto a poner los ojos en esta región desde diciembre de 1991, cuando colapsó la Unión Soviética y se declaró su derrota en la Guerra Fría.

Ese regreso ha tenido dos momentos visibles para la opinión pública (uno en 2008 y ahora el de 2013) que llaman la atención porque son muy parecidos. En ambos los rusos hicieron una demostración de fuerza trayendo lo mejor de su flota de aviones y de barcos de guerra: dos aviones Tupolev, en ambas ocasiones, y el crucero militar Pedro el grande, en 2008, y su buque insignia en el mar Negro, el Moscú, en 2013.

La única diferencia en el performance es que en 2008 el único puerto de llegada fue Venezuela, mientras que este año, Caracas fue la escala y el destino final fue Nicaragua.

Hay dos hipótesis sobre qué hay detrás de esa nueva avanzada rusa. La primera es que Rusia busca abrir mercados. De por medio hay un jugoso negocio de venta de juguetes militares a Venezuela. En agosto del año pasado Hugo Chávez pidió adicionar su presupuesto para ese fin y el ministro de Defensa, Henry Rangel Silva, explicó que aprobaron “4.000 millones de dólares en el convenio técnico-militar con Rusia”. 

Curiosamente, ese ‘convenio técnico-militar’ que dio pie al negocio se firmó en 2008, durante la visita del crucero Pedro el Grande. Y en agosto de este año, cuando vino el buque insignia ruso, curiosamente también se dio a conocer que Nicaragua le compró dos lanchas lanzamisiles a Rusia (a un costo de 45 millones de dólares por unidad) y cuatro lanchas patrulleras Mirage.

¿Será que la violación del espacio aéreo de los Tupolev rusos era una especie de complicidad con los nicas? ¿Tal vez era un mensaje a Colombia, tras el fallo de La Haya, de que si no se aplica el fallo Nicaragua también tiene aliados estratégicos? 

Más allá del gran negocio que hace Rusia, la segunda hipótesis, es si se trata de una alianza que de una manera u otra resucita ciertos rasgos de la Guerra Fría. Vladimir Putin sueña, desde su llegada al Kremlin (2000), con devolverle a Rusia su papel de gran potencia mundial. Y parece que lo está logrando. La semana pasada, la revista Forbes lo eligió como la persona más poderosa del planeta por encima del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el secretario general del Partido Comunista Chino, Xi Jinping.

Este año le propinó dos sonoras derrotas a Estados Unidos: evitó el ataque a Siria y fue clave en el escándalo Snowden, al proteger al hombre que reveló al mundo que Washington chuza a gobernantes de países aliados como Alemania y Brasil.

En esa misma línea se podría interpretar la incursión en América Latina. Rusia, cuando salió de la región hace 20 años, tenía como único amigo a Cuba. Y ahora cuando regresa, paradójicamente después de ser derrotado, encuentra un número mucho mayor de países dispuestos a ser sus aliados. 

Al fin y al cabo, tanto Putin como la Venezuela de Chávez, la Nicaragua de Ortega o la Bolivia de Evo forjaron su propia identidad en oposición a Estados Unidos. Se podría reconfigurar de nuevo el tablero de ajedrez en América Latina: un bando, bajo el paraguas de Estados Unidos, y los principios de la democracia, los derechos civiles, las libertades políticas, la libertad de prensa y el libre comercio, y el otro, en sintonía con Rusia y Venezuela.

Si se hace un paralelo entre lo que ha sido la cooperación de Estados Unidos y Colombia, y la que se ha dado en los últimos años entre Rusia y Nicaragua se encuentran similitudes sorprendentes. Desde la reapertura de academias militares rusas para la formación de oficiales nicas, hasta la instalación de un centro regional de entrenamiento de lucha antidroga en Nicaragua, para el cual se puso la primera piedra en marzo de 2013. 

Pasando por un acuerdo por 26,5 millones de dólares para la atención y mitigación de desastres, la dotación y entrenamiento de personal para desactivar minas, la donación a Nicaragua de más de 1.000 buses y taxis, así como miles de toneladas de trigo y hospitales de campaña. Y en la visita de la semana pasada a Managua, del secretario del Consejo de Seguridad ruso, Nikolai Patrushev, los dos países firmaron un acuerdo de cooperación militar para aumentar la colaboración entre los ejércitos y realizar “consultas permanentes” sobre temas de seguridad internacional.

Una tercera y última hipótesis tiene que ver con el canal interoceánico que el presidente Daniel Ortega quiere construir. En julio pasado un columnista del Wall Street Journal, Ilan Berman, hacía notar que esa podría ser una explicación para que Rusia quisiera convertir a Nicaragua en su cabeza de playa en América Latina.

Y es cierto que, desde 2007, cuando Ortega retomó el poder, en cada encuentro con los rusos, vuelve a poner sobre la mesa la idea del canal. Casi siempre la respuesta de los rusos, al menos la que dan en público, es más diplomática que concreta. En la más reciente visita, la semana pasada, el viceministro de Relaciones Exteriores Serguei Kyabrov, “valoró la importancia que el proyecto del Gran Canal tiene para la economía de Nicaragua, así como las grandes potencialidades tecnológicas que tiene Rusia para participar en esa iniciativa”, según informó la Cancillería de Nicaragua.

Si bien, el canal nica tendría una importancia estratégica para cualquier potencia, lo cierto es que no está nada claro su futuro. “En Nicaragua el tema del canal está envuelto en una nebulosa de protagonismo populista, inconstitucionalidad, improvisaciones, especulaciones, falsas expectativas y venta de ilusiones”, le dijo a SEMANA el nicaragüense Roberto Cajina, experto en temas de seguridad. 

El proyecto ha sido duramente criticado no solo porque Ortega le entregó a dedo a un empresario chino este negocio calculado en 40.000 millones de dólares, sino también porque las credenciales empresariales del chino, según informes de agencias como AP, no son para nada como el presidente Ortega las ha pintado.

Con canal o sin canal, sin duda Nicaragua se ha convertido en un aliado estratégico de Rusia. Y eso es significativo para Colombia, en momentos en los que se enfrenta a resolver si acata o no el fallo de la Corte Internacional de Justicia que le dio un mordisco al territorio colombiano y se lo entregó a Nicaragua.

¿Qué tiene que ver el canal?
Hay quienes creen que el canal interoceánico que quiere construir Daniel Ortega, para el cual le dio la concesión de 50 años a un misterioso empresario chino, Wang Jing, es una de las razones de la alianza con Rusia. Muchos conocedores ponen en duda el futuro del canal.
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