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| 2/28/2000 12:00:00 AM

C. Ll. de la F.

Con sus editoriales agudos y el humor algo anacrónico de las notas del Día a Día, Carlos Lleras de la Fuente ha logrado recuperar el placer de leer ‘El Espectador’.

Cuando llegó al cargo de director de El Espectador algunos opinaron que se podría tratar de un desacierto porque él, Carlos Lleras de la Fuente, no era periodista. No obstante, poco a poco ha logrado lo que parecía increíble: ha recuperado el peso político y buena parte de la influencia que había perdido el diario más antiguo del país.

Desde el principio Lleras impuso su estilo y sus reglas. Dijo, de entrada, que no permitiría ataques en contra suya desde el interior del periódico, “ni más faltaba”. Advirtió que no sería columnista Juan Fernando Cristo, ex secretario privado de Samper, y no se tomó la molestia de notificarle personalmente. Y, por último, hace pocas semanas decidió tomar las riendas de la empresa, se hizo nombrar presidente de Comunican S.A., despidió a buena parte del equipo comercial y decidió comandar la operación de rescate económico del diario.

Pero lo más importante es que ha aportado carácter a un periódico que lo había perdido casi por completo. Su estilo es inconfundible, con algunos rasgos decimonónicos y un gran sentido de humor.

El mayor éxito lo han alcanzado las notas escritas por Lleras en la página 3A, bajo el título Día a Día. Son, a la manera peculiar de Lleras, similares a las notas que abren la revista The New Yorker bajo el título The Talk of the Town, y las hay sobre todos los temas.

Contra el día sin carros en Bogotá (y contra él mismo, a la manera del humor de Lleras): “No cuesta mucho esfuerzo imaginar al director de este diario viajando en bicicleta —implemento que no tiene y que no sabe usar— desde su casa en el norte hasta este remoto lugar, saliendo luego a una reunión urgente y regresando al trabajo, para llegar a su casa a las 11 de la noche y ser llevado de urgencias a su clínica favorita, o a la funeraria”.

Sobre el Y2K: “Hasta ahora sigue habiendo servicios públicos, la gente no se ha quedado entre los ascensores y todo va bien”.

Sobre los delfines (y acerca de una nota aparecida en El Tiempo en la que se dice que los delfines “habían hecho de las suyas”): “Sobra decir cuánto le molesta al director de este diario este tipo de ligerezas insolentes, pues no tiene en su conciencia ‘haber hecho de las suyas’ en ningún momento de su vida, ya larga y transparente”.

Sobre la ayuda gringa: “Cuando pensamos que la ayuda de EE.UU. a Colombia era un hecho y que la secretaria de Estado no sólo había venido a cenar con García Márquez y bailar una cumbia, resulta que sí fue únicamente para eso”.

Y sobre los descarados: “Que César Pérez García sea rector de una universidad es ya una afrenta a la educación; pero que ahora lleve a Ecuador la ‘cultura’ que puede impartir a la juventud, nos parece un acto inamistoso con el vecino país que ya tiene suficientes problemas sin que le exportemos esta clase de personajes”.

Hasta hace algunas semanas Carlos Lleras de la Fuente solía firmar sus notas diarias como C. Ll. de la F. Hace poco dejó de hacerlo. Quizá porque ya no se requiere la firma. El Espectador, como él mismo lo dijo cuando lo nombraron, se parece a su director. Y está cada vez mejor y mucho más divertido.
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