Jueves, 30 de octubre de 2014

| 2012/05/09 00:00

Cajero con billetes de mentira: ¿Mala fe o simple error?

El insólito caso en el que un cajero electrónico de una prestigiosa entidad bancaria en Tuluá, Valle, entregó a un usuario $400.000 en billetes de prueba sin valor.

Gardeazábal aseguró que los billetes que le entregó el cajero se parecían a los del popular juego Monopolio.

Este particular episodio, como para una novela, sólo le pudo ocurrir a un novelista. La víctima de la singular pilatuna fue el reconocido escritor y exgobernador del Valle Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Todo comenzó el pasado lunes en horas de la noche, cuando Gardeazábal, luego de terminar su jornada laboral como comentarista en el programa radial La Luciérnaga, se dirigió hacia un cajero electrónico del banco BBVA ubicado en el centro comercial La Herradura de Tuluá.

En ese sitio se dispuso a retirar $400.000 de su cuenta personal. Pero vaya sorpresa la que se llevó cuando observó que en la bandeja del cajero había ocho billetes con las mismas dimensiones del papel moneda de $50.000 pesos, pero azules, con la palabra Diebold, el número 5 y sin ningún valor monetario, “como los del juego monopolio”. Paso seguido, el mismo cajero certificó mediante recibo que la transacción 5566 se cumplió con éxito. El afamado escritor no salía de su asombro y por segundos pensó que se trataba de un chiste, de esos que abundan y él mismo disfruta en La Luciérnaga.

Al día siguiente llamó a los periodistas locales de Tuluá para realizar una rueda de prensa en el cajero donde le había ocurrido el incidente, con la fortuna de que en ese mismo instante una de las empresas encargadas de aprovisionar el cajero estaba haciendo lo propio y se armó la de Troya.

Gardeazábal no guardó epítetos para calificar la pilatuna de la que fue víctima y de nada sirvieron las explicaciones de los guardias de seguridad de la empresa que desarrollaba el proceso de ‘tanqueo’ del cajero.

Al final del día el banco reembolsó los $400.000 al escritor y un vocero de comunicaciones del BBVA explicó que ese mismo incidente se presentó con otras dos personas a quienes también se les devolvió el dinero.

En defensa del banco hay que decir que el aprovisionamiento de los cajeros es un proceso realizado por terceros, en este caso la compañía Brinks, y el servicio técnico o de dotación de los cajeros está a cargo de Diebold Colombia, el mismo nombre de los billetes de mentira que recibió Gardeazábal.

La pregunta que muchos se hacen es si ese incidente hace parte de un acto de mala fe con miras a estafar a los usuarios de los cajeros o se trata de un simple error técnico.

Tras escuchar e indagar con expertos en la materia y que hacen parte de la cadena del servicio de los cajeros, todo parece indicar que este caso en particular fue resultado de un error.

Y tal como lo explicaron empleados de esas firmas a Gardeazábal, el lío se produjo porque al parecer, uno de los técnicos de Diebold, después de un servicio, olvidó retirar esos billetes de mentira que se usan para realizar pruebas de funcionamiento en los cajeros.

Esa explicación encaja con el siguiente argumento: Si se tratara de un intento de robo de un empleado, difícilmente el dinero llegará a sus bolsillos, salvo que existiera toda una cadena criminal que incluyera no sólo al aprovisionador de billetes, sino al banco. Una lista muy larga para repartir un botín muy pequeño.

Sumado a ello, las personas consultadas coinciden en afirmar que nadie con dos dedos de frente cometería la torpeza de dejar en la bandeja billetes falsos o de mentira con el nombre de la compañía para la cual trabaja.

Finalmente, explican que si alguien que manipula los cajeros quisiera robar (algo difícil por los esquemas de monitoreo), le bastaría con dotar el cajero con denominaciones de billetes más bajas. Por ejemplo, en la bandeja de los billetes de $50.000 pondría billetes de $10.000, ya que el cajero cuenta unidades de billetes y no valor.

En síntesis, el incidente de Gardeazábal se podría tratar de un simple error técnico que por fortuna se aclaró rápidamente. La pregunta que se hace el escritor es si esa misma celeridad se aplicará con un ciudadano común y corriente.

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