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| 5/26/2012 12:00:00 AM

Calle 74: las víctimas a once días del atentado

De un lado y del otro del lugar están, por igual, las víctimas, los testigos y los protagonistas de lo que ocurrió durante el atentado. Ellos tienen su versión de la historia, su pedazo de una tragedia que hoy pueden contar.

Sobre la acera sur de la calle 74 hay cuatro mujeres jóvenes que hablan animadamente entre ellas. Se encuentran a diez escasos metros del semáforo donde días atrás, el martes 15 de mayo justo antes de las once de la mañana, explotó una bomba que iba dirigida contra el exministro Fernando Londoño.
 
Están sentadas en unas sillas a las afueras de un local. Aunque las muchachas sonríen, sus rostros no dejan de lanzar miradas de desconfianza a los desconocidos que se acercan demasiado al local donde trabajan. Algo sórdido envuelve el ambiente. Sobre sus cabezas se deja ver un cartel de neón blanco: 'Oz, club de striptease', seguido de otro que saluda: 'Welcome, pasarela europea'.
 
Al cruzar la calle, en el primer nivel del almacén Ferrocentro, personas de todas las edades llegan con parsimonia a las carpas amarillas instaladas en horas de la tarde de este jueves. Bajo ellas y con la custodia de hombres del Distrito y de miembros del equipo de la Unidad de Víctimas, un total de 52 afectados, de los 99 inscritos en el censo respectivo, reconstruyen las historias del fatídico día, dentro de la jornada de atención y reparación que se realizó el pasado jueves y viernes en la capital. 

De un lado y del otro de la calle 74, se encuentran las víctimas, los testigos, los protagonistas de lo que ocurrió durante el atentado. Ellos tienen su versión de la historia, un trozo de narración que hoy -pasado el susto- se sienten capaces contar.
 
Bajo el aviso de Ferrocentro, al lado de una puerta de cristal que se abre y se cierra constantemente, Omaira espera. Su esposo, Emerson, recoge un último papel que le permitirá recibir la ayuda económica que contempla la Ley: dos salarios mínimos mensuales.
 
Entre las decenas de personas que allí se encuentran, Omaira llama la atención. El lado derecho de su rostro está recubierto de vendas que arropan las lesiones que le provocaron las esquirlas. Su labio superior se encuentra cosido y el hilo de los puntos ya empieza a desprenderse.
 
Tímidamente se remanga el saco negro y muestra su brazo también quemado. Pero las peores heridas están cubiertas. Las quemaduras y morados de sus piernas los oculta el pantalón.
 
Omaira, trigueña y de 33 años, estaba sentada en los primeros puestos de la buseta verde, la que hacía la ruta 108, (Bosa-Unicentro-Bachué), la que era conducida por Humberto Aldana y que a las once en punto de la mañana del 15 de mayo quedó poco más que destruida.
 
Ella se había subido en la calle 45 con carrera 17 y charlaba con Saúl, su jefe, que iba sentado a su lado. Justo cuando el vehículo llegó al semáforo de la calle 74, Omaira miró por la ventana y se percató de que un sujeto fijaba un artefacto "rectangular con un círculo en el centro" en la camioneta estacionada junto a ellos. Lo último que recuerda es que mencionó lo extraño que le parecía aquello a su vecino de puesto.
 
No sintió la explosión, de ese instante nada quedó en su memoria. Luego, al despertar, pensó en sus dos hijos y comenzó a gritar sus nombres en medio del caótico escenario. "La gente estaba asustada, gritaba", refiere. Tratando de no esforzar el labio, dice que se lanzó de la buseta y minutos después un hombre la socorrió.
 
En medio del desconcierto, Omaira le pidió que llamara a su esposo. Pudo recitar de memoria el número telefónico y aquel desconocido le marcó a Emerson. "Su esposa acaba de ser víctima de un atentado", le advirtió. Pero Emerson, que a esa hora estaba en el colegio privado en el que trabaja, no creyó lo que la voz le decía. Pensó que se trataba de algún engaño. Colgó.
 
Aun así, miró en Internet, buscó en el radio y en el televisor y no tampoco halló nada. Pero a los pocos instantes los titulares empezaron a llegar y su preocupación se hizo latente.
 
En un primer momento no quiso ver imagen alguna del atentado, en un intento -quizá vano- de mantener la calma ante lo sucedido. Pero ya con la certidumbre de la tragedia, llamó de vuelta a su esposa y pudo constatar, al menos, que se dirigía a la Clínica del Country.
 
Tras once días de los hechos, Omaira y Emerson, al igual que sus dos hijos, dicen estar tranquilos. No fue así en los primeros días. Las noches siguientes al atentado ella se despertaba durante la madrugada, tenía momentos de tristeza y, después, de llanto.
 
"¡Si me hubiera visto hace una semana, ahí sí estaba mal!", aunque en general recuperación va por buen camino, la visión de su ojo derecho se ha marchitado y lo que más le preocupa son sus oídos. Por instantes deja de escuchar.
 
Santiago, el muchacho que su mamá llevaba a clases
 
A las carpas amarillas también entran Sandra y Santiago, madre e hijo. Once días atrás, en esa mañana que no tenían forma de saber que terminaría en catástrofe, Sandra llevaba a su hijo a la universidad Sergio Arboleda.
 
Al llegar al semáforo en rojo se detuvieron detrás de una camioneta. La misma en la que viajaban los escoltas que, a su vez, custodiaban al vehículo que tenían en frente, el que transportaba al exministro.
 
A la hora de dar su testimonio, Santiago todavía se avergüenza de que todo el país lo haya conocido por ser el estudiante universitario al que su mamá lo lleva a clases.
 
Quizás por eso relata sin querer aparentar pretensión alguna que, tras el estallido, reaccionó y acudió a ayudar a algunas personas mayores que él, que se encontraban desorientadas por el ruido y el desconcierto general.
 
Lo que no querían decir las chicas del striptease
 
Al otro lado de la calle, bajo de la imagen de una voluptuosa y sugerente chica, la atmósfera es distinta. Las chicas del sitio del striptease no buscan ninguna reparación: no saben ni quieren saber lo que sucede a menos de veinte metros de donde se encuentran.
 
Tampoco quieren hablar del caso, no resisten ninguna pregunta sobre ese martes, quieren olvidar el asunto y que sus vidas mantengan el mismo anonimato que poseían hasta el minuto 59 de las diez de la mañana de ese martes.
 
"¡Que tal esos periodistas que nos llegaron acá, con cámaras, a grabarnos!", reclama indignada una de ellas. "Les dije que si yo salía en alguna imagen los demandaba. A ellos les da igual que uno tenga familia… y pues que uno no quiere que ellos sepan en lo que trabajamos y menos que se enteren por la televisión".
 
Pero ese no es el único motivo por el que prefieren cerrar la boca: ellas también tienen miedo. "El que puso esa bomba es un tipo muy peligroso y los días después del atentado ha habido muchos rumores y han pasado cosas extrañas, eso es mejor quedarse callada", rumorea otra en voz baja.
 
Finalmente, Rosa, la que vende los tintos en el local, decide hablar. "Ese martes, antes de que pasara todo, llegó una señora que estaba perdida y me preguntó que cómo llegaba a la calle 100 con carrera 15". Le dijo "venga la acompaño hasta la esquina y ahí le digo qué bus puede coger".
 
Tras andar unos metros, sintió que era mejor no alejarse tanto de su lugar de trabajo y se devolvió, no sin antes sugerirle a la desorientada que tomara la buseta verde que estaba allí estacionada, frente a la luz roja del semáforo. La que hacía la ruta 108. La misma que era conducida por Humberto.
 
La otra mujer subió entonces por la puerta de atrás y cuando iba a pagar el pasaje ocurrió la explosión. Rosa, ya de regresó a su local, sintió la detonación y alcanzó a sospechar que aquella que ayudó portaba consigo la bomba. Después se enteró que no había sido ella, sino el joven de rizos largos, con gorra y bata blanca, que había visto pasar momentos antes.
 
Rosa aparece en los videos que revisó la Policía y fue interrogada por agentes del CTI de la Fiscalía, quienes le pidieron que explicara porque había caminado unos metros acompañada de alguien y después había regresado.
 
Con el relato de Rosa otra mujer se anima y cuenta otro detalle de ese día. "Esa mañana no vinieron los dos vendedores ambulantes que siempre vienen, los que venden libros". Uno de ellos llegó a la una de la tarde y el otro vino al día siguiente.
 
"Los dos loquitos que están mal de la cabeza tampoco se aparecieron esa mañana", recuerda antes de entrar a su sitio de trabajo ubicado en la calle 74, el sitio que once días atrás fue testigo de la bomba que estremeció a Bogotá.
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