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| 8/19/2006 12:00:00 AM

¿Cambiaría usted algo de la vida tan apasionante que ha tenido?

Gloria Zea le contesta a María Isabel Rueda

M.I.R.: Hace 30 años a una mujer, cuando no se usaba que las mujeres fueran tomadas en serio como ejecutivas, le dio por hacer una cosa que parecía impensable: crear la ópera de Colombia. Y lo logró. ¿Cómo hizo?

G.Z.: La ópera había ocurrido en Colombia esporádicamente. A comienzos de siglo subían compañías por el Magdalena y luego hubo intentos de ópera en Medellín… Pero nada permanente. En 1976, siendo yo directora de Colcultura, creamos la Ópera de Colombia. Antes de que me posesionara, mi antecesor había comenzado la restauración del Teatro Colón, pero se había acabado la plata. Yo me levanté la que faltaba y la terminé. Logré organizar la Orquesta Sinfónica de Colombia. Y entonces algunos de mis funcionarios, entre los que se encontraban Alberto Upegui, Hjalmar de Greiff y David Feferbaum, llegaron a mi oficina y me dijeron: ¿Por qué no hacemos ópera? Yo no tenía ninguna afición por la ópera, pero quería crear una actividad cultural nueva. Montamos entonces La Traviata de Verdi y La Bohéme de Puccini, y ahí pusimos a cantar a todo el que tenía una bella voz. Por ejemplo a Carmiña Gallo y a Martha Senn, que en ese momento era abogada y trabajaba como secretaria general en Los Andes. Ahí ella resolvió que jamás volvería a ser abogada, sino cantante.

M.I.R.: ¿Cómo salió el experimento?

G.Z.: Pues miro hoy las fotografías y me da vergüenza, porque imagínese, la escenografía era de cartón. Pero encontramos que en Colombia había un público infinito para la ópera, y las funciones se taquearon.

M.I.R.: Recuerdo que la atacaron con el argumento de que usted era bonita y rica y eso no sonaba serio, y porque la ópera era un espectáculo elitista…

G.Z.: Me atacaron ferozmente porque eso empezó a crecer de una manera impresionante. Creé simultáneamente Asartes, una sociedad sin ánimo de lucro, que era la que recogía patrocinios en el sector privado para aportárselos a Colcultura. Por ejemplo, traíamos a artistas populares como Astrud Gilberto y el dinero que recaudábamos iba para la ópera. Colcultura ponía el teatro, la orquesta y los coros. Y todos los demás gastos los sufragaba Asartes. Me retiré en el 82 con Belisario, y entró Aura Lucía Mera. A los 15 días acabó con Asartes y Colcultura no daba para pagar la ópera. Siguió tres años más, pero a un costo muy alto, y en el 85 Carlos Valencia la acabó.

M.I.R.: ¿Se necesitaba crear en Colombia el Ministerio de Cultura?

G.Z.: Creo que no. Por lo menos en mi época Colcultura trabajaba como un verdadero ministerio. La dirigí ocho años y su éxito fue alucinante en todas las artes.

M.I.R.: ¿Cómo se celebrará este aniversario de los 30 años de la ópera de Colombia?

G.Z.: El 29 de agosto estrenaremos Don Giovanni en el Colón.

M.I.R.: ¿De dónde heredó su afición por las artes? No fue de su padre, cuya pasión era la política…

G.Z.: No sé. En mi casa se hablaba de política y no de arte. A mí esta afición me surgió de forma innata. A los 15 años hice la primera exposición en la Sociedad de Amigos del País. Me fui a Estados Unidos a estudiar eso y después me casé con Fernando Botero. Y ahí quedé matriculada de por vida.

M.I.R.: ¿Jamás la tentó la política?

G.Z.: Me apasiona como espectadora y la sigo paso a paso. Alguna vez me pidieron mucho que me candidatizara al Congreso porque tenía un altísimo reconocimiento en las encuestas. Pero no quise.

M.I.R.: Sus hijos hicieron la mezcla. Porque Juan Carlos Botero salió escritor, y Lina, artista, pero su hijo Fernando heredó la vena política de su abuelo…

G.Z.: Su pasión por la política era de siempre. Recuerdo que papá y Fernando vivían metidos en un rincón politiqueando. Papá decía que él era una persona muy importante hasta que lo empezaron a identificar como el padre de Gloria Zea, y luego yo fui muy importante hasta que me comenzaron a identificar como la mamá de Fernando.

M.I.R: ¿Qué le pasó a la carrera política de su hijo Fernando Botero Zea? Porque no hay duda de que usted fue considerada en una época la mamá de uno de los futuros Presidentes del país.

G.Z.: Sobre eso el país tiene suficiente información.

M.I.R.: Usted nunca ha hablado de eso… ¿Tiene algún resentimiento contra alguien?

G.Z.: Siempre he pensado que el resentimiento es un veneno que uno se toma esperando que se muera el otro. Jamás he guardado resentimiento ni en este caso, ni en ninguno. Tengo una pésima memoria y sólo me acuerdo de lo bueno. La vida continúa y siempre trae cosas maravillosas.

M.I.R.: Pero mire cómo es la vida: Fernando tuvo que irse a vivir por fuera, y hasta lo acusaron de haberse quedado con una parte de los aportes de los hermanos Rodríguez Orejuela, y a Ernesto Samper casi lo nombran embajador en Francia. Al final de esta historia, Fernando Botero quedó de culpable, y Samper, de inocente…

G.Z.: Esas cosas pasan en Colombia. Pero la gente cree en una versión completamente diferente. La gente sabe que las cosas no fueron como quisieron hacerlas parecer.

M.I.R.: ¿Fernando se arrepiente de su pasado?

G.Z.: Claro que él acepta que cometió una tremenda equivocación. Y la cometió el día en el que entró a la campaña de Ernesto Samper. Pagó por eso tres años de cárcel. La única persona del proceso 8.000.

M.I.R.: ¿Hablan de eso alguna vez?

G.Z.: Fernando resolvió, como yo, que la vida sigue y que había que pasar la página sin estar mirando hacia atrás. De él he recibido en ese sentido lecciones infinitas. No es algo que pesa ni en su vida ni en la nuestra.

M.I.R.: Usted ha doblado muchas páginas en su vida. Sobre todo en las amorosas…

G.Z.: He amado y he sido muy amada. Y en este momento amo y me siento muy amada. Estoy casada hace 19 años y soy totalmente plena en esta relación.

M.I.R.: Es su tercer matrimonio… ¿Cual es el secreto para conseguir tres maridos?

G.Z.: (Risas). He sido muy afortunada con los tres hombres extraordinarios con los que he compartido mi vida. Fernando Botero fue absolutamente maravilloso, y me siento muy orgullosa porque fui la primera persona con la lucidez y la inteligencia, a pesar de mi enorme juventud, de darme cuenta del talento infinito de Fernando. Los años que compartí con él fueron maravillosos.

M.I.R.: ¿Se imaginó que su entonces esposo iba a resultar semejante monstruo?

G.Z.: Desde el momento en que lo conocí supe que era extraordinario como artista. Nos conocimos en una fiesta y no teníamos ni un centavo. Él pasaba a recogerme con unos pantalones de pana en los que limpiaba los pinceles. Íbamos al Cisne a tomarnos un café y volvíamos a mi casa en el Parque Nacional. Ese fue nuestro noviazgo. Pero cuando conté en mi casa que íbamos a casarnos mi mamá se desmayó y mis tías pensaron que me casaba con un pintor de brocha gorda.

M.I.R.: Su segundo marido, Andrés Uribe Campuzano, era mucho mayor que usted…

G.Z.: (Con lágrimas). Era 32 años mayor que yo. Todavía no puedo hablar de él sin llorar, imagínese la ridiculez. Un hombre extraordinario en todo sentido. Un gran señor, un caballero integral, de una generosidad, de un señorío, de una fortaleza… Creo que la fuerza que tengo se la aprendí en gran parte a él. Fueron 17 años maravillosos. Me ayudó a educar a mis hijos, ellos tienen su impronta.

M.I.R.: ¿Ha pensado en escribir la historia de los apasionantes altibajos de su vida?

G.Z.: Creo que fui la primera mujer secuestrada en Colombia en el año 74. Me secuestraron con Andrés. Cuando salimos me dijeron que escribiera mi vida. Por favor: vivo demasiado ocupada viviendo, trabajando… ¿De donde saco tiempo para escribir la historia de mi vida?

M.I.R.: Usted no ha escrito ese libro, pero se lo han escrito. Por ahí anda uno de Plinio Mendoza, en el que de manera novelada, se narra la historia oculta y cuasilegendaria de los orígenes familiares de una mujer que se supone que es usted…¿Lo registra?

G.Z.: Sobre el libro de Plinio sólo le contesto una cosa: Vivo absolutamente orgullosa de los genes con que nací. Los que me transmitieron mi padre y mi madre. Eso es lo que me hace diferente. Me da mi fuerza y mi tenacidad. Si no, sería una más de las múltiples mujeres que hay aquí, jugando bridge y canasta. M.I.R.: ¿Cambiaría algo de la vida apasionante que ha tenido?

G.Z.: Absolutamente nada. Ni un solo instante de ella.
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