Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

Caída libre

Si no cambia la tendencia en las elecciones de 2006, Colombia seguirá el camino de otros países en los que se acabaron los partidos y se debilitó la democracia.

Los partidos tradicionales, liberal (izquierda) y conservador (arriba su director, Carlos Holguín) perdieron el monopolio y no han sido reemplazados por los partidos nuevos.

El sistema de partidos colombiano sufrió una profunda transformación en 2002, que seguramente será ratificada en las elecciones del próximo año. Es posible que a una buena mayoría de los colombianos esto no le parezca muy significativo ni dramático. ¿Acaso es importante lo que pasa en, o con, los partidos? La respuesta simple es: sí, y mucho. Lo que les abre el camino a los Fujimori, Chávez, u Ollanta Humala, o al oscuro despelote ecuatoriano, es un sistema de partidos hecho pedazos. Si no se produce un giro más o menos brusco, Colombia podría estar dirigiéndose en esa dirección. La situación se puede describir del siguiente modo: los partidos tradicionales han ido perdiendo pie en amplios sectores de la opinión, pero los nuevos no los han reemplazado. Esto se puede considerar desde varios puntos de vista. En el cuadro 1 se presenta la evolución del peso de las tres grandes familias políticas colombianas, según el porcentaje de curules que tienen en la Cámara. Pasaron de controlar el 90 por ciento en 1974 a 67 por ciento hoy. Parece un cambio grande, pero, por supuesto, se puede relativizar. En 1970 un tercer partido, la Anapo, se quedó con una tercera parte de las sillas del Congreso. ¿Es pues tan nuevo el fenómeno que estamos viviendo hoy? Creo que, en efecto, lo es. Se diferencia con lo de 1970 en un sentido básico: uno de los protagonistas del bipartidismo -el Partido Conservador- perdió una porción muy significativa de sus acciones. En el cuadro 2 se presenta otro aspecto: la población y los partidos van en tendencias diferentes. El Polo aún no se ha fortalecido, el liberalismo se deteriora paulatinamente, y el conservatismo se va alejando más y más de las preferencias de los colombianos. No hablemos ya de los llamados partidos uribistas: con la posible excepción de Cambio Radical, son vistos como simples extensiones de la actividad y la figura presidenciales. Así, pues, cuatro quintas partes del país se sienten lejos o muy lejos del conservatismo y del Polo; dos terceras, del liberalismo. "La distancia entre los dos es cada día más grande": una vieja tonada. Ya desde finales de la década del 70 hay serios indicios de descontento en gran escala de los colombianos con sus políticos, sentimiento que no ha hecho más que ahondarse. Pero una vez más hay en este terreno algo nuevo y crucial: la creciente debilidad territorial de los partidos (su desnacionalización). Concentrémonos un momento en los dos tradicionales. En el recuadro 3 se observa que, mientras que el Partido Liberal ha sufrido un serio deterioro, el Conservador definitivamente ya no se puede considerar una organización nacional. En síntesis, la situación parece ser la siguiente. La única identidad que todavía tiene un rango nacional es el 'trapo rojo', pero si se mantienen las tendencias actuales, muy pronto también se resquebrajará, sobre todo porque se ha debilitado más en la Colombia de las grandes urbes. Junto a ella hay una nube confusa de grupos con presencia en algunas ciudades y departamentos, pero incapaces de cubrir todo el territorio. Esa nube está absorbiendo al conservatismo. Se podrá decir que la consulta interna conservadora del 27 de noviembre contradice lo que vengo diciendo. Fue, sin duda, una de las internas más votadas del mundo. Nadie de buena fe podría poner en duda que se trata de una gran muestra de vitalidad. Pero buena parte de ella la han tomado prestada los azules del nombre ultravendedor de Álvaro Uribe. Si para la escogencia de candidato presidencial sufragaron en la interna conservadora cerca de 950.000 personas, en la de candidatos para la Cámara -que se hizo en paralelo- hubo alrededor de 250.000 votos válidos (de nuevo cálculos propios con base en datos de la Registraduría), y en muchos departamentos la participación fue nula. Si todo lo anterior es cierto, ¿a qué se debe? ¿A un proceso natural de ajuste y de adecuación? ¿Será que el sistema de partidos tradicional le quedó chiquito (o viejo) al país? Esa es la interpretación optimista, y entonces los ruidos destemplados que emite la política colombiana son simplemente un síntoma de cambio de voz. Hay más que un grano de verdad en esto. Colombia ha pasado por un doloroso proceso de modernización, y muchas de las prácticas y destrezas que eran infalibles en el pasado son o inviables o irrelevantes hoy. Con un pequeño rezago temporal, estaríamos contemplando el cumplimiento de una de las promesas básicas de la Constitución de 1991: la jubilación de la política tradicional. Pero hay otra interpretación un poco más oscura. Me parece que se sostiene mejor que la otra, aunque aquí podría estar incurriendo en un sesgo. Esta versión pesimista tiene la ventaja de que explica bien por qué lo tradicional no ha sido reemplazado aún con nada. La enorme presencia de la criminalidad organizada, el conflicto armado y la expansión del paramilitarismo -que descubrió los réditos de la autonomía con respecto de los tradicionales hace un par de lustros- han fraccionado severamente el país. En efecto, una parte de la clase política fue jubilada y el sistema de partidos se acercó a la sociedad civil existente; el resultado no fue particularmente bonito. Las viejas prácticas corruptas -cambiar votos por cocinetas a gas- fueron ubicadas y estigmatizadas con más o menos éxito, pero las nuevas, mayores en escala y virulencia, se han ido expandiendo como una mancha de aceite. ¿Cuáles son las consecuencias de lo anterior? Primero, la proliferación de tendencias acerbamente localistas que no tienen el menor deseo de incorporarse a proyectos macro. Segundo, la dificultad para que siglas nacionales quepan plenamente en la legalidad. En Colombia los agentes políticos pueden ser o nacionales o legales, pero difícilmente ambos: su expansión territorial los involucra de manera más o menos automática en redes ilegales. Esto ha sido un tósigo para el viejo sistema de partidos, y seguramente también dificulte el tránsito hacia formas más o menos claras y estructuradas de hacer política. De manera más indirecta -pero muy peligrosa a largo plazo-, está atizando poderosas fuerzas centrífugas. Hace mucho tiempo aprendí a desconfiar de las expresiones fuertes, pero en este caso me atrevería a decir que en la apuesta por la reconstrucción de un sistema de partidos mínimamente consistente se juega parte importante de la viabilidad de este país. Y no creo que estemos autorizados para decir que la estamos ganando.

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