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| 10/22/2011 12:00:00 AM

Caída del cielo

Tras la sorpresiva visita de la canciller colombiana a Oriente Medio puede haber una sofisticada jugada diplomática, o una movida de efecto más propagandístico que real.

Al conflicto más difícil de resolver en el mundo le apareció un 'tercero' inesperado. Lo que no han podido en más de medio siglo ni Estados Unidos, ni el Cuarteto (Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y la ONU), ni toda clase de esfuerzos internacionales, quiere lograrlo nada menos que Colombia, un peso pluma en la diplomacia mundial, cuya canciller hizo un viaje sorpresa a Oriente Medio la semana pasada, buscando "que los pueblos de Israel y Palestina puedan sentarse a negociar un acuerdo de paz", como reza el comunicado oficial. Sin embargo, la pregunta no es si el gobierno Santos tiene algún chance donde todos han fracasado, sino por qué ha emprendido una iniciativa cuyas posibilidades de éxito son prácticamente nulas.

La llegada de la carismática ministra de Exteriores colombiana, María Ángela Holguín, a Jerusalén y Ramalá, capitales de Israel y la Autoridad Palestina, lució como caída del cielo. Aunque la visita había sido organizada con ambos gobiernos, cuando el diario de centro-izquierda Haaretz, el más antiguo y respetado de Israel, empezó a contar qué estaba haciendo, parecía difícil de creer: Colombia, un actor muy poco relevante en la diplomacia mundial, pese a su puesto actual en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, emprendió, por instrucción del presidente Santos, un inédito capítulo de la célebre 'diplomacia viajera', inaugurada por Henry Kissinger en ese mismo escenario décadas atrás. El objetivo: intentar sentar a la mesa al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que ha continuado construyendo asentamientos judíos en la margen occidental aun en contra del pedido expreso del presidente de Estados Unidos, y al asediado dirigente palestino, Mahmud Abbas, quien, en una jugada por el todo o nada, después de años de estancamiento en las negociaciones, resolvió, el 23 de septiembre pasado, pedir a la ONU que acepte a su territorio como miembro pleno.

La canciller Holguín se reunió el lunes 17 con el ministro de Defensa israelí; el martes viajó a Ramalá para hablar con Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina; el miércoles volvió a Jerusalén para hablar con el primer ministro Benjamín Netanyahu. Simultáneamente, el presidente Santos estaba en contacto telefónico con todos ellos, y se comunicó, el viernes 21, con Barack Obama y con Ban ki Moon, secretario general de la ONU, sobre sus intentos de acercar a las partes.

El resultado de la misión, por ahora, ha sido el previsible. Ante la sugerencia de la colombiana, según reportó Haaretz, de que "Abbas necesitaba desesperadamente un gesto simbólico de Israel en materia de los asentamientos" (los palestinos se han negado a retomar las negociaciones sin que estos se suspendan por completo), Netanyahu le contestó que prometía congelar la construcción gubernamental de esos asentamientos. El problema es que la mayor parte de estos son construidos por compañías privadas. Esa fue exactamente la razón que el negociador palestino adujo para descartar de plano la propuesta. Con esto terminó su "diplomacia viajera" la ministra Holguín, que retornó a Bogotá el viernes 21, con el conflicto palestino-israelí sin haberse movido de su impasse.
El presidente Santos ha dicho, desde que se reunió con Abbas en Bogotá, a comienzos de octubre, que la intervención colombiana ha tenido lugar "a pedido de las partes". Aunque israelíes, palestinos y estadounidenses tienen sus razones para que un actor menor intervenga (y el viaje de Holguín habría sido impensable sin su consentimiento), la razón no reside simplemente en que, con Colombia en el Consejo de Seguridad, el primer mandatario haya visto una oportunidad para proyectarse como un líder internacional. Por el contrario, esta iniciativa puede tener más que ver con la complicada posición en la que está ahora el país en ese organismo internacional.

El Consejo de Seguridad de la ONU tiene pendiente votar el pedido de Palestina de que se le admita como miembro pleno. A los palestinos les falta un voto para lograr los nueve necesarios para que la moción sea aprobada, y el voto de Colombia sería decisivo. Pese a que Estados Unidos ha prometido vetar una eventual votación favorable, esa decisión es políticamente costosa y Washington preferiría evitarla. Colombia, que en cierta medida está en el Consejo como parte del bloque suramericano, tiene una posición opuesta a la de la mayoría de los países de la región. Mientras los principales gobiernos del subcontinente son partidarios de reconocer el Estado palestino como medida para destrabar las negociaciones con Israel, Colombia tiene exactamente la misma postura que Estados Unidos e Israel: el reconocimiento del Estado palestino solo puede sobrevenir a través de negociaciones directas entre las dos partes.

De allí la repentina 'diplomacia viajera' del presidente y su canciller. En esta crítica coyuntura, al gobierno le conviene presentar a Colombia como un 'tercero en concordia' que intenta acercar a las partes con una perspectiva razonable e intermedia, cuando en realidad comparte punto por punto la posición de sus aliados, Estados Unidos e Israel, posición que, al menos en una buena parte, es responsable del impasse de décadas en el conflicto palestino-israelí. El problema es que el presidente, que tanto admira a Churchill, debería escucharlo cuando dice: "Por bella que sea la estrategia, debería ocasionalmente considerar los resultados".
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