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| 1/14/2017 12:00:00 AM

Alerta: campaña presidencial a la vista

Este año será un periodo de confrontaciones duras en el que se definirá quiénes competirán con opción por la Presidencia en 2018. Así se movería el ajedrez.

Si 2016 fue el año del proceso de paz, el que comienza será uno de política preelectoral. La agenda noticiosa estará cada vez más copada por los movimientos de los partidos y aspirantes con miras a las elecciones de 2018. La fecha parece aún lejana, pero la campaña electoral se anticipó por varias razones.

El inusual anuncio del presidente Santos de nominar a Óscar Naranjo como sucesor de Germán Vargas Lleras es un banderazo para la maratón electoral que se avecina. Sin que el actual vicepresidente hubiera renunciado, su jefe inmediato precipitó la noticia, que de todos modos estaba más que cantada en el mundo de la política. Vargas se retirará del gobierno a comienzos de marzo, unas semanas antes de inhabilitarse legalmente, para preparar su candidatura presidencial, respaldada por su partido Cambio Radical. Ya está, prácticamente, en el ruedo.

Pero no es el único lanzado en forma temprana. Ya en 2016 el Centro Democrático había anunciado en forma oficial que su abanderado saldrá de la tripleta compuesta por Óscar Iván Zuluaga, Iván Duque y Carlos Holmes Trujillo. Desde mediados del año, el senador Juan Manuel Galán pidió una consulta en su partido, el Liberal, en la cual va a tomar parte. En la izquierda, el senador Jorge Enrique Robledo también se había postulado como precandidato del Polo Democrático. Y en diciembre, en la semana entre Navidad y Año Nuevo, tal vez la de menos visibilidad para un acto político, la senadora Claudia López se anticipó a la llegada de 2017 con el anuncio de su postulación dentro de la Alianza Verde.

Y faltan datos que se concretarán pronto. En La U hay una baraja amplia de la que forman parte el embajador en Washington, Juan Carlos Pinzón, el ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri, el senador Roy Barreras y Sergio Díaz-Granados. En las toldas azules Marta Lucía Ramírez, el exprocurador Alejandro Ordóñez y el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, están deshojando la margarita. Otros liberales están tramitando sus tribulaciones en el alma, como Humberto de la Calle y el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo. A la ministra del trabajo, Clara López, se le ve contenta en su cargo, pero no esconde su tentación de repetir candidatura. Y el exalcalde y exgobernador Sergio Fajardo está haciendo con juicio la tarea de construir una organización política, y hace rato que camina como candidato, habla como candidato y posa como candidato.

La lista es extensa: ronda la veintena, y aún faltan decisiones en otros partidos y organizaciones y en la fuerza política que formarán las Farc. Un número alto, que en los próximos 18 meses se irá depurando para llegar, en junio de 2018, a la pareja que disputará la Presidencia en la segunda vuelta. Aunque es natural que al comienzo del proceso proliferen las opciones, varios motivos explican que en estos momentos en el país haya tanto indio y tan poco cacique. O, lo que es lo mismo, tantos aspirantes y tan pocos favoritos. El hecho de que con Santos termina una era de dos periodos de ocho años –por la figura de la reelección que no regirá en el futuro- ha represado opciones que ahora se están liberando.

La atomización de aspirantes también está relacionada con la confusión que reina en el ambiente político. La profunda polarización, la incertidumbre que dejó el inesperado triunfo del No en el plebiscito y la debilidad de los partidos obligan a pensar que la pelea será dura y hasta caótica. Ya en las elecciones presidenciales de 2014 y en el plebiscito de 2016 se anticiparon algunos de los fenómenos que han escandalizado al mundo por su capacidad de hacer daño en las competencias electorales. El actual debate en Estados Unidos sobre espionaje, hackers y mentiras en la disputa entre Donald Trump y Hillary Clinton ya se había manifestado antes en Colombia.

En 2014 la captura del hacker Andrés Sepúlveda –contratado por el equipo de Óscar Iván Zuluaga- y las infiltraciones de otros espías en esa misma campaña habían mostrado lo que puede esperarse en materia de intervenciones tecnológicas. Y la célebre entrevista del gerente de la campaña del No, Juan Carlos Vélez, en la que aceptó que había diseñado mensajes estratégicos engañosos, también había anticipado que en estos tiempos los electorados no valoran la verdad. La sorpresiva victoria de Trump se explica, al menos en parte, por haber entendido esta realidad. Llegó a decir, durante casi toda la campaña y contra toda evidencia, que Barack Obama no había nacido en su país.

Si estos fenómenos han llegado a presentarse en un escenario de gran fortaleza institucional como Estados Unidos, habrá que encender una luz de alerta sobre cuáles serán las reglas de juego de la campaña que se avecina en Colombia. Sobre todo con los antecedentes de los últimos años, en los que la política ha girado más en torno a personas y, sobre todo, a la enemistad entre Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe. Los partidos, casi sin excepción, han perdido el norte y se han debilitado para cumplir su función natural de articular intereses, aglutinar proyectos colectivos y liderar causas nacionales. En el proceso de decantación de candidaturas, pocos auguran un alto nivel de fidelidad de los partidos y se podría esperar, más bien, todo tipo de coaliciones. No será un debate tranquilo ni ordenado.

La fragmentación es la regla generalizada. En un extremo hay partidos, como el Conservador y el Polo Democrático, que ni siquiera han podido decidir si están en el gobierno o en la oposición. Mientras los azules tienen ministros en el gabinete y su bancada en el Congreso está alineada con la coalición de gobierno, sus más visibles precandidatos –Marta Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez– ejercen una dura oposición. En el Polo, las diferencias entre Clara López y Jorge Enrique Robledo sobre la manera de apoyar el proceso de paz los tiene al borde de la ruptura definitiva. La ministra de Trabajo considera que ese apoyo justifica su presencia en el gabinete, mientras para Robledo –exponente de la tradición verbal que utiliza hipérboles y exageraciones- eso significa ser parte de una de las peores administraciones de la historia.

La Unidad Nacional, por su parte, no llegará hasta 2018. En el papel, esa nunca fue la idea. Es una alianza parlamentaria que le ha funcionado como un reloj suizo al presidente Santos. Gracias a la coherencia de estas mayorías, el actual mandatario ha podido sacar adelante todo lo que ha querido en materia legislativa. La refrendación de los acuerdos con las Farc y la reforma tributaria son apenas el último ejemplo. Si Santos en las encuestas hace rato tiene el sol a las espaldas, en el Poder Legislativo ha logrado asegurar gobernabilidad. Sin embargo, la alianza de La U, los liberales, Cambio Radical y el Partido Conservador no operará en la próxima competencia electoral. Al menos en las primeras etapas de la campaña cada uno de esos partidos intentará construir un candidato único con posibilidades de llegar a la segunda vuelta.

Cambio Radical y los liberales tienen la relación más difícil entre los partidos que han acompañado a Santos. Germán Vargas y quien finalmente represente a los rojos se van a golpear con fuerza. Menos hostil será la competencia entre La U y los liberales, hasta el punto de que algunos miembros de ambas colectividades han planteado una elección interpartidista para ir a la primera vuelta con un aspirante único, que tendría mejor opción de llegar a la final.

Varios candidatos consideran, sin embargo, que esta no será una elección favorable para las opciones que provengan de los partidos. Que, en otras palabras, a Colombia le podría llegar la hora de la rebeldía de moda contra el establecimiento tradicional. La de aspirantes que encarnen la rabia contra la forma como se ha ejercido la política y que logren apoyos significativos con actitudes indignadas y propuestas de cambio.

¿Quiénes son? Sergio Fajardo pertenece a este grupo: siempre ha jugado con la camiseta –o los jeans- del outsider. Clara López tiene formas y hace discursos propios de los ‘emberracados’. Juan Manuel Galán considera que su mejor activo –su apellido- le permite jugar en este campo por la asociación que pueden hacer los electores con la rebeldía del Nuevo Liberalismo. Aquí también jugará Marta Lucía Ramírez, con su argumento de que cuenta con el respaldo de las bases del Partido Conservador en contraposición a las interesadas posiciones de quienes conforman su cúpula.

La antipolítica no es la única bandera rentable en esta etapa de precalentamientos. Después del triunfo del No en el plebiscito, de la dirección que han tomado las corrientes internacionales más recientes, y del intenso debate que produjo el proceso de paz con las Farc en 2016, el electorado podría derechizarse. Las iglesias evangélicas demostraron una capacidad de movilización electoral que, más allá de su caudal, puede resultar definitiva. La mayoría de los candidatos preferirán posiciones cautelosas en asuntos como los derechos de las parejas del mismo sexo y todo lo que pueda ser utilizado en su contra por la supuesta “ideología de género”. Falta ver, eso sí, si es posible repetir en 2018 la convergencia de Iglesias que produjo la campaña por el No.

La percepción de que la derecha está fortalecida conduce a concluir que el Centro Democrático tiene asegurado un cupo para el balotaje. Sus victorias en la primera vuelta de 2014 y en el plebiscito los tienen empoderados, lo mismo que el liderazgo de opinión que conserva en las encuestas su jefe natural, el expresidente Álvaro Uribe. Si esa hipótesis se consolida en los largos meses que vendrán antes de las elecciones –en los que todo puede cambiar- también habría que plantear que el otro cupo lo puede ganar quien sea capaz de congregar una alianza de centro-izquierda.

Sería una especie de tercera ronda, después de 2014 y del plebiscito, entre antiuribistas y el Centro Democrático. Este escenario sería complejo para el candidato de Cambio Radical, Germán Vargas Lleras. El exvice parte con una aureola de favoritismo producto de su sólido registro en las encuestas, los resultados que puede mostrar en su gestión en el campo de la infraestructura, y la maquinaria que consolidó su partido en las últimas elecciones regionales. Pero si la batalla definitiva vuelve a darse entre coaliciones de centro-izquierda y centro-derecha podría tener problemas para encontrar un lugar. Demasiado santista para que lo acepten los uribistas y muy de derecha para liderar una alianza de centro-izquierda.

Eso dependerá de si estas elecciones vuelven a girar en torno a la paz. Varios candidatos quieren pasar esa página. Algunos de los que ya están en el ruedo prefieren hablar de estrategias contra la corrupción, de proyectos contra la desigualdad y de planes de educación. Sin embargo, la paz será un tema ineludible. Por una parte, porque el uribismo intentará sacar réditos de las dificultades con las que se tropezará la implementación de los acuerdos. De otra, porque habrá candidatos –en la U, el liberalismo, el Polo- que defenderán la paz y buscarán canalizar apoyos con el reconocimiento de lo logrado.

Si Humberto de La Calle logra el respaldo de La U y del liberalismo, podría aspirar a presentarse como la opción apropiada para culminar con éxito el proceso con las Farc. Esa sería su apuesta, aunque se tropezaría con la demanda de otros aspirantes de esos partidos para que haya consulta interna. Una batalla más apropiada para novatos en la competencia presidencial –Cristo, Galán, Barreras, Pinzón- que buscan posicionarse, que para un veterano como De la Calle.

Y aunque es poco probable que las Farc presenten un candidato presidencial viable, lo lógico sería que aprovechen el escenario para consolidarse como partido o como fuerza política. Tendrán opciones como construir alianzas, consolidar apoyos regionales, promover figuras y contribuir a elegir un presidente a salvo de tentaciones de echar para atrás el proceso. Habrá que ver cómo mueven sus fichas, pero aun si no juegan un papel definitivo, pueden desempeñar un rol relevante para su propio futuro.

La campaña que se inicia en 2017, pero que en realidad se llevará a cabo en 2018, tiene amplias posibilidades de apartarse de las costumbres tradicionales. El panorama es de riesgo desde el punto de vista institucional, e impredecible en lo que se refiere a la competencia política. Lo que estará en juego es trascendental, y va mucho más allá del nombre de quién sucederá a Juan Manuel Santos en la Presidencia de la República. 

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