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| 9/7/2016 8:13:00 PM

“La primera noche fue un infierno”: buzo rescatado en Malpelo

Hernán Darío Rodríguez cuenta en primera persona cómo batallaron contra las aguas malas, el frío, el miedo y la desesperanza, para sobrevivir 50 horas a la deriva en aguas del Pacífico colombiano.

El miércoles 31 de agosto cinco buzos desaparecieron en las aguas del Pacífico colombiano: Jorge Iván Morales, Hernán Darío Rodríguez, Erika Vanessa Díaz, Carlos Enrique Jiménez y Peter Morse. Los cinco hacían parte de una expedición a la isla de Malpelo que cumplía siete días. Estaban haciendo su última inmersión antes de emprender el regreso.

El día siguiente, hacia las 9:00 de la mañana, la motonave con matrícula panameña Yimaya encontró al estadounidense Peter Morse. Un día después un avión de Estados Unidos y un buque de la Armada Nacional rescataron a Hernán y a Jorge a unos 72 kilómetros de Malpelo. Las autoridades continúan con la búsqueda de Erika y Carlos, el instructor.

En este relato en primera persona Hernán Darío reconstruye cómo fueron las casi 50 horas que permanecieron a la deriva.

Miércoles 31 de agosto

Toma aérea de Hernan Darío y Jorge Iván en las aguas del Pacífico. Foto Armada

Se suponía que íbamos a hacer una última inmersión sencilla de despedida y luego zarpábamos rumbo a Buenaventura, en un viaje de unas 35 horas. Estábamos en una zona de buceo llamada La Catedral: una caverna a unos 80 pies de profundidad. La atravesamos y seguimos avanzando. En ese momento sentimos dos corrientes muy fuertes que dividieron el grupo: una ascendente se llevó a Vanessa, Carlos y Peter hacia la superficie, y una descendente nos llevó a Jorge y a mí a unos 110 pies.

Tuvimos la posibilidad de reagruparnos y salimos juntos a la superficie. Ahí nos dimos cuenta de que la corriente nos había desplazado en sentido sureste. Salimos a unos 400 metros del punto en el que estaba el lanchero esperándonos. Alcanzábamos a verlo a él y la parte posterior del barco, pero estábamos muy lejos. Inflamos unas boyas de ascenso (que llamamos chorizos) para que nos vieran.

Nos dimos cuenta de que teníamos mucho oxígeno en el tanque y decidimos volver a bajar a nadar con los tiburones. Vanessa y Carlos se quedaron esperando en la superficie. La sorpresa vino cuando subimos otra vez. Había una corriente haciendo fuerza sobre nosotros y ya estábamos muy lejos, casi a un kilómetro, del sitio inicial. Ahí nos dimos cuenta de que la situación era grave. Luego unas olas separaron el grupo: arrastraron a Vanessa y Carlos por un lado, a Jorge y Peter por otro, y yo quedé solo.

Peter, quien tiene un gran estado físico, decidió nadar hacia el barco que estaba a más de un kilómetro. Después nos enteramos de que le tomó unas cuatro horas llegar, pero el barco ya se había movido, entonces tuvo que nadar hacia la piedra otras horas. Al día siguiente lo rescataron.

Jorge no pudo nadar al ritmo de él, entonces decidió devolverse y nos encontramos. Inmediatamente nos amarramos y desde ese momento estuvimos juntos. Las olas siguieron llevándose a Carlos y a Vanessa. En cuestión de unos dos minutos ya estaban a más de 100 metros de nosotros.

A las 5:00 de la tarde estábamos completamente solos. No veíamos nada ni a nadie. Pensábamos que muy pronto un bote vendría a rescatarnos. Pero no fue así. A las 7:00 de la noche ya había sólo oscuridad y entendimos la gravedad de lo que estaba pasando. Eso fue lo más duro: aceptar que estábamos perdidos en el mar y que tendríamos que pasar la noche ahí. Permanecimos amarrados y tomados de la mano.

Empezamos una campaña de no alejarnos de la piedra de Malpelo. Nadábamos de espaldas, pero era muy frustrante porque avanzábamos un metro y la corriente nos alejaba cinco. Esa noche fue muy dura, sobre todo para mí. Fue un infierno total. Empezó a hacer mucho frío, y a eso se sumaba la ansiedad, la frustración y el estrés que acelera la deshidratación.

Empezamos a probar posiciones  para pasar la noche: teníamos que mantenernos calientes y evitar tomar agua salada. Las primeras horas sólo bailábamos en el agua. Empezaron a atacarnos aguas malas, sobre todo a mí: unas 15 se ensañaron con mi cuello y el dolor era tenaz; al otro día la víctima fue Jorge. Esa noche, además, estuve vomitando unos 40 minutos por toda el agua que habíamos tomado. Tenía la moral muy baja y Jorge trataba de calmarme.

Con el tiempo creamos un sistema de comunicación con las manos. Apretábamos la mano del otro para preguntarle si estaba bien, y así mismo nos respondíamos. Tratábamos de no hablar para evitar que nos entrara agua. Yo no pude dormir nada. Tenía microsueños y me hundía. Jorge sí era capaz de ponerse totalmente horizontal y mantenerse así para descansar (teníamos los chalecos salvavidas inflados). Yo no podía, me mareaba, entonces me tocaba estar sentado. Yo sufría por la posición y él por el frío.

Así pasó toda la noche.

Jueves 1 de septiembre

Toma durante el rescate de Hernán y Jorge. Foto Armada

Amaneció hacia las 6:30 de la mañana. Ver el sol era una alegría tremenda, era recuperar la esperanza. Decíamos: “Ahora sí nos van a encontrar. No nos hemos alejado tanto de la piedra”. La veíamos, pero sabíamos que estábamos muy lejos, a más de 30 kilómetros. Nos preguntábamos mucho por Carlos y Vanessa, por Peter.

Como la noche anterior tuvimos tantos problemas y ya los habíamos identificado, empezamos la asignación de tareas. Fue una simbiosis muy buena. Cada quien usó sus fortalezas para sacar la situación adelante. Jorge, que es muy organizado y perfeccionista, empezó a diseñar otros tipos de amarres para estar más cómodos. Yo iba anotando mentalmente lo que iba pasando, para no sufrir lo mismo la segunda noche. Sabía que entre las 3:00 y las 6:00 de la mañana era la hora más dura del frío. Además diseñamos una estrategia para contrarrestar las aguas malas: les declaramos la guerra con los chorizos de rescate. Nos hicimos de espalda, tanque contra tanque, y con el chorizo inflado las golpeábamos, entre un poco de risas y muchas groserías. Parte del día se nos fue en esa guerra. No sentíamos hambre.

Después resolvimos que podíamos desinflar ese mismo chorizo de noche y amarrarlo al cuello, en forma de bufanda, para calentarnos. Con la careta nos protegíamos los ojos y la nariz. Decidimos no botar el tanque porque todavía teníamos aire y en cualquier momento podíamos utilizarlo. Todo se puede volver una herramienta. Incluso hablábamos de montarnos en el tanque, abrir la válvula y salir disparados. De cada idiotez salía una risa y eso nos elevaba el ánimo.

Parte de la estrategia de conservar calor era aprovechar los orines. Cuando alguno de los dos tenía ganas de orinar le avisaba al otro, nos abrazamos y nos enrollábamos las piernas. Yo le decía a Jorge: “Nunca vayás a contar esto”.

Hasta que nos rescataron nunca vimos ni oímos nada: ni un motor, ni una lancha, ni un avión. Eso alimentaba la frustración. Hacía que las esperanzas se fueran. Sentíamos que nadie nos estaba buscando. Incluso llegamos a tocar temas muy sensibles como el suicidio. Ninguno quería llegar al punto de tener una muerte con sufrimiento.

Teníamos un cuchillo. En las conversaciones alcanzamos a clavarnos ese cuchillo en 20 partes diferentes, imaginándonos cuál era la que menos dolía y hacía el trabajo más rápido. Pero somos un par de gallinas, no creo que nos hubiéramos cortado ni una uña. También decíamos que se podían aprovechar los tanques, que podríamos hundirnos mucho y respirar hasta que se acabara el aire. La concentración de nitrógeno te narcotiza y te provoca una muerte dulce. Pero Jorge decía que no podíamos dejarles esa incertidumbre a nuestras mamás, de morir en el fondo del mar y que nunca nos encontraran.

Lo que jugó a nuestro favor es que tuvimos nuestras cabezas ocupadas, hablábamos, echábamos chistes. Esa segunda noche fue muchísimo mejor que la primera. El estrés había bajado un poquito y éramos muy conscientes de la situación. No como la primera noche, que fue un proceso de aceptación largo y doloroso.

Viernes 2 de septiembre

Los buzos rescatados con integrantes de la Armada. 

Ver el sol nos devolvía las ganas de seguir adelante. Estábamos tan agotados, que la tarea principal era conservar energías. Ya habíamos decidido quedarnos quietos y dejarnos llevar. Todavía veíamos la piedra, pero muy de lejos. Se fue yendo el día y hacia la 1:00 de la tarde sucedió un evento especial: el mar se puso totalmente calmado, como una piscina. Yo no era creyente, pero sentí esto como una señal de algo superior.

Durante unas dos horas intentamos descansar y dormir aprovechando la calma del agua. Había un sol impresionante. Creo que en ese momento empecé a aceptar mi destino. Pensaba: “No quiero quedarme aquí, pero si esto es lo que la vida o un dios tiene dispuesto para mí, aceptémoslo”.

Tenía la careta puesta en la frente y en un segundo la perdí. Fue un momento de desesperanza terrible. Pensaba que sin esa careta no podría pasar la tercera noche. Jorge, que resolvía los problemas técnicos (yo me encargaba de subir el ánimo), trató de calmarme diciendo que íbamos a turnarnos la suya. Yo lloraba.

Hacia las 4 de la tarde estábamos quietos, tratando de descansar, y sentimos muy lejos un motor. Vimos un puntico negro a la distancia, pero pensamos que el avión había pasado de largo, que no nos había visto. A los 15 minutos vimos el avión devolviéndose. Con el último aliento inflamos los chorizos y empezamos a hacer ruido, a gritar.

El avión estaba más y más cerca. Nos hizo un sobrevuelo, se nos vino de frente y se inclinó como dándonos una señal de que ya nos habían ubicado. Eso fue una sensación increíble. ¡Incluso hubo besos y abrazos! (esto también le dije a Jorge que no fuéramos a contarlo). Llorábamos de la emoción. Era la felicidad absoluta. Nos tiraron una balsa de rescate. Luego llegaron tres marinos en un bote inflable. Uno de ellos nos recibió diciéndonos: “Feliz cumpleaños. Hoy volvieron a nacer”.

Lo primero que hicimos fue preguntar por Vanessa y Carlos. Estábamos muy esperanzados de que ellos hubieran sido rescatados primero, pero nos dieron la triste noticia de que no los habían encontrado. Sentíamos una alegría a medias. Nos faltaba la mitad.

Nos subimos al buque con las últimas fuerzas. Yo tenía mucho dolor en los músculos, en las piernas, en los tobillos, por las aletas. Y Jorge estaba peor, con los pies muy hinchados, que es una señal de deshidratación avanzada. Nos dieron los primeros auxilios. Ahí empezamos a descubrir la calidad humana de las Fuerzas Militares. Todo el mundo estaba feliz.

***

El sábado 3 de septiembre Hernán y Jorge fueron trasladados al buque ARC Valle del Cauca, donde un helicóptero los recogería para transportarlos a Buenaventura o a Bahía Málaga. En esta embarcación se reencontraron con Peter. Después de hablar con los comandantes y capitanes del buque, tomaron la decisión de no utilizar el helicóptero para dejarlo a disposición del equipo de búsqueda de Erika Vanessa y Carlos.

El domingo 4 de septiembre tuvieron contacto por primera vez con sus familias a través de una teleconferencia. “Explotamos en llanto, fue muy emotivo”, contó Hernán. El lunes 5 de septiembre fueron trasladados nuevamente a la embarcación Punta Ardita (la misma que los rescató) y empezaron un viaje de 24 horas hasta Buenaventura. El martes 5 de septiembre, hacia la 1:00 de la tarde, arribaron al puerto donde los esperaban sus familiares.

Hernán y Jorge siguen recuperándose físicamente, “pero anímicamente estamos todavía muy golpeados por Carlos y Vanessa. Yo conservo la esperanza de que su fuerza y sus capacidades los mantengan”. Las autoridades continúan la búsqueda.

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