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| 5/26/2014 4:50:00 AM

Campanazo para el presidente

Parecía imposible que un mandatario en ejercicio perdiera la reelección. ¿Cómo se explica la derrota de Juan Manuel Santos?

Sorprendente. No de otra manera se puede calificar la derrota de Juan Manuel Santos. En teoría la reelección está diseñada para favorecer al mandatario en ejercicio, quien goza no solo de reconocimiento sino del aparato del Estado para desplegar su campaña. Desde 1985 en América Latina solo dos presidentes-candidatos han fracasado en reelegirse: el nicaragüense Daniel Ortega  en 1990 y el dominicano Hipólito Mejía en 2004. En Estados Unidos también han sido solo dos: Jimmy Carter y Bush padre. De resto, la reelección ha sido prácticamente automática, sobre todo en el Tercer Mundo. Hasta hace apenas dos meses esa ventaja institucional se reflejaba en las encuestas: Santos alcanzó a triplicar en intención de voto a Óscar Iván Zuluaga. ¿Qué pasó entonces?

La campaña de Santos tuvo errores estratégicos y se enfrentó al escepticismo de los colombianos frente al proceso de paz y a la inmensa popularidad del  expresidente Uribe. A eso se sumaban dos amenazas: los bajos niveles de la intención de voto por el presidente, que no superaron el 30 por ciento y un creciente rechazo a la figura de la reelección que llegó a ser del 77 por ciento. Con esas cifras era posible una tercería. Inicialmente se pensaba que Enrique Peñalosa era el hombre. Pero su candidatura se desinfló (ver artículo). Y ahí sucedió lo que nadie esperaba: apareció el zorro. 

Con una excelente campaña de publicidad, el apoyo de Uribe y algo de guerra sucia, Zuluaga logró que Santos quedara de la noche a la mañana empatado en las encuestas. Son múltiples las razones por las cuales Santos dilapidó la ventaja de ser el gobernante en ejercicio. En primer lugar, su publicidad no tuvo un mensaje coherente. Los colores, logos y énfasis cambiaron en varias ocasiones, incluyendo la errada decisión de apostarle al nombre de ‘Juan Manuel’, y no a su apellido, como los colombianos lo identifican.

Una segunda explicación es más ideológica. Las reelecciones son tradicionalmente plebiscitos sobre la gestión del mandatario.  Santos fue elegido con la mayor votación de la historia en 2010 para continuar las políticas de centroderecha de Álvaro Uribe. No obstante,  su decisión de abrir negociaciones de paz con las Farc, con la Ley de Víctimas que requería, movieron la agenda presidencial hacia la izquierda. Con esto, Santos perdió buena parte del apoyo de la derecha y de la centro derecha.

Para mala suerte del candidato-presidente los resultados positivos de su gobierno, particularmente en materia económica, no tuvieron mayor impacto en la campaña. No se sabe si fue por fallas en comunicación o porque la macroeconomía no afecta el día a día del colombiano de a pie, pero el hecho es que las cifras que fueron objeto de admiración internacional no tuvieron relevancia.

Por lo anterior, a pesar de haber hecho un buen gobierno tres razones tuvo la derrota del presidente el domingo: la maquinaria lo dejó colgado, la paz no alcanzó a ilusionar como se esperaba y el poder hipnótico del expresidente Uribe sobre el país.

La campaña tuvo varios momentos que incidieron en el resultado. El nombramiento de Germán Vargas como vicepresidente según las encuestas no sumó. Vargas Lleras hizo una labor titánica al recorrer medio país para hacer proselitismo con los jefes regionales. Hizo ese trabajo como si él mismo fuera el candidato, lo cual fue una prueba de lealtad para un hombre que efectivamente hubiera podido serlo. 

Otro momento clave fue el escándalo Comba-Rendón-Chica, que se convirtió sin dudas en el golpe más duro a Santos ante el hábil manejo de los uribistas. Tener dos hombres cercanos a él acusados de recibir 12 millones de dólares de unos narcotraficantes se convirtió en uno de los mayores escándalos de este gobierno. Aunque el presidente había rechazado la oferta y queda por establecerse si la entrega de esa multimillonaria suma era verdad o no, el episodio tenía una horrible presentación. Si a esto se le suma que el expresidente Uribe afirmó que 2 de esos 12 millones de dólares habían ingresado a la campaña, entraba en el escenario el fantasma de un nuevo elefante.  Uribe eventualmente reconoció que no tenía pruebas sino información, pero el daño estaba hecho.

Ante esa emergencia Santos tomó dos decisiones: aliarse con Petro y nombrar a César Gaviria jefe de debate.  Lo primero fue un desastre. A pesar de que lo presentaron como una coalición por la paz para la segunda vuelta, era difícil venderles la idea a santistas y a petristas. Los dos se habían descalificado duramente pocas semanas antes. El abrazo a 15 días de las elecciones sonaba oportunista e innecesario. La izquierda de todas maneras iba a apoyar el proceso de paz en la segunda vuelta. Aunque nunca se sabrá a ciencia cierta qué tanto contribuyó Petro, es evidente que muchos votos santistas se perdieron con esa alianza.

La entrada de Gaviria en el tramo final tampoco fue exenta de controversia. Uribe se había quedado sin contendor en la plaza pública y se requería una persona de talla presidencial para neutralizarlo. A Santos le convenía proyectarse como la contraparte de Zuluaga y no de Uribe, y por lo tanto el nombramiento era lógico. Gaviria dijo verdades sobre Uribe que nadie se había atrevido, aunque pasó la raya cuando dijo que había “campañas que tienen las manos untadas de sangre”.  

En ese momento surgió el escándalo del hacker. La atención que se había centrado en la controversia alrededor de J.J. Rendón y Comba, se desplazó a Sepúlveda y su combo. Eso puso a Zuluaga a la defensiva y cambió la dinámica de la campaña. Pero eso acabó siendo un boomerang porque la opinión lo consideró guerra sucia y se solidarizó con el candidato del Centro Democrático.

Santos la semana pasada cometió un error. Firmó la solicitud de extradición de María del Pilar Hurtado, la directora del DAS de Uribe asilada en Panamá. Aunque el tema no era de interés nacional, y esa solicitud tenía cierta lógica, el hecho de hacerlo días antes de las elecciones dejaba un sabor de retaliación.

Paradojicamente, la última semana tal vez fue la mejor para el presidente. Tras rehuir los debates por meses, accedió a enfrentar en horario estelar a sus contendores. Aunque las dos candidatas, Clara López y Marta Lucía Ramirez, dieron la sorpresa, a Santos le fue muy bien. Lo que se perfilaba como una gavilla contra él, terminó siendo un espacio donde se mostró tranquilo, seguro de sí mismo y pudo mostrar su experiencia como gobernante. Daba la impresión de un hombre que estaba celebrando por anticipado su victoria y no de uno que iba ser derrotado 24 horas después.

Perder la primera vuelta no significa perder la Presidencia. Horacio Serpa y María Emma Mejía le ganaron ese primer round a Andrés Pastrana, pero fueron derrotados al final. El resultado dependerá en parte de las alianzas que se armen esta semana. Los colombianos que creen que el país nunca ha estado más cerca de la paz van a sacar su artillería para enfrentar el uribismo. En esa categoría están el petrismo, el Polo Democrático y eventualmente los Verdes. Ante su excelente resultado, no se descarta que Marta Lucía apoye oficialmente a Zuluaga. En cuanto a Peñalosa, aunque le ha dado su apoyo al proceso de paz y se anticipa que votará por Santos, no se sabe si adhiera públicamente a la campaña del Palacio de Nariño.

Lo que nadie discute es que la campaña que había sido descrita como la más aburrida de los últimos años se volvió la más emocionante. Tampoco era cierto que se trataba de una elección sin programas y con insultos. Esta será una de las pocas contiendas en las que los programas van a definir el resultado. Porque en el fondo se trata de un enfrentamiento entre quienes creen que el proceso de paz de Santos es la entrega al castro-chavismo y los que piensan que nunca el país ha estado más cerca de terminar con medio siglo de conflicto.

Curiosamente Santos, que no ha sido un buen comunicador, tuvo un buen momento en el discurso en que aceptó su derrota. Después de felicitar a su contendor, con un tono sereno pero enérgico anunció que la segunda vuelta sería un mano a mano entre varios elementos: la paz y la guerra, la esperanza y el miedo, el pluralismo y la unanimidad, el Estado de derecho y el todo vale. Para un hombre que nunca había conocido la derrota, su discurso fue un grito a sus seguidores. No hubo agresividad ni revanchismo, pero sobre todo logró mantener viva la llama de su campaña en medio de la tormenta.
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