Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/02/19 00:00

Bush y Colombia

En el siguiente ensayo, el analista Gabriel Silva Luján examina el futuro de las relaciones colombo-estadounidenses bajo el nuevo presidente norteamericano.

Bush y Colombia

Alrededor del mundo se están haciendo cábalas. Analistas, empresarios, inversionistas, astrólogos, gobiernos enteros se están devanando los sesos tratando de anticipar qué les depara el futuro con George W. Bush de presidente de Estados Unidos. La campaña, que debería servir de oráculo sobre las posiciones de los candidatos, no aportó mucho ya que se centró en temas estrictamente domésticos y puntuales. Fue como si el resto del mundo hubiera dejado de existir en las semanas que duró la competencia electoral. Los pronunciamientos de los sacerdotes del nuevo régimen también llegaron tarde por la indefinición sobre el resultado electoral. Además ninguno de los secretarios del gabinete Bush quiere poner las cartas sobre la mesa cuando sabe que necesariamente va a requerir la solidaridad de los demócratas en el Congreso para aprobar cualquier iniciativa. Así las cosas, no es de extrañarse que en esta ocasión exista mucha más confusión y angustia que en el pasado sobre lo que se puede o no esperar de la nueva administración estadounidense.

En Colombia, donde tanto énfasis ha puesto el gobierno en el mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos y en el efecto redentor del Plan Colombia, la ansiedad es aún mayor. Que si Bush es amigo o enemigo de Pastrana; que si le sonrió al embajador en Washington durante la posesión; que si lo que viene es garrote o zanahoria. La verdad es que en vez de meternos en infructuosos ejercicios de adivinación o quiromancia, tratando de saber qué es lo que van a darnos o no los gringos, es más útil revisar la agenda bilateral y tratar de señalar aquellos elementos ideológicos, políticos, programáticos y de estilo que pueden incrementar o reducir el margen de acción y la capacidad de influencia de nuestro país sobre los temas que nos atañen.

La primera pregunta para hacerse es cuál es esa agenda bilateral. Si se llega al fondo del asunto no es difícil concluir que a pesar de los tan cacareados esfuerzos por diversificar los intereses mutuos, para Estados Unidos finalmente sólo hay un tema: drogas. Para el gobierno de Pastrana sólo dos: paz y drogas. Los demás —democracia, estabilidad subregional, comercio exterior, energía, inversión extranjera, crecimiento, medio ambiente, etc.— se ha ido subordinando a la melodía principal. La gravedad creciente de los temas de violencia y de crimen organizado se ha tomado la escena.

Un cambio de gobierno en Estados Unidos lo primero que ofrece es la oportunidad, por lo menos teórica, de un cambio y ampliación de la agenda. Clinton no es Bush y Bush no es Clinton, no importa que la mayoría de la burocracia estatal con la que se manejan los asuntos no cambie por varios meses e incluso años. Es una oportunidad de oro para impulsar nuevos enfoques, hacer planteamientos distintos, incluir temas, ver las cosas desde otro ángulo. Y esto depende mucho más de lo que hagamos nosotros que de lo que quieran hacer ellos.

La actitud positiva y abierta manifestada recientemente por el Secretario de Estado en su audiencia de confirmación anuncia que hay un interés real de darle prioridad a Colombia.

El foco central —las drogas— no cambiará sustancialmente, pero aún así el gobierno Bush abre la posibilidad de darle a los temas relacionados con el petróleo y la energía, al igual que a los asuntos de comercio, un papel más significativo. Los republicanos serán más sensibles a los desafíos de Chávez, al igual que a la amenaza que representa su actitud para la seguridad energética de Estados Unidos. Conociendo la escuela de pensamiento republicana en estos temas, el gobierno Bush posiblemente va a buscar opciones para reducir el poder relativo de Chávez y generar alternativas que reduzcan su capacidad de negociación. Colombia puede jugar un papel protagónico en esa estrategia y venderse como el contrapeso mediante una canalización agresiva —promovida desde Washington— de la inversión norteamericana en exploración. Así se matan varios pájaros de un solo tiro.

Durante el segundo mandato de Clinton los temas de comercio con Estados Unidos fueron la cenicienta de la política bilateral. El Plan Colombia adquirió tal importancia en las preocupaciones gubernamentales que no quedó tiempo ni esfuerzo para realmente empujar una agenda proactiva. De allí que se aprobaran privilegios arancelarios para el Caribe que excluyeron a Colombia y que se haya dejado languidecer la renovación de las preferencias del Atpa. Para remediar esta situación se ha lanzado la idea de solicitar un tratamiento especial tipo Jordania para lograr un acceso prácticamente sin restricciones al mercado del norte.

La viabilidad de esa opción durante el gobierno Bush es más bien baja. Sin duda, como lo han señalado varios analistas, los temas de liberación del comercio adquieren nuevo impulso con Bush. ‘W’, como lo conocen sus amigos y los medios, sin duda seguirá los pasos de su padre, tratando de impulsar el libre comercio continental. Pero los tratamientos especiales, las concesiones unilaterales, las preferencias específicas para un país no tienen cabida en esa concepción hemisférica, a lo que se le suma que los demócratas en el Congreso ven esos temas con recelo. A Colombia más le vale jugársela a liderar el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca) para que realmente comience a operar en 2005 como se comprometieron ambos partidos en el pasado. Sin dejar sus aspiraciones bilaterales y legítimas, ese papel de líder continental en temas de comercio le abre muchos espacios al país.

Así como a Colombia con la administración Bush se le abren espacios y oportunidades en los temas de energía y comercio, en los asuntos de seguridad, drogas y guerrilla se reduce el margen de maniobra. No se trata, como se ha sugerido de manera simplista, de que Clinton era una paloma y que ahora Bush es un halcón, sino que más bien las preferencias estratégicas de los republicanos para enfrentar el problema tienen discrepancias fuertes con algunos componentes de la visión del gobierno Pastrana. No hay que olvidar que el Plan Colombia tiene doble personalidad. El balance entre lo militar y lo social de este programa se puede alterar a favor del componente bélico ante la indudable preferencia de los republicanos por una línea represiva.

En los temas de la paz existen también señales que sugieren desde ya que la administración Bush le otorgará menos grados de libertad a Pastrana en cuanto a la conducción de la negociación y, sobre todo, en la definición de lo que son un despeje, una tregua y un acuerdo de paz aceptables. Clinton dejó pasar una estrategia de negociación que deliberadamente relegaba a un segundo plano el tema espinoso de la relación drogas y guerrilla —a pesar de la evidente protuberancia del tema— para darle oxígeno al proceso. Todo parece indicar que ahora, en lo relacionado con estos asuntos, las cosas no van a ser tan fáciles para ninguno de los dos bandos que negocian en el Caguán. Es de esperarse un intenso monitoreo de esta variable y una fuerte presión por parte del gobierno Bush para que la negociación produzca resultados tangibles y reales en la disminución de la producción y el tráfico de drogas. Al gobierno le queda la posibilidad de tomar el toro por los cachos y forzar el tema en el Caguán antes de que se lo exijan.

En los temas militares se ha dicho que el gobierno Bush tendrá un talante permisivo en cuanto a la protección de los derechos humanos y que nos preparemos a que nos lleguen camionadas de armamento y equipo para derrotar a la guerrilla. Vana ilusión de los facilistas. En Estados Unidos la protección de los derechos humanos es una política de Estado.

Evaluando de manera integral lo que Bush significa para Colombia, realmente estamos ante una buena oportunidad. Si eso llega a ser así no habrá que darles las gracias a los astros o a nuestra buena fortuna sino a unas cuantas máquinas electorales que funcionaron mal en el momento de contar los votos.

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