Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/12/25 00:00

Candelaria

Está próximo a salir el más reciente libro de Germán Castro Caycedo, una novela sobre las relaciones entre las mafias del mundo y las colombianas. SEMANA presenta un capítulo

Candelaria

Es el mejor libro que he escrito en mi vida”. Esta frase en boca del prolífico y consagrado periodista Germán Castro Caycedo anuncia la calidad de obra que es su primera novela, Candelaria, que saldrá a la venta en librerías a finales de esta semana.

Es ficción y no es. Porque si bien es una historia de amores imposibles, también es el fruto de una investigación de muchos meses en varios países. Castro estuvo en Rusia y se metió en los vericuetos de las mafias que allí operan, fue a México y descubrió cuán independiente se volvieron sus carteles de los colombianos, encontró vínculos con la ’Ndranguetta y otras mafias italianas y las claves de cómo el gigantesco negocio del tráfico de drogas tiene socios en todo el mundo, aunque haya sido Colombia el único señalado por tantos años.

Entre otros hallazgos de Castro está la constatación de que no fue el ‘submarino’ en construcción encontrado en Facatativá el único que existió, sino que ya siete otros sumergibles habían llevado cocaína hasta Rusia; supo de ‘cocinas’ a montón en el norte de Argentina y que el centro de acopio más importante de heroína en el mundo es Australia.

SEMANA reproduce el primer capítulo de esta emocionante novela que sucede simultáneamente en Colombia y en Rusia.



Capítulo 1



El muro del frente podía estar a menos de dos pasos. Muros verdes, techo blanco. Sus manos atadas a la cama. Arriba sonreían máscaras que luego dejaban ver las caras. Allí estaban todos: Emilio, Valentina Nicolaiévna, Santos, Colette, Nadia Stepánovna con su cabeza cuadrada. El sargento Moore. El Barón Rojo llevaba un caldero y dentro del caldero un cadáver dividido. Luego miles de partículas de espejo y en cada una el rostro de Frank. Las secuencias se proyectaban según la intensidad de los recuerdos, pero la historia era coherente. ¿Acaso había enloquecido?

No había ventanas y cuando afuera debía alumbrar el sol, veía el campo de desterrados en Siberia y las caras envejecidas por la noche permanente. La cocaína había partido del Caribe a bordo de un submarino soviético que navegó hasta el Báltico y la puso en manos de la banda Tambovskaya. Sobre las crestas de las olas volaba una jauría de lanchas vestidas con capas azules como la coloración del mar.

Posiblemente estaba atardeciendo. Ahora veía las playas de Vietnam erizadas de agujas hipodérmicas, y a la vez, laboratorios clandestinos en Argentina y en las selvas del Brasil. Holanda ya no cultivaba tulipanes.

Eran escenas constantes. Cuando no la inyectaban, recordaba los casinos de Israel la víspera del sábado. Los Lobos Grises buscaban a la ’Ndranguetta de Calabria. Y más cerca de ella, un meandro de túneles bajo la frontera que separa a México de los Estados Unidos.

Una vez cerraba los ojos, debía ser medianoche, las imágenes se decantaban y la película comenzaba muy lejos, en San Petersburgo. A partir de allí, Candelaria la hilvanaba siempre en el mismo orden.



Los pasos ligeros sobre las gradas tenían el ritmo de su respiración. Tras el porrazo de la puerta del ascensor subió cuatro escalones de piedra y cuando llegó al último se escuchó un ¡aggg! En la entrada al piso que ocupaba el viejo habían colocado un sello: Olev Kurátov ha muerto y los del gobierno trasladaron su cadáver a la morgue.

Atardecía. Nadia Stepánovna fue hasta el lugar y habló con el responsable. Le dijo que venía en busca del documento que certificaba la existencia de aquel hombre. La mañana siguiente, debía entregárselo a un notario. No podía ser después.

—Entréguenme el pasaporte de Oleg Kurátov. Sé que él está aquí —le dijo.

—El pasaporte va con el muerto hasta el final, porque cada muerto lleva el suyo hasta la tumba y Oleg aún no ha sido enterrado. Su cuerpo está en uno de aquellos frigoríficos —le explicó el hombre y se marchó.

Ella salió, recorrió las calles, finalmente consiguió todo el vodka que le fue posible y regresó dos horas después, pero ya no estaba aquel camarada. Entró hasta el depósito de cadáveres y vio a cuatro hombres.

—Quiero que me entreguen el pasaporte de Oleg Kurátov —le dijo a uno de ellos agitando la botella que llevaba en su mano derecha. El sonrió y guardó silencio. Le entregó otra. Silencio. Ante la reticencia le dio una tercera.

—Hace demasiado frío, tres botellas son pocas —dijo aquel.

—No tengo suficiente. Tres, son tres —les explicó, pero el más joven señaló la bolsa que ella creía haber escondido a sus espaldas y finalmente aceptó darles dos más y se sentó al lado de una camilla mientras uno de ellos traía vasos de cristal, opacos y desportillados.

El mayor de los tres, un hombre corpulento con barba de dos días, era el patólogo Vasílii Sokolóff. “Ese es el trabajo menos importante para un médico”, pensó ella, y le preguntó:

—¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Bueno, te lo voy a decir: por castigo. Se me murió un paciente. Algo accidental, pero grave. Era un hombre joven, lo abrí, hice lo que debía y cuando terminé, se quedaron unas piezas en su vientre… Pronto podré regresar a mi trabajo en el hospital, pero no deseo continuar haciendo turnos; unos turnos que son la eternidad y eso me fatiga y me tensiona. Y me altera la conciencia. Antes debía aceptarlo, era mi obligación, pero ahora… El día de las pinzas llevaba 14 horas sin salir del quirófano.

Cuando terminó de contar su historia todos esperaban con las copas en las manos. Entonces él se puso de pie y luego de mirar sus caras levantó la suya, y dijo:

—Había una campesina llamada Nadia y una tarde cavando un foso golpeó algo con su herramienta, y en ese momento, ¡oh! Vio que se trataba de un señor feudal sepultado en aquel lugar. Con el golpe de Nadia, el señor feudal despertó y salió de allí, sonrió de júbilo, se miró las vestiduras deshechas, levantó la vista, la miró alborozado y le dijo:

»—Tú me has devuelto la vida. Tú me has sacado de la tierra y me has hecho florecer de nuevo. Pídeme tres deseos y yo los cumpliré.

»Nadia pensó. Y pensó. Y pensó, y finalmente le dijo:

»—Mi primer deseo es que me des gozo.

»El señor feudal la abrazó y… Bueno, allí mismo la hizo feliz. Muy feliz.

»—Te quedan dos deseos por satisfacer —le dijo luego.

»Ella volvió a pensarlo y por fin habló:

»—Quiero que me hagas gozar nuevamente—. Y el señor feudal la hizo feliz por segunda vez.

»Terminaron, y cuando terminaron, le recordó:

»—Te queda sólo un deseo.

»Esta vez ella no lo pensó:

»—Hazme gozar otra vez.

»Y él la hizo gozar una vez más, pero después de ese tercer arrebato, el señor feudal volvió a la muerte».

Los que escuchaban se pusieron de pie, levantaron los vasos y el patólogo dijo:

—¡Bebamos por Nadiashka que nos salvó del feudalismo!



El segundo tenía un jersey grande, el pelo lamido con una cola atrás. Ella pensó en un artista y le preguntó cómo se llamaba.

—Sergei Divróv.

—Tienes facha de artista.

—Sí. Soy pintor, estudio bellas artes.

—¿Qué tienen que ver las bellas artes con la muerte?

—Mucho —respondió él—. La muerte es un estado tan singular… Me inspiro en ella. Me inspiro en los rostros de los muertos, en su placidez, o en su desesperación. Recreo los rictus, el color de la piel, su anatomía cercana.

—Dime —le preguntó ella—, ¿el cementerio está lejos de aquí?

—Bueno, cuenta unas cinco verstas, eso deben ser…

—Un poco más de cinco kilómetros, pero hay mucha humedad. Ha llovido —dijo el patólogo, y tras de sus palabras, se puso de pie el artista:

—Hay mujeres que para cruzar un pequeño charco, se levantan la falda hasta el tobillo.

»Hay mujeres que para cruzar un riachuelo, se levantan la falda hasta la rodilla.

»Hay mujeres que para cruzar un río se levantan la falda hasta la mitad del muslo.

»Vamos a brindar por aquellas que se atreven a cruzar el océano».

Nuevamente se levantaron los demás y chocaron sus copas.

El tercero le pareció un guasón. En una nevera para muertos, ahora vacía, guardaba salchichón, queso y pepinillos. Trajo algo para comer mientras bebían, sorbió con prisa y luego dijo que se marchaba. El marido de su amante trabajaba esa noche.

Esta vez, desde luego, no hubo quien brindara, pero tampoco chocaron sus copas. El tercero es por los ausentes y en este caso, el ausente estaba presente dentro de una nevera.

En el fondo se oían sus risas después de que alguien se ponía de pie, decía unas palabras y los demás lo escuchaban atentos. Luego se incorporaban, chocaban los vasos y se bebían el vodka de un solo trago hasta dejar los cristales vacíos.

—¿Por qué se muere hoy la gente? —preguntó Nadia Stepánovna, y tras recordarle que no había dónde resguardar los autos en invierno porque las ciudades soviéticas no habían sido diseñadas para que vivieran en ellas gente que tuviera coche, el Estado había fabricado una especie de cajas metálicas en las cuales los funcionarios del gobierno y los miembros destacados del partido, gente privilegiada, metían los suyos.

—Pero como tampoco la gente halla donde amarse aparte de los parques, entran con su pareja en el auto, cierran esas cajas que son herméticas, tú las conoces muy bien, y mientras hacen el amor, dejan el motor del coche encendido para alimentar la calefacción… Y, caray, se intoxican con el monóxido de carbono y cuando la policía comprueba que están bien muertos, nos los trae. En los frigoríficos hay ahora seis: tres hombres y tres mujeres que fallecieron buscando la felicidad.

—¿A quién más tienen aquí?

—Alcohólicos. Gente que luego de emborracharse hasta perder el sentido rueda por el suelo y el hielo da cuenta de ellos.

El cuarto en la morgue sólo pronunció una palabra aquella noche. Era también un hombre corpulento con la nariz enrojecida, alcohólico desde luego, callado e insensible. “Herencia de su trabajo”, pensó Nadia Stepánovna, porque lo veía al fondo inclinado sobre algún cadáver y con frecuencia se acercaba a ellos, llenaba su vaso, pero no comía pepinillos. Los pepinillos, y el salchichón acaso eran poca cosa para su paladar, rústico como el resto de la figura. Por el contrario: traía consigo una envoltura hecha con la página de un diario viejo y sacaba de allí cebolla larga y tocino, y luego de beber le pegaba una dentellada a cada uno, doblaba nuevamente el papel y regresaba a su lugar.

Su trabajo consistía en coser los cadáveres una vez el patólogo había terminado, pero los cosía con una aguja grande como quien cose un colchón o un saco con patatas.

En algún momento, Nadia Stepánovna se acercó a él y se quedó allí un instante viéndolo engarzar puntadas, pero en el momento de sacar el punzón del vientre de una mujer joven, salió un trozo de piel, voló y se posó sobre una de las mejillas de Nadia. Ella quedó inmóvil. Estaba aterrada. Miró las manos del hombre, y él, sin levantar la cabeza, dijo:

—Buibaet. (¡Sucede!).



Hacia las 11 le entregaron el pasaporte pero le dijeron que también debía llevarse el cadáver.

—¿No pueden desaparecerlo? ¿Enterrarlo ustedes mismos?

Los que quedaban, sonrieron. Escanciaron una nueva ronda de vodka con pepinillos y trozos de queso y el de la nariz enrojecida, con cebolla y tocino. Dijeron que ellos no eran enterradores.

—Danos más vodka y te prestaremos un trineo para que acomodes el cuerpo. Es un muerto realmente liviano, un manojo de huesos forrados por la piel. Míralo tú misma —dijo el patólogo.

Después de las 12, a 40 grados bajo cero, Nadia Stepánovna con su abrigo, tacones altos, un gorro de marta cebellina que había cambiado por unos cuantos rublos, arrastraba un trineo y sobre el trineo un muerto. La gente y los perros se alejaban del camino.

Un par de calles adelante halló un teléfono:

—Nadieshda, tengo a un muerto en mis manos. Necesito tu ayuda —le dijo a su mejor amiga.

—Te ayudo, yo te ayudo, pero… ¿Por qué lo mataste?

Su temor era que la policía la sorprendiera, puesto que sería incapaz de explicarle la historia, y en la morgue no aceptarían que le habían entregado el cadáver y el pasaporte a cambio de unas botellas de vodka.

Una hora después la luminosidad de la luna describía sus cuerpos encorvados avanzando lentamente, turnándose para llevar el trineo a través de la vía que conducía hasta el cementerio. En las calles se escuchaban sus pasos y el tajo de los esquíes sobre el hielo.

—¿Un manojo de huesos? Quisiera ver al patólogo llevándolo —dijo Nadieshda.

Hacia las tres, debían de ser las tres, distinguieron las siluetas de cuatro personas y luego las de otras dos y a sus espaldas dos más. Gente silenciosa que se iba acercando. Cuando los primeros estuvieron próximos, ellas identificaron sus harapos y un olor que les punzaba las narices a pesar de hallarse en ese instante un tanto retirados de ellas.

—¿Qué buscan? —preguntó un hombre.

—Una tumba.

—En Krásnenko no hay tumbas vacías.

Era gente que se refugiaba en aquel cementerio al sur de San Petersburgo, en un país en el cual, hasta hacía pocos meses no se conocía a alguien que careciese de un techo donde abrigarse. Acaso estos indigentes eran parte de aquellos que la misma Nadia Stepánovna había despojado de sus viviendas para vendérselas luego a gente con recursos que buscaba un piso para vivir sola, sin compartir habitaciones, sin compartir una cocina y un baño comunitario en los edificios donde habían vivido desde que nacieron, porque ahora su luz interior le parecía sucia, el aire plomizo y aquel ambiente de estrechez, simplemente un caos. Luego de comprar cada domicilio lo reconstruían y lo llenaba con muebles y aparatos eléctricos de Occidente. Ahora, detrás de cada vivienda confortable había alguna familia sin techo.

—No, no hay tumbas vacías —dijo una mujer y se acercó al trineo, inclinó los hombros y deslizó la mano por sobre el hule que cubría el cadáver. Luego se detuvo, vaciló unos segundos y al remover con ansiedad el hule, escuchó el sonido de las botellas acomodadas en el espacio que dejaban libres las piernas separadas del muerto.

—Podemos ayudarte, pero…

Se incorporó y movió la cabeza señalando el hule.

Nadia Stepánovna dijo que sí, alguien tomó el trineo y entraron en el cementerio, donde ella abrió una botella, luego otra y otra. Eran demasiados. Bebían con avidez, de manera que ella se apoderó de la cuarta y logró hacerlos sorber a su propio ritmo.

Tal vez a las 4 de la mañana una de las mujeres le dijo:

—Déjame tocar tu abrigo, nunca he pasado mis manos sobre un visón.

El frío calaba más que cuando llegaron, pero ella se lo quitó y lo colocó sobre los hombros de aquella mujer que empezó a acariciarlo, escurrió los brazos por entre las mangas y se quedó inmóvil ante la mirada sarcástica de los demás. Entonces se despojó de él y se lo devolvió. Cuando Nadia volvió a vestirlo lo percibió agrio como el aliento de aquella gente, y luego sintió los piojos ensañándose en sus brazos. Se lo quitó y le dijo a la mujer:

—Ksenia, te lo regalo, quédate con él —y ella le respondió:

—No lo quiero. El visón no va con mi condición de habitante del cementerio. Llévatelo tú, Nadia Stepánovna.

Estaba amaneciendo cuando, por fin, aquellos desarraigados aceptaron esconder el cadáver en algún lugar del cementerio. A esa hora sentía hormigueo en el cuerpo, estaba sudando, un sudor helado como el amanecer. Apretó el pasaporte con su mano derecha y se fue en busca del notario, para que certificara que desde ahora ella era la dueña del piso que figuraba a nombre del difunto.



Oleg Kurátov era un alcohólico solitario que ocupaba dos habitaciones en un edificio de la calle Karalenka, un entorno ecléctico cuya fachada no se parecía a ninguna de las especificaciones de San Petersburgo. Desde hacía muchos años Nadia Stepánovna había fijado tanto su vista en aquella edificación que terminó por enamorarse de ella. Vivir allí era la mayor obsesión de su vida. Había llegado a asociar aquel edificio con una joya por sus arcos falsos soportando consolas con dragones y escudos de armas que hacían alusión a Mercurio y pavos reales que simbolizaban el confort y la prosperidad de la casa. Vieja arquitectura rusa y algo romana que estaba de acuerdo con su prosperidad económica gracias a su yerno, un hombre joven que un día llegó del trópico, estudió geología y se quedó a vivir en San Petersburgo. Estando en la universidad se casó con Evgenia Alexándrovna, su hija, y consiguió algún dinero en plena Unión Soviética porque tenía imaginación.

Entonces ella era un cuadro del partido y utilizó su influencia para guardar sin temor los dólares que él le entregaba, hasta tener tantos que llegó a parecerle insuficiente la alacena donde los escondía, porque cada semana los rollos de billetes se multiplicaban, de manera que logró aproximarse a la mafia vietnamita (especializada en monedas occidentales), que se movía en torno a las universidades, y comenzó a hacer negocios con ella.

Nadia Stepánovna había vivido siempre con su esposo, ahora fallecido, y con sus dos hijas en una habitación de seis metros cuadrados, en Avtovo, región residencial compuesta de panales de hormigón prefabricado. Llegar al centro de la ciudad, donde trabajaba, le tomaba una hora en cada recorrido: cuarenta y ocho cada mes, más de quinientas al año. Y eso no estaba bien —pensaba— para alguien como ella, que ahora podía calzar botas hechas en Francia, y en lugar de una gabardina de polietileno, cubrirse con abrigo de visón.

Pero además del edificio, le encantaba el entorno, compuesto ahora de algunas tiendas de ropa extranjera y una iglesia ortodoxa consagrada al Protector de un regimiento de la guardia del Zar, con cúpulas negras y detrás de una verja con morteros, el bosque de tilos y las voces graves, profundas de un coro. Armonías con herencia bizantina que para ella debían tener algo parecido a la resonancia celestial. “Música para los oídos de San Cirilo”, pensaba cuando los escuchaba. Amaba los tilos y la música sacra.

Como lo acostumbraba ahora, porque esa era su nueva profesión, logró que Oleg Kurátov firmara algunos documentos según los cuales le cedía las dos habitaciones que ocupaba, a cambio de un par de cajas con botellas de vodka y algunos rublos.

—¿Para qué quieres tanto espacio? Eres un hombre solitario y con este dinero podrás buscarte una nueva habitación. Con dinero es fácil conseguirla —le decía cada tarde, sabiendo que con el puñado de rublos que le iba entregando poco a poco, Kurátov no podría pagar ni su mortaja.

Realmente él gozaba de un espacio que no utilizaba. Su soledad comenzó una noche de octubre, a las once, con un dolor de muelas que lo aplastaba, y cuando creyó que se le iba a desprender la mandíbula, le dijo a su mujer:

—Liena: necesito a un odotólogo. Ve a donde Aleksei Vorísovich y le dices que venga. No soy capaz de moverme.

Y ella se fue. Pero se fue para siempre porque esa noche conoció a Aleksei y se enamoró de él. Un par se semanas después la mujer tomó a sus hijos y desapareció. Oleg se entregó al vodka. Bebía todos los días y todos los días repetía:

—Si le hubiese dicho que buscara otro odontólogo…

Emilio Grisales, el yerno de Nadia Stepánovna, aquel que la hizo percatarse de la existencia de los dólares y comenzar a enriquecerse con ellos, era un geólogo colombiano, a quien ella siempre asoció con la gente del sur. “Tú eres un checheno” le soltó en la cara el día que lo conoció. “¿Por qué me dices eso?”, le preguntó. A ella le brillaron los ojos y guardó silencio. Luego se retiró.

Emilio llegó a la Unión Soviética a los diecisiete años. Venía a estudiar y lo mandaron a cursar el año preparatorio, la prepa le dicen los extranjeros, a Kalinin, dos horas en ferrocarril más allá de Moscú. Allí aprendió el ruso y a la vez el alemán. Más tarde el francés y el italiano en San Petersburgo. Hombre inteligente. Y despierto.

En ese momento era un mestizo con rasgos duros, buen tono muscular, el cabello cubriéndole las orejas. Había nacido en una ciudad de provincia en el trópico, cuyo porvenir era el pasado. Tierra de mariscales y políticos, sin ambiciones de metrópoli.

Cuando tenía trece o catorce años, trabajó en una peluquería y allí descubrió que el cabello de los aristócratas, aún se habla allí en estos términos, era igual al suyo y la piel tenía el mismo color de la suya. De acuerdo. Pero lo que le despertó la rebeldía, que para él no era más que un asomo de dignidad, no fue la actitud de la gente poderosa en su región, sino sus ideas. “Debo pertenecer a otro planeta”, pensaba cuando escuchaba que el progreso era una forma de suicidio. Ninguno creía en la capacidad de seres humanos como él, en su destino, en la fuerza para triunfar sobre la ignorancia.

“Lo que ganan en peinados lo pierden en dignidad”, decía entonces.

Los sábados de fiesta, el peluquero hacía su trabajo en el club. Cuando el muchacho terminaba sus obligaciones, escapaba de aquel funeral de gentes amortajadas con trajes de gala y se colaba en una sala de lectura. Allí descubrió una colección de revistas que por lo visto nadie había tocado antes, con crónicas de música, literatura, artes, y entró en una dimensión virtual que acabó por romper definitivamente las fronteras de su vida. Estas habían comenzado a desaparecer mucho antes porque era un devorador de libros.

Llegó a Kalinin con su aire de provinciano, nada petulante, espontáneo, reventado de tomarle el pelo a tanto rábula en su ciudad de arcos españoles, mariscales y estatuas tropicales.

Su primer año en Rusia fue una película fragmentada en la cual sucedieron muchas historias sin conexión unas con las otras, pero con la lógica de la vida, inesperada, brutal. Una masa de muchos episodios, en la cual todo se reunía.

Cuando conoció el invierno ruso, aún tenía los ojos de la tierra tibia de su pueblo. La idea de los europeos gira en torno a un trópico cálido, pero para los sudamericanos es muy claro que allí existen tierras frescas, tierras tibias y tierras cálidas. Climas que nunca varían y dependen de la altitud.

Esos ojos de tierra con clima de primavera le permitieron disfrutar de la belleza de una tormenta de nieve. Se hallaba en la estación del tren y soplaba una ventisca como aquellas que había visto en el cine, en El doctor Zhivago, en películas con historias del norte de Europa, y la fuerza y la belleza de aquella tormenta lo electrizaron. Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí, pero cuando volteó la cara, vio en el andén a una mujer cubierta de nieve. Tenía un gorro de piel y abrigo hasta los pies y lo miraba. Lo miraba fijamente. El no la conocía, y desde luego, se quedó mirándola. Nueve de la noche, iba hacia las residencias estudiantiles y de pronto, aquello. Era una mujer joven. Se acercó y él entendió en su ruso incipiente que ella le decía: ”Estaba esperándote”.

—No puedes estar esperándome a mí. No soy la persona que buscas —respondió Emilio.

Comenzaban los años ochenta, no era el período que siguió a Gorbachov, la época de la prostitución. Ella le dijo luego:

—Yo quiero conversar contigo.

—Yo no te conozco.

—Pero eres la persona que busco —insistió la chica.

Debía ser el destino: dos seres humanos sin un solo vínculo en común, que jamás se habían visto, que no… “Es la casualidad anudándose a medida que vives la vida”, se dijo Emilio y cambió el tono: “Está bien, conversemos”.

Ella se llamaba Tamára Valentínovna, alta, delgada pero no flaca, el pelo negro y la piel muy blanca, muy blanca y muy suave. Los ojos rasgados, esa mezcla de los rusos del norte y la población que un día llegó con la invasión tártara.

“Te invito a la cafetería de las residencias universitarias”, le propuso, y

ella aceptó con la cabeza. “El mejor diccionario es el de pelo largo”, el diccionario del amor, dicen en Rusia, y se fueron caminando bajo la nieve. Pero una vez llegaron allí, Tamára dijo otra cosa: “Quiero quedarme esta noche contigo”, y allí surgió un gran problema. Ese problema era ingresar.

Hasta cuando se acabe el mundo, en cada edificio ruso habrá una viejecita medio alcohólica que siempre estará refunfuñando y siempre dirá “niet” no. Pero si alguien le lleva una botella de cerveza o media de vodka, cambiarán su semblante y su monosílabo, y dirá entonces “da” que es sí. Aquella mujer tenía una bufanda de lana enrollada en torno a la cara y la cabeza, y no aceptó una sola explicación: que si la tormenta, que si el hogar lejano de la chica…

“Niet, niet, ¡niet!” respondía. Pero en ese momento apareció un moldavo, estudiante de Moldavia, que tenía allí un cargo de honor. El habló con la viejecita y finalmente la escucharon decir “¡Da!”.

Durmieron poco aquella noche. Ella le preguntaba por aquel lugar lejano, inconcebible, del cual venía, y él le contó historias que, más que anecdóticas, tenían un carácter simbólico. Así era Emilio.

Cuando se subió al avión, él tenía claro que nunca regresaría al trópico. Iniciaba un viaje a un mundo desconocido y maldito como decía la gente de su pueblo, recitando la propaganda estadounidense. En Rusia convierten a los jóvenes en terroristas, no vayas. En Rusia, los extranjeros desaparecen para siempre, le decían en cada esquina. Cuando se elevó el avión, no solamente iba en busca de la otra cara del mundo, sino más allá del mundo conocido.

Se vino leyendo Cien años de soledad, un libro colombiano, aunque deseaba irse de Colombia. Y cuando volaban sobre el Atlántico sintió unas ganas inmensas de llorar. En su cabeza giraba la imagen de lo que había dejado atrás y acaso no volvería a ver jamás. Pensaba que no encontraría igual todo lo bello y amado que había tenido. Desde luego, contaba con el porvenir, pero el porvenir no era claro. Lo único claro era su pasado y lo acababa de perder.

“Es una transición en mi vida”, se dijo. Estaba dejando atrás un estado arcaico y comenzando a construir otro que desconocía. “Ya no eres el hombre antiguo que fuiste alguna vez y al cual estabas aferrado”, pensó entonces.

A treinta mil pies de altura y novecientos ochenta kilómetros por hora, no se explicaba por qué se hallaba arrepentido si deseaba profundamente irse a Rusia. Pero no era una pesadumbre de conciencia por haber tomado la decisión equivocada. Era un remordimiento que tenía que ver con la existencia que dejaba atrás.

Le contó a Tamára que había nacido en una región de montañas con la expresión de una pintura. Su familia estimuló la sensibilidad frente a la naturaleza. Su madre cultivaba flores. El padre, un hombre del campo, como manifestación de amor le llevaba todas las tardes hojas de encenillo, una planta perfumada y, carajo, la naturaleza de sus montañas estaba metida entre su alma. ¿Qué es el alma?, se preguntó, y el mismo respondió ante los ojos alucinados de Tamára: el alma es una combinación de las palabras de tus padres, y de la luz brillante, y de los colores del paisaje que te rodea.

Esa tarde en aquel avión estaba renunciando a todo lo que para él era pictóricamente bello, en un país que despreciaba su historia y su propio paisaje. Un país insensible hacia el cromatismo de las montañas. Sobre el Atlántico, sentía que estaba perdiendo el color de su tierra. Que perdía los atardeceres y los amaneceres con un sol rojo sobre el verde de las montañas, que es el mismo de las primeras edades geológicas. Pero cuando llegó a Moscú, había entrado en el mismo plano de tranquilidad de quien se lanza a un abismo.

Cuando aclaró el día tenía la cabeza apoyada en el pecho de Tamára Valentínovna.

En el instituto, los militares libios y libaneses, que también hacían la preparatoria, se movían como reyes. Ellos recibían mensualmente de sus gobiernos mucho dinero, mientras a él le asignaban un puñado cada mes, pero pronto supo que allí operaba un mercado negro de moneda, en el cual cambiaban seis rublos por un dólar, mientras en el banco le entregaban apenas la mitad de un rublo, y una noche se dijo:

—Si caminas torcido podrás convertir catorce dólares en algo más de ochenta rublos.

Sus mejores amigos eran pilotos militares del ejército de Angola que se habían preparado en Cuba. Una tarde salió a la ciudad con ellos y consiguió vodka con el cupón que le daba derecho a una botella cada mes.

“Una botella es una ración miserable en mi habitación”, pensó.

Emilio valía más de lo que aparentaba y compartía vivienda con un vietnamita y un hindú. Para él un pequeño mundo de ricos, porque veía que sus compañeros manejaban dinero. No sabía de dónde salía, pero sabía que andaban con los bolsillos llenos.

Una noche escuchó que alguien tocaba a la puerta. Era un libanés. Preguntó por el vietnamita. El vietnamita no se encontraba allí.

Quiero comprar una botella de vodka —dijo. La de Emilio era pequeña. Valía tres rublos. Le cobró diez. El libanés la tomó.

La mañana siguiente reunió los cupones de algunas chicas sudamericanas que no bebían y los cambió por más vodka. Por la noche volvieron a llamar a la puerta.

—¿El vietnamita?

—No se encuentra.

Vendió sus tres botellas.

Luego un árabe le prestó dinero. Compró vodka, champaña y coñac, esta vez en el mercado negro de licores.

El mercado negro. Allí llegó a través de una vieja que se movía detrás del mostrador de una pequeña tienda. Habló con ella. A ella también le gustaba andar torcida.

—Una botella grande, cinco rublos, es el precio del gobierno —dijo la mujer—. Mañana a las seis, antes de que amanezca, debes traerme los rublos que cuesta el vodka y quince más… Ah. Y un maletín. Luego tienes que regresar a las cinco de la tarde. Colocaré las botellas dentro del maletín.

Hasta entonces el control para ingresar a la residencia estudiantil le había parecido estricto. Esa mañana regresó allí y recorrió por primera vez el lugar. No se había fijado antes en un arce adulto cuyas ramas rozaban el muro posterior y descubrió que una de ellas descansaba cerca de la ventana de su habitación. Consiguió una cuerda y la ató a la rama del arce. Por la tarde ingresó con el maletín, buscó el extremo de la cuerda escondida en el árbol y lo ató en ella. Ingresó al edificio, subió hasta su habitación y lo izó.

La revisión semanal del lugar era minuciosa y por tanto debía poner las botellas a salvo: un recurso aprendido de su amigo el vietnamita que las escondía en los conductos de aire. Bueno, e



ciosa y por tanto debía poner las botellas a salvo: un recurso aprendido de su amigo el vietnamita que las escondía en los conductos de aire. Bueno, el negocio creció. “Esto es El cántaro roto pero con un final feliz; la quimera de Von Kleist en ruso”, pensó, y luego se dijo a sí mismo: “La vieja se está quedando con parte de las ganancias. Hay que quitarla del medio”. No le resultó difícil hacerlo. La siguió y tras ella llegó a una bodega general desde la cual abastecían las tiendas de un sector de la ciudad.

“Si negocio directamente con el administrador, no solamente he de conseguir precios más bajos, sino que llegará un momento que pueda sacar de allí todo un caudal de vodka”, pensó, y esperó a que la anciana regresara a su tienda. Luego entró al lugar.

El administrador era un veterano de la Segunda Guerra Mundial en la que los rusos pusieron el mayor número de muertos, muchos de Kalinin, tal vez la ciudad soviética más atormentada por los alemanes. Era lo primero que le habían enseñado al llegar allí, de manera que cuando tuvo al frente a Víctor Fiodórovich, así se llamaba el administrador, se ocupó de admirar las cintas de mil condecoraciones en el pecho de su chaqueta de paisano. Emilio lo saludó y el hombre le respondió: “¿Eres azerbaiyano?”.

A Víctor Fiodórovich también le seducía dar pasos torcidos a pesar de su amor por el pueblo ruso, que salía a flote en cada actitud y en cada historia de su entrega en la guerra. Igual sucedía con la multitud de veteranos que encontraba en las calles, en los teatros, en los parques de Kalinin, una ciudad muy socialista y muy bella en la ribera del Volga.

Llegó a comprar hasta setenta botellas de vodka en un día, porque en el instituto había celebraciones continuamente. Cuando no se trataba de las fiestas del socialismo, había fiestas nacionales en Nepal, Mongolia, Nicaragua, Cuba, Angola; cumpleaños cada tercer día. Allí acostumbran a celebrarlos en forma especial y los jóvenes compraban cuanto era almacenado la noche anterior en los conductos del aire.

Los estudiantes recibían cupones a cambio de los cuales, cada mes reclamaban raciones, pero en Kalinin no conseguían lujos como pasta dental extranjera o jabón en polvo, que entonces comenzaban a llegar a Moscú. Pero para trasladarse hasta allá necesitaban una visa, que para Emilio no significaba un obstáculo. Su capacidad de sufrimiento le había multiplicado la imaginación.

Un sábado se deslizó por el tronco del arce y llegó a la estación del ferrocarril a las cuatro de la mañana. Le dio un rublo a un borracho y le pidió que comprara a su nombre el billete hasta Moscú. Comenzaba el invierno. Cubrió parte de su cara con la bufanda y subió a un furgón. En el camino un policía le pidió el billete y fingió estar borracho y dormido.

En las berioskas de Moscú compró bananas y crema dental. La gente prefería la de Alemania.

Cerca del metro de hallaban las tiendas más grandes. En una de ellas hizo una fila, pagó por una buena cantidad de artículos porque allí no limitaban las ventas, y regresó a la estación. El lunes lo había vendido todo a precios altos.

A este ritmo sintió que se esfumaba el primer año, al cabo del cual le dijeron que debía trasladarse a San Petersburgo para comenzar estudios de geología.

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