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| 5/24/2011 12:00:00 AM

Camina cuatro días para estudiar dos

Crónica del estudiante indígena Emberá- Chamí que sale desde las montañas para llegar a un salón de clases.

Pablo Emilio, indígena Emberá Chamí, sale de las encumbradas montañas de la Cordillera Occidental de Risaralda. Lleva consigo una mochila y una toalla en sus hombros. Como lo hicieron sus ancestros caminar es parte de su condición de vida. Antes que hubiera apostado por labor alguna, definió ser docente, y su decisión implica recorrer largos trayectos desde el resguardo de Puerto de Oro hasta el municipio de Mistrató para llegar al salón de clases del programa de Pedagogía infantil de la universidad Tecnológica de Pereira donde recibe clases para seguir fortaleciendo su labor formativa. Camina cuatro días y estudia dos. Dos para venir desde su resguardo y dos más para volver, mientras el fin de semana, viernes por la noche y sábado todo el día se la pasa en las aulas.

En Purembará, el resguardo más grande de los Emberá en Risaralda, el micro fútbol es un ritual, casi tan sagrado como cantar el himno nacional en la lengua Emberá-chamí y tan aceptado como las manillas y collares hechos con chaquiras portaestandarte de la identidad de los indígenas. El micro es un encuentro de cuerpos, un juego más para pasar la tarde en las montañas de Risaralda. Pablo Emilio, luego de haber caminado 8 horas continuas desde el resguardo de Puerto de Oro, todos los jueves cuando va a estudiar, se suma a la recocha, juega de defensa.

Cerca de 500 personas de indígenas se concentran en la cabecera del resguardo, y en sus alrededores unas 7000, la base como le llaman, se encuentra dispersa a lo largo y ancho de las montañas, en la base los jaibanás o sabios –mayores- hacen del compartir con los demás su forma de vida. Hay un internado con 150 estudiantes, legado de la cultura colonizadora de los españoles. Purembará en nuestro idioma quiere decir puro-emberá, El internado era manejado por monjas, se fueron hace 12 años a causa de una tragedia que generó un malestar con la comunidad.

Para los indígenas Emberá, caminar es parte de su forma de vida, se han hecho transitando las montañas de Colombia, en especial la Cordillera Occidental y también la central. Lo mismo hace Pablo Emilio quien para estudiar recorre dos días a pie para llegar al sitio donde le dan clases, para él es parte de la cotidianidad, quienes observamos el paso creemos que es una verdadera osadía, un acto de entrega y de amor por el conocimiento, una forma de hacer lo necesario por encontrar un espacio para relacionarse con la cultura occidental. Es un festejo a la dedicación y una dicha placentera por asistir a un salón de clases. Pocos estudiantes en Colombia se demoran dos días para llegar a su salón. Pablo Emilio camina unas 20 horas por una serie de montañas entre trochas y caminos de arrieros, luego se monta sobre la parrilla de un jeep Willys unas cinco horas, con un paisaje que demuestra la exuberancia de las riquezas naturales y paisajísticas del país. Camina para estudiar y estudia para aportarle a su comunidad, así ha hecho su trayecto: con esfuerzo para abrir otros caminos: el de la formación.

Pablo Emilio es profesor en el resguardo de Puerto de oro, un lugar que se encuentra en el centro de varios valles, sobre el costado de un filo, queda cerca a la mina, baluarte de los mestizos y blancos, dueños del brillante metal quienes explotan la zona y como si estuviéramos en la época de la colonia se lo llevan y poco o nada es lo que les queda a quienes habitan el territorio. Limita con el departamento de Antioquia y de Chocó. En la mina los indígenas trabajan sólo por 14 mil pesos el día, a sabiendas que un gramo de oro puede costar 10 mil; los indígenas dicen no extraer el oro por principios, ya que consideran a la naturaleza un ser al que hay que respetar y porque aunque se encuentran en su territorio las minas son de otros. Fredy Arce gobernador indígena de los resguardos de Mistrató, en un consejo indígena, relató cómo quieren formular un proyecto que les permita explotar los minerales. Trabajan por la unidad, la soberanía alimentaria, el fomento de la producción y el expandir la ley de orígenes, carta de navegación de su cultura.

300 habitantes pueblan el resguardo, Pablo Emilio da clases a los estudiantes de 4º a 5º de la básica primaria a 37 niños, hace dos horas y media que tocó la campana grande con la que anuncia el abrir de una escuela con tres salones. Los niños han llegado como todas las mañanas entusiastas a recibir lo que sus maestros le profesaran, son un total de 73 niños para dos profesores, llegan de 4 a hasta los 12 años de edad, hacen hasta 5º grado de primaria por la falta de unas mejores instalaciones y los más chicos no pueden asistir porque no hay un profesor de preescolar. La escuela –su estructura-, una especie de cajón fue donada por la brigada 8ª del ejército en 1983, hechas con tejas estadounidenses que sirven de paredes, cuentan con 7 computadores e internet, pero como no ha ido el técnico a revisar desde el 2009 no han podido navegar. Lo vital de las paredes es una frase escrita por Pablo Emilio hace cuatro años cuando llegó: “Sin arte no hay belleza, sin belleza no hay ternura. Sin ternura el hombre está perdido”.

“El tablero está listo”, dice uno de sus estudiantes, luego Pablo les ofrece un saludo efusivo en Emberá, y explica una serie de multiplicaciones de tres y cuatro cifras, al cabo de una hora y media les pone ejercicios y espera preguntas de sus estudiantes, a eso de las 9:00 am reciben una leche con un pan dulce dado por el Bienestar Familiar con el objetivo de mejorar la nutrición de los menores. Su compañero, el profesor Arnoldo Ziagama, licenciado en Antropología y Lingüística sabe que a las 10:00 am en punto debe hacerle la doble, es decir, cubrirlo, porque Pablo sale rumbo a Purembará, no puede retirarse más tarde porque es necesario llegar de día.

Pablo Emilio es padre de cuatro hijos, dos de ellos, de once y trece años pasan de lunes a sábado en el internado, a veces hasta de largo, o sea hasta las vacaciones, pues Pablo y su compañera los visitan el domingo, día que cuentan con unas horas para caminar hacia el resguardo. Los otros dos hijos son de cinco y tres años, aprenden más que cualquier niño de la ciudad, sobre todo el de 5 a su edad hace las mismas largas caminatas que sus papas, el pequeño goza de ser transportado en las espaldas de sus madres, quienes cargan en la comunidad Emberá son las mujeres.

Según cálculos del gobernador indígena de Marmato Caldas, Mario Restrepo, los Emberá pueden ascender a 200 mil integrantes, un promedio que lo ubica como el tercer grupo indígena más grande del país.

Pablo Emilio se levanta a las 5:00 de la mañana, se toma una taza de agua de panela hecha en el fogón de leña y la saca de la olla tiznada que hace poco puso a calentar, mira hacia al horizonte desde su casa hecha en tabla, y divisa la extensa montaña que lo aguarda para empezar a caminar unas tres horas más tarde. Se baña con una coca en el patio y espera el desayuno, casi siempre es arroz, base de la alimentación de la comunidad. Se perfuma, se coloca una camisa a cuadros y sus implementos artesanales, con un ademán se despide de su compañera y a sus hijos les da un beso. Saca sus libros y pasa al frente donde está la escuela, llegó hace 5 años, luego de estar haciendo reemplazos como docente en Purembará, hoy en día se encuentra nombrado en provisionalidad y espera que lo ratifiquen como docente.

Da la clase, antes ha dejado una mochila de fique en su casa y en un maletín las pertenencias y utensilios necesarios para ir a las clases a la universidad, cuenta que al resguardo llegó la noticia de que la universidad estaba ofreciendo el programa de Licenciatura en Pedagogía Infantil y la organización lo eligió a él. El respaldo de su colectividad es la de abrirle los espacios y difundir la información y emitir mensajes aleccionadores para quienes estudian, el monto de matrícula, pasajes y demás sale de su bolsillo, se gana $600.000 mensuales y en sus recorridos de cada 8 días gasta la cuarta parte de su sueldo. Eso no lo mortifica, aunque ha adquirido una deuda con el ICETEX que en un futuro tendrá que pagar, lo que le importa es poder mantenerse. Las cuentas no le salen, pero insiste en que no le preocupa. Además de gastar $150.000 en viáticos, debe $ 500 mil a Alex, el dueño del restaurante donde almuerza, desayuna, come y duerme cada 8 días. En febrero de este año pagó 350.000 que debía.

Cambia la camisa de cuadros claritos por la del deportivo Pereira, se pone las botas pantaneras, lleva dentro de su mochila un frasco con agua y un poco de azúcar con la cual mitigará la sed de las horas de camino. En el trayecto gozará de cientos de arroyitos y de varias quebradas de las que surtirá para beber. Esta vez su compañera le acompañará al pueblo porque esperan llevar a su hijo menor Cristian Armando a unos controles donde el médico. Pablo Emilio habla poco, es calmado. Refleja una timidez, propia de muchos de los indígenas, y un carisma tan grande como su voluntad. Sale casi a las 10y15 am, mira el filo, una subida bien prolongada, la primera de varias que subirá hasta llegar a Purembará.

Quienes le acompañamos tardamos hora y media en subir, Pablo Emilio en sus jornadas cotidianas tarda entre 30 y 40 minutos. Puerto de oro se encuentra en un cañón, cerca de los ríos Batató y Totumo. El oro produjo el cambio de nombre. Pablo camina atrás, su compañera va a adelante, es una forma de marcar el ritmo, él no la acosa, sigue su paso. El resguardo queda a unas 18 horas continuas de Mistrató, no tiene acceso para carros y el medio más usado son las mulas.

Al subir el filo hay varios caminos. Uno de los acompañantes menciona como más en la montaña hay una comunidad de Emberás que conservan sus rituales ancestrales intactos, y poco contacto han tenido con los demás, usan taparrabos y no hablan español, viven de la naturaleza y no les gusta recibir a extraños. El tesorero del cabildo, Samuel Restrepo, estudiante de 7º semestre de Etnoeducación, afirma: “Tenemos que aprender del occidental y articularlo con nuestra identidad”, lo dice, y evoca como otras tribus indígenas del país han salido en la televisión, han escrito libros, pero de ellos muy pocos, entonces, Fredy el gobernador comenta: “Los periodistas nos han dejado muy mal ante la opinión, nos muestran como actores de una guerra que no nos pertenece”.

Pablo Emilio camina admirando lo que ve en su recorrido, se ha detenido en un gran árbol, lo llama el árbol-casa, en la parte de abajo tiene una abertura en la cual, dice, uno se puede quedar cubriéndose de las inclemencias del ambiente, y hasta instalar un sitio para vivir. Van tres horas de camino y falta más de la mitad, hemos dejado la mina, un sitio que lleva a otra exploración minera de oro y de carbón, avanzamos para llegar a Currumay medio, una zona donde hay una escuela, sin ventanas, con niños revoloteando porque están en la hora del almuerzo. Currumay se encuentra a 4 horas de Purembará, en la zona viven unas 120 personas y unas 200 en la base.

Se creía que los indígenas no eran humanos, y que una forma de humanizarlos era abriéndoles la puerta de dios, del dios judeo-cristiano. Ese legado quedó en Purembará, allí el padre claretiano Betancurt, gestor de los internados, decía: “a los indios hay que hacerles el bien así sea a las malas”.

Pablo camina por las buenas, su decisión le permitió asumir el reto de dar el paso de estudiar en la universidad, de caminar y caminar, de invertir un promedio de 34 horas caminando a sabiendas de recibir 16 horas de estudio. Hemos llegado a Tabá, una larga subida después de haber dejado a Currumay hizo del camino extenuante, dos horas demoró para varios este nuevo trayecto, Pablo lo hace en una y en 45 minutos, la lluvia incesante acompañó la cima prolongada, a la vista las montañas majestuosas hacen que nos sintamos diminutos, como perdidos en la inmensidad, mientras que Pablo va adquiriendo los dotes de un héroe que se levanta pensando en los suyos y en su propio bienestar al caminar.

Dos indígenas ancianos, de unos 80 o 90 años ocupan una de las casas, más arriba se estila el viche, la bebida alcohólica extraída de la caña, propia de los emberá. Faltan unas 2 horas de camino, para llegar a Purembará. El viche ha causado tragedias en las comunidades, muchos de ellos luego de haber ingerido varias botellas caen a los abismos o protagonizan peleas, por ello, hay un decreto en varios de los resguardos donde se prohíbe su consumo. A Pablo le gusta más el jugo de uva cuando hace calor y “un tintico si hace frío”.

Luego de la subida de Tabá de unas dos horas, llegamos al Bordó. A una hora y media de llegar a Purembará. Pablo Emilio recuerda que en febrero del 2010 estuvo enfermo de Paludismo. Un mes tuvo que estar interno en el hospital de Mistrató. La humedad de la selva ha causado estragos en él. En el hospital lo atendieron y le dieron la pasta para la malaria. Las botas que tiene desde hace 5 años con las que camina ya están ajadas y la humedad le ha carcomido parte de sus piernas, sin embargo, dice que no dejará de caminar para estudiar. Como al personaje de La Vorágine, Arturo Cova, a Pablo Emilio la selva le ha generado estragos.

El paso se acorta, en un filo donde se divisa la espesura del bosque Pablo Emilio nos señala que antes de llegar al resguardo se va a quedar donde su mamá, le dará vuelta a la huerta que tiene de la cual saca una serie de cultivos que le permite contar con un dinero extra, pero ahora con las lluvias no ha podido obtener nada. Después de revisar el platanal se alistará para hacer las actividades de la universidad, no sin antes jugar un encuentro de micro.

La despertada es a las 5:00 de la mañana del viernes. Unos 15 indígenas bajan desde sus casas del resguardo de Purembará hasta el Mandarino quienes van a clases a la universidad a programas como Licenciatura en Etnoeducación y desarrollo comunitario, Tecnología industrial o Pedagogía infantil. Estos programas se ofrecen desde hace cuatro años en varios de los municipios de Risaralda.

La bajada dura una hora y media de caminata por una pendiente, la subida al retorno es de unas 3 horas. Pablo Emilio lleva de nuevo su toalla en el hombro para secarse el sudor, al bajar, casi que corre se le ve salir un collar de plata con una lagartija como accesorio. Mientras bajamos nos cuenta cómo perdió dos de sus de sus doce hermanos.
Un día, por la década de los años 80 en el resguardo las monjas pusieron a los niños entre 5 y 10 años a hacer una banqueo, para hacer una huerta, como el terreno era inestable y el día anterior había llovido, mientras escarbaban y tiraban la tierra se desprendió un barranco y dejó sepultado a 9 niños que murieron. Dos de ellos hermanos de Pablo Emilio. Las monjas tuvieron que abandonar el internado porque la comunidad reclamaba que la responsabilidad de las muertes había sido de las monjas.

Luego de la hora y media de la caminata esperamos el jeep. A las 8:00 de la mañana nos recoge. Unas treinta y cinco personas nos hemos acomodado. Pablo tuvo que sentarse en la parrilla en la parte del capacete del Jeep. El recorrido permite la interacción entre los que viajamos. Se cuentan historias.

Al llegar a Mistrató Pablo va hacia el hotel donde se hospeda en el restaurante Alex. Debe allí 500 mil pesos, pero cuando le llegue el sueldo abonará, espera también que salga la cosecha de yuca y frijol para venderla. Van en tercer semestre de la licenciatura, le faltan 7 semestres, el promedio de horas caminadas por semestre es de 512 horas, lo que quiere decir que le esperan unas largas jornadas de caminata. Hace 35 años se les prometió a los indígenas una vía, pero ni siquiera la tienen para llegar al resguardo mayor de Puremabará, así que no hay más que caminar.

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