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| 7/29/2014 12:00:00 AM

Una ciudad atrapada entre la oscuridad y el calor

Así pasan las horas en Buenaventura tras el atentado de las FARC que dejó al puerto sin luz. Crónica de Semana.com.

En la Buenaventura de este martes no se escucha el sonido de las olas cuando abraza la playa gris de su bahía. La ciudad se ahoga ahora bajo el chillido humeante de las plantas eléctricas que funcionan a toda marcha.

Ese ejército de motores es la herencia de una historia marcada por la violencia y que desde hace una década azota a su medio millón de habitantes. Guerrilla, paramilitares o narcotraficantes, han sido los protagonistas de una película sangrienta donde los bonaverenses son las víctimas.

Irónicamente esa macabra experiencia ubica a Buenaventura como una de las ciudades más preparadas para soportar apagones, debido a un hecho simple: al menos una vez al año sufre cortes prolongados del fluido eléctrico, ya sea por daños o porque la guerrilla, específicamente el frente 30, dinamita las torres de energía.

El otro fuerte apagón ocurrió en agosto de 2012 y los dejó durante 72 horas sin el fluido eléctrico; para entonces las pérdidas económicas se calcularon en 10.000 millones de pesos.

Y aunque este lunes 28 de julio nuevamente las FARC dinamitaron una torre de energía, causando un apagón total desde las 8:00 p. m., la ciudad estuvo paralizada apenas por un par de horas. Las dificultades han obligado a sus habitantes a levantarse a cada instante.

Por un lado la Epsa, empresa que opera el sistema de energía en esa zona del país, puso en marcha un plan de contingencia para atender clínicas, hospitales, entidades oficiales como la cárcel, la morgue las sedes de la policía, la Armada y el Ejército. A todas ellas el servicio les fue habilitado esa misma noche a través de una planta alterna.

a Armada informa que la guerrilla tumbó una torre que tiene sin energía a medio millón de personas.
Foto: Luis Ángel Murcia

Entre tanto, la Sociedad Portuaria de Buenaventura, que es por donde se mueve la mitad de las exportaciones del país, puso en marcha su plan de contingencia que consistió en la activación de su propia planta de energía: “Si bien no podemos operar al tope máximo, estamos en capacidad de prestar el servicio a los buques”, explicó una fuente oficial del puerto, pero que pidió omitir su nombre.

Mientras que restaurantes, bancos, tiendas y comercio en general, recurrió a las famosas plantas eléctricas. De ahí que casi todas las entidades privadas y oficiales de Buenaventura están operando; salvo la alcaldía que decidió laborar pero sin atender al público “porque el calor y la oscuridad de los pasillos son un riesgo para los visitantes”, explicó uno de los vigilantes de la sede municipal.

En la isla de Cascajal, que es el sector donde se concentra la mayor parte del comercio del puerto, la vida se torna cotidiana y sin afanes. Lo único que sacude el convulsionado agite de una ciudad que se mueve bajo un sol inclemente, es el ejército de plantas eléctricas que desfilan en los andenes.

Sin embargo, cuando se le pregunta a cualquier bonaverense por el impacto que produjo en su vida cotidiana el apagón, no dudan en lamentarse. La mala noticia para ellos, es que todo indica que este apagón también será por varios días.


Las FARC habrían dejado sin luz a Buenaventura.
Foto: Luis Ángel Murcia

Maveise Caicedo vive en el barrio Lleras, uno de los más violentos del puerto. En la noche del apagón no encontró transporte público que la llevara hasta su casa; salió a las 10:00 p. m. de su trabajo y aunque con dificultad logró subirse a un taxi, el conductor la dejó a mitad de camino porque “a ese barrio no entro, y menos en esta oscuridad”, recordó la joven empleada, tras reconocer que a esa hora el sector ya estaba militarizado.

Pero a la mañana siguiente debió enfrentar otro reto cotidiano pero crucial: “no tenía como planchar el uniforme para ir al trabajo”, expresó.

Otros que se lamentan son los vendedores ambulantes de minutos a celular, que en Buenaventura abundan y por montones. Aunque ellos creían que tras el apagón harían su agosto, la verdad es que el ruido de las plantas eléctricas y el hecho de que la mayoría tenían sus teléfonos celulares apagados por falta de batería “nos dañó el día”, explicó Carlos Castro.

El sector hotelero también ingresó al rosario de quejosos por el apagón. Ellos explican que si bien todo se resuelve con plantas eléctricas, la noticia del apagón hizo que la gente cancelara reservas.

“Nuestro hotel tiene una capacidad de 24 habitaciones, pero tras el apagón siete de las reservas fueron canceladas”, explicó Jacqueline Torres, subgerente del hotel Plaza Mar.


Hay enorme inquietud entre la población porque sin los refrigeradores no se pueden conservar los alimentos.
Foto: Luis Ángel Murcia

La señora Torres recalcó que a la incomodidad por no tener el servicio de energía, se agregan los sobrecostos en los que debemos incurrir los empresarios para mantener a flote las empresas. “En nuestro hotel por ejemplo, cada día de servicio nos cuesta 300.000 pesos diarios en combustible para las plantas eléctricas”, dijo.

Irónicamente lo que si causó que la vida de los bonaverenses cambiara, fueron las medidas restrictivas que el alcalde Bartolo Valencia decretó, por un lado para garantizar la seguridad ciudadana tras el apagón y por el otro debido a la visita del presidente Juan Manuel Santos, que llegará al puerto este miércoles 30 de julio.

“A partir de las 6:00 de la tarde de este martes 29 de julio rige en la ciudad la ley seca y se prohíbe el porte armas de fuego y el expendio de gas y transporte de escombros, entre otras disposiciones”, anunció el alcalde a través de un comunicado de prensa.

Los porteños esperan con ansiedad que en esta visita presidencial por fin aparezcan los recursos para construir una planta local alterna generadora de energía y extender la segunda línea de conducción eléctrica para no depender exclusivamente de la que siempre dinamitan las FARC.

Los lugareños que hablaron con Semana.com dicen que también esperan que Santos sienta en carne propia lo que es vivir sin aire acondicionado, en una ciudad donde hasta el sol se derrite del calor.
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